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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Intereses colectivos y particulares

Una de las trampas dialécticas tendidas contra el liberalismo ha sido la propagación de la especie de que la defensa del capitalismo, como sistema basado en el derecho de propiedad de los bienes de producción, solo puede hacerse por aquellos que tienen esas propiedades. De esa premisa se deduciría fácilmente, que, a sensu contrario, quienes no son propietarios no pueden apoyarlo racionalmente, ya que solo los primeros se beneficiarían de tal sistema, en detrimento de los segundos. La suposición de que esa relación es estática y que no varía por obra de los intercambios libres –al menos significativamente– va implícita también en ese sofisma, pero sigamos analizando otras derivaciones.

La falacia de la abolición de la propiedad privada –no solo de los medios de producción– se manifestó incluso en los países donde los experimentos socialistas llegaron más lejos. Tuvieron que tolerarla respecto a los bienes que pertenecen a la "esfera privada" del individuo, los cuales no coinciden exactamente con los bienes de consumo. No puede sorprender que los defensores de la libertad intentaran estirar el significado de ese vaporoso atributo en su toma y daca con los regímenes comunistas. Dentro de las cosas cuya propiedad se reconoce a un individuo, la distancia que separa la posibilidad de poseer solo unos enseres básicos a una vivienda y un terreno que poder explotar traza, correlativamente, una escala de menor a mayor libertad personal.

Releyendo Liberalismo, de Von Mises, estos días estivales, reparo en algunas analogías y diferencias de las fuerzas contrarias a la libertad entre la época de entreguerras y la actual. En aquel tiempo, según nuestro autor, los enemigos del mercado libre "empiezan afirmando que los principios liberales tienen como objetivo favorecer los intereses de los capitalistas y de los empresarios a costa de los intereses del resto, de suerte que el liberalismo estaría a favor de los ricos contra los pobres; luego observa que muchos empresarios y capitalistas, sobre la base de ciertas premisas, se baten a favor de los aranceles protectores y otros incluso a favor de los armamentos. Así que, como el que no quiere la cosa, se llega a la conclusión de que todo esto debe ser política capitalista. La realidad es totalmente diferente. El liberalismo no es una política que fomente los intereses de tal o cual clase social, sino una política a favor de los intereses de la sociedad en su conjunto. No es, pues, que los empresarios y los capitalistas tengan particular interés en preferir el liberalismo. Su interés en preferir el liberalismo es idéntico al de cualquier otro individuo. Es posible que el interés particular de algunos empresarios o capitalistas coincida con el programa del liberalismo en algún caso particular, pero los intereses particulares de otros empresarios o capitalistas se les oponen siempre".

Podemos comprobar que actualmente, a diferencia de la época de entreguerras en la que escribió Mises, se ha producido un cambio en las medidas de protección que algunos empresarios piden a los políticos e, inversamente, las que éstos les procuran para obtener, de paso, apoyos sólidos en su lucha por el poder.

Si en aquel tiempo la intervención estatal más buscada por los grupos de presión de distintos sectores consistía en la elevación de los aranceles a la importación (Ley Smooth-Hawley de 1930) hoy en los países más desarrollados se ha sustituido por la búsqueda de la subvención estatal de sectores productivos enteros (los armamentos parecen haber decaído a favor de las energías renovables ahora) y la tradicional regulación para crear barreras de entrada para ciertas actividades.

Digo hoy porque otro de los catastróficos efectos de las reacciones políticas ante el estallido de la crisis financiera y monetaria y la subsiguiente recesión ha sido la voladura de las prevenciones contra las subvenciones como instrumento normal de política económica. Salvo en sectores como el agrícola y el energético, en Europa y EEUU se había extendido la idea acertada de que esas ayudas causaban más daños que los que pretendían evitar. Por si fuera poco, suponían un modo de funcionamiento más propio de un "capitalismo de amiguetes" (crony capitalism) inaceptable éticamente.

No quiero decir con esto que el comercio internacional haya conseguido la liberalización total y absoluta que debería gozar para hacer más libres y prósperos a los seres humanos de este siglo XXI. Persiste un situación muy lejos de la que sería óptima e, incluso, algunas ideas del presidente Barack Obama para la recuperación económica norteamericana, plasmadas en la cláusula "Buy American" (Sección 1605) de su paquete de estímulo económico, podrían alimentar una espiral proteccionista que agravaría la situación.

Sin embargo, la realidad que nos han traído los planes de rescate promovidos por los grandes estados del mundo nos conducen a una situación de gigantescos déficit públicos, que se financiarán con mastodónticas emisiones de deuda pública y subidas de impuestos cuando esa deuda no pueda ser absorbida por los mercados mundiales. La evaluación de los efectos que este viraje en los instrumentos que utilizan los estados para quitar recursos a unos individuos para transferirlos a otros constituye un campo de estudio apasionante, pero, en todo caso, todavía no se perciben en toda su magnitud.

En conclusión, las soflamas anticapitalistas esconden una suerte de compromiso entre las pulsiones intervencionistas de unos políticos imbuidos de ideas socialistas y planificadoras y las presiones de protección de grupos organizados, habituados a tratar con la arbitrariedad de esos políticos. A diferencia de la depresión de los años 30 del pasado siglo, donde se ensayaron disparatadas subidas de aranceles, la recesión presente y la crisis financiera y monetaria internacional, lejos de servir a la contención y la austeridad de los estados, han desatado (al grito keynesiano de estimular la economía) un alocado aluvión de subvenciones directas a empresas de todo tipo, a cuenta de los impuestos presentes o futuros sobre otras empresas y ciudadanos.

Hasta que punto esas medidas irán seguidas por "nacionalizaciones" de esas empresas subvencionadas está por ver. Ciertamente, aparte de los ingentes gastos corrientes por los estados contemporáneos, en algún momento deberán cuantificarse los perjuicios que se están causando a la libertad y prosperidad de las generaciones actuales y venideras. En el caso español, donde destaca la súbita intensidad y la opacidad con que se distribuyen estos fondos de intervención, tal vez destacados miembros de la nomenclatura política y los empresarios parásitos del presupuesto público tengan que dar cuenta algún día de estas transferencias coactivas ante una justicia que merezca tal nombre.

Las contradicciones internas del sindicalismo

Aunque las castas políticas y sindicales dicen que protege a los trabajadores –en un país con una tasa de paro del 18´70 %, la más elevada dentro de la OCDE– la realidad se resiste a amoldarse a las consignas y la propaganda.

Uno de los más ilustrativos para analizar las dinámicas perversas que desencadena el intervencionismo estatal en las relaciones laborales ha sido el caso del expediente de regulación de empleo solicitado por Nissan Ibérica para despedir o suspender temporalmente los contratos de sus trabajadores de las fábricas de la Zona Franca de Barcelona y Montcada i Reixac. Como se sabe, fue aprobado recientemente por el gobierno autónomo catalán, tras casi un año de "negociaciones" –viaje de Montilla a Japón incluido– a tres bandas entre la empresa, los sindicatos mayoritarios y las autoridades del tripartito catalán.

En un sector industrial donde sin excepciones las ventas se habían hundido, en octubre de 2008 esa empresa anunció su intención de despedir a 1.680 trabajadores de esas plantas de producción. En consonancia con ese propósito, presentó su solicitud de autorización administrativa previa antes de proceder al despido colectivo, tal como exigen los artículos 51 y 52 del Estatuto de los trabajadores y el reglamento que regula los procedimientos de regulación de empleo.

Esa regulación exige que las empresas, en el caso de alegar "causas económicas, técnicas, organizativas o de producción", presenten una solicitud de autorización administrativa, acompañando toda la documentación que acredite la causa concreta invocada, antes de despedir a grupos de trabajadores. Paralelamente, las empresas deben emprender lo que la ley denomina "periodo de consultas" con los representantes legales de los trabajadores. Ese eufemismo encubre el mantenimiento nominal de la propiedad de la empresa privada socavada por la coacción del gobierno y los sindicatos. Si, dentro de este contexto, la empresa y el comité de empresa alcanzan un acuerdo sobre los despidos o suspensiones de contratos temporales, éste será vinculante para la administración salvo en casos tasados. En caso de no llegar a un acuerdo, la administración tiene la potestad de estimar o desestimar, total o parcialmente, la solicitud empresarial. En cualquier caso, al mismo tiempo que obtiene la autorización para los despidos, la empresa deberá abonar a los trabajadores una indemnización de 20 días de salario por año de servicio, con un máximo de 12 mensualidades.

Dado que la autorización de la dirección de trabajo catalana convalidó el acuerdo al que llegaron la empresa y los sindicatos mayoritarios en el comité de empresa – CCOO y UGT– para despedir finalmente a 698 trabajadores, aunque 150 podrían ser readmitidos si la evolución del mercado hiciese necesario elevar la carga de trabajo, resulta asombroso que no se investiguen las acusaciones de la CGT contra los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT, en el sentido de que éstos últimos habrían conseguido que la mayoría de los afectados se concentraran en las filas del sindicato anarcosindicalista. Paradójicamente, de confirmarse, este hecho convertiría en nulo el acuerdo, según sanciona la propia ley de libertad sindical promulgada en 1985 para favorecer a los sindicatos establecidos entonces. Podría constituir, incluso, un delito.

La vorágine anticapitalista que nos rodea escamotea algunas cuestiones fundamentales al público. La vía intermedia entre capitalismo y socialismo, con ribetes corporativistas, escogida por la legislación laboral española despoja a los empresarios de la facultad de tomar las decisiones que estimen más adecuadas para rentabilizar sus inversiones y, si lo consideran oportuno, asegurar la supervivencia de sus empresas. Si, por cualesquiera razones, los consumidores retiran su favor a los productos de una empresa o un sector entero, es muy probable que los empresarios tengan que adoptar medidas como redimensionar su estructura o liquidar sus inversiones. Si se les impide o inflige un daño adicional, alguien tendrá que pagar por el mantenimiento de esa situación artificial.

Así ha sido en este caso. La denuncia de un sindicato minoritario siembra la sospecha de que, si no hubiera mediado la coacción gubernamental y sindical, la empresa no habría señalado a los concretos trabajadores despedidos. Probablemente, además, el número habría sido mayor, tal como se infiere de su primer anuncio de despidos. Ante las primeras consecuencias de la recesión, el Gobierno se entrega entusiasmado a socializar parte de las pérdidas de los ajustes incompletos, con su plan de ayudas directas a la compra de automóviles. Por mucho que se intente camuflar, otros pagarán directamente ese dispendio y quedarán menos recursos en el resto de la economía para otras inversiones rentables, generadoras de puestos de trabajo.

Las dramáticas circunstancias que está viviendo la economía mundial están poniendo en un primer plano los defectos estructurales de todas las economías. En el caso español, los empresarios extranjeros con inversiones directas están comprobando cuan estrechas son las posibilidades de adaptarse a los cambios cuando vienen mal dadas que ofrece el marco legal. Seguro que no les hace falta leer The Economist para posponer la construcción de castillos en España, que dirían nuestros vecinos franceses.

Será en septiembre

Si recuerdan, en marzo de 2008, en plena campaña electoral, Zapatero prometió "crear 2 millones de nuevos empleos" en la presente legislatura. De hecho, llegó a decir que "España está en condiciones para llegar al pleno empleo". Por desgracia para todos, el tiempo se ha encargado de desmontar la falsedad de tales palabras, además de la ineptitud de quien las profirió.

La mayoría de titulares destacan que el desempleo ha bajado en 20.794 en personas con respecto a junio, según las cifras oficiales. Sin embargo, este dato esconde algunas trampas, que resultan clave para entender la tendencia real del mercado laboral.

En primer lugar, si se elimina el efecto calendario propio de la época estival, los datos de los Servicios Públicos de Empleo (antiguo Inem) muestran que tan sólo 2.437 personas han abandonado la cola del paro en julio. Una cifra ínfima e insignificante.

Además, el único indicador relevante en esta materia es la tasa interanual, y ésta muestra que 1.117.179 personas han perdido su trabajo en los últimos doce meses (un aumento de 46% respecto a julio de 2008). Asimismo, España destruye empleo a un ritmo del 6,4% interanual, lo que se traduce en la desaparición de 1.238.669 de puestos de trabajo.

El Gobierno basa su optimismo en que el repunte del turismo, propio de la época estival, ha logrado crear algo más de 45.000 empleos. De hecho, el sector servicios ha registrado 79.173 nuevos afiliados a la Seguridad Social. Sin embargo, cabe destacar que la agricultura, la industria y la construcción han destruido 33.606 puestos de trabajo en julio. Es decir, tan sólo el turismo crea empleo, pero a un ritmo muy tímido debido a la particular crisis que atraviesa el sector (la peor en décadas).

Por si ello fuera poco, por décimo cuarto mes consecutivo, la contratación indefinida se reduce a un mayor ritmo que la temporal. En concreto, la contratación indefinida cae un 30,7% interanual en julio, mientras que la temporal lo hace a un ritmo muy inferior (-11,9%). Además, desde abril la mayor parte del empleo que se está generando es de carácter temporal, según el Servicio de Estudios de AGETT.

En segundo lugar, tal y como alardea el propio Ejecutivo, el Plan E destinado a la realización de obras inútiles en los ayuntamientos está ocupando a 400.000 trabajadores, de los que casi 169.000 son nuevas contrataciones. Es decir, el escaso trabajo que se crea es de carácter artificial, ya que se sostiene sobre ingentes partidas de gasto público que, tarde o temprano, se terminarán agotando.

Por último, los demandantes de empleo han crecido un 3% en julio y rozan ya los 5 millones. Este dato indica que aumenta el número de personas que se incorporan por primera vez al mercado laboral. Y es que el deterioro económico que sufren los hogares, la mayoría muy endeudados, provoca que miembros de la familia que antes no trabajaban (desde estudiantes a amas de casa) se pongan a buscar empleo. Muchos, sin éxito.

Visto lo visto, la realidad es que, hoy por hoy, España cuenta con algo más de 4 millones de parados; una tasa de desempleo superior al 18%, según las estadísticas más fiables (EPA y Eurostat); la creación de empleo estival es muy exigua debido al desplome del turismo; y el escaso trabajo que se genera es artificial (dinero público) y temporal (incertidumbre económica).

De este modo, España retomará la senda del aumento del paro a la vuelta de las vacaciones. Septiembre será, pues, la prueba de fuego. Incluso agosto podría deparar alguna que otra sorpresa desagradable. La cuestión es que sin reformas estructurales los números rojos volverán y el drama que viven millones de ciudadanos continuará su curso. El pasado febrero, los datos avanzaban un paro del 20% a finales de año. Superar dicho umbral marcará un antes y un después. Ojalá el Gobierno reaccione a tiempo incentivando el libre mercado para evitar el peor escenario posible en 2010: un desempleo de entre el 25% y el 30%.

Sobre la asimetría entre trabajador y empresario

Hace unas semanas estuve hospedado en un hotel durante tres días. Se trataba de un hotelito familiar, de categoría baja, aunque bien atendido. Algo que siempre me interesa es la hora a que se puede desayunar, pues con ella empieza mi día cuando estoy en el extranjero. Así que me informaron puntualmente de que se podía desayunar a partir de las siete de la mañana.

En la práctica, este servicio se prestaba por una chica contratada por la dueña del hotel, que venía a llegar a las seis, limpiaba la cafetería, preparaba la terraza y, eventualmente, atendía las peticiones de desayuno. Así ocurrió los dos primeros días, y puntualmente disfrute de mi colación.

Pero al tercer día no ocurrió tal. En efecto, a las seis de la mañana nadie estaba limpiando el salón, y a las siete ni estaba la terraza puesta ni había a quien pedir el desayuno. Así que me acerqué a recepción a ver qué ocurría, obteniendo la evidente respuesta de que la chica encargada no se había presentado, y que estaban tratando de localizarla. Por acortar, la historia terminó con la recepcionista despertando a la empresaria de su seguramente merecido sueño, y con ésta abriendo el restaurante a las siete y media, y preparándome unas deliciosas crepes.

Esta simple anécdota revela importantes características sobre la relación entre empresario y trabajador, y que llevan a cuestionar la supuesta asimetría negociadora entre ambas partes que, entre otras cosas, justifica la regulación laboral y la existencia de sindicatos.

En primer lugar, no se debe de olvidar que de los dos recursos básicos u originarios (tierra, trabajo), únicamente es el trabajo el imprescindible. No hay forma de acometer un proyecto empresarial, por muy automatizado que sea, sin presencia humana. En cambio, sí se pueden acometer empresas sin disponer de recursos naturales (por ejemplo, la canción de un cantante, o el consejo de un abogado). Así que es evidente que el empresario necesita del trabajador: sin trabajador no hay empresa.

La ausencia de la limpiadora-cocinera el día de autos tenía que ser suplida como fuera por el empresario, que corría el riesgo de ver toda su inversión arruinada, activos que posiblemente le habían costado más de lo que pagaría a la chica en toda su vida laboral, si no tomaba ninguna decisión. En este caso, no le quedó más alternativa que levantarse a prepararme el desayuno.

¿Es mutua la dependencia? ¿Depende el trabajador del empresario? De forma irreflexiva, se podría responder que sí, pues es el empresario el que le paga el salario. Sin embargo, el trabajador es el único de los recursos de la empresa que la puede abandonar a su gusto sin ninguna pérdida. Si el empresario decide abandonar la empresa, perderá su inversión.

Más aún: el trabajador puede decidir hacer la competencia al empresario, puede integrarse verticalmente hacia delante y formar su propia empresa. Así que no solo el trabajador puede decidir no trabajar, o cambiar de empresa, es que tiene en sus manos crear su propia empresa. Compárese con las posibilidades del empresario al respecto del trabajador.

Realmente, no sé qué pasó con la protagonista ausente de la anécdota. Pero podemos imaginarnos que tal vez encontró un puesto de trabajo mejor, más cerca de su casa o mejor remunerado o más interesante, y no juzgó necesario comunicárselo a su jefa. O a lo mejor ese día no tenía ganas de trabajar. Sea como fuera, la situación deja a la empresaria en su verdadero lugar, como una persona con gran parte de su patrimonio invertido en una finalidad y dependiendo para su recuperación completamente de los caprichos de otro ser humano.

Evidentemente, los "caprichos" del trabajador se ven atenuados por su deseo de mejorar su vida y por la competencia que le suponen los restantes trabajadores, en esencia, por su instinto de supervivencia. Pero eso no cambia el análisis realizado: existe una asimetría de dependencia entre ambas partes del mercado, que no es tan aparente en los mercados de otros tipos de bienes y servicios.

Lo curioso es que, a mi modo de ver, esa asimetría en el mercado libre es contraria a la que encontramos en los mercados intervenidos. En el mercado libre, el empresario depende del trabajador; en el mercado intervenido, con la regulación de un salario mínimo y demás derechos sociales, se produce un exceso de oferta del factor trabajo, y la asimetría pasa a ser la contraria: es el trabajador el que depende para su subsistencia del empresario, que puede encontrar con (cierta) facilidad sustitutos.

Una vez más, reluce en todo su esplendor la gran paradoja del intervencionismo: la regulación implementada para equilibrar el poder de negociación entre empresario y trabajador, nominalmente para mejorar la posición de éste, son la causa última del mayor poder de negociación del empresario.

¿Buen Gobierno? ¡Ja!

Los más de 500.000 pisos de nueva construcción que el sector finaliza cada año se venden con una facilidad pasmosa, a pie de obra, ya que la rentabilidad de este tipo de activos está disparada. Además, "el precio de la vivienda nunca baja", ¿recuerdan?

El director de la sucursal tiende una alfombra roja a los pies del promotor al tiempo que se frota las manos, consciente de que cumplirá sus objetivos anuales con dicho crédito y los dos millones extra que concederá al empresario para que los invierta en un depósito a largo plazo de su entidad. Todos contentos. El promotor sale del banco encantado con tres millones en el bolsillo a un tipo de interés muy reducido, y el empleado de banca satisfecho por haber engordado en volumen, aunque no en calidad, el balance de su sucursal. Ambos celebran el trato con una buena cena, tras la firma ante notario.

Ahora multipliquen este ejemplo y amplíenlo a cientos de miles de millones de euros y obtendrán la burbuja inmobiliaria nacional, cuyo origen radica en la expansión crediticia impulsada desde la banca central (tipos de interés artificialmente bajos durante un largo período de tiempo).

La intervención pública en materia monetaria ha provocado graves desajustes en la estructura productiva del país y en los precios relativos de determinados activos. El sector de la construcción vivía un sueño que parecía no tener fin, pese a que todo el sistema se sustentaba sobre la concesión de crédito fácil y barato. Sin embargo, los excesos de inversión y riesgo crediticio cometidos durante el boom salieron a la luz en 2007. Desde entonces, la crisis económica está intentando corregir los errores pasados mediante procesos de mercado. Es decir, caída de precios, quiebras empresariales, desempleo y restricción del crédito.

La purga no sólo es necesaria sino sana e imprescindible para volver a crecer con solidez. Sin embargo, el ajuste en España se está encontrando con graves dificultades debido, precisamente, a una nueva oleada de intervención gubernamental. Bancos y cajas están sosteniendo artificialmente el precio de los activos inmobiliarios con el apoyo del Ejecutivo y del propio Banco de España. La receta elegida por los organismos públicos para mantener en el aire este particular castillo de naipes es la que aplicó Japón durante los años 90, tras el estallido de su particular burbuja: la refinanciación de los créditos basura o roll-over, tal y como se conoce en términos académicos.

En esencia, la operación consiste en sustituir un préstamo fallido o próximo a vencimiento por otro de similares características, e incluso en condiciones más favorables, pero a más largo plazo. Los bancos y cajas españoles están refinanciando la inmensa deuda que promotoras e inmobiliarias no podrán pagar. El sector está en quiebra técnica desde que la compraventa de viviendas se frenó en seco hace ahora dos años.

Además, de este modo, la banca oculta su morosidad real (del 20%) canjeando deuda por activos inmobiliarios y renegociando las condiciones hipotecarias de los morosos: los promotores entregan el suelo y los bloques de pisos que no pueden vender para saldar sus préstamos, y las entidades rebajan las cuotas hipotecarias a los particulares alargando el vencimiento del crédito.

Como resultado, los bancos son, hoy por hoy, las grandes inmobiliarias del país, y puesto que cuentan con el respaldo público del Estado (avales y rescate a fondo perdido) se niegan, de momento, a malvender el creciente stock de pisos embargados. De ahí que el precio de la vivienda en España baje a un ritmo muy lento, próximo al 10% interanual, según datos oficiales, cuando la sobrevaloración estimada de este tipo de activos podría superar el 40%.

La receta mágica consiste, pues, en aguantar el precio de las malas inversiones acometidas tanto como sea posible a la espera de la ansiada recuperación económica. Un juego muy arriesgado y, de hecho, suicida, si se tiene en cuenta que dicha estrategia ha obtenido un rotundo fracaso en Japón. Tras acudir al rescate de la banca y de los "sectores estratégicos", la deuda pública nipona supera de lejos el 150% del PIB y su economía no levanta cabeza desde hace casi dos décadas. Si las malas inversiones no se depuran el desajuste productivo tan sólo se perpetuará en el tiempo.

Ludwig von Mises lo advertía claramente:

Todos los intentos para salir de la crisis mediante la adopción de nuevas medidas intervencionistas son completamente equivocados. Sólo hay una forma de salir: renunciar a cualquier intento de impedir el impacto de los precios de mercado sobre la producción. Renunciar a la adopción de políticas que busquen establecer los tipos de interés, los salarios y los precios de las mercancías a unos niveles diferentes a los que fija el mercado.

El roll-over a la española no solventará la situación, sino todo lo contrario. Agravará la agonía.

¡Toma Kit Kat, Díaz Ferrán!

La cosa se pone dura, porque los sindicatos se saben totalmente respaldados por el Gobierno. Saben (es una especie que ha recorrido ya toda la prensa) que Zapatero quiere ser el primer presidente de la democracia al que no se le monta una huelga general y su sola mención les permite tener al Gobierno de rodillas. Además, en el mundo ideológico de Pin y Pon en que se mueven sus votantes, los sindicatos son los buenos y los empresarios los malos. Eso le sirve a él para comunicarse eficazmente con ellos, pero también le resta margen de maniobra. En caso de duda ya sabe con quién estar y con quién no.

Entonces salta la violenta oposición entre dos fuerzas. Por un lado, Zapatero ha hecho del "diálogo social", lo que antes llamábamos "democracia orgánica", su apuesta para apuntalar su poder y ganarse la paz social. Por otro, ese diálogo no vale de nada (bien lo sabe el infeliz) si no resulta en un pacto que repique en los medios de comunicación para remarcar su capacidad política y remachar la soledad del PP, su posición con un pie fuera del sistema, todavía criticando la política del Gobierno cuando es, después del pacto, "la de todos". Y ese pacto sólo puede tener los términos que quieran los sindicatos. Es decir, que para los empresarios sólo puede ser un "trágala". Lo toman o lo deja. "No sabe con quien está usted hablando", le dijo, con otras palabras, Zapatero a Díaz Ferrán. ¿No quería Díaz Ferrán un Kit Kat en la economía de mercado? Pues lo tiene ahora de trágala sindical.

A Ferrán le debemos reconocer que no haya firmado un acuerdo cobarde, criminoso y ruinoso, y que haya respondido a la chulería del presidente llamándole "mentiroso". Sólo espero que se aclare las ideas sobre la libertad económica y que reconozca ante los micrófonos (abiertos, es decir) lo que piensa de él. Y, sobre todo, que se planteen, él y sus asociados, si no sería una buena idea dejar de ser tan miserablemente cobardes y ponerse a defender, con todos sus medios, a la sociedad civil. Para evitar zapateradas, entre otras cosas.

Parados por decreto

Como los niños tozudos cuando les llevan la contraria, Zapatero también se enfada cuando una de las partes en litigio no se pliega a su dictado, de ahí que haya manifestado su profundo enfado porque la CEOE se haya atrevido a cuestionar su “modelo de crecimiento”, proponiendo medidas elementales como rebajar los impuestos y las cargas sociales a las empresas en dificultades.

El problema del presidente del Gobierno, como buen socialista, es que su principal objetivo no es tomar medidas serias contra la recesión y el desempleo para que la sociedad civil cree empresas y puestos de trabajo, sino mantener satisfechos a los grupos de presión que pueden amenazar sus expectativas electorales a medio plazo. Zapatero prefiere muchos parados con subsidio a trabajadores independizados de la ubre estatal, porque mientras los primeros suelen agradecer con su voto la “redistribución de riqueza” llevada a cabo en su beneficio, los segundos son incontrolables.

Si hay que tomar medidas impopulares para salir de la recesión, y todas las decisiones efectivas lo son especialmente en unas sociedades acostumbradas al paraguas protector del Estado, que nadie espere que Zapatero vaya a adoptar ni siquiera las de menor coste político. Mucho menos le veremos emprender una reforma del mercado laboral aunque todas las instituciones serias se lo pidan a gritos, incluidas las presididas por miembros de su partido. El presidente no está dispuesto a pasar a la nutrida historia de los desafueros socialistas en nuestro propio país como el gobernante que propició un mercado del trabajo más ágil y competitivo, porque los liberados sindicales se echarían a la calle y Zapatero no quiere esa foto en su álbum de recuerdos.

La recesión será larga, pero en lugar de reparar el casco de un buque agujereado por todos los lados, Zapatero y Corbacho prefieren quedarse en la sentina achicando agua mientras quede dinero para pagar el alquiler de las bombas. Todo para que los sindicatos, cómodamente instalados en la cubierta más lujosa, no experimenten la menor molestia durante la travesía. Con llegar a puerto en 2012 sin habernos hundido del todo la misión estará cumplida.

Ni investigación ni desarrollo

Durante el Observatorio organizado por la Asociación Empresarial Eólica (AEE), representantes de Iberdrola Renovables, Acciona Energía, EDP Renovables, Endesa y Eufer propusieron al Ministerio de Industria una especie de plan Renove para sustituir los aerogeneradores más antiguos por otros más modernos y potentes. Desde luego, su postura es coherente. No contentos con conseguir subvenciones, ayudas y mercedes de las Administraciones Públicas para implantar por toda la geografía española miles de estos armatostes, estos “empresarios” piden otras tantas para sustituirlos y cargar un poco más el coste de este gravoso método de generación energética en el contribuyente cuyas aportaciones seguirán, sin duda, haciéndoles más ricos.

Pero esta petición hace evidente un problema que tiene la investigación y el desarrollo cuando el Estado se inmiscuye. Cabe preguntarse qué hubiera pasado si, en vez de instalar durante estos años estos aerogeneradores, estas empresas hubieran utilizado ese capital y ese esfuerzo en encontrar y desarrollar una tecnología con una eficiencia más parecida a los métodos tradicionales de producción energética. No sería una locura pensar en que estarían más cerca o incluso podrían haber desarrollado un sistema de generación que no se viera afectado por los vaivenes de los mercados de materias primas, reduciendo así su dependencia energética del exterior y manteniendo unos costes aceptables.

Cuando el Estado apuesta por una tecnología a través de subvenciones, ayudas o un apoyo descarado a ciertos lobbies, pueden ocurrir dos cosas. Por una parte, la tecnología puede ser ya rentable y en ese caso estamos en un caso de corrupción descarada que favorece a unos pocos y entorpece el desarrollo de posibles tecnologías sustitutivas que podrían nacer como opciones más interesantes para los usuarios.

Los sistemas de licencias y concursos que los poderes públicos imponen a las operadoras de telecomunicaciones en el ámbito de la telefonía móvil no hacen otra cosa que retrasar la implantación de nuevas tecnologías que permitirían un mejor servicio para el usuario, lo que favorecería la competencia entre las operadoras en calidad y precio. La realidad es que se controla un servicio esencial, se recaudan miles de millones que tarde o temprano repercuten en el precio final del servicio y se impide de manera indirecta la investigación en nuevos sistemas y protocolos ya que estos tendrán que pasar un filtro que en condiciones de libre mercado ni se plantearía.

La segunda posibilidad es que la tecnología todavía esté en desarrollo y por tanto no sea rentable o al menos nadie haya encontrado la manera de sacarle una rentabilidad a un precio que los ciudadanos estén dispuestos a pagar. Esta apuesta, que suele responder a intereses políticos y no a nuestros deseos y necesidades, es incluso más letal pues da la falsa sensación que algo ya está listo para su explotación. Las tecnologías de las energías renovables llevan décadas desarrollándose, pero hasta la fecha los costes de generación son muy superiores a los de los métodos más tradicionales. Su aparente eficiencia radica en precios de la energía controlados que no reflejan estos costes y en el pago de un plus a sus productores lo que hace especialmente atractivo para las empresas que han conseguido introducirse en este chiringuito controlado en último término por las Administraciones.

Hay otro asunto que no se puede dejar de mencionar, el coste de oportunidad. Las empresas que apuestan por las tecnologías patrocinadas por el Estado dejan de invertir en otras que pueden responder a las necesidades reales de la gente y no a un capricho político, limitando así las opciones de los consumidores de acceder a nuevos productos y servicios, impidiendo o ralentizando la investigación y el desarrollo de las propias tecnologías que usan y entorpeciendo la investigación de otras alternativas.

La reforma laboral de Hugo Chávez

La tan traída reforma laboral, asunto sobre el que gobierno y los sindicatos españoles tienen una opinión opuesta a la patronal, es para Chávez un asunto menor para el que tiene una solución la mar de sencilla. Básicamente se trata de que los empleados no cobren las horas extra y, eventualmente, hacer que trabajen de forma voluntaria sin cobrar un sueldo más allá de lo que el empresario, y en última instancia el gobierno de forma subsidiaria, fijen como precio justo.

Para Chávez, las horas extra son un "vicio" (sic) que hay que erradicar. En efecto, también los trabajadores venezolanos tienen la fea costumbre de exigir el pago de los honorarios correspondientes a las labores realizadas fuera de su horario habitual, con el incremento fijado en los acuerdos colectivos. Esto de los convenios, que Chávez denomina "contratos colectivos", es otra lacra de las relaciones laborales que el mandatario venezolano desprecia profundamente, porque atacan al Estado, es decir, a la capacidad gubernamental de fijar de forma científica cuánto debe cobrar cada trabajador.

Los progres europeos, divididos entre los que se declaran fascinados por las conquistas bolivarianas y los que disculpan los "excesos" totalitarios de la revolución porque se realizan por una causa elevada (la implantación del socialismo), deberían reflexionar sobre su condición laboral si vivieran en un país gobernado al estilo de su ídolo sudamericano.

Y como todo lo que hace Chávez les parece estupendo, incluida su campaña brutal contra los medios de comunicación privados (285 emisoras de radio cerradas son su última conquista en este terreno), sería bueno que importaran a sus empresas el modelo venezolano suprimiendo los convenios colectivos, dejando de cobrar las horas extra y cediendo al empresario la facultad exclusiva de decidir sobre su salario.

Igual al principio es algo molesto, pero como ellos mismos suelen decir, lo harían por una buena causa. ¿O es que sólo los trabajadores de Venezuela van a tener derecho a disfrutar de tanta felicidad?

Salgado arbitrista

Los arbitristas eran unos genios. Desembarazados de cualquier arnés teórico, su feraz imaginación, sin más compromiso que el poder, les llevaba a arbitrar los planes más fantásticos, a medio camino entre la economía y la literatura fantástica. Ninguna lógica, con sus bellas pero estrechas vías, podía contener esas mentes desbordantes. Es el caso de nuestra Salgado, que acaba de darle una patada a la lógica tanto económica como formal de aquellas que hacen rugir los estadios de fútbol. Le ha propinado un zurriagazo que le hubiese bastado para hacer el home run más espectacular de los logrados en el estadio de los Yankies.

Salgado ha hablado desde Vogue, revista de referencia de la cuota ministerial, para pedir a los españoles "que tengan confianza en el futuro y que, por lo tanto consuman". Bendito baile de conceptos, sagaz retruécano de ideas, audaz desprecio de las realidades más inmediatas. Pues el consumo es, precisamente, la satisfacción inmediata de las necesidades. Y el futuro, en el consumo, tiene siempre las patas muy cortas. Mientras que el ahorro, a poco que merezca ese nombre, siempre se encamina al futuro.

Nosotros, o consumimos o ahorramos. Y lo que dediquemos a la satisfacción del momento presente, como nos dice Salgado, se lo restamos de dedicárselo al ahorro, y por tanto a la inversión para el futuro. Es más, cuando no hay futuro, todo es consumo y las dos caras de la postergación económica, que son el ahorro y la inversión, se desvanecen por completo. Beccaría, nos dice Hicks, explicó que cuando la peste negra asolaba las poblaciones italianas, los vecinos, que podían tocar su muerte ya con las manos, destinaban todo lo que poseían a consumirlo en el presente, haciendo desaparecer cualquier capital.

A más a más, como dicen los de ERC, lo que necesita una economía en plena recesión es recomponer el capital y, por tanto, aumentar el ahorro. Sacrificar el presente para asentar el futuro. Pero claro, esa no es lógica de arbitristas.