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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Sindicatos contra trabajadores

Este sábado publicaba el que fuera hasta hace muy poco secretario de Comunicación del PSC-PSOE, Rafael Álvarez Gil, un artículo en el que afirma que «es indiscutible el acoso que cerciora al sindicalismo y sus valores; en suma, es la punta de lanza del neoliberalismo, que detesta la representación y negociación colectiva y pugna porque se descentralice precisamente al ámbito exclusivo de la empresa, donde la posición de los trabajadores es más frágil y desigual».

Es difícil desbarrar tanto en tan pocas palabras, seguramente porque su posicionamiento antiliberal le impide ver más allá de la tierra prometida por el ideario socialista. No se puede comprender que alguien, hoy, hable de acoso al sindicalismo cuando más del 85% de los trabajadores ni se afilian ni pagan voluntariamente a los sindicatos, sino que se ven forzados a pagarlos por la vía impositiva. Por ello, el único acoso del que se puede hablar es del de los sindicalistas, apoyados por los partidos políticos, al bolsillo de los trabajadores.

Don Rafael también confunde el neoliberalismo con el liberalismo. El liberalismo defiende la extensión de las libertades y la reducción de la coacción política y legislativa, basándose en la defensa de los derechos de propiedad y los contratos libres y voluntarios.

Es por ello que el liberalismo jamás estaría contra una representación o negociación individual o colectiva, siempre que se haga de forma libre, voluntaria y respetando los derechos de propiedad y los contratos que se hayan establecido entre las partes.

Los que sí odian la negociación son los sindicatos, que no suelen permitir que las partes se pongan de acuerdo libremente y prefieren imponer de forma coercitiva salarios, impuestos y multitud de regulaciones. Por esta razón, el neoliberalismo del que habla Álvarez Gil más bien podría ser identificado perfectamente con el socialismo y sus vertientes.

Tampoco es cierto que el liberalismo busque que las negociaciones se descentralicen al ámbito exclusivo de la empresa, sino del individuo, al igual que tampoco lo es que los trabajadores tengan una posición más frágil y desigual en las empresas si se respetan los derechos de propiedad y los contratos voluntarios.

La realidad es que los trabajadores de nuestro país han elegido libremente dejar de sufragar a estas organizaciones, al entender que no les representan y no les defienden. Además, por lo general perjudican tanto a los ya contratados como a los que están buscando trabajo, pues ponen en peligro los empleos existentes e impiden que las empresas creen nuevos puestos, al elevar los costes, lo que en muchos casos deriva en el cese de la actividad. No obstante, estas cosas ni se enseñan en los cursos de formación ni en las mariscadas consiguientes.

En defensa de las grandes superficies

Los enemigos de la libertad, el libre mercado y la competencia acostumbran a tener en su punto de mira a las grandes superficies (Mercadona, Walmart, Tesco, Carrefour o Día, por ejemplo), argumentando que destruyen empleo, hacen que los salarios bajen y que incentivan un consumismo desaforado.

Nada más lejos de la realidad. Estas compañías son creadoras netas de riqueza y bienestar. Sólo hace falta ver sus resultados empresariales. Walmart, por ejemplo, aumenta su facturación un 5% anual y ha conseguido mantener sus márgenes brutos a lo largo de los últimos años alrededor de un 26,5%. En este sentido no podemos más que afirmar que Walmart crea riqueza para la sociedad, ya que la única manera de obtener beneficios en un mercado libre es satisfaciendo necesidades. Además posee un ROCE medio de 22% y un pay-out de 37,4%, lo que indica que reinvierte una gran cantidad de sus beneficios y éstos tendrán una rentabilidad elevada. Algo que sin duda crea valor y riqueza para los accionistas, para los clientes y para la sociedad en su conjunto.

A pesar de ello, sus detractores critican sus precios bajos argumentando que crean negocios de poco valor añadido para la sociedad. Pero ¿ofrecer productos con cada vez mejor relación calidad-precio no es beneficioso para la sociedad? Al bajar los precios, estas compañías aumentan el nivel de vida de la sociedad, haciendo que nuestra renta real aumente, es decir, que con la misma cantidad de dinero podamos comprar más bienes y servicios.

Para conseguirlo deben optimizar toda la cadena de valor. ¿Cómo? Haciendo que todas las etapas sean más eficientes, desde el productor hasta la venta al consumidor final. Es aquí donde emanan las críticas hacia estas grandes superficies por las "duras" condiciones a las que, según sus críticos, someten a productores y distribuidores.

Pero en un mercado no intervenido nadie obliga a nadie a llevar a cabo una transacción y acuerdos comerciales. Estos sólo ocurren cuando las dos partes creen subjetivamente que saldrán beneficiadas del intercambio. De lo contrario no se produciría el intercambio. No se trata de un juego de suma cero, en el que una gana a expensas del otro. Si existen empresas que quieren ser, por ejemplo, proveedores de Mercadona o Walmart es porque saben perfectamente que saldrán enormemente beneficiadas. Recibirán un enorme volumen de negocio por parte del minorista a cambio, eso sí, de un importante descuento y de unas condiciones de trabajo cada vez mejores (entrega, calidad, fiabilidad, etc). Todo ello se traduce automáticamente en un beneficio para el consumidor.

Los detractores también consideran que los trabajadores reciben salarios artificialmente bajos por parte de estas empresas. Desconocen por completo el mecanismo de establecimiento de un salario, que depende de la productividad marginal del trabajador y no de sus deseos.

Ciertamente, es posible que las grandes superficies deseasen tener menos costes salariales. Pero en una economía no intervenida la competencia protege al trabajador de percibir salarios "bajos". Y es que no hay ninguna empresa que pueda impedir a otra ofrecer un salario más elevado a sus infrapagados trabajadores. Esto es precisamente lo que ocurrirá cada vez que se pague al trabajador un salario inferior a su productividad marginal. Por lo tanto, a medio-largo plazo no cabe pensar en la existencia de trabajadores recibiendo salarios artificialmente bajos.

Por último, las grandes superficies también son acusadas de perjudicar y causar la quiebra de pequeños establecimientos. Esto es una monumental falacia económica. Hay infinidad de pequeñas y medianas empresas que tienen una trayectoria y unos beneficios envidiables (y de hecho, la mayoría de las empresas españolas son pymes). También es cierto que hay otras muchas pymes que cierran, pero eso no es debido a que sean pequeñas, sino a sus caducos modelos de negocio y la imposibilidad por parte de los propietarios de adaptarlos a las nuevas circunstancias y necesidades de la sociedad. En este sentido las empresas que no se adaptan continuamente al cambio acabarán quebrando, ya sean grandes o pequeñas. Y es bueno que así sea ya que no están aportando lo suficiente a la sociedad.

La demonización de las grandes superficies suele promoverse por las empresas ineficientes del propio sector y de otros relacionados, que buscan el favor político para que éstos eliminen competencia y les otorguen privilegios. El resultado de esta nefasta alianza es el mantenimiento artificial de negocios ineficientes, que destruyen valor y capital. Y eso sí que genera pobreza y desempleo.

Reputación Corporativa en el ámbito del Marco Institucional

Tal y como señala D. Antonio Damasio en su obra El error de Descartes, y en línea con el principio económico del valor subjetivo de los bienes que identificaron los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca y, posteriormente, los autores de la Escuela Austriaca de Economía, las decisiones humanas están situadas a medio camino entre lo racional (hemisferio izquierdo del cerebro) y lo irracional y sensitivo (hemisferio derecho). Los procesos de toma de decisiones están íntimamente relacionados con la intuición y las emociones de los ciudadanos.

Globalización de la Información (Internet)

La globalización de la información (Internet) está suponiendo un cambio en las bases de creación de riqueza. En el siglo XX, la fuente de creación de riqueza era más financiera y a corto plazo, incentivando comportamientos psicopáticos (no-éticos) y depredadores en los directivos y en los políticos. Sin embargo, en el siglo XXI, se puede observar la migración desde una economía financiera y fuertemente intervenida por el Estado hacia una economía basada en los valores intangibles (esfuerzo, mérito, iniciativa empresarial, capacidad innovadora…).

El futuro de las empresas y, también, el futuro de los países desarrollados quedan determinados por la gestión inteligente de los valores intangibles, que se concentran en patentes y marcas fuertes. El valor de las empresas en el mercado dependía en sólo un 10% del fondo de comercio en los años 70 pero, en estos momentos, el valor bursátil de las empresas como Google, Facebook, Twitter, Red Bull o Coca-Cola, depende en más de un 80% de su reputación, es decir, de su buena gestión de los valores intangibles que aportan sus patentes y su marca.

Reputación Corporativa

Lo que no ha cambiado es que la reputación corporativa se consigue con legitimidad y con diferenciación. La legitimidad se conseguía antes tan sólo con una titularidad jurídica pero, con la globalización de la información, la legitimidad es un asunto muy complejo puesto que se gana ante los stakeholders o los diversos grupos de interés (opinión pública, empleados, autoridades…) de los que depende el valor de una empresa.

La diferenciación se buscaba antiguamente por medio de características objetivas de un producto o de un servicio que ofrecía la empresa. Sin embargo, en un mercado globalizado, todo se puede copiar y existe sobreoferta por lo que las decisiones se adoptan por las características subjetivas (intangibles) y la diferenciación empresarial requiere atraer talento, capital y clientes.

Por tanto, los consumidores y los ciudadanos disponen de fuentes de información que les permiten preguntarse quién está detrás de un producto o servicio, cuál es su política laboral, cómo protegen el medio ambiente, cómo realizan su logística, cuál es su política de precios… De hecho, más del 70% de los ciudadanos evitan comprar si no les gusta la compañía, más del 60% consulta la etiqueta, y más del 65% analiza la reputación de las empresas.

El orden de mercado se mueve y adapta mucho más rápido que el orden político (u orden oligárquico). La tendencia mundial de las empresas es a fortalecer las marcas corporativas por encima de las marcas de producto que las empresas no pueden diferenciar dado que comunicar eficientemente cada vez resulta más caro. Y, si observamos atentamente, la tendencia de los gobiernos también es a fortalecer la marca país para atraer empresas, inversores y turistas.

Oportunidades y Riesgos Reputacionales

Internet hace que la información viaje a la velocidad de la luz y, por tanto, genera enormes oportunidades para aquellos que sean percibidos como diferentes y mejores, según destaca Jim Stengel en su ensayo Grow. Sin embargo, presenta también riesgos reputacionales, debido a que queda concentrado el juicio de los consumidores y las percepciones de los ciudadanos sobre una marca.

Internet ha mundializado la información pero, al mismo tiempo, ha creado una crisis de confianza. Los retos son mejorar la diferenciación y, al mismo tiempo, mantener la legitimidad ante los ciudadanos, es decir, ante los millones de juicios de valor (subjetivos) que los demás hacen sobre algo o sobre alguien, sobre una marca empresarial o sobre una marca personal.

Dinámica de la Confianza

La diferenciación y la legitimidad de una marca requieren de la confianza en las relaciones personales, sociales, económicas, políticas… Y, como siempre, el orden de mercado sabe adaptarse al entorno mucho más rápido que el orden político (u orden oligárquico).

Cuando en agosto de 2007 estalló la burbuja financiera y productiva (inmobiliaria), que desencadenó la actual crisis económica, hubo una crisis de confianza en los bancos, las empresas y los directivos. Sin embargo, existen dos formas diferentes de adaptarse ante la crisis de confianza.

Por un lado, el sector privado padeció quiebras y concursos de acreedores pero, en general, puede afirmarse que, durante los años 2008-2013, las empresas han logrado reducir su endeudamiento y adaptar con flexibilidad y rapidez su estructura de negocio al nuevo entorno para poder recuperar la confianza de los mercados. 

Por otro lado, el sector público se enrocó en mantener la burbuja estatal que sostiene las canonjías de la casta política y de su red clientelar de medradores de prebendas públicas (partidos, sindicatos, patronales…), lo que les está llevando a niveles mínimos de confianza del electorado. 

Gestión de la Confianza y la Reputación

La globalización de la información ha provocado que más del 80% del valor bursátil de las empresas dependa de una buena gestión de la confianza que tengan los stakeholders (opinión pública, empleados, autoridades…), que es lo que proporciona la reputación.

La valoración de los stakeholders depende de dos factores fundamentales, las buenas prácticas de gestión y la comunicación eficiente de los valores de la marca.

Por ello, los buenos directivos realizan transformaciones internas que orientan la gestión empresarial hacia la diferenciación de productos y servicios, la legitimación ante los empleados y los consumidores, y la mitigación de los riesgos reputacionales. Posteriormente, los planes de comunicación deben permitir capitalizar la realidad del buen trabajo realizado por la empresa. 

Según Angel Alloza de Corporate Excellence, existen 7 parámetros fundamentales en el juicio del consumidor sobre las empresas, que arrojan los siguientes datos de valoración en orden de importancia:

1) la calidad de la oferta (30%), 2) la ética, el buen gobierno y la honradez en la gestión (10%), 3) el trato a los empleados (10%), 4) el respeto a la ciudadanía, los derechos humanos y el medio ambiente (10%), 5) la innovación (10%), 6) la calidad de los gestores (10%), y 7) los buenos resultados financieros (10%).

De modo que si las empresas quieren despertar un sentimiento positivo (subjetivo) en los ciudadanos, deben comunicar muy bien lo que hacen. No es una tarea fácil por la saturación con miles de mensajes diarios, por la multiplicidad de medios y por la necesidad de conseguir captar la atención del usuario de las nuevas tecnologías de la comunicación 

Círculo de la Comunicación de la Confianza

Hoy en día, la comunicación no funciona si se realiza de arriba abajo, siendo sólo efectiva cuando se produce de modo horizontal, es decir, siendo los "otros" los que hablen del producto o servicio de una marca.

Por ello, es importante la coherencia de los valores que se comunican, rigor y transparencia, basados en una identidad común que arraigue fuertemente en la empresa, es decir, en un sistema de creencias compartidas o en un modelo de valores comunes en la organización.

El círculo de la comunicación en un entorno de información globalizada requiere: 1) alinear a los que toman las decisiones empresariales para que construyan las creencias compartidas, 2) estimular la acción de todos los que toman decisiones gracias a esas creencias, 3) fortalecer la confianza en que las acciones son importantes, 4) alcanzar audiencias cada vez más grandes a través de la recomendación de las redes de contactos.

  

En definitiva, el futuro está en manos de las percepciones y juicios de valor de los demás por lo que se requieren fuertes culturas dentro de las organizaciones que hagan sentir emociones, valores comunes y orgullo de pertenencia que se traducen en acciones que transmiten confianza y aportan recomendaciones sobre bienes y servicios que ofrece una marca. 

Valoración Corporativa del Marco institucional  

Ampliando estos conceptos al ámbito público de un país, las instituciones deberían ser gestionadas para operar buscando la reputación corporativa, con rigor y transparencia, y transmitiendo valores comunes a los empleados públicos orientados a la prestación de servicios de calidad, a la restricción presupuestaria y al respeto estricto por los ciudadanos, como pagadores de los impuestos y como perceptores de los servicios públicos.

Por ello, más allá de la demagogia, de la corrupción política, o de que se desee un Estado limitado o mínimo, nunca debe olvidarse que existen instituciones y servidores públicos que trabajan responsablemente en las fuerzas armadas, en la policía, en los tribunales de justicia, en los hospitales…

La valoración de una organización pública se puede realizar de un modo similar a las organizaciones empresariales privadas por medio de 7 parámetros fundamentales en el juicio del ciudadano: 1) la calidad del servicio público, 2) la ética, el buen gobierno y la honradez en la gestión, 3) el trato a los empleados públicos, 4) el respeto a la ciudadanía y a los derechos humanos, 5) la innovación, 6) la calidad de los gestores, y 7) los buenos resultados financieros.

En el siglo XX, las empresas y los Gobiernos y, en general, las organizaciones humanas no se vinculaban tanto al rigor y a la transparencia. La legitimidad y la diferenciación también dependían de los juicios de valor de población, pero los medios de comunicación eran limitados y podían "controlarse" para mostrar una buena imagen más allá de la realidad en el interior de la organización.

Sin embargo, Internet ha supuesto una revolución tecnológica que ha transformado la concepción de las organizaciones humanas orientándolas hacia un entorno de globalización de la información que demanda rigor y transparencia máximos.

Por ello, en el siglo XXI, las organizaciones deben competir por ganarse la reputación corporativa que proporciona la confianza de la población. Internet impide ocultar los incidentes o la realidad de una organización.

Las empresas privadas están sabiendo adaptarse mejor al nuevo entorno de globalización de la información, y de un modo más rápido que las empresas públicas, los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos y las patronales.

De ahí, la actual situación de pérdida de confianza por la percepción (real) de los ciudadanos de un deterioro político y judicial y de un déficit institucional, tanto en España como en Europa, lo que deja bajo mínimos la reputación institucional.

Sin embargo, hay que ser optimistas a largo plazo porque, desde la irrupción de Internet, sólo existe un camino hacia el éxito organizacional, en un orden extenso y complejo de colaboración humana, caracterizado por un nuevo entorno de información globalizada. La confianza de la población y la reputación corporativa sólo se obtienen por medio de la transparencia y la honradez (ética).

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Inmigración (IV): Temores nativistas

"En Francia hay demasiados extranjeros" N. Sarkozy (él mismo hijo de padres inmigrantes)

"Los EE UU tienen ya demasiados filósofos franceses" John Adams (de ascendencia inglesa)

"Los EE UU ya han sentido los prejuicios de incorporar una gran cantidad de extranjeros…" Alexander Hamilton (él mismo un inmigrante llegado a los EE UU desde el Caribe e hijo de francesa y escocés)

"Los países del sur de Europa están desprendiéndose de los más sórdidos y desgraciados elementos de su población" Woodrow Wilson (de ascendencia escocesa-irlandesa)

"Holanda está llena" Pim Fortuyn

"No tiene sentido buscar albañiles en Rabat si los de aquí están en paro" Celestino Corbacho (extremeño cuyos padres emigraron a Barcelona)

"¿Seguirán siendo los EE UU un país con una lengua nacional única y un centro de la cultura anglo-protestante?" Samuel P. Huntington

"Debemos aceptar que es un pilar de la política exterior de México el exportar ilegalmente cada año un millón de sus compatriotas a los EE UU para evitar las necesarias reformas en casa e influir en la política doméstica americana" Victor Davis Hanson (autor de Mexifornia y de ascendencia sueca)

Los nativistas son aquellos que tienen aversión a que su nación cambie según la han conocido desde pequeños. Sienten como verdadera amenaza la llegada de extranjeros ajenos a su idioma, a sus costumbres y a su cultura. Cualquier cantidad de los mismos es siempre demasiada según su percepción personal. Suelen ser también favorables al proteccionismo comercial para proteger sus productos nacionales pese a que tengan que pagar más por ellos. Son reacios a los cambios en general y al dinamismo del mercado en particular. Su oposición a la inmigración es más intuitiva que racional.

El recelo hacia el ajeno de la tribu es un sentimiento muy arraigado en todos los grupos humanos. Este temor ha ido gradualmente atemperándose a medida que avanzan las sociedades modernas pero aún estamos muy lejos de superarlos. Aunque me centraré en las inquietudes colectivas de los países más desarrollados de occidente, no son ni mucho menos los únicos en sufrirlas pues éstas son universales. Así, podemos observar la reticencia con que los mexicanos ven a los guatemaltecos o personas de Centroamérica que cruzan sus fronteras, los dominicanos con respecto a los haitianos, los japoneses hacia los originarios de la península de Corea, los habitantes de los países del Magreb con respecto a la población negra o los africanos mismos hacia los indo-paquistaníes que se asientan en sus territorios.

Así, se explica que las políticas migratorias de cada país estén influidas por los sentimientos dominantes de los nativistas que son mayoría. Todas ellas restringen la entrada de inmigrantes en mayor o menor medida. Luchan contra problemas imaginarios, esparciendo al mismo tiempo escasez de capital humano e impidiendo la prosperidad de millones de individuos al no permitir su libre movilidad laboral.

Veamos cuáles son los temores más extendidos de los preocupados y desinformados nativistas:

1. Una previsible inundación de inmigrantes: la preocupación común es que si se flexibilizase la entrada a los inmigrantes sería como abrir las compuertas de una presa y entrase una avalancha de ellos en suelo patrio que lo "inundara" todo e hiciera imposible su integración en sociedad.

Los demógrafos saben que, a pesar de que la inmigración se produce fundamentalmente por las acusadas diferencias salariales entre dos zonas geográficas, los flujos alcanzan siempre una punta de inflexión mucho antes de que los sueldos se igualen; es lo que se conoce como "la cima de la inmigración", momento en el cual las presiones migratorias empiezan a disminuir. Si entran suficientes inmigrantes y éstos comienzan a enviar ayuda directa a sus familiares que se quedaron en forma de remesas recurrentes de dinero, llega un momento en que la pobreza extrema es mitigada en el país de origen por lo que las necesidades de emigrar quedan atemperadas. La experiencia de Puerto Rico es reveladora en este sentido: en los años 50 parecía que EE UU iba ser inundado de puertorriqueños (especialmente Nueva York) al ser su entrada completamente libre. A principios de 1961, sin embargo, cuando la renta per cápita en Puerto Rico alcanzó sólo el 35% de la del resto de los EE UU, la migración neta desde allí se mantuvo a cero, nivel que ha permanecido así desde entonces.

También saben los demógrafos que los más pobres de los desheredados no migran hacia otros países sino que lo hacen internamente en su propio país -normalmente del campo a la ciudad- además de que no siempre pueden hacer frente a dicho traslado incluso dentro de sus fronteras. Los lazos familiares o vecinales, la barrera del idioma, la falta de ahorro, la preferencia ocupacional, las duras y desafiantes condiciones de vida a las que tiene que hacer frente el emigrado importan, y mucho, a la hora de dar el paso o no. Sólo los más audaces optan por emigrar. No todo el mundo tiene la fortaleza y los mínimos medios para hacerlo. No hay que olvidar que el volumen de los emigrantes no constituye usualmente más que un porcentaje pequeño del conjunto de su población.

Asimismo, si se permite migrar fácilmente de forma legal hacia los países desarrollados se produce en ellos el fenómeno denominado "el patrón de migración circular". Si los inmigrantes supieran que pueden abandonar el país rico con la seguridad de que pueden volver en cualquier momento si la necesidad se presentara de nuevo, lo más probable es que muchos optarían por regresar voluntariamente junto a sus familias y comunidades una vez cumplidos sus objetivos en el mercado laboral que los atrajo en un primer momento. De esta forma, estarían igualmente mucho menos inclinados a traerse a sus familiares al país de acogida pues podrían ir a visitarlos con bastante más frecuencia que ahora. Con ello, las residencias temporales serian realmente temporales, los flujos migratorios se normalizarían y no quedarían desvirtuados como sucede en la actualidad por una legislación inflexible en materia de inmigración. Las altas tasas de retorno de los mexicanos en los EE UU antes de la década de los setenta del siglo pasado, cuando el régimen migratorio era menos exigente que el actual, confirman este fenómeno social. Por su parte, hasta que en España se impuso la ley de extranjería, los trabajadores marroquíes que trabajaban de temporeros en el campo venían y se regresaban de forma regular. Más recientemente, la experiencia del Reino Unido, cuando abrió completamente en 2004 sus fronteras a los nacionales de los países del Este de reciente incorporación a la Unión Europea, también demostró que hubo una normalizada inmigración temporal de los mismos pues se les permitía transitar libremente en ambas direcciones, justo igual que lo sucedido en el resto de los países que forman el área Schengen.

Estamos acostumbrados hoy día a la inmigración asociada indefectiblemente a la reagrupación familiar cuando en el pasado fue precisamente la excepción.Los temerosos nativistas debieran comprender que la mayoría de los inmigrantes no desea abandonar para siempre su país natal; por lo general quieren trabajar fuera temporalmente para, después de un tiempo y si las cosas le han ido bien y ha logrado ahorrar, regresar a su país de origen y comprar una casa, montar un negocio o retirarse entre los suyos.

También es reseñable que las tasas de fertilidad de los países en vías de desarrollo pueden, y de hecho varían a lo largo de los años si se produce cierto desarrollo en origen. Por ejemplo en México ha descendido de 6,8 niños en 1970 a 3,4 en 1990 y a 2,2 en 2010. Como consecuencia de ello, se produce una menor presión migratoria hacia los EE UU (sin necesidad de "militarizar" las barreras fronterizas).

Además de todo lo expuesto, está la auto-regulación del mercado laboral internacional. Los flujos migratorios fluctúan naturalmente según las condiciones económicas subyacentes: cuando existe fuerte demanda de trabajo, la oferta de trabajadores inmigrantes tiende a crecer para satisfacerla y, viceversa, en periodos de desaceleraciones o recesiones económicas, el flujo neto de inmigrantes baja en igual medida. La recesión de 2001 y de 2007 vio cómo descendía la llegada de inmigrantes a los EE UU. La recesión actual en España ha visto asimismo disminuir la llegada de inmigrantes que fue constante durante dos décadas (es más, la salida de emigrantes nacionales –muchos de ellos ya nacionalizados- hacia otros países con mayores oportunidades en los últimos años ha aumentado en mayor proporción que la llegada de nuevos inmigrantes). La "avalancha" es más un miedo irracional que una realidad.

2. Los trabajadores inmigrantes arrebatan nuestros puestos de trabajo: es otra de las inquietudes imaginarias de los nativistas. Antes de nada, se ha de aclarar que no existe un derecho al trabajo por parte de los nacionales; eso sería tanto como reconocer que es legítimo el uso de la violencia para defender dicho derecho si se ve conculcado. Pensar que existe un número limitado de puestos de trabajo para ser ocupados y que están, además, reservados exclusivamente para los nacionales es falso y revela una mentalidad colectivista y una formación anti-económica como una catedral.

Pero es que, además, es prácticamente unánime entre los economistas reconocer que la inmigración incrementa la riqueza del país de acogida. Contrariamente a lo que el vulgo piensa, y los populistas denuncian, la inmigración es buena para la economía. No reduce ni mucho menos el número de empleos porque los inmigrantes producen a la vez que consumen, adquieren bienes al mismo tiempo que los venden por lo que el número de empleos y de empresas se expande a medida que crece el número de trabajadores y empresarios. Incrementar la complejidad y el tamaño de la fuerza total del trabajo permite mayor especialización y eficiencia de la economía de un país en su conjunto. Más que robar puestos de trabajo, lo que los inmigrantes hacen es agrandar el tamaño del mercado laboral al rellenar huecos (puestos) de trabajo, antes inexistentes, cuando previamente era demasiado pequeña la oferta laboral.

No existe evidencia alguna, pues, para concluir que la inmigración se encuentra relacionada con las tasas de desocupación; más bien los datos de la realidad apuntan a todo lo contrario: allí donde las tasas de ocupación son mayores, se produce mayor presencia de inmigrantes (y viceversa). Desde los años 50, la fuerza laboral se ha más que doblado en occidente pero las tasas de paro a largo plazo han permanecido estables. De igual modo a cuando las mujeres se incorporaron al mercado laboral tras la Segunda Guerra Mundial no les quitaron los trabajos a los hombres, tampoco lo han hecho los inmigrantes.

Como muchos economistas dicen, los inmigrantes no es que no solo hagan el trabajo que los autóctonos no quieren hacer sino que hacen trabajos que no existirían caso de que no estuvieran allí para hacerlos. Digámoslo de una vez: el desempleo nada tienen que ver con la inmigración sino con la poca flexibilidad o las numerosas trabas o encorsetamientos legales en el mercado de trabajo del que se trate.

3. Los trabajadores inmigrantes reducen los salarios de los nacionales: Es un temor que viene de lejos. El economista Thomas Leonard documenta cómo en los EE UU los economistas de la Era Progresiva apoyaban las restricciones a la inmigración y el salario mínimo porque querían cerrar el acceso al mercado laboral a las llamadas "razas de bajos salarios". Es sabido que la llegada de trabajadores inmigrantes está formada por personas de todo tipo, cualificadas y no cualificadas. Este último grupo es el más numeroso pero cumple una función esencial: satisface adecuadamente necesidades existentes en la sociedad de acogida. Aceptan empleos que muchos nacionales no desean, permitiendo a los nativos que asciendan en la escala social y, por tanto, que ganen mayores salarios en su conjunto. Las capacidades de los inmigrantes a menudo complementan las de los nativos del país anfitrión; cuando trabajan juntos producen más y ganan salarios más elevados que si lo hiciesen en países distintos.

Por si esto fuera poco, la llegada de inmigrantes de menores salarios beneficia también a todos los consumidores en general (que pueden disponer de más bienes y servicios por menos dinero) y al empresariado en particular que puede obtener mayores ahorros en costes y extender su producción. Por otro lado, es importante recordar a los preocupados por el descenso de salarios que si el empleador nacional percibe que la oferta de empleo es insuficiente o que los salarios están por encima de mercado de forma artificial acabará por no contratar o por deslocalizar su producción a otro país. Hoy día, gracias a la globalización, los agentes económicos no son ya como el ganado dentro de una granja parcelada.

Es cierto que una pequeña porción de trabajadores nacionales -los menos formados- puede verse afectada por la competencia de los trabajadores inmigrantes, pero no es significativa ya que los inmigrantes suelen competir entre ellos por los mismos trabajos que, además, la gran mayoría de los nativos no demandan. Todo nativista no economista debiera entender que la inmigración no divide una cantidad fija de riqueza (como si ésta fuera estática y hubiera de ser repartida por algún sabio-arrogante planificador) sino que aumenta dinámicamente el bienestar y las oportunidades laborales para todos.

4. Los inmigrantes abusan de las prestaciones sociales y contribuyen poco a ellas: es una inquietud recurrente de los nativistas. Contrariamente a lo que popularmente se piensa, los inmigrantes son atraídos fundamentalmente por los mercados laborales, no por las prestaciones sociales. Solo tenemos que observar que la mayor migración de la historia, la que arribó a los EE UU de 1840 a 1920 y que, entre otros muchos factores, impulsó su transformación de una sociedad atrasada y provincial tras la Guerra Civil a una nación industrial moderna, tuvo lugar sin la existencia de imán alguno de ayudas o programas públicos. Los incentivos eran (y son) otros; esto es, las descomunales diferencias salariales de un país a otro. Cosa distinta es que, una vez emigrados, utilicen también los servicios sociales como cualquier otro trabajador. Pero es que, además, numerosos estudios indican que son contribuyentes netos a las arcas del Estado y, considerados en su conjunto, utilizan bastante menos las ayudas sociales que la media de los propios nacionales que, por el contrario, sí tienden al abuso en algunos casos. Uno de los trabajos más importantes al respecto fue el que publicó Julian Simon en 1989 con el título Consecuencias Económicas de la Inmigración en el que quedaba patente que los inmigrantes hacen a lo largo de su vida laboral contribuciones económicas netas substanciales a los EE UU.

Incluso economistas de libre mercado caen fatalmente en este temor nativista al enfrentarse a la existencia del Estado del bienestar. Cuando fue preguntado Milton Friedman por la inmigración declaró que "es algo bueno para EE UU… siempre y cuando sea ilegal"; es decir, mientras no tenga acceso a los programas de prestaciones sociales. Al final de su vida Rothbard también reconsideró su postura frente a las fronteras abiertas por temor a que se desbocara el gasto asistencial. Recientemente la propia Heritage Foundation se ha manifestado en contra de una amnistía migratoria y ha publicado que supondría un coste de 6.300 millones de USD a la Tesorería de los EE UU pero ignora los efectos del crecimiento económico y las nuevas recaudaciones tributarias que traería consigo dicha medida.

Los inmigrantes recién llegados por lo general son gente joven, saludable y en los inicios de su andadura laboral por lo que no suelen precisar de asistencia o cuidados médicos como le sucede a buena parte de la envejecida población de las sociedades desarrolladas. También los inmigrantes son absolutamente necesarios para sostener el sistema de reparto de las pensiones públicas pues las tasas de natalidad son muy bajas en las sociedades de acogida. En definitiva, un nativista que fuera también un defensor del actual Estado del Bienestar debería no solo guardar sus reproches hacia los inmigrantes sino más bien agradecerles el que acudan a su país para trabajar pues participan así en el mantenimiento del aparato público asistencial. Es cierto que el aumento del gasto del moderno Estado de Bienestar en las democracias industriales se ha disparado en las últimas décadas y que pone en serio peligro la sostenibilidad del mismo pero esto es un problema inherente a los perversos incentivos del propio sistema asistencial, nunca en cualquier caso debido a la inmigración.

5. Los inmigrantes no pueden asimilarse culturalmente a la sociedad de acogida: es una de las mayores preocupaciones de los nativistas pese a que los hechos históricos demuestran una y otra vez que semejante temor es infundado. Los inmigrantes no tienen por qué suponer un peligro cultural para la sociedad de acogida. Cuando se habla de ellos, muchos de nosotros damos por hecho de forma casi irracional que permanecerán siempre como tales, como si se congelara su status de recién llegados para siempre, sin cambiar, sin avanzar económica ni socialmente y sin asimilarse nunca jamás. Es lo que el demógrafo Dowell Myers en su libro Immigrants and Boomers califica agudamente de falacia de Peter Pan. La realidad, obviamente, no es así de inmutable.

Como regla general, se aprecia un patrón muy extendido en todos los inmigrantes: la aculturación o asimilación puede ser escasa o nula en la primera generación, es bastante acusada en la segunda y se completa casi por entero en la tercera.

Alemania, Austria, Francia, Bélgica, Italia o la misma España son ejemplos de países que deben su actual población a gigantescos movimientos migratorios a lo largo de su milenaria historia. Cualquier pueblo europeo que se reclame a sí mismo como población compacta es mera ensoñación.

Los EE UU ha sido el país que más oleadas de inmigrantes ha recibido a lo largo de la historia reciente. En puridad está poblado enteramente de ellos. En el siglo XIX, nos recuerda Jason Riley atinadamente, los inmigrantes irlandeses doblaban en los EE UU las tasas actuales de inmigración. Eran gente harapienta que tuvo que huir de las espantosas hambrunas que asolaron su país a mediados de siglo. Se amontonaban en sus propios guetos donde el crimen, la violencia y las enfermedades eran moneda corriente. La mayoría era analfabeta y no hablaba inglés. Trabajaban en los oficios más humildes y que no se requirieracualificación. Se les tenía estereotipados como gente holgazana, bebedora y camorrista. Parecía en verdad imposible su asimilación. Muchos nativistas de entonces proponían llevarlos de vuelta en barco a sus lugares de origen porque iban a destruir la cultura y las costumbres americanas. Todas esas jeremiadas fueron más que erróneas. En unas pocas generaciones se integraron perfectamente en la sociedad americana. Con el paso del tiempo salieron de entre ellos, además, renombrados abogados, médicos, ingenieros,pintores, escritores y cineastas. También produjeron líderes políticos, civiles y empresariales, incluyendo a Henry Ford.

Otro tanto sucedió entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX con la llegada de alemanes, húngaros, rusos, italianos, griegos o asiáticos a tierras americanas. El transcurso del tiempo demostró su más que aceptable integración a la cultura americana. Un caso reciente es la asombrosa integración de los vietnamitas en la sociedad americana en un lapso de tiempo relativamente corto. Según los nativistas actuales de los EE UU, los inasimilables ahora son los latinos, especialmente los mexicanos, como nos recuerdan académicos célebres como Samuel Huntington o Víctor Davis Hanson. Es increíble que se tomen en serio dichas cuitas y temores nativistas por personas medianamente informadas y con cierta perspectiva histórica. Parece como si fueran víctimas de un ataque de amnesia colectiva.

6. Los inmigrantes suponen una amenaza para la seguridad de la sociedad de acogida: Esta repetida inquietud de los incansables nativistas demuestra, una vez más, una mentalidad colectivista al tratar a los inmigrantes como un colectivo, no como individuos con libre voluntad autónoma. Además, es falsa porque los datos arrojan otra realidad: las tasas de criminalidad de los inmigrantes no son mayores que la de los nativos. De hecho, legalizar todo lo posible y flexibilizar mucho más el movimiento de entrada a los inmigrantes acabaría con la inmigración ilegal y las mafias que se benefician de ella. Mejoraría nuestra seguridad al hacer aflorar el mercado laboral subterráneo, motivando a los trabajadores legales a, entre otras cosas, invertir en su formación, pagar impuestos, acatar la ley, colaborar más de cerca con la policía y alistarse, incluso, en el ejército del país de acogida como sucede ya con no pocos inmigrantes legales en la actualidad. De esta forma, permitiría liberar cuantiosos recursos de control anti-inmigratorio para dedicarlos de verdad a la necesaria seguridad fronteriza y a las labores de contraterrorismo en el interior para evitar, en lo posible, atentados terroristas o actuaciones de organizaciones criminales.

La inmigración, pese a las erróneas creencias populares que tanto mediatizan las políticas de nuestros gobiernos, no es una seria amenaza para la cultura, la economía o la seguridad del país de acogida.


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  II y III.

Estar más de un año en paro minimiza las opciones de encontrar un empleo

Entre julio y septiembre de este año, 1.230.170 personas que no tenían empleo han encontrado uno. Por contra, 1.090.472 trabajadores han perdido su puesto. Éstas son las dos cifras más destacadas del Observatorio Laboral de la Crisis que este miércoles publicaba la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea). De esta forma, se ha producido un acceso neto al empleo de 140.000 personas en tres meses, frente a las 13.000 salidas netas del mismo trimestre del año anterior.

Evidentemente, ésta es una gran noticia, incluso aunque la situación siga siendo muy preocupante. Además, la principal diferencia respecto a lo ocurrido entre julio y septiembre de 2012, reside en que se ha moderado mucho la pérdida de empleo (de 1,22 a 1,09 millones).

Eso sí, lo más interesante de este análisis que Sara de la Rica hace para Fedea quizás no reside tanto en las cifras generales sino en el detalle. En la parte final, se analizan qué características hacen más o menos probable encontrar un empleo o perder el que ya se tiene.

En este sentido, según los datos del último trimestre, mujeres, jóvenes, personas sin estudios y temporales son los que tienen más probabilidades de entrar en paro. Mientras, entre los desempleados, son los que llevan más de un año en esa situación los que menos opciones tienen de conseguir un contrato.

La propia De la Rica hace un análisis más pormenorizado de la situación de los desempleados de larga duración en Nada es gratis, el blog de Fedea. Y sus conclusiones son bastante preocupantes:

  • "Más de la mitad [de los seis millones de parados] son desempleados de larga duración; y lo que todavía es más preocupante, 2 millones llevan desempleados durante un tiempo superior a 2 años".
  • "De cada 100 desempleados con una duración menor a un mes, 38 han accedido a un empleo [en el último trimestre]".
  • "Para los parados de larga duración, de cada 100 desempleados sólo 10 han encontrado empleo en este trimestre".
  • "Si comparamos la probabilidad de acceder a un empleo de un desempleado que lleva más de un año desempleado con uno que lleva menos de tres meses y cuyas características son similares, el primero se enfrenta a una probabilidad siete veces menor de encontrar un empleo que el segundo".

Acceso y pérdida de empleo

– Sexo: en el tercer trimestre, 578.051 mujeres perdieron su empleo y 595.684 lo encontraron. Entre los hombres, las cifras fueron 509.438 y 643.143.

Si comparamos hombres y mujeres con similares características (edad, educación, sector, tipo de contrato,…), la probabilidad de perder el empleo para los primeros es un 53% más baja. Entre los trabajadores, las mujeres tienen un 33% menos de probabilidad de encontrar un trabajo respeto a sus compañeros varones con las mismas características.

– Edad: todos los grupos de edad presentan acceso neto al empleo (es decir, más ganancias que pérdidas). El más favorecido en términos absolutos es el de 16-24 años: 157.678 pérdidas frente a 268.820 nuevos contratos.

Sin embargo, en el análisis multivariante, las cosas cambian. Ser menor de 25 años aumenta la probabilidad de perder un empleo un 25% respecto a alguien de las mismas características (sexo, tipo de contrato, nivel educativo,…) pero que esté en el rango 25-34 años. Del mismo modo, estar en uno de los otros tres grupos de edad (25-34, 35-44 y 45-59) otorga entre un 60 y un 85% más de probabilidades que los que tienen menos de 25 años si las demás condiciones son iguales.

– Nacionalidad: uno de los datos más curiosos tiene que ver con las diferencias por nacionalidad. Según este informe, no se aprecian diferencias en las posibilidades de perder o encontrar un empleo entre trabajadores y parados españoles o extranjeros. Las distintas cifras de unos y otros se pueden explicar por el tipo de trabajo que realizan.

– Nivel de educación: los autores apuntan que la educación "sigue ejerciendo de factor protector". La probabilidad de perder el trabajo es un 40-60% mayor para alguien con estudios de secundaria o inferior respecto a universitarios de las mismas características. En lo que hace referencia a encontrar un nuevo trabajo, las mayores diferencias son entre estudios primarios y los demás.

– Tipo de contrato: tampoco aquí hay sorpresas. A igualdad de condiciones, tener un contrato temporal multiplica por cinco las opciones de perder el empleo.

– Tiempo en paro y subsidio: dos temas políticamente muy incorrectos pero que se repiten trimestre tras trimestre en este Observatorio Laboral. Como apuntábamos arriba, los desempleados que llevan menos de tres meses en esa situación tienen una "probabilidad siete veces mayor" de salir del paro que aquellos que llevan más de un año. Por eso, los autores piden a los responsables "impulsar a los individuos que han perdido su empleo a encontrar otro lo más rápidamente posible y diseñar políticas activas eficaces que promuevan la empleabilidad".

¿Y cómo influye el actual modelo de subsidio de desempleo? Pues no parece estar especialmente bien diseñado: "Incluso con la misma duración en el desempleo, aquel que no cobra subsidio tiene el doble de probabilidad de encontrar empleo que uno que lo percibe".

La gran trampa de los políticos al emprendedor

Pese a toda la alharaca y propaganda del gobierno y medios afines, la crisis económica sigue aquí, con nosotros y con los millones de parados que siguen sin trabajo, y los cientos de empresas que cierran. Algunos políticos son conscientes de ello y de que, pese al mensaje oficial, hay que seguir pagando pensiones, nóminas de funcionarios, intereses de la deuda y, bueno, algún que otro caprichito para los compadres.

Todo el dinero necesario, o al menos una parte importante, tiene que seguir saliendo de los impuestos y similares. Esto es, de quedarse con una parte de los resultados de la actividad productiva y creadora de valor. Es más, si consideramos que la deuda pública puede que haya que devolverla en algún momento, es obvio que, de hecho, todos esos gastos que haga el gobierno van a tener que pagarse, tarde o temprano, de dicha actividad productiva. Como, por otro lado, es lógico: de donde no hay, no se puede sacar, y en la sociedad solo genera riqueza e ingresos la actividad privada, generada por los empresarios, y no la pública.

Así las cosas, algunos políticos avispados ya se han dado cuenta de que, con cada empresa que cierra (gracias a los impuestos que nos ponen) y con cada trabajador en la calle (gracias a la regulación laboral que establecen), el tesoro se está agotando. Por tanto, llega el momento de abducir a algunos individuos para que emprendan y traten de culminar sus proyectos, sus sueños, y creen de nuevo unos cuantos cofres del tesoro que vaciar.

Quizá sea la ley del emprendedor el buque insignia de esta oleada, pero no es la única manifestación. Las distintas "ayudas" que dan algunas administraciones territoriales también se pueden enmarcar aquí. Incluso los anuncios de supuesta "desregulación" de sectores que llegan desde la Comisión Europea, como la iniciativa del mercado único de telecomunicaciones.

Sí, todo ello puede facilitar la entrada y la vida al emprendedor, hacer que invierta, que cree riqueza y, por qué no, que incluso se salga de la crisis Y, siendo así, ¿cuál es la trampa?, se preguntará el lector.

La trampa está en los llamados costes hundidos, esa inversión en recursos que ha de realizar el emprendedor para iniciar su actividad, y que normalmente se queda enterrada allí donde se hace, por lo que resulta muy difícil su movilización.

Una vez el emprendedor ha realizado esta inversión, el coste hundido ya no tiene influencia directa en sus decisiones. Como dijo un conocido economista, bygones are bygones, y ya no se puede hacer nada. El empresario tratará de vender el producto al precio que le suponga mayores ingresos, y esa es toda la historia.

Y sería toda la historia si no fuera por el Estado. El emprendedor que ha realizado su inversión está en cierta forma encadenado a ella. Veamos un ejemplo sencillo: me compro una panadería por 10.000 euros con vida útil de 10 meses. Creo que voy a obtener de 1.500 euros al mes por la venta de mercancías, 1.000 para recuperar la inversión, los otros 500 para mi supervivencia. Imaginemos que no obtengo 1.500, si no tan solo 1.200. ¿Dejaré de trabajar?

Es obvio que no: sigo pudiéndome mantener, aunque solo saco 800 para recuperar la inversión. Seguramente no reinvertiré al cabo de los 10 meses, pero por el momento sigo trabajando. Es más, seguiré haciéndolo mientras la panadería me permita obtener el mínimo de subsistencia de 500 euros[1], y ello porque los 10.000 de la inversión inicial ya están perdidos, lo único que cuenta es el futuro.

Pues bien, aquí se ve con claridad el "margen" que puede obtener el gobierno de mi panadería. Una vez realizada la inversión inducida por las promesas de los políticos, esos 10.000 euros quedan atrapados en el dominio fiscal o impositivo, y ya no se pueden escapar de la voracidad recaudatoria. Porque yo seguiré trabajando mientras la panadería funcione y obtenga 500 euros, aunque ello sea el resultado de pagar 1.000 euros vía impuestos al Estado, tras la prevista venta de 1.500.

¿Qué pasará con la panadería a los 10 meses cuando se estropee y yo no tenga dinero para reinvertir? Eso ya no es problema del político, sobre todo si éste prevé que ocurra después de su mandato.

Por si alguien no lo tiene suficientemente claro, que recuerde que según el artículo 128.1 de nuestra Constitución: "Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general". Así que, emprendedor que inviertes en España, advertido quedas.



[1] En rigor, aquí habría que hablar de costes de oportunidad, pero es mejor no complicar el ejemplo.

Méndez y Toxo, mártires de la lucha obrera

En el escándalo de los ERE de Andalucía, los dirigentes de los dos principales sindicatos destepaís ha pasado del estupor inicial al victimismo, tras conocerse las últimas detenciones practicadas por la encargada de la instrucción judicial. Fernández Toxo, compañero-secretario de CCOO, ha denunciado la existencia de una campaña mediático-judicial para desacreditar la labor de su sindicato en defensa del obrero, como si no se bastaran sus cuadros dirigentes ellos solitos para acabar con la escasa legitimidad del sindicalismo de clase (alta) a estas alturas de la crisis.

Es cierto que, según lo que se conoce por ahora, Comisiones Obreras parece haber robado en Andalucía bastante menos que la UGT, cuyos vínculos fraternales con La Pesoe ha permitido a sus cabecillas mangonear en el saqueo de los ERE con mayor desparpajo. Sin embargo, la existencia de un abundantísimo fondo de reptiles sin control administrativo era una tentación demasiado grande para los otros representantes de la clase obrera, siempre dispuestos a ejercer su labor en nombre de los trabajadores y trabajadoras a cambio de un trinque que, en ocasiones, ha sido también más que abultado.

La UGT ha pasado de negar la evidencia a no descartar más detenciones "visto lo visto", mientras que CCOO, por boca de su máximo rector, denuncia la existencia de una conjura en su contra, encabezada por una jueza proterva y aplaudida por sus medios afines, que cada día celebran sus desvaríos con todo lujo tipográfico. Toxo, de hecho, se ha escandalizado por que los periódicos estén "llenos no sólo de relatos sino también de opiniones" (¡opiniones, señores!), anomalía democrática que para el sindicato nos retrotrae al franquismo y su brigada de lo social, a las órdenes de los tribunales de orden público.

Los liberados sindicales ya le han montado a la jueza Alaya una manifestación a las puertas del juzgado llamándola "pepera" a modo de insulto, y lo siguiente será un homenaje multitudinario de desagravio a los compañeros Méndez y Toxo. Espectáculos ambos que los sindicalistas profesionales nos podrían haber ahorrado simplemente con que hubieran respetado el séptimo mandamiento. Los tíos son tan laicistas por la gracia de Marx que cualquiera se atreve a mentarles el Decálogo.

La profesionalidad mal entendida

En España se habla mucho sobre nuestra mentalidad contraria al emprendimiento, o en cristiano: la manía que le tenemos al que quiere ganar dinero. Pero también otro problema igual de importante: la profesionalidad.

Mucha gente tiene una idea equivocada sobre qué es ser profesional y por qué hay que serlo; pongamos por caso la forma de valorar el trabajo en las empresas españolas. ¿A quién se premia más? ¿Al trabajador que realiza su tarea a tiempo o al que está hasta las 20h. de la tarde para acabar la suya y aprovecha para tomar una cerveza con el jefe?

Tristemente, excepciones aparte, se valora más al trabajador que más horas y más relaciones hace en la oficina que al que mejor hacer su trabajo.

Por otro lado, existe el trabajador que piensa que involucrarse en su trabajo es regalar algo a la empresa por la que no te paga. Por ejemplo, mucha gente no se forma sobre su profesión (leyendo libros especializados, asistiendo a conferencias, etc.) porque opina que es la empresa la que debe ocuparse de su formación.

La realidad es que la formación de un empleado es el capital del que va a vivir el resto de su vida, y por tanto no debe delegar esa función en la empresa, la que solo está interesada en su productividad a corto plazo.

También existe la idea de que para ser un buen profesional no tienes que tener en cuenta la rentabilidad de tu trabajo y enfocarte solo en la calidad del mismo.

Precisamente es al contrario; un buen profesional siempre tiene en cuenta el presupuesto de su cliente, ya que es consciente de que trabaja para él y no para sí mismo. Otra cosa es que el el cliente o la empresa para la que se trabaja tengan unas expectativas que sean inaceptables. Pero a nadie le obligan a trabajar a punta de pistola.

Uno puede pensar que hablar de profesionalidad cuando hay tantos millones de parados en el país es absurdo. Que el objetivo tendría que ser trabajar en cualquier cosa que te ofrezcan y no pedir peras al olmo. Pero la verdad es que la época de los trabajos poco cualificados pasó a la historia, y ahora la única posibilidad de salir adelante es vender un trabajo con una calidad lo suficientemente elevada como para atraer inversores y exportar productos que el resto del mundo quiera comprar.

Y eso no lo vamos a conseguir con una mentalidad que nos lleva a estar 12 horas en la oficina porque no tenemos la organización ni la disciplina necesarias para fijarnos horarios, ni esperando a que algún empresario nos mantenga perfectamente formados en disciplinas que evolucionan cada año que pasa, ni mucho menos produciendo productos de una calidad por debajo del precio que pretendemos cobrar por ellos.

En definitiva, hace falta que en España se pueda confiar en que cuando contratas a alguien para hacer un trabajo lo va a hacer, y no preocuparte sobre si vas a tener que perseguirle para que lo haga, o formarle para que sepa hacerlo o tirarlo el producto a la basura por lo mal que está hecho.

Por supuesto hace falta muchas más cosas aparte de eso, o para llegar a eso. Pero la profesionalidad es una de ellas.

Inmigración (III): cinco fuerzas irresistibles

Un principio fundamental en economía es que las diferencias crean oportunidades de intercambio.
Lant Pritchett.

Las barreras migratorias enervan la tendencia a la igualación de los salarios que prevalece cuando el trabajo disfruta de plena movilidad internacional.
Mises.

Toda la seguridad del mundo no podrá separar a los trabajadores migrantes con determinación de llegar adonde están las oportunidades económicas.
Alex Nowrasteh.

De modo semejante a como rige en el principio de los vasos comunicantes, hay grandes impulsos en las sociedades humanas que tienden a un cierto equilibrio entre la oferta y demanda laboral entre los diferentes países.

Siguiendo el interesante estudio del economista del desarrollo, Lant Pritchett, podemos decir que existen cinco fuerzas irresistibles en la economía global de nuestros días que crean (y crearán en el futuro) cada vez mayores presiones para un aumento en el flujo migratorio de trabajadores a través de las fronteras nacionales, especialmente desde los países pobres hacia los ricos. A saber:

1. Diferencias en los salarios de los empleos no cualificados. Es la fuerza más intensa de todas. Las acusadas discrepancias entre salarios de trabajos no cualificados crean una presión muy fuerte para migrar fundamentalmente porque las diferencias no se explican por características o habilidades especiales de las personas sino por razones meramente espaciales (diferencias salariales acusadas según el lugar donde se produce la oportunidad laboral). La existencia de ayudas y transferencias sociales del Estado de bienestar, pese a ser algo añadido, no son ni mucho menos la razón principal de los desplazamientos migratorios. El economista Michael Clemens comentó en cierta ocasión que es muy difícil que un móvil o unos pantalones vaqueros puedan ser vendidos por una diferencia en precio de mil por ciento en dos países diferentes pero que, por el contrario, sí se dan esos diferenciales en salarios de trabajos de cajeros en un McDonald’s, de cuidador de niños o de peón de construcción entre Haití y los EE UU, por ejemplo. Las disparidades en los niveles salariales son enormes. Demasiado tentadoras, por tanto.

2. Futuros demográficos crecientemente discrepantes. Es una realidad constatada el que las sociedades desarrolladas tengan una población cada vez más envejecida. Por su parte, las poblaciones de los países en vías de desarrollo van en aumento, gracias al capitalismo y a los avances de la medicina y la alimentación a nivel mundial. El desfase entre demografías irá incrementándose y, por tanto, será cada vez más complicado contener la movilidad internacional de la fuerza laboral entre países.

3. Todo está globalizado menos el trabajo. A diferencia de la primera globalización del siglo XIX, la era posterior a la Segunda Guerra Mundial ha sido un experimento global de todo menos de la fuerza de trabajo. A pesar de que cada vez son más los que viajan de un país a otro como turistas o de negocios, el incremento de la movilidad internacional del trabajo ha sido exigua si lo comparamos con el aumento de los flujos de mercancías, capitales, ideas y comunicaciones a través de las fronteras nacionales. La expansión de la globalización hará cada vez más difícil el mantener inmóvil la fuerza laboral en el mundo.

4. Fuerte demanda de empleo no cualificado de difícil deslocalización. El resultado de una mayor productividad, salarios que se van progresivamente elevando, una creciente población envejecida y una más intensa globalización implica que habrá una inexorable y cada vez mayor demanda por trabajos de poca cualificación y que, además, son de difícil deslocalización o automatización en los países desarrollados. Las economías modernas precisarán de cada vez más ingenieros, médicos o informáticos pero también de más auxiliares de enfermería o geriatría, conserjes, cajeros, empleados domésticos, jardineros, camareros, empleados de limpieza o de comida rápida, por poner solo unos pocos ejemplos. Las economías avanzadas crean puestos para personal altamente cualificado pero, al mismo tiempo, también crean puestos para personas poco cualificadas. Échense fuera a los inmigrantes y dichos trabajos simplemente se esfumarán en su gran mayoría, sufriendo la economía de acogida una merma en la división del trabajo y en la especialización y, por tanto, en su eficiencia en su conjunto.

5. Crecimiento renqueante en países "fantasmas" o "zombies".Tal y como aducía Albert Otto Hirschman (1977), la emigración se produce indefectiblemente cuando se desconfía en las posibilidades que ofrece el país de origen de uno. Es un termómetro fiable que nos indica que un país está en situación de desgobierno, de fragilidad institucional, de desarticulación social o desconfianza colectiva. En estos casos la emigración se conforma como una válvula de escape de las crisis sociales y, al mismo tiempo, como una denuncia silenciosa de la endeble capacidad institucional de respuesta colectiva en los países de origen afectados.

Según Pritchett, si se da un persistente y largo declive en la demanda de trabajo en un determinado país o en un territorio dado por estallar un conflicto bélico, por inhibir su gobierno y sus instituciones extractivas de forma sistemática la iniciativa productiva de sus ciudadanos que les condene a vegetar sin esperanza de mejorar su situación o, simplemente, por haber un cambio brusco de tecnología que afecte directamente a su economía, se pueden crear dos escenarios:

A) Si la fuerza del trabajo puede ser móvil y, por tanto, existe una oferta de trabajo elástica, se crearán territorios "fantasma" al despoblarse rápidamente (i.e. ciertas ciudades deshabitadas en la historia de los EE UU por falta de oportunidades de trabajo).

B) Por el contrario, si a la fuerza laboral de un país o enclave que está en declive económico no se le permite la movilidad y, por tanto, su oferta de trabajo es inelástica, la única salida a dicha situación es la caída generalizada de salarios. Una región que no puede volverse "fantasma" (por pérdida de población) se convierte en una economía "zombie" (i.e. toda la isla de Cuba o Corea del Norte), es decir, la economía está muerta pero la gente es forzada a vivir allí.

Solo cuando la emigración es consentida o no se puede contener eficazmente se produce en estos casos masivos y contundentes flujos migratorios. Se les podrá poner trabas, pero su curso es imparable.

Estas cinco fuerzas se dan cada vez con mayor intensidad en nuestro mundo, por lo que es previsible una mayor presión para que se produzcan mayores flujos migratorios a los presentes. Según estimaciones actuales, la migración internacional alcanza los 190 millones de personas, es decir, aproximadamente el 3% de la población mundial. Si bien esta cifra es el doble que la de 1975, sigue siendo aún un porcentaje francamente pequeño en comparación con el movimiento de capitales o el comercio internacional de mercancías. Ahora que viajar es más barato que nunca y que las oportunidades económicas se multiplican más allá de las fronteras nacionales, parece que se prepara una nueva era de globalización en los movimientos de las personas. Los turistas, los hombres de negocio y los trabajadores cualificados ya lo están viviendo. Queda pendiente liberar la enorme fuerza laboral de trabajadores poco cualificados por el mundo. Impedirlo mediante estrictos controles migratorios servirá para complicar las cosas mucho más, pero no para frenarlo.

Actualmente no quedan países aislados de los flujos humanos transnacionales (incluidos los desplazamientos de trabajadores entre países menos desarrollados). Todos ellos se han acelerado en las dos últimas décadas y parece que en el futuro la tendencia irá inevitablemente en aumento. No es aventurado afirmar que las grandes corrientes migratorias aún no se han iniciado.

Sin embargo, otras fuerzas se oponen a las aquí descritas y hacen que la sola idea de un aumento de la inmigración sea algo repugnante o amenazante hoy para muchas personas. No son otras que los temores fuertemente arraigados en el imaginario de los nativistas o autóctonos del país de acogida. En un siguiente comentario trataré de analizar dichas contrafuerzas o estados de opinión dominantes en las sociedades desarrolladas y su falta de consistencia desde el punto de vista teórico y empírico.


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

Inmigración (II): la mejor ayuda al desarrollo

Los efectos de las restricciones a la libertad de migración son idénticos a los provocados por el proteccionismo.
Ludwig von Mises.

La migración y el desarrollo son funcionalmente y recíprocamente procesos conectados. 
Hein de Haas.

Los efectos multiplicadores de las remesas aún son desconocidos y van más allá del apoyo al hogar, de hecho pueden aliviar a una economía como la nicaragüense.
Manuel Orozco.

 La migración y las remesas ofrecen una tabla de salvación para millones de personas y pueden jugar un papel fundamental para el despegue de cualquier economía. Permiten a la gente tomar parte del mercado laboral mundial y crear recursos que pueden aprovecharse para el desarrollo y el crecimiento.
Kaushik Basu.
 

¿Cuál sería uno de los cambios políticos más importantes para reducir la pobreza en todas partes y disparar el PIB mundial? Muchos liberales dirían la decidida eliminación de las barreras comerciales sin dudarlo. Mucha más gente aún, por desgracia, propondría dar un gran empujón a la ayuda oficial al desarrollo. Desestimando la última propuesta por su probada ineficacia y sesgo interesado, la literatura académica estima que la liberación completa del comercio internacional incrementaría entre el 1% al 4% el PIB global de un año para otro. Nada comparable a las colosales consecuencias que acarrearía la eliminación general de las restricciones a los flujos migratorios: el artículo ya clásico de Hamilton y Whalley de 1984 mostraba que la liberalización del mercado laboral en el mundo doblaría, como mínimo, el PIB mundial. Sucesivos estudios, como el de Jonathon Moses y Björn Letnes (2004) han coincidido en ese pronóstico. Según el más reciente estudio del economista del desarrollo Michael Clemens, dicha liberalización podría suponer un aumento de entre el 67% al 147% del PIB mundial.

La productividad de una persona depende enormemente de las circunstancias que le rodean, no solo de su capacidad. Podemos imaginar a la persona mejor formada del planeta o con los mayores incentivos para trabajar, pero si se encontrara en un desierto o en un país caracterizado por ser un nido de corrupción, guerras, tiranía, usos contrarios a la innovación, instituciones débiles, baja tasa de capitalización, inseguridad jurídica o un combinado de todo lo anterior, tendría muy pocos medios para mostrar su valía. La manera más eficaz y expedita de hacer a una persona más rica es simplemente permitiéndole moverse de un lugar poco desarrollado a otro más productivo. Cuando trabajadores de países pobres se trasladan a países prósperos tienen a su alcance las oportunidades que les brinda una economía avanzada: estructura de capital más compleja, seguridad jurídica, abundancia de negocios, tecnologías punteras e instituciones más pro mercado beneficiándose ellos mismos de todo ello y haciendo, a su vez, más productiva dicha economía de acogida.

Desde el punto de vista de la colectividad humana en su conjunto, el no poner impedimentos a la movilidad laboral de las personas por el mundo se traduciría en un aumento de la productividad del trabajo humano y, por ende, de la riqueza material disponible. Billones de dólares se pierden actualmente por no maximizar dicho potencial humano. Es la mayor oportunidad de arbitraje desaprovechada en el mundo, según palabras del propio M. Clemens.

La inmigración incrementa el tamaño de la economía, mejora la productividad global y es un impulso económico para todos. De forma similar a lo que ocurre con el comercio internacional, tampoco los flujos migratorios son un juego de suma cero: benefician a todas las sociedades implicadas, tanto si son exportadoras como importadoras de capital humano. Incluso el célebre académico Dani Rodrik, escéptico de la globalización actual, argumenta en su Feasible Globalizations que los mayores beneficios en términos de desarrollo y reducción de la pobreza no provendrían de los muy trillados asuntos en torno al libre comercio, sino de un mayor movimiento internacional de trabajadores, y que incluso una pequeña liberalización en este terreno fomentaría significativamente el desarrollo en los países pobres.

Esto atañe tanto a los trabajadores no cualificados como a los más preparados. Contrariamente al manido argumento de que no es recomendable que los trabajadores más cualificados abandonen su país de origen porque privaría de materia gris a los países pobres, los economistas del desarrollo William Easterly y Yaw Nyarko han dado cuatro razones para fomentar en África la mal llamada “fuga de cerebros” (brain drain): i) beneficia en primer lugar a los emigrantes mismos, ii) beneficia a sus familiares en origen a través de las remesas monetarias que aquéllos les envían desde el exterior, iii) cuando algunos emigrantes vuelven a sus países de origen aportan habilidades y conocimientos nuevos y, por último, iv) aun sin regresar a su país, sus ejemplos y nuevas ideas sirven de estímulo y acicate a otras personas de su comunidad para abrazar el cambio e innovar.

Lo mismo sucede con los trabajadores con menores habilidades. Los agoreros pesimistas denuncian también el drenaje de la fuerza muscular (brawn drain) tanto del campo a la ciudad -en el interior del propio país en vías de desarrollo- como hacia otro país en el exterior por hacer escasa la mano de obra agrícola en los países de origen. Son incontables sus teóricos (Papademetriou, Gunnar Myrdal y su teoría de causación acumulativa, Rhoades, Almeida, Lipton y su crítica al consumo no productivo e importador de los inmigrantes receptores de remesas, Reichert y su teoría del círculo vicioso o síndrome migrante por el que la emigración profundizaría las desigualdades y el subdesarrollo); ven con desconfianza los procesos migratorios de los países pobres hacia los ricos al hacer más dependientes los primeros con respecto a los segundos y al exacerbar las diferencias de riqueza entre las diversas regiones de los países exportadores de capital humano. No tienen remedio todos estos neomarxistas que parecen ciegos ante los beneficios ciertos de las migraciones en los propios individuos, sus familiares y su entorno. Condenan severamente lo que no obedece a sus teorías de lo idílicamente equitativo pergeñadas por sus mentes.

Con permiso de estos pesimistas del desarrollo, las remesas monetarias de los emigrados son doblemente beneficiosas porque por un lado son menos volátiles que los programas internacionales de desarrollo y alcanzan partes de la sociedad que no alcanza ni de lejos la ayuda estatalizada para el desarrollo. Estas remesas –no lo olvidemos- no son gastadas en armamentos ni desviadas hacia cuentas bancarias en Suiza. Van directas a sus beneficiarios y duplican sus ingresos; son utilizadas, entre otras cosas, para alimento, agua potable, atención médica o educación de los menores a su cargo; es decir, para sacar a su gente de la pobreza. Pero es que además, las remesas son una fuente significativa de divisas internacionales para muchos países. Añadamos a esto otra ventaja más de tener abiertos canales de transmisión de remesas: está comprobado que cuando un país pobre se ve golpeado por algún desastre natural o suceso grave, el número y montante de remesas familiares se multiplica exponencialmente para paliar las necesidades más urgentes de su población.

Las cifras oficiales manejadas por el Banco Mundial en 2012 del envío total de remesas monetarias en el mundo (sin contar con las remesas informales de las que no hay registro) alcanzan los 529.000 millones de USD. De ellas, las enviadas por los trabajadores extranjeros residentes en países de economías avanzadas o de mayores rentas hacia sus países de origen menos desarrollados superan los 400.000 millones de USD (más de un tercio va dirigida a China, India y México, los tres países receptores más importantes). Estos 400.000 millones de USD suponen más del cuádruplo del montante de ayuda internacional llevada a cabo por la totalidad de los gobiernos de los países desarrollados. Esta cifra remesada, además, se ha multiplicado por tres desde el año 2000.

Los gobiernos de los países receptores, pese a ser plenamente conscientes de la importancia de dichas remesas, no la reconocen abiertamente dado que, al no depender dichos flujos monetarios de su intervención, supondría aceptar el fracaso de sus políticas económicas a largo plazo ya que no logran ofrecer oportunidades de mejora a sus propios nacionales que acaban abandonando el país. Los flujos migratorios originados desde sus países son consecuencia de sus políticas estériles pero también una denuncia silenciosa –y vergonzante- de las mismas. Sólo tenemos que observar que dichos gobiernos suelen tener ministerios para cada flujo internacional (Turismo, Comercio, Cooperación o Inversión Extranjera) pero no existe nada semejante con respecto a remesas monetarias (netamente privadas).

Otro efecto adosado a estas ayudas directas privadas es lo que algunos estudiosos del tema como Peggy Levitt o Ninna Nyberg han venido a llamar “remesas sociales”, esto es, los emigrantes, además de dinero, también exportan hacia sus comunidades de origen nuevas ideas, comportamientos sociales, papel actual de la mujer en la sociedad o contactos en el exterior, así como nociones de democracia, tolerancia o rendimiento de cuentas. Son no pocas veces un revulsivo para las sociedades cerradas pero fuente de nuevos memes desafiantes para el comportamiento grupal de las mismas.

La globalización de las economías es un fenómeno imparable. Tras la Segunda Guerra Mundial, se crearon instituciones para promover la movilidad de las mercancías y el movimiento de capitales. Los avances en los medios de transporte modernos y en las tecnologías de la comunicación la han favorecido enormemente. La movilidad de las personas trabajadoras, sin embargo, quedó casi “congelada”. Ha quedado desde entonces a duras penas contenida, esperando a ser liberada.

Las inversiones productivas y el desarrollo económico en el seno de los países más atrasados son muy deseables y reducirían in situ la pobreza, pero crear las infraestructuras necesarias y un entorno propicio para atraer y retener las inversiones a largo plazo requiere de bastante tiempo y de la existencia de instituciones adecuadas que las garanticen (nada fácil de conseguir, por cierto). Una mayor apertura, por el contrario, hacia la mano de obra inmigrante al establecerse unas fronteras más porosas y flexibles que las actuales en los países más desarrollados implicaría una rápida y contundente eliminación de la pobreza extrema en el mundo. Tal y como lo expresa el profesor Bryan Caplan, la razón por la que persiste aún tanta disparidad de renta entre fronteras es porque mucha gente está en el país equivocado; necesita, por tanto, moverse a otros países más productivos. Todo aquel que esté concernido por la ayuda al desarrollo debiera considerar seriamente esta alternativa.

Sin embargo, las legislaciones migratorias en los países industrializados son especialmente restrictivas para trabajadores no cualificados; eso significa que estamos poniendo coto arbitrariamente al mayor activo que poseen los países en vías de desarrollo: su fuerza laboral poco cualificada. A los pobres del mundo no se les permite muchas veces que accedan libremente sus bienes y productos a los mercados ricos; tampoco se les deja que acudan físicamente a ellos para vender sus servicios. Como veremos en un comentario posterior, los argumentos que se aducen por parte de los nativistas para frenar la movilidad laboral de extranjeros son falaces; responden todos ellos a temores infundados o imaginarios.

Por descontado, abogar por una inmigración más abierta no significa que cualquiera pueda acceder al país de acogida en la manera que él elija; no se trata de una inmigración descontrolada e irrestricta. Las autoridades competentes deben vigilar el proceso para evitar que se “cuelen” individuos con antecedentes criminales, terroristas confesos o enemigos declarados del país anfitrión.

Después de siglos de batallas por eliminar la discriminación del ser humano por su raza, sexo, religión o creencias resulta que el factor de mayor desigualdad hoy día en el mundo es el lugar de nacimiento. Las sociedades avanzadas aceptan desgraciadamente sin mayores dilemas morales el discriminar quién tiene derecho a vivir y trabajar dentro de sus fronteras en función meramente de su pasaporte. Los ciudadanos de los países desarrollados prefieren seguir contribuyendo al “desarrollo” de los países más atrasados colaborando con las ONGs o presionando a sus gobiernos respectivos para que dediquen más cantidad de sus impuestos para la ineficiente y muchas veces absurda ayuda al desarrollo. Ni siquiera presionan a sus gobiernos para derribar unilateralmente las barreras al comercio, algo importante para los habitantes de los países más pobres. Todo lo intentado hasta ahora es, por desgracia, insuficiente.

Tras más de medio siglo mandando ayuda a los países del Tercer Mundo sin haber conseguido resultados satisfactorios, parece que ha llegado el momento de probar otras medidas. Facilitar la movilidad laboral transfronteriza es un tema decisivo para el desarrollo mundial.
 


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I.