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Etiqueta: Teoría monetaria

La moneda fíat como problema, y la banca libre como solución

El crecimiento está en la esencia del Estado, pues todos tratan de ocupar e intervenir –en mayor o menor medida– distintas áreas de la vida social y privada de los individuos. Entre estos, destaca especialmente cómo el ámbito monetario ha quedado inundado por regulaciones, privilegios y monopolios estatales. Históricamente, hemos pasado de un patrón monetario fundamentado en una combinación entre activos reales y financieros a la moneda fiat, lo cual nos ha abocado a una pérdida incesante de poder adquisitivo y a ciclos económicos cada vez más pronunciados. Se trata de un patrón cuya esencia estriba en la coacción del Estado, que fracasa en ofrecer los servicios de liquidez óptimos propios del dinero ideal (Menger, 2013), tal y como ilustra la historia reciente desde la creación de la Reserva Federal en 1913 y, en menor medida, desde la caída del sistema de Bretton Woods en 1971.

Sin embargo, gran parte del dinero que empleamos no es creado por los Estados, sino por los distintos bancos comerciales que, mediante el crédito circulatorio (Mises, 2012), crean nuevos medios fiduciarios –activos financieros pagaderos a la vista como los depósitos y billetes de banco– de forma autónoma, que actúan como medios de pago en nuestras economías. Por tanto, el Banco Central controla, pero no planifica centralizadamente toda la oferta monetaria que los agentes económicos emplean. Desde la óptica de los gobernantes, es lógico que los Estados traten de controlar este ámbito, y las nuevas tecnologías les ofrecen nuevas oportunidades para nuevos usos de la prerrogativa gubernamental sobre la emisión de base monetaria a través de las Central Bank Digital Currencies (CBDC).

Dinero y velo de la ignorancia de Rawls

En muchas ocasiones, se argumenta que el dinero debería manejarse centralizadamente porque es un bien que afecta a toda la economía, a la estructura productiva y a la preferencia temporal de los agentes económicos, por lo que este no debería depender de agentes privados como bancos y cámaras de compensación, pues emitir más o menos medios fiduciarios distorsionaría el tipo de interés y el proceso de mercado.

Sin embargo, la evidencia empírica demuestra que los períodos de mayor depreciación de la moneda en Estados Unidos y Gran Bretaña han sido –excluyendo la Guerra Civil Americana y otros acontecimientos bélicos– en el siglo XX, cuando el gobierno ya se había arrogado la autoridad del monopolio de la moneda. Cabe mencionar, empero, que ambos sistemas no estaban exentos de problemas en el sistema de pagos y en la estabilidad de precios. Por ello, los teóricos de la banca libre han centrado su análisis histórico en la banca escocesa del siglo XIX como una aproximación más apropiada al modelo que proponen.

La prerrogativa gubernamental sobre la emisión monetaria ha pervertido la neutralidad del dinero, subvirtiéndolo a fines bélicos y fiscales –véanse las compras masivas de deuda pública, verbigracia. El dinero debería seguir el principio de justicia al que Rawls (1999) designó velo de la ignorancia, bajo el cual ninguna persona aceptaría ninguna norma manifiestamente injusta ni privilegios hacia ciertos grupos.

En este sentido, el dinero ideal no debería otorgar privilegio alguno a ningún individuo, ya sea mediante la revalorización de los saldos de tesorería o el incremento del precio de los bienes de consumo. De lo contrario, el dinero podría utilizarse para redistribuir la riqueza a discreción entre diferentes grupos de interés.

La función del dinero

La función del dinero es antagónica a esta pretensión. Ello se debe a que es una institución social cuya función es maximizar los intercambios en el espacio y en el tiempo. Para ello, su valor ha de ser estable, porque de lo contrario este dinero se convertiría en un medio de cambio imperfecto, pues ejercería de forma subóptima su función como depósito de valor, al ser un dinero con una liquidez oscilante. Además, tampoco serviría adecuadamente como instrumento de intercambio, ya que perturba el mecanismo coordinador que dentro del mercado ejercen los precios como trasmisores de información.

En efecto, la evidencia empírica señala que la moneda fiat se aproxima más a la definición de medio de cambio imperfecto que al dinero ideal (Nash, 2015). Concretamente, el dólar –que es la moneda de reserva internacional de referencia– ha sacrificado su liquidez en aras de unos objetivos macroeconómicos que acaban abocando a las economías al estancamiento y socavan la eficiencia dinámica del sistema, que es necesaria para ampliar y profundizar la estructura productiva mediante la canalización del ahorro real (Huerta de Soto, 2020).

Historia de la manipulación monetaria

Bajo esta retórica heredada de la Teoría General, el dólar perdió entre 1970 y 2020 el 85% de su poder adquisitivo, lo que equivale a una tasa de depreciación media de un 3,7% anual. Se ignora, por tanto, que el dinero no es un instrumento para aumentar la demanda agregada, sino un bien cuyos servicios de liquidez son esenciales para el cálculo económico y los procesos de mercado. En caso opuesto, tendrían lugar distorsiones económicas como la ilusión monetaria, bajo la cual los empresarios confunden precios nominales con precios reales. En suma, toda teoría macroeconómica que defienda la manipulación monetaria carece de una premisa elemental, a saber, que el dinero no puede estar sujeto a manipulaciones, sino que debe mantener su liquidez.

Tal y como señala Hayek (1976) refiriéndose a la historia de la prerrogativa gubernamental sobre la emisión de la moneda,

Cuando uno estudia la historia del dinero uno no puede evitar preguntarse por qué las personas han aguantado durante tanto tiempo a los gobiernos ejerciendo un poder exclusivo durante más de 2000 años que era usado regularmente para explotar y defraudarles (traducción propia).

Friedrich A. Hayek. La desnacionalización del dinero.

Las CBDC suponen precisamente la perpetuación de este marco monetario, que únicamente atraerá una mayor inestabilidad a nuestras economías. Este sistema no solo facilita más aún la expansión artificial del crédito, sino que reducirá la liquidez agregada del sistema. Además, no podrá planificar la oferta monetaria adecuada para mantener la liquidez del dinero fiat.

La propuesta de las CBDC

La implementación –por el momento hipotética– de las CBDC sustituiría tanto a los depósitos a la vista de los bancos como a los depósitos de los bancos comerciales contra el Banco Central, aunque existen otras propuestas como la del token descentralizado. Sobre los depósitos de los bancos comerciales en el Banco Central, esto no supondría ningún cambio a priori, ya que actualmente estas operaciones ya se dan en la ventana de descuento y en la remuneración de las reservas, por lo que las CBDC no supondrían cambio alguno.

En contraposición, la sustitución de los depósitos de los ciudadanos acarrearía un cambio de paradigma en el sistema bancario, ya que los bancos comerciales perderían la mayor parte de su financiación, al proceder esta fundamentalmente de los depósitos de los clientes. Esta sería la propuesta del sovereign money, que colocaría al Banco Central en el centro de la jerarquía de las instituciones financieras, relegando a todas las demás a un plano subsidiario.

Problemas de cálculo económico y desintermediación financiera

Aunque pueda aparentar que esta medida tratará de estabilizar el sistema de pagos, resulta una justificación un tanto inocua. En primer lugar, porque las leyes de curso forzoso, que impiden que los depósitos a la vista coticen con descuento, impiden que esto pueda suceder, lo cual elimina este límite exógeno a la expansión crediticia y engendra el riesgo moral en la banca. En segundo lugar, porque un sistema de banca libre sin privilegios ni intervención estatal posee un mecanismo coordinador bajo el que ningún banco está dispuesto a sobreemitir medios fiduciarios. De lo contrario, estos acabarán siendo condonados y devueltos al propio banco, debilitando su posición financiera, tal y como describe la Ley del Reflujo de Fullarton.

La desintermediación financiera inherente a las CBDC es, por contraste, harto preocupante. Bajo este nuevo sistema, los bancos dejarán de generar la mayoría de los medios de pago de la economía, centralizando la emisión del dinero y el crédito, tal y como sugería la célebre propuesta revolucionaria del Manifiesto Comunista de Karl Marx. Aunque resulta difícil pensar que el crédito circulatorio dejará de existir, no es descabellado afirmar que este tendrá un papel subsidiario.

Los límites a la planificación

Por esta razón, esta propuesta centralizadora adolecerá de todos los problemas descritos por Mises y Hayek en el debate sobre el cálculo económico en el socialismo. Incluso si el objetivo de los burócratas fuera generar estabilidad en el nivel de precios, esto sería imposible. Ningún comité planificador posee la información como para determinar cuál es la oferta monetaria óptima en cada momento. Sólo se puede alcanzar por medio de un proceso de descubrimiento y competencia que conduce constantemente al sistema al equilibrio monetario.

Dicho de otra manera, la intermediación financiera coordinada temporalmente y descentralizada es esencial para sostener la actividad productiva y atender la demanda monetaria de los agentes económicos, bien sea de transacción, especulación o precaución. Por esta razón, es imposible teóricamente que los medios de pago se ajusten óptimamente a la demanda de los mismos bajo un sistema planificado como el del sovereign money.

Ciclo económico

Se ha argumentado, en un artículo autorizado por el Banco Central Europeo (Bindseil, 2020), que una de las magníficas posibilidades que ofrecen las CBDC consiste en la política de tipos de interés negativos. Esta falsa esperanza se debe, en parte, a la consideración de que el tipo de interés es un instrumento de manipulación macroeconómica y no una expresión de la preferencia temporal de los agentes económicos. Es la valoración subjetiva que se le concede a los bienes futuros sobre los presentes. En el momento en que se genera esta bifurcación entre el ahorro real y la política monetaria, se da pie a las políticas monetarias laxas que, a través del mecanismo de transmisión entre el Banco Central, los bancos comerciales y, en última instancia, la economía real, dan lugar al ciclo económico.

En gran parte, la mentalidad de las autoridades monetarias no es tratar de evitar la recesión económica. Es la de proveerse de todo tipo de instrumentos –como los programas de estímulo o de flexibilización cuantitativa– para llevar a cabo políticas contracíclicas que mantengan el gasto agregado. Más preocupante aún es, incluso, el abandono de la teoría del capital y del ciclo económico. Esa teoría pone de manifiesto la necesidad de la coordinación temporal del ahorro y de la estructura productiva.

Banca libre

Con todo, hay una alternativa compatible con la libertad bancaria y la estabilidad monetaria, a saber, la banca libre y descentralizada. Todos los problemas de los que adolece la moneda fiat y que se exacerban con las CBDC, desde el abuso de la prerrogativa estatal hasta la imposibilidad del cálculo económico, se resolverían aplicando los principios del proceso de mercado a la banca. La evidencia empírica recopilada por White y Selgin arroja pocas dudas sobre la capacidad del mercado y de sus procesos coordinadores para otorgar un patrón monetario compatible con los principios de la economía de mercado.

Esta propuesta no está ni mucho menos siendo considerada por los Estados –más bien hemos visto que todo lo contrario–. Pero podríamos dividir a los teóricos de la banca libre en dos sectores. El primero es el de aquellos que defienden la existencia de la reserva fraccionaria, como White, Selgin, Hayek (nótese que a este respecto sigue habiendo polémica) y Glasner. Los segundos son los teóricos que abogan por el coeficiente de caja del cien por cien, entre los que hallamos a Rothbard, Mises, Hoppe, Huerta de Soto, Fisher, Simons etc.

Estas posturas se remontan a las discusiones que ya mantuvieron la Escuela Bancaria y la Escuela Monetaria. En las últimas décadas han traspasado los límites de la Ciencia Económica hacia posturas incluso jurídicas y filosóficas. La premisa fundamental de estos teóricos es que la emisión monetaria no constituye ninguna excepción al mecanismo coordinador del mercado. Por ello, la gestión descentralizada de la misma poseería numerosas ventajas comparativas respecto a patrones intervenidos por organismos burocráticos y gobiernos. Es evidente, por tanto, que existe una alternativa a la evolución monetaria actual.

Bibliografía

Bindseil, U. (2020) Tiered CBDC and the Financial System.

Hayek, F.A. (1976). The Denationalisation of Money. Institute of Economic Affairs.

Huerta de Soto (2020). Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos. Unión Editorial.

Menger, C. (2013). El Dinero. Unión Editorial.

Mises, L.v. (2012). La Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Nash, J. F. (2015). Ideal Money. Southern Economic Journal, 82(1), 5–12.

Rawls, J. (1999). A Theory of Justice. Harvard University Press.

Ver también

La banca Simmons y la estabilidad monetaria y económica. (César Táboas).

La banca con reserva fraccionaria. (Francisco Capella).

Dinero, deuda, banca, y reserva fraccionaria. (Francisco Capella).

La necesidad de un banco central. (Eduardo Blasco).

El Suffolk Bank. (José Carlos Rodríguez).

Críticas infundadas a la banca libre y al coeficiente de caja del 100 por ciento. (José Carlos Rodríguez).

La crítica de Rallo a Mises: Paradigmas Monetarios Austriacos Enfrentados

En Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises, Juan Ramón Rallo desarrolla una visión alternativa sobre la teoría del valor del dinero y de los medios fiduciarios, así como su influencia en el ciclo económico. Desde Ludwig von Mises, ha proliferado dentro de los pensadores de la Escuela Austriaca una aproximación teórica hacia las ideas de la Escuela Monetaria del siglo XIX, que se opuso a la emisión de los medios fiduciarios, desde billetes de banco hasta depósitos a la vista.

En este sentido, Mises, Murray N. Rothbard, Jesús Huerta de Soto, Hans Hermann Hoppe y muchos otros adoptaron estas posturas desde el punto de vista metodológico de la Escuela Austriaca, argumentando en favor de un coeficiente de caja del cien por cien para depósitos a la vista y equivalentes. Más allá de los problemas que pueda generar este tipo de sistema bancario, es muy relevante entender que todas estas posturas quedan enraizadas en una teoría del valor del dinero y de los medios fiduciarios específica.

En su libro, Rallo trata de deconstruir la teoría monetaria de Mises premisa por premisa. Desde la teoría cuantitativa del dinero, hasta la teoría del ciclo económico. Y es que Rallo pertenece a esa otra vertiente de la Escuela Austriaca, heredera de la Escuela Bancaria del siglo XIX en el ámbito monetario. Aquí encontramos a economistas como George Selgin, Lawrence White, Antal Fekete y el propio Rallo, los cuales han enfatizado la importancia de un sistema donde la emisión de medios fiduciarios en un mercado competitivo sea flexible para evitar descoordinaciones económicas como la deflación o el descalce de plazos.

Sobre la definición científica del dinero

Cualquier teoría monetaria que se precie debe responder a la pregunta de qué es el dinero. Aunque esta pregunta pueda parecer sencilla a priori, esta definición ha de conseguir explicar todos los tipos de dinero, desde la moneda fiat hasta el dinero mercancía. La definición de Mises, la más extendida en la academia, es que el dinero es un “medio de cambio generalmente aceptado”. En su libro, Rallo critica esta definición por su baja precisión, dado que no tiene en cuenta el papel de los medios fiduciarios con respecto al activo real (en palabras de Perry Mehrling, la jerarquía natural del dinero) y nunca se llega a explicar en qué consiste la aceptación general del dinero o de medios de cambio secundarios.

Sin embargo, el problema del que adolece la definición de Rallo es el papel de patrones monetarios basados enteramente activos financieros, y no solo una combinación de activos reales con medios fiduciarios –esto sería el caso de la moneda fiat. Respecto a esta cuestión, Rallo argumenta que el dinero fiat sería un medio de cambio secundario y no dinero en sentido estricto. No obstante, todas las propiedades que Rallo atribuye al dinero –el activo real sobre el que se emiten los sustitutos monetarios– pueden ser cumplidas por la moneda fiat. A saber, la transferencia inter e intratemporal de liquidez.

El papel de la moneda fiat

No es que la definición de Rallo sea deficiente, pues es compatible con la jerarquía natural deldinero. Y no lo concibe como una estructura meramente horizontal y homogénea en las que los sustitutos monetarios actúan cual activo real –en términos de Mises, un sustituto monetario perfecto–, sin ninguna diferencia entre ambos.

Sin embargo, no solo un activo real puede ser dinero en sentido estricto, sino también patrones monetarios cuya base la constituyan activos financieros, como es el caso de la moneda fiat. En otras palabras, el dinero en sentido estricto sería todo activo real y financiero que se sitúa en la cúspide de esta jerarquía natural, a partir de la cual se emiten sustitutos monetarios y otros activos financieros. O, dicho de otra manera, sería aquel “medio de cambio que ya no necesite ser intercambiado ulteriormente por otros medios de cambio indirectos para terminar adquiriendo los bienes finales deseados” (Rallo, 2019), sea este oro, Bitcoin o moneda fiat no redimible en otro activo real.

Sobre el ahorro real y los medios fiduciarios en el ciclo económico

Una de las tesis centrales de la teoría monetaria de Rallo es que la emisión de medios fiduciarios no es ni condición necesaria ni suficiente para generar el ciclo económico tal y como es entendido por la Escuela Austriaca, siempre y cuando se preserve la liquidez de estos activos financieros. De cualquier otra manera, se produciría una descoordinación debido al decrecimiento de la calidad de los activos financieros –que puede suceder por vulnerar la Regla de Oro de Mises, con el sistema bancario incurriendo en un descalce de plazos.

Esto es porque podrían emitirse sustitutos monetarios que no respondan a una mayor demanda de dinero en sentido estricto, bien sea por motivo de transacción, especulación o precaución. Por otro lado, teóricos como Huerta de Soto (2020) y Bagus (2023) defienden que ninguna emisión de medios fiduciarios puede llegar a canalizar ahorro real, porque, para para ellos, el ahorro únicamente puede producirse renunciando a “bienes presentes”, en la terminología de Mises.

Ahorro real…

Por ello, toda expansión crediticia de medios fiduciarios generaría un alargamiento artificial de la estructura productiva, conduciendo a la realización de proyectos empresariales insostenibles en el tiempo, que en última instancia acabarían siendo liquidados una vez se manifiestan las distorsiones reales causadas por esta expansión de los medios fiduciarios.

Sin embargo, la cuestión reside en si toda emisión de medios fiduciarios no respaldada por activos reales conduce necesariamente al ciclo económico porque, en ese caso, tendríamos que asumir que los medios fiduciarios no pueden constituir ahorro real, lo cual no es cierto. Toda emisión de medios fiduciarios supone renunciar a bienes presentes en algún momento del tiempo –no necesariamente en t=0–, por lo cual no podemos afirmar que los medios fiduciarios no pueden ser ahorro real.

y medios fiduciarios

A partir de aquí, la teoría de la liquidez y su teoría cualitativa sobre las consecuencias de la emisión de los medios fiduciarios en las economías modernas es más compresible, pues no existe ninguna razón para aducir que los medios fiduciarios no son ahorro real. En el fondo, que los medios fiduciarios sean ahorro real o no se reduce a si la emisión de estos responde a una demanda exógena a los propios emisores. En caso contrario, si la demanda de sustitutos monetarios estuviera determinada por el propio sistema bancario, entonces no habría razón para defender la banca libre con reserva fraccionaria, pues en ese caso la emisión de medios fiduciarios únicamente generaría distorsiones macroeconómicas como las descritas por Hayek, Huerta de Soto y, en general, la teoría austriaca del capital y del ciclo.

Dicho de otra forma, si todo medio fiduciario que se introdujera al sistema bancario fuera empleado cual sustituto monetario perfecto, entonces el tipo de interés se vería reducido provisionalmente hasta que se manifestara que los sustitutos monetarios generados ex novo no respondían a un incremento de la demanda monetaria. En ese caso, no cabría afirmar que la demanda de dinero en sentido extenso no existiera ontológicamente, sino que el sistema bancario sería incapaz de responder dinámicamente ante las variaciones de esta.

Teoría del ciclo

Por esta razón, no es correcto afirmar que la banca con reserva fraccionaria pueda generar medios fiduciarios con nueva demanda monetaria, sino que, hasta que se manifiesta que tales medios fiduciarios han perdido cualitativamente su valor –para ello, sería necesario un entorno de banca libre sin leyes de curso forzoso sobre estos–, los agentes económicos lo continúan empleando como un sustituto monetario perfecto. El mismo Huerta de Soto (2014) admite que un sistema bancario libre con reserva fraccionaria frenaría esta expansión crediticia no respaldada por su demanda cuando dice que “if there exist many free Banks that are not supported by a central bank, credit expansión will stop much earlier than in an environment in which the central bank orchestrated and drove it”.

Con todo, existe la posibilidad de que los bancos lleven a cabo un proceso de expansión crediticia paralelamente, maximizando la cantidad de medios fiduciarios emitidos en el sistema económico. En esta coyuntura, lo más probable es que si el precio de los bienes de consumo sube en términos de los medios fiduciarios –es decir, que el poder adquisitivo de estos se reduce–, todos estos acabarán cotizando con descuento, ya que la demanda pasará a canalizarse a los activos reales en los que los activos financieros son convertibles –suponiendo, de nuevo, que la calidad de los medios fiduciarios de todo el sistema bancario se ha deteriorado.

Jesús Huerta de Soto

Si, por el contrario, los agentes económicos emplean los nuevos medios fiduciarios para demandar bienes de orden superior –a saber, aquellos más alejados del consumo final–, entonces es cierto que se engendraría el inicio de un ciclo económico, pero siempre y cuando estos activos financieros hayan perdido parte de su liquidez –esto es, la teoría del ciclo económico que he expuesto previamente. En suma, siempre y cuando se preserve la coordinación inter e intratemporal de los agentes económicos, entonces la expansión crediticia daría lugar a una producción sostenible basada en el ahorro real.

En A Critical Note of Fractional-Reserve Banking, Huerta de Soto (2014) critica que el enfoque del equilibrio monetario es estrictamente macroeconómico, basado en un análisis que, lejos de ser austriaco, se aproxima al monetarista y keynesiano. Sin embargo, aunque ha habido autores monetarios que han adoptado este método para abordar la defensa de un sistema monetario elástico basado en activos reales y financieros, podemos expresar la demanda de dinero en sentido estricto en términos de utilidad marginal y de eficiencia dinámica (Ibidem), compatible con el método de la Escuela Austriaca.  

El equilibrio monetario desde el punto de vista de la eficiencia dinámica

Tal y como señala Huerta de Soto (2010), la eficiencia en un sistema se alcanza cuando, dentro de un marco institucional que respete los principios generales del derecho, no existan obstáculos al ejercicio de la función empresarial. De esta manera, esta podría exhibir su pleno potencial creativo para resolver los desajustes existentes entre los agentes económicos, alcanzando mayores cotas de desarrollo social. En un sistema monetario elástico funcionaría de forma análoga: los bancos, en plena competencia entre ellos, tratarían de emitir la cantidad óptima de medios fiduciarios para que su valor no decrezca, manteniendo el equilibrio monetario, en el cual la utilidad marginal de la unidad monetaria se mantiene constante y, por ende, su poder adquisitivo.

Este equilibrio monetario, que no debe asociarse al enfoque neoclásico estático, es plenamente compatible con una concepción dinámica de los procesos de mercado. Bajo este enfoque, los emisores de medios fiduciarios –o, dicho de otra forma, los intermediarios financieros– tratarán de emitir la cantidad óptima para poder captar financiación sin que estos –ya sean billetes o depósitos a la vista– coticen a descuento en el mercado.

Es más, únicamente un entorno de banca libre sin leyes de curso forzoso ni regulación de cualquier tipo podrá ser eficiente en alcanzar el equilibrio monetario a lo largo del tiempo. No se trata de que exista una cantidad de dinero (en sentido amplio) óptima que deba ser hallada mágicamente por el sistema bancario, sino que solo la función empresarial de carácter eminentemente creativo en un entorno de competencia alcanzará lo que en cada momento será la cantidad de medios de pago necesaria para que los precios no se distorsionen por variaciones en el lado monetario.

Bibliografía

Bagus, P. (2023). Anti-Rallo: Una Crítica a la Teoría Monetaria de Juan Ramón Rallo.

Huerta de Soto, J:

Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos (1994 [2020]). Unión Editorial.

A Critical Note on Fractional Reserve Banking (2010 [2014]) en The Theory of Dynamic Efficiency. Routledge.

Mises, L. V. (1912 [2012]). La Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Hayek, F.A. (1976). The Denationalisation of Money. Institute of Economic Affairs.

El maldito señoreaje

Si usted tuviera una piedra en el zapato, no tardaría ni diez minutos en darle solución. Pero las colectividades o las naciones pueden tardar años, décadas o siglos aguantando, a pesar de que la piedra le desangre casi hasta la muerte. Tal es el caso del señoreaje, que más que piedra parece una verdadera tachuela en la economía de un pueblo.

Antes no había señoreaje. La gente comercializaba con oro puro, monedas de todos tamaños. El gramo de oro compraba lo mismo con el paso del tiempo, no se devaluaba. Por comodidad el metal áureo se cambió por documentos y luego por billetes. La confianza era absoluta pues todos sabían que un dólar billete estaba respaldado por un gramo de oro. Era un sistema monetario perfecto.

Eso no impedía que los precios se movieran: si la cosecha trigo era abundante, seguramente bajaba de precio; si la cosecha de algodón era raquítica, su precio se elevaba. Eran las benditas señales que los inversionistas necesitaban para saber dónde colocar su dinero o dónde no invertir. A nadie se le ocurría pedir que se produjera más oro para incentivar la inversión, porque ese metal no se produce por capricho de nadie. Si Juan necesitaba dinero, es decir, oro porque visualizaba un gran negocio, lo podía conseguir ofreciendo una tasa de rendimiento atractiva y seguramente ganaría la voluntad de uno o varios para prestarle dinero.

Meter al Gobierno en el dinero

Ciertamente en un solo país había billetes de un dólar con muchas figuras estampadas, es porque cada banco podía imprimir sus propios billetes. No era idea tan mala homogenizar para que todo billete de un dólar llevara solo el retrato de Mike Mouse, el de diez dólar la cara de Washington, el de cien dólares la cara de Donald Trump, etc. Pero eso lo podía hacer una empresa o un banco privado especial y por acuerdo de los emisores. No era necesario dejarle la tarea al gobierno. Igualmente, ese que tuviera la imprenta podría ser quien resguardara el volumen total de oro, pero estrictamente no era necesario, así se hizo y no había mayor problema mientras hubiera estricta correspondencia entre el volumen  de oro y la cantidad de billetes respaldados.

Sin embargo, el gobierno se introdujo al sistema monetario y logró que la sociedad le dejara esa letal tarea: Cuidar el oro y manejar la imprenta. Nadie sospechaba que se estaba cometiendo un gran error que produciría enormes daños: Pobreza, estancamiento, distorsión, mafias, gobiernos autoritarios, monarcas que declararían guerras a los vecinos, sometimiento de muchos ante el poder de pocos. Nacía la Banca Central como monopolio de Estado. Y tales fueron los resultados inevitables de dejar el monopolio del dinero en manos del Estado, o mejor dicho, de los audaces bandidos que se adueñaran del aparato de Estado.

Bola de nieve

La tentación es enorme. El nuevo gobernante, que había logrado el poder a codazos y sombrerazos, le urgía quedar bien con el pueblo. Había prometido construir hospitales, escuelas, dar agua potable a todo el pueblo, pavimentar calles y carreteras. Ofrecimientos costosos que eran imposibles de cumplir con los escasos impuestos. El gobernante necesitaba dinero, mucho dinero. Primero subió los impuestos, lo que le ganó antipatías de comerciantes, consumidores y empresarios, pero no recabó suficiente; luego, pidió dinero prestado a sus propios gobernados, por lo que les tuvo que ofrecer atractivos rendimientos, una locura pues los gobiernos no producen ganancias, por lo que pedía más dinero prestado para pagar las deudas vencidas.

Se convirtió en una bola de nieve que crecía y crecía. Llegó el momento en que los bancos privados recababan dinero de inversionistas solo para prestarle al gobierno. Y es que se acuñó la idea de que un gobierno nunca puede quebrar, mientras que prestarle a una empresa privada es correr altos riesgos.

El “efecto tequila”

Pero ni con todos los impuestos, ni con los instrumentos de inversión a buenas tasas de interés se lograba la masa de recursos para cumplir las promesas de gobierno. Entonces se da cuenta de la imprenta del Banco Central. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Basta ordenarle que el banco Central imprima tantos millones de pesos a cambio de un pagaré del mismo gobierno. Es una fuente infinita e inagotable mientras haya papel periódico y tinta para imprimir dinero.

Ahora hasta puede quedar bien con los ancianos ofreciéndoles una pensión mensual, y también con las madres solteras, y con los deportistas y los estudiantes. El gobernante ya puede presumir que tiene el remedio para eliminar la pobreza dando un salario universal a todos los ciudadanos. “Jamás un gobernante había hecho tanto por los pobres”. Estas políticas causaron tanta alegría que Milton Friedman, Premio Nobel de Economía 1976 le llamó el “efecto tequila”. Era como tomar tanto alcohol que hoy te pone alegre y mañana viene la resaca, el dolor de cabeza, el cuerpo tembloroso, la sensación desgraciada.

Es el resultado del señoreaje. Es decir, de producir dinero sin respaldo de oro, en realidad es un sistema de robo sutil y furtivo, de despojarle al ciudadano de sueldo fijo su poder adquisitivo y sin que se percate de ello. El trabajador solo verá que con su sueldo mensual ya no puede comprar lo de la quincena anterior. Todos los precios se elevaron debido a la sobredemanda ejercida por la sobreproducción de dinero ordenada por el gobernante. Surge el sindicalismo, las huelgas, paros, marchas, bloqueos y violencia desenfrenada.

Parar los precios a martillazos

Para detener la subida de precios, el gobierno anuncia la congelación de precios. La gente le aplaude pero pronto se dará cuenta de que las tiendas se quedan vacías pues los productores prefieren cerrar sus negocios porque a esos precios congelados nadie les vende la materia prima.

El señoreaje, es decir, la estafa de producir dinero sin respaldo, necesariamente produce la elevación de precios, luego la pérdida del poder adquisitivo, la gente tienen que correr a hacer compras pues a la mañana siguiente los precios estarán más elevados, es una locura.

Si el señoreaje es una política maldita para los ciudadanos de cualquier país latinoamericano, llámese Argentina, Brasil o México peor aun cuando se trata, digamos en el caso del señoreaje referido a los Estados Unidos de América y Argentina, solo por poner un ejemplo.

Señoreaje en dólares

En efecto, USA tiene el derecho de señoreaje, igual que todos los países que tienen su propia moneda. El Banco Central de USA se llama Fondo de la Reserva Nacional (FED) fundado en 1913. El gobierno de USA tiene el derecho de pedir prestado a la FED a determinada tasa de interés, muy baja, por cierto. Pide, digamos 100, a un año. Luego, tendrá que pagar, digamos 101 cumplido el plazo. Para ese entonces, pide 200, paga 101 y le quedan 99 para gastar. Cuando tenga que pagar 200, pide 400, paga 202 y le quedan 198 para gastar, pero ahora su deuda es de 400; por lo tanto pedirá 800 y así, el cuento se repite una y otra vez.

Ahora tiene la fama de ser USA el país más endeudado del mundo, pero eso no le preocupa en absoluto, pues tiene el derecho de señoreaje, es como si la bolsa izquierda le debe a la bolsa derecha, nada de qué preocuparse, tiene la imprenta en sus manos y sus ciudadanos nada reclaman, puede seguir así ad infinitum. Además, los dólares norteamericanos son aceptados en casi todo el mundo a pesar de no tener respaldo en oro.

El dólar americano es fiat money, es decir, dinero de confianza, la gente confía en que tienen poder adquisitivo y hasta los usa como moneda de reserva para protegerse y conservar su poder adquisitivo ante monedas domésticas peor manejadas. La gente prefiere ahorrar en dólares aun guardándolos debajo del colchón. Es un fenómeno de privilegio del dólar norteamericano que no lo tienen los quetzales de Guatemala, los soles de Perú o los sucres de Ecuador. ¿Cuánto durará ese privilegio del dólar? No lo sabemos, aunque parece que ya lo está perdiendo.

Señoreaje en el contexto internacional

Ahora me refiero al señoreaje del dólar y los empréstitos internacionales a los países latinoamericanos. Un ejemplo: El gobierno de Argentina pide un préstamo, digamos, mil millones de dólares. El gobierno de USA muestra su amistad y le manda mil millones de dólares.  Solo tiene que meter papel y tinta a la imprenta para imprimir mil millones de dólares y enviarlos a Argentina, a una tasa del 1% anual. “Yo ser muy bueno con los gauchos”. El gobierno de Argentina se siente muy bien, pues ahora puede imprimir dinero argentino equivalente a mil millones de dólares, siguiendo el acuerdo de Bretton Woods (1944) de imprimir solo si tienes respaldo de divisas, o sea, dólares que deberían quedar guardados en una bóveda.

Sin embargo, el gobierno argentino siente que los puede usar en lugar de tenerlos guardados, para comprar aviones, helicópteros, tanques y ametralladoras “para defender a Argentina ante posibles invasiones de otro país”. Ya se gastó todos los dólares que recibió a manera de préstamo. Pasó el año y el Tío Sam pide que le reintegre Argentina los mil millones de dólares. Argentina contesta “debo, no niego; pago, no tengo”. El generoso Tío Sam contesta: “no te preocupes, me puedes saldar la deuda mandándome un millón de vacas lecheras”. Y Argentina, buen pagador, le manda un millón de vacas lecheras. Queda saldada la deuda y Argentina queda sin leche para los niños.

Bienes a cambio de papelitos

Aunque ficticio, el cuento es para señalar el super-super negociazo que hizo el gobierno de USA con los argentinos. Por derecho de señoreaje, bastó que USA metiera a la imprenta papel periódico y tinta para imprimir mil millones de dólares y en un año, ese papel impreso se convirtió en un millón de vacas lecheras. Ni siquiera el mago más maldito podría haber realizado tal maravilla. En realidad, se trata de un despiadado despojo del dueño de la imprenta que tiene toda la facultad de producir dólares sin límite.

La conclusión de esta historia es que ningún gobierno latinoamericano debería tener el derecho de endeudarse ni dentro ni fuera de su país y menos con USA que tiene la maquinita de impresión. Es criminal prestar dinero cuando lo puedes producir sin límite y es abusar de la ignorancia y estulticia del gobernante latinoamericano.

Dolarización a título gratuito

Finalmente, podemos concluir que, en caso de llevar a cabo la política de dolarizar a Argentina u otro país, no debe hacerse mediante créditos de USA. La dolarización, que aún hoy día tiene ventajas, debe ser completamente gratuita, salvo el pago por el papel, la tinta y el transporte. Si se usaran las reservas del país latinoamericano, o el petróleo como se hizo en parte en el Ecuador, o por dólares en manos de los propios argentinos, se estaría cometiendo un error fatal. Si no se consigue el apoyo de USA para una dolarización sin costo, es mejor no dolarizar, y basta dejar que circule libremente el dólar, euro, yen u otra moneda que quieran usar los ciudadanos.

Basta con mantener invariable la masa monetaria de pesos argentinos, es decir, no imprimir ni un peso más, salvo para sustituir billetes deteriorados, para compactar dinero o para fraccionar. De esta manera, el peso argentino se transformará en una moneda fuerte y confiable en poco tiempo. Eliminado el señoreaje se estaría quitando esa maldita piedra en el zapato.

Ver también

Oferta monetaria, inflación y señoreaje. (Jon Aldekoa).

Teoría fiscal del nivel de precios. (Jon Aldekoa).

La banca central y el mito de la eliminación del riesgo


Agradecimientos a los participantes en el Club de Lecturas Financieras que organiza la UFM, y en especial a su organizador, Eduardo Blasco. Este artículo es fruto de las reflexiones que se compartieron en una de las sesiones de dicho club.

La revisión de los orígenes de la banca central que propone Perry Mehrling en su libro The New Lombard Street, invita a pensar en el papel de estas instituciones desde otro punto de vista, complementario al tradicional de “creadores de dinero”, por muy sofisticada en que sea lo forma que lo hacen. Este enfoque tiene que ver con los riesgos de iliquidez o de insolvencia, y en sus intentos de reducirlo.

Antes de seguir, conviene recordar algo trivial: no se puede saber el futuro y, por tanto, toda acción humana está sujeta a incertidumbre, puesto que los resultados de la misma siempre tienen lugar en el futuro. De ello se deduce que es imposible eliminar el riesgo a nivel de sociedad, aunque sí pueda eliminarse o reducirse a nivel de individuo a base de pagar a terceros para traspasárselo.

Períodos de iliquidez

Mehrling justifica el papel original del Banco Central de Inglaterra precisamente por estas razones. En una economía eminentemente de comerciantes, el instrumento fundamental era la letra de cambio o pagaré, por el que receptor de las mercancías se comprometía a pagar la misma al vendedor a un plazo determinado. Con estas letras, el vendedor podía ir al banco y obtener liquidez descontándola, esto es, pagando un precio al banco por anticipar su cobro, traspasándole así el riesgo de impago.

Para mercados estacionales, típicamente relacionados con las cosechas, este negocio del descuento se concentraba en determinados periodos, durante los cuales los bancos se volvían muy ilíquidos y se incrementaba el riesgo de que no pudieran hacer frente a sus obligaciones con los depositantes. Toda esa liquidez se recuperaría en el momento en que se produjeran los pagos por las letras, pero había unos momentos críticos en que los bancos eran muy frágiles.

Descrito así, parece muy razonable que en un mercado libre los bancos acordaran soportarse unos a otros, en lo que sería una especie de mutualidad. En cualquier caso, esa cobertura no sería infinita y además los propios bancos vigilarían el comportamiento de sus pares para impedir que obtuvieran un beneficio mayor a costa de pasar el riesgo al grupo. Dicho de otra forma, los bancos bien gestionados no tendrían problema en dejar caer al que lo hiciera mal: una cosa es cubrirse mutuamente ante riesgos, otra tapar los agujeros de los listillos.

La tentación de un monopolio legal

Mehrling nos cuenta que las estructuras productivas en los EEUU tenían características muy diferentes de las que existían en Reino Unido en la misma época. En los EEUU se trataba de inversiones a mayor plazo que iban dando rentas en el tiempo (por ejemplo, las ferroviarias). En este caso, el problema no era tanto cíclico, como del riesgo intrínseco que tuviera cada negocio.

La solución que se plantea para afrontar problemas puntuales de liquidez no puede ser la inglesa, de un descuento por unas letras que se cobrarían al cabo de unos meses en condiciones normales. Allí el mercado[1] optó por lo que Mehrling llama “shiftability”, esto es, colocar la deuda empresarial a otro banco a cambio de un descuento.

Ambos esquemas se corrompen en el momento en que se introduce en el sistema un agente con apariencia de vidas infinitas. La tentación es muy grande para el Estado que se hace con el monopolio legal de la emisión de moneda: hagamos una última instancia que siempre tenga líquido, sea para los descuentos cíclicos, sea para aceptar activos financieros “shiftables”. De esta forma, se eliminará el riesgo de la iliquidez de los bancos y estos podrán aguantar más, incluso indefinidamente, hasta que los negocios en que se ha invertido vuelvan a la senda de la rentabilidad y puedan devolver sus deudas.

Es por la seguridad

Así las cosas, se da la apariencia de que no existe ningún riesgo en la economía. Pero es evidente que el riesgo sigue existiendo: el mercado es esencialmente incierto porque depende de las preferencias de los individuos, que no son previsibles y varían con el paso del tiempo. Además, los resultados de la actividad empresarial siempre tienen lugar en el futuro, y las propias acciones de los emprendedores alteran el contexto en que tal resultado se produce. Por tanto, siempre la actividad empresarial va a estar sujeta a incertidumbre, siempre se van a correr riesgos.

Y es siempre la propaganda del Estado: darnos seguridad y certidumbre. ¿No nos dicen que nuestro futuro está asegurado con las pensiones? ¿No es lo más seguro invertir en Deuda Pública? Este no es el momento de desmontar estos mitos, basta recordar que es la bandera con que tradicionalmente el Estado captura a los individuos.

El riesgo no desaparece, se traslada

Con el funcionamiento de los Bancos Centrales, se hace creer a los bancos, y sobre todo a sus depositantes, que el riesgo ha desaparecido. Pero ese riesgo sigue existiendo, no puede desaparecer: se puede mover, se puede esconder, se puede reducir en algún caso obteniendo más información (a un coste), pero no eliminar. Es más, la percepción de ausencia de riesgo altera también el comportamiento de los individuos, en este caso los bancos: recuérdese, cuanto más letras o deudas descuenten, más pasta ganarán si la situación vuelve a la normalidad. Así pues, hay una situación clara de “riesgo moral” que va a hacer que el riesgo global de la sociedad se incremente.

Lo que está ocurriendo es que el riesgo se va trasladando de las empresas a los bancos (y otras entidades financieras, claro), y de estas a la Banca Central, con lo que éste va acumulando todo el riesgo de la economía. El camino por el que esto ocurre no es nada obvio, por lo intrincado de productos y regulaciones. Mehrling habla de los momentos previos a la crisis de 2008, en que todo el mundo era consciente de que alguien estaba asumiendo riesgos gratuitamente, pero nadie sabía quién era (luego se descubrió que eras las aseguradoras tipo AIG, ver el libro de Mehrling para más detalle).

Y se incrementa

En cualquier caso, no es una mera acumulación del riesgo preexistente, pues ya se ha visto que el riesgo también se incrementa como consecuencia de la actuación del banco central. O sea, se hace una bola más gorda que todas las bolitas que había por separado si las hubiéramos juntado. Claro, la bola tarda más en estallar, pero cuando estalla, sus efectos son más demoledores, las crisis económicas son más profundas y dañinas.

En resumen, no hay que engañarse: mientras las personas sean personas y no robots, el futuro no estará escrito y la acción humana estará sujeta a incertidumbre. A nivel individual, podremos tratar de protegernos, pero la sociedad a nivel global no se puede proteger. Tiene que haber quiebras de las empresas que se han equivocado en sus apreciaciones sobre las preferencias de los individuos. Que los Gobiernos, por la vía de la intervención de los Bancos Centrales, nos quieran hacer creer que tal riesgo se puede eliminar, no es más que otro de los mitos que nos insuflan, y con idénticos o mayores efectos destructivos.


[1] Sin embargo, la FED implementó un mecanismo similar al del Banco de Inglaterra, sin tener en cuenta la peculiaridad norteamericana. Esto es lo que dice Mehrling, si no le he entendido mal, y dio lugar a numerosas distorsiones que el autor explica en el libro.

Ver también

Los terceros agentes confiables, ¿son un agujero en el sistema bitcoin? (Eduardo Blasco).

La banca Simons y la estabilidad monetaria y económica. (César Táboas).

La estabilización del valor de Bitcoin

En artículos anteriores he tratado la volatilidad de Bitcoin y los problemas que puede tener para que su precio sea estable en el futuro. Este es un debate muy frecuente entre bitcoiners y economistas, pues Bitcoin generalmente se describe como un candidato a ser dinero. 

Por mi parte, considero que la función más importante del dinero es la unidad de cuenta, es decir, facilitar el cálculo económico y la formación de los precios. Carl Menger sostiene que esta función es importante, pero que no es una función causal del dinero, sino una consecuencia derivada de ser medio de intercambio. Pero creo que existen argumentos para pensar que la función de unidad de cuenta puede ser anterior a la función de medio de intercambio.

El economista Carlos Bondone en sus últimos trabajos sostiene que antes de realizar cualquier intercambio necesitamos realizar cálculos. Y la verdad es que es bastante evidente que esto es así, que si en una transacción se intercambian 2 unidades del bien A por 1 unidad del bien B, las dos partes tienen que calcular el valor de esos bienes y trasladar ese valor cuantificándolo en cantidades de ambos bienes.  Incluso para el propio autoconsumo, que sería un intercambio intrapersonal en el tiempo, también necesitamos cuantificar las unidades que vamos a necesitar almacenar en función de nuestra necesidad a lo largo del tiempo.

Antes la unidad de cuenta que el medio de intercambio

Esta cuantificación del valor la realizamos a través de los bienes de manera relativa. Cuando se trata del mismo bien comparamos el valor de la unidad marginal con el resto de unidades, y cuando se trata de dos bienes distintos, comparamos el valor de ambos para determinar una relación de intercambio, un precio. En economías monetarias, utilizamos el dinero como proxy del valor (i.e. unidad de cuenta).

Por tanto, y sin profundizar más en esta cuestión, pues no es el objetivo de este artículo, creo que existen argumentos para cuestionar o matizar a Menger en este punto y plantear que la función de unidad de cuenta de un bien destinado al intercambio puede ser causalmente anterior a la función de medio de intercambio. 

Llevando este argumento a la práctica, podríamos explicar por qué algunas monedas que son una pésima unidad de cuenta aún consiguen circular, como el peso argentino. Y es que de alguna manera estas monedas se convierten en una suerte de moneda fraccional de otra moneda más estable, como es el caso del dólar, que es la referencia, aunque no protagonice gran parte de los intercambios. La función importante, la unidad de cuenta, la pasa a desempeñar el dólar, y el peso simplemente sirve como medio de pago, estando las cantidades intercambiadas supeditadas a la unidad de cuenta.

Algo parecido sucede con Bitcoin en intercambios internacionales cuando las partes consideran que es más eficiente realizar el pago con Bitcoin que con una moneda fiat. Pero en la gran mayoría de estos casos la cantidad a intercambiar de Bitcoin se suele determinar en función de la cotización de Bitcoin en dólares o en euros. 

Oferta fija e inestabilidad

Existe un interesante debate entre los interesados en Bitcoin sobre si éste logrará ser dinero entendido como medio de intercambio generalmente aceptado, y según he argumentado en los párrafos anteriores, considero fundamental que para ello su valor se estabilice. Es más, me atrevería a decir que si su valor se estabilizara, su utilización como dinero sería una consecuencia natural e inevitable. El problema es que la oferta fija de Bitcoin dificulta sobremanera esta estabilidad, pues cualquier expectativa de cambio en la intensidad de la demanda ha de acomodarse vía precio porque la oferta no puede cambiar. 

Un argumento a favor de la estabilización es que se producirá gradualmente según se incremente la adopción de Bitcoin. Qué históricamente el mercado ha ido seleccionando como dinero bienes de oferta cada vez más restringida o “dura” hasta llegar al oro, y que de ahí se podría deducir que cuánto más dura es la oferta de un bien, mejor dinero puede llegar a ser.

Este argumento necesita hacer una excepción con la moneda fiat, pues la oferta de esta última es claramente menos restringida que la del oro, y, sin embargo, el mercado pasó de utilizar el oro a la moneda fiat. Para justificar esta excepción se puede aludir a que el Estado las impone al mercado por la fuerza, pero si esta imposición fuera posible ¿Por qué el mercado ha sido capaz de repudiar tantas monedas fiat? Tampoco se observa que en los mercados grises o negros, fuera del alcance de la coacción estatal, se opte generalmente por el oro.

Intermediar y compensar

Por otro lado, también es más que discutible que cuanto más restringida sea la oferta de un bien, más estable puede llegar a ser su valor. Si se me permite la analogía con la estabilidad de un coche, sería como decir que cuanto más dura sea la suspensión de un coche, más estable será su marcha. Pero por muy cierto que sea que la estabilidad óptima se alcanza según nos acerquemos a la dureza absoluta, eso no implica que la dureza absoluta sea la dureza óptima. En realidad, para que el coche sea lo más estable posible, la suspensión no debe ser ni demasiado blanda, ni demasiado dura.

Alternativamente, también se plantea como solución que la oferta se amplíe con sustitutos de Bitcoin, que básicamente serían deudas denominadas en Bitcoin emitidas por agentes económicos que a su vez sean acreedores de Bitcoin, de manera que si Ana le debe bienes por valor de un bitcoin a Juan, Juan se lo debe a Pedro y Pedro a Ana, todas estas transacciones se podrían liquidar por compensación sin necesidad de mover ningún Bitcoin y que ninguno de ellos tenga ningún Bitcoin. Quienes se acabarían especializando en esta función de intermediar y compensar deudas serían los bancos, que ante las fluctuaciones de la demanda emitirían o retirarían deudas denominadas en Bitcoin que utilizaríamos como sustitutos.

Creo que esta solución tiene bastantes problemas que por no extenderme hoy demasiado me limitaré a enumerar y que intentaré analizar con más detalle en próximos artículos.

Cuatro problemas

Los problemas que yo veo son los siguientes:

  • Si una de las razones por las que es útil Bitcoin es que resulta muy difícil de confiscar y que no hace falta confiar en ningún tercero, ¿Por qué un sustituto que requiera confiar en un tercero y sea fácilmente confiscable ha de ser igual de útil? Si la utilidad no es la misma, el valor no es el mismo. 
  • Enlazado con lo anterior, si los sustitutos de Bitcoin son pasivos bancarios y, en consecuencia, con emisores que tienen sede, nombre y apellidos, ¿Qué impide que los gobiernos metan ahí sus zarpas y “regulen” o incluso monopolicen la emisión de sustitutos? Y si esto sucede, ¿Qué incentivos van a tener los gobiernos al respecto de emitir estos sustitutos?
  • Si Bitcoin es volátil incluso cuando ya haya pasado el proceso de adopción y conocimiento por parte del mercado, ¿Cuál es el incentivo a denominar contratos o deudas en una unidad que no es estable?  Si muy poca gente se endeuda en Bitcoin, difícilmente existirán activos denominados en Bitcoin contra los que poder emitir pasivos.
  • Se pretende extrapolar un esquema de funcionamiento que existía durante el patrón oro, pero Bitcoin no es un recurso natural cuyo precio se autorregule de manera que cuando el precio sube se estimule la oferta. Aun sin llegar a ser dinero, el oro como simple activo ofrece una oportunidad de arbitraje cuando el precio se desvía mucho al alza de su coste de extracción. Es decir, en el proceso de producción de oro ya existen incentivos muy claros para endeudarse en oro cuando el precio se desvía mucho al alza.  

Sustitutos monetarios

Por último, si Bitcoin pasara a ser un patrón monetario internacional, para mantener su precio razonablemente estable, incluso en un contexto de deflación, sería necesario emitir cantidades adicionales de sustitutos a lo largo del tiempo. Pero la cantidad de Bitcoin va a ser siempre la misma, de manera que tendríamos una suerte de pirámide invertida cuyo vértice sería cada vez más pequeño en términos relativos, generando una situación potencialmente muy inestable, especialmente si los gobiernos se apuntan al negocio de emitir sustitutos de Bitcoin. Pero incluso si la situación fuera estable, es una situación que ni siquiera podría llegar a producirse si no existe previamente un incentivo para emitir y aceptar sustitutos de Bitcoin. 

Ver también

¿Es bitcoin irremediablemente volatil? (Manuel Polavieja).

Por qué los economistas son los que peor entienden bitcoin. (Álvaro D. María).

Más Adam Smith y menos Hans-Hermann Hoppe

Hans-Hermann Hoppe, en respuesta a una pregunta que le hicieron durante el evento que organiza con su Property and Freedom Society, dijo:

Es muy importante en estas réplicas a gente como Krugman que no nos metamos en detalles técnicos, sino que hagamos algunas preguntas casi como un niño. Explícame cómo es posible que el aumento de papelitos haga más rica a una sociedad. Si ese fuera el caso, explícame ¿por qué sigue habiendo pobreza en el mundo? ¿No son todos los bancos centrales del mundo capaces de imprimir tanto papel como quieran? Y ¿crees entonces que la sociedad, el mundo en su conjunto, sería más rico? Estoy seguro de que el tío no puede responder este tipo de preguntas, nadie puede responder este tipo de preguntas.

Hans Hermann Hoppe

Hoppe aquí se equivoca al menospreciar a Krugman. Tras estas declaraciones, me temo que podría dejarle muy mal parado en un debate y dejarle en evidencia y a la escuela austríaca de economía detrás. Y, en parte, con razón, pues gran parte de la escuela austríaca de economía sigue una rama de la teoría cuantitativa del dinero debido al legado intelectual de Ludwig von Mises, quien bebía a su vez de las ideas de David Ricardo.

Austríacos cuantitativistas

El principal problema de la teoría cuantitativa del dinero, que podemos observar ha mantenido gran parte de los teóricos monetarios de la escuela austríaca, es que asume que la demanda monetaria es constante. Podemos ver este error en la comprensión del dinero claramente expresado por Murray Rothbard (2009, 766) cuando dice que:

Por lo tanto, una de las leyes económicas más importantes es: Toda oferta de dinero se utiliza siempre al máximo y, por lo tanto, no se puede obtener ninguna utilidad social aumentando la oferta de dinero. (Énfasis en el original)

Murray N. Rothbard

Hoppe se equivoca al pensar que ningún “aumento en la impresión de papelitos” puede hacer a una sociedad más rica. Tendría razón si pensamos que estamos en una situación de equilibrio. Si en una economía la oferta de liquidez iguala la demanda de liquidez, cualquier expansión de la oferta es cierto que no generará riqueza, sino que aumentará los precios proporcionalmente a las unidades monetarias creadas. Pero las economías no se encuentran en situación de equilibrio y, de estarlo, ese estado no sería estático—algo que, irónicamente, explica muy bien la economía austríaca. Por tanto, la creación de sustitutos monetarios nos puede ahorrar tres tipos de costes.

Papelitos que crean riqueza

En primer lugar, si solo tuviésemos unas cantidades contadas de oro, digamos cincuenta monedas de oro para una economía de cuarenta millones de personas, muchos de los intercambios que los individuos querrían llevar a cabo no podrían realizarse. Pues cincuenta monedas no se mueven de una forma lo suficientemente rápida de mano a mano para que esos cuarenta millones de personas puedan hacer todos los intercambios necesarios. Por tanto, poder crear papelitos en esta ocasión generaría riqueza. La gente podría pagar a crédito y llevar a cabo más intercambios que si no pudiese imprimir estos papelitos.

En segundo lugar, y adelantándome a la posible réplica de que también se podría crear riqueza minando más oro sin necesidad de imprimir papelitos, hay que remarcar que esta impresión requiere de menos recursos que la extracción de oro. En una economía con restricciones sobre el ejercicio bancario donde se obligase a la fuerza a los intermediarios financieros a operar con un coeficiente de caja del 100%, el coste anual de minar oro, según los cálculos de Milton Friedman (1960), serían del 2,5% del PIB. Si se estima que esa economía creciese al 3%, el 75% de su crecimiento sería dedicado a la extracción de oro.

Por otro lado, según los cálculos de Lawrence White (1999, 46-48), el coste de la producción de oro en una economía donde además se pudieran imprimir esos papelitos sería del 0,05% del PIB. Unas cuantas veces más barato. Por lo que, otra vez, esa creación de papelitos estaría volviendo a generar riqueza.

Flexibilidad en la creación de crédito

En tercer lugar, tenemos el hecho de que la creación y destrucción de estos papelitos es muy flexible y nos permite cambios en la oferta de liquidez ante movimientos de la demanda. Si la demanda de liquidez de los individuos de una economía aumenta (se reduce), que también aumente (se reduzca) la oferta monetaria es beneficioso, pues suavizará—o hasta evitará—las variaciones en el valor del dinero y así nos protegerá ante posibles inflaciones o deflaciones.

Una contracción de la demanda de liquidez sin su correspondiente disminución de la oferta provocaría inflación. Una expansión de la demanda de liquidez sin un correspondiente aumento de la oferta, deflación. Por esto mismo Antal Fekete dice (2017, 43) que un patrón oro que operase bajo un coeficiente de caja del 100% no era más que “una quimera”. Y es que para aumentar la oferta monetaria tenemos dos opciones: o solo oro u oro y papelitos. Como hemos visto, la primera es mucho más costosa que la segunda.

Incluso si se optase por una opción aún más drástica y se prohibiese además toda extracción de oro para no tener que destinar tanta parte del PIB en esta actividad y hasta si hubiese una cantidad aparentemente suficiente de monedas de oro que pudiesen circular en la economía (más de las cincuenta anteriormente mencionadas), se estaría dejando de crear riqueza si no se creasen papelitos para hacer frente a los aumentos en la demanda de liquidez. Esto se debe a que los cambios en el valor del dinero, tanto los aumentos como los descensos generalizados de precios, son costosos.

La inflación, pero también la deflación

Los austríacos esto lo tienen muy claro con lo que respecta a la inflación, pero parece ser que no tanto cuando se habla de deflación. Un sistema como el que Rothbard y Hoppe proponen es demasiado rígido y al no poder imprimir papelitos, se genera deflación. Si tenemos la ecuación cuantitativa en la cabeza (M*V=P*Q), un aumento en la demanda monetaria—la cual tiende a aumentar con el tiempo, debido a que con el aumento de sus ingresos reales la gente cada vez demanda más liquidez—sin aumentos en M, llevarán consigo disminuciones en P; es decir, deflación. Esta sería una deflación monetaria (por el lado monetario de la ecuación, M*V).

Un ejemplo de esto sería lo que Milton Friedman y Anna Schwartz (1963) llaman la Gran Contracción, los primeros años de la Gran Depresión. Para Friedman y Schwartz fue la mala gestión de la oferta monetaria por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos lo que exacerbó y prolongó la depresión. Según su análisis, la Reserva Federal no solo falló en prevenir la contracción de la oferta monetaria, sino que a través de sus políticas contribuyó activamente a ella.

La deflación real

No obstante, no sólo la deflación monetaria nos debería preocupar. También la deflación real; la causada por aumento de producción. La deflación real sigue siendo un problema pues aun así nos encontramos con diversos costes. Por un lado, los costes de carta. Estos son los costes asociados ya no solo a literalmente cambiar los precios en las cartas de los restaurantes, sino otros gastos como el tiempo dedicado a pensar cómo cambiar los precios, la información contable errónea o los costes de renegociación de contratos.

Por otro lado, la rigidez de los precios y en especial, del salario. Diversos estudios empíricos han demostrado que os individuos calculan en términos nominales (Hoffman 2019, 19-40). La deflación hace que los beneficios de las empresas disminuyan nominalmente, lo que aumenta el riesgo de quiebra si los salarios no disminuyen en consecuencia; los individuos, sin embargo, pueden mostrarse reticentes a negociar recortes salariales (pues calculan en términos nominales), lo que conduce a despidos que no reflejan la situación real de la economía. Y despedir a trabajadores productivos debido a la falta de flexibilidad de los precios genera ineficiencias. En este caso, también, con la creación de papelitos se crearía riqueza. ¿Entonces, tanto la deflación como la inflación tienen costes? Sí, por eso el ideal sería la estabilidad de precios.

Adam Smith

¿Se les pude culpar a Rothbard y a Hoppe de no saber que la creación de papelitos podía generar riqueza? Pues sí, porque esto es algo que ya sabía—y dejó escrito—Adam Smith.

Adam Smith, en su La riqueza de las naciones (1776), al hablar sobre el dinero en el y los sustitutos monetarios Libro II, capítulo 2, dice que:

Cuando el papel moneda reemplaza al oro y la plata, la cantidad de materiales, herramientas y subsistencias que puede suministrar todo el capital circulante puede aumentar por el valor total del oro y la plata que antes se empleaban en su compra. El valor de la gran rueda de la circulación y distribución se añade a los bienes que circulan y son distribuidos a través suyo. La operación se parece en alguna medida a la del empresario de una gran fábrica que, como consecuencia de alguna innovación mecánica, retira su vieja maquinaria y suma la diferencia entre su precio y el de la nueva a su capital circulante, al fondo del que provee a sus trabajadores con materiales y salarios.

Alas de Dédalo

Y que:

El dinero de oro y plata que circula en cualquier país puede muy bien compararse con una carretera, que aunque permite la circulación y el transporte hacia el mercado de todos los pastos y cereales del país, no produce nada de ninguno de ellos. La juiciosa acción de los bancos proporciona, si puedo emplear una metáfora tan violenta, una especie de carretera aérea, y permite que el país convierta una gran parte de sus carreteras en buenos campos de pastos y cereales, con lo que incrementa de forma muy considerable el producto anual de su tierra y su trabajo.

Debe advertirse, sin embargo, que aunque el comercio y la industria del país puedan ser algo mayores, jamás estarán tan seguros cuando viajan, por así decirlo, suspendidos por las alas de Dédalo del papel moneda, como cuando viajan apoyados en el sólido suelo del oro y la plata. Además de los accidentes a los que se hallan expuestos por la torpeza de quienes dirigen los billetes, corren otros muchos riesgos, de los que ni la prudencia ni la destreza de tales directores los pueden librar.

Construcción de carreteras

Es decir, leyendo a Adam Smith—que recomiendo hacer a través de mi artículo—podemos entender mejor cómo a veces la creación de sustitutos monetarios, esos papelitos que Hoppe decía, crean riqueza para la sociedad. Son como unas carreteras aéreas que sirven para transportar bienes. Es decir, estas carreteras son un bien de capital que produce servicios de liquidez y se sostienen sobre los papelitos creados. Al igual que las carreteras convencionales, las terrestres, construirlas puede generar riqueza. Puede conectar dos puntos, facilitando el transporte e iniciando nuevas rutas de intercambio. Con los papelitos igual.

También puede ser que estemos construyendo muchas carreteras. El mercado nos castiga con ello, salvo que operemos bajo restricciones presupuestarias laxas—como los bancos centrales—y estemos en pérdidas constantes refinanciados mediante una socialización de las pérdidas. No va a ser menos al construir demasiadas carreteras aéreas mediante papelitos, existen mecanismos en el mercado como el reflujo de Fullarton para evitar que esto pase.

Adam Smith disfrazado por Rothbard

Los bancos tampoco construirán demasiadas pocas de estas carreteras, porque entonces dejando de obtener los beneficios de ser el que ha creado los papelitos sobre el que las carreteras aéreas se sostienen. Con la disciplina del mercado, veríamos una tendencia hacía la creación de carreteras que más beneficio generase; y, con ello, mayor riqueza.

Estas carreteras no sólo crean riqueza al conectar dos puntos nuevos y permitir más intercambios, sino también al descongestionar las convencionales y estas podrán usarse para fines más deseados, igual que el oro que podrá emplearse como catalizador facilitando la acumulación de capital. Además, en caso de mayor tráfico, estas son más baratas de construir, por lo que no tenemos que dejarnos una gran parte del fruto de nuestra producción en construirlas. Gracias a estas carreteras, las economías pueden intercambiar más y fácilmente y así crecer más.

Igual si Rothbard no hubiera hecho una interpretación tan torticera de Adam Smith, más austríacos se atreverían a leerle y a aprender de él.

Referencias

Fekete, Antal E. 2017. Critique of Austrian Economics in the Spirit of Carl Menger. Aarschot, Belgium: Pintax cvba.

Friedman, Milton. 1960. A Program for Monetary Stability. Nueva York, Estados Unidos: Fordham University Press.

Friedman, Milton y Schwartz, Anna Jacobson. 1963. A Monetary History of the United States, 1867-1960. Princeton, Estados Unidos: Princeton University Press.

Hoffman, Michael. 2019. Monetary Kaleidics. Autopublicado.

Rothbard, Murray N. 2009. Man, Economy, and State with Power and Market. 2ª ed. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Smith, Adam. 1776. The Wealth of Nations. Londres, Reino Unido: W. Strahan and T. Cadell.

White, Lawrence. 1999. The Theory of Monetary Institutions. Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishers.

Ver también

Teoría cuantitativa del dinero. (Jon Alekoa).

Rallo contra Mises. Una reconstrucción necesaria de la teoría monetaria. (Ignacio Moncada).

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (II)

En un artículo anterior, escrito a raíz de un debate en Twitter entre JP Koning, George Selgin y otros economistas, hice una reflexión sobre si los dólares que emite la Fed (billetes y reservas) son un pasivo o no. Hoy voy a introducir algunos argumentos adicionales sobre la cuestión.

La postura de Selgin es que no son un pasivo porque no son redimibles por nada. Considero que esta opinión de Selgin se basa en una definición de pasivo demasiado restrictiva y que no coincide con la definición de pasivo generalmente aceptada. De alguna manera, George Selgin se atiene a una definición económica y no puramente técnica contable. Veamos, la definición técnica contable de la Fundación Internacional de Estándares de Información Financiera (IFRS) es la siguiente:

Un pasivo es una obligación presente de la entidad que surge de eventos pasados, cuya liquidación se espera que resulte en una salida de recursos que incorporan beneficios económicos para la entidad.

Qué es un pasivo

Según esta definición técnica, queda claro que no todos los pasivos tienen que ser redimibles para serlo.  Si yo poseo 100 dólares emitidos por la Fed y además debo 100 dólares a la Fed, puedo entregar esos 100 dólares para pagar mi deuda que resultará en una salida de su activo del derecho de cobro que tenía contra mí, y ese derecho de cobro es un recurso que incorpora beneficios económicos para la Fed, es un activo valioso.  Dicho en otras palabras, las obligaciones no son solo de dar (redimir), también pueden ser de hacer (compensar).

Nótese que aunque no todo el mundo puede tener deudas con la Fed, eso no quita que eventualmente cualquier dólar pueda llegar a manos de agentes que sí tengan deudas con la Fed y utilicen esos dólares para pagar esas deudas. Basta con que exista la posibilidad de que a la Fed le puedan presentar los dólares que emite para que deban considerarse pasivos. 

El crimen de 1971

Cuando el dólar era convertible pre 1971, los dólares no eran convertibles por oro ni para los ciudadanos ni para los bancos (solo para los Estados) y exceptuando algunas transacciones entre Estados, por lo general el sistema funcionaba por compensación y no por redención. Es decir, la compensación no es ninguna cosa extraña, ni tampoco es un mecanismo que se introdujera en 1971, sino que ya era el mecanismo generalizado desde muchísimo antes pues es mucho más práctico y eficiente que redimir.

En todo caso, aún se podría argumentar que la obligación de compensar al estar autorreferenciada al dólar y no existir un activo externo como el oro, es una obligación nominal, no una obligación real, porque la Fed tiene la capacidad de devaluar el valor real de estas unidades nominales, y además sin consecuencias jurídicas, de manera que no se trata de una obligación real.

Quisiera destacar que el hecho de que no existan consecuencias jurídicas es irrelevante. Tampoco hubo consecuencias jurídicas cuando se suspendió la convertibilidad del dólar en oro, y siempre fue una posibilidad real mientras el dólar fue convertible, tan real que acabó por materializarse.  Y no porque existiese esa posibilidad de suspender la convertibilidad sin consecuencias, tiene sentido decir que el dólar pre 1971 no era un pasivo.  Es decir, que la Fed tenga la capacidad para devaluar sus pasivos sin consecuencias jurídicas es independiente de que el dólar sea redimible o no.

Promesa de recompra

Lo importante son las consecuencias económicas. Es decir, que el mercado otorgue menos valor a los dólares por el comportamiento del emisor para con esos dólares.  Por ejemplo, que emita dólares para comprar activos de menor calidad o más volátiles.  No es lo mismo que la reserva Federal emita dólares para comprar oro o deuda de los Estados Unidos, que para comprar deuda argentina denominada en dólares.  

Cuando la Reserva Federal utiliza la contabilidad por partida doble y coloca los dólares en el pasivo y los bienes que compra los coloca en su activo, le está diciendo al mercado que reserva esos bienes para recomprar esos dólares que ha emitido. Al contabilizarlos de esta manera, los dólares que la Fed emite llevan implícita una promesa voluntaria de recompra.  

Si, además, los activos que compra la Fed son activos de deuda, y tenemos en cuenta que las leyes de curso legal en Estados Unidos obligan a los acreedores a aceptar dólares para liquidar deudas, entonces en ese caso se trata de una obligación legal y ya no solo un compromiso voluntario de recompra.

¿Sólo es un pasivo si se paga?

Pero es verdad que esta obligación legal no es del todo real, porque la Fed es un organismo estatal o dependiente del Estado, y el Estado puede eximirse a sí mismo de las obligaciones legales, pues es el estado quien dicta las leyes. Pero de nuevo, esto es así también para la obligación de redimir, y no por ello se decía que los dólares convertibles en oro no eran un pasivo.  Es más, desde un punto de vista histórico o empírico, la Fed sí se ha saltado la “obligación” de redimir, y hasta la fecha nunca se ha saltado la “obligación” de compensar.

También hay que añadir que en el concepto de obligación va implícita la posibilidad de incumplir esa obligación, sea por el motivo que sea. Un deudor privado también puede incumplir sus obligaciones y desde un punto de vista económico al acreedor no le arregla nada que el deudor vaya a la cárcel.  Si, es cierto que la posibilidad de ir a la cárcel desincentiva que el deudor impague, pero esto es una cuestión que influye en la probabilidad de impago, pero no cambia la naturaleza de pasivo como tal.

Démonos cuenta de que llegaríamos a la conclusión absurda de que un pasivo es un pasivo sólo si se acaba pagando, o que un pasivo es “menos pasivo” cuanto más altas sean las probabilidades de impago.  Por tanto, sea por inmunidad legal o cualquier otro motivo, la posibilidad de incumplir con una promesa en absoluto cambia que la promesa sea una promesa.  

Una obligación presente

En la definición contable que presentamos al principio de este artículo se dice que un pasivo es “una obligación presente”, y es cierto que por obligación solemos entender algo que te viene impuesto desde fuera. Pero la definición de obligación tanto en español como en castellano incluye la auto-obligación o promesa. Por ejemplo, la primera definición del diccionario Merriam Webster es “the action of obligating oneself to a course of action”.  

George Selgin afirma que los dólares no implican ningún tipo de derecho para su propietario, pero ¿cuando el dólar era convertible en oro era verdaderamente un derecho del propietario o una promesa de recompra por parte de la Fed? Quizá antes de 1933 se podía decir que era un derecho del propietario, pero en retrospectiva y después de 1971 parece claro que sería más fiel a la realidad describir el dólar como una promesa voluntaria de la Fed (que acabó incumpliendo) y no tanto como un derecho inamovible del propietario del dólar. 

¿Obligación o promesa?

Creo que este debate se clarificaría mucho si en lugar de “obligación” habláramos de “obligación o promesa”. Porque es verdad que jurídicamente una obligación implica un derecho, pero una promesa no implica necesariamente un derecho, y aun así, desde un punto de vista económico una promesa es claramente un pasivo, independientemente de que quien prometa cumpla o no con lo prometido y de que incumplir tenga consecuencias jurídicas o no.  Si incumple, la consecuencia económica es que el valor de las promesas del incumplidor disminuye o incluso desaparece totalmente. Y esta consecuencia económica es así para cualquier promesa independientemente de que quien lo emita sea el Estado o un agente privado e independientemente de que la promesa sea además una obligación legal o no. 

Y enlazo este concepto de promesa con la duda que planteaba al final de mi artículo anterior. Si lo que el banco central compra no son activos de deuda como bonos o MBS sino otro tipo de bienes como podrían ser acciones, ETFs u oro, no aplicaría la obligación jurídica que implican las leyes de curso legal, pero el mero hecho de que el banco central utilice la contabilidad por partida doble y conserve celosamente esos bienes en su activo (no se los gasta), es en sí mismo un compromiso voluntario de recompra.  Si, de acuerdo que el compromiso podrá ejecutarse o no y es discrecional, pero como hemos explicado en los párrafos anteriores, el posible incumplimiento de una promesa no cambia la naturaleza de una promesa.

Reductio ad absurdum: es un pasivo

Lo importante de utilizar la contabilidad por partida doble es que el Banco Central se retrata a sí mismo para bien y para mal. Incluso si dejara de publicar información contable también se estaría retratando. Y el mercado evalúa sus promesas en función de la información contable que proporcione. En definitiva, como para todo activo financiero, lo relevante no es el instrumento en sí mismo (el billete o el apunte contable), sino el comportamiento del emisor.  Al contrario que un activo real, donde lo relevante sí que es la naturaleza de la cosa en sí misma. 

Por último, es cuestión pacífica en el debate con George Selgin que los dólares son un activo financiero. Lo que Selgin matiza es que son una especie extraña de activo financiero, es decir, un instrumento cuyo valor depende del comportamiento de un agente concreto. Pero es que un activo financiero sólo puede ser dos cosas: O es pasivo, o es equity.

Y poseer dólares no implica ser propietario de una parte de la Reserva Federal. Tampoco confiere derechos de voto en la junta de accionistas, y las empresas no suelen aceptar sus propias acciones para compensar deudas. Por tanto, si claramente no es equity, solo queda la opción de que sea un pasivo. Una promesa determinada nominalmente, pero indeterminada en términos reales. De esta manera, no se define con claridad la calidad y/o cantidad del bien con que se cancelará la obligación surgida y/o la fecha de cancelación. Es lo que Carlos Bondone califica como crédito irregular.

Ver más

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (I). (Manuel Polavieja).

Una teoría alternativa del ciclo económico

Recientemente, en el último curso del grado de Economía en la Universidad de Cambridge, comenzamos la asignatura de teoría avanzada del ciclo económico. Se basa en comprender, estudiar y analizar matemáticamente las principales características de las diferentes teorías y modelos del ciclo económico. Sin duda, es una asignatura que me ha parecido fascinante y de gran utilidad para comprender el mundo en el que vivimos.

Tal y como nos han explicado multitud de veces, cada teoría del ciclo tiene sus fortalezas y debilidades. Y cada una es más eficiente explicando unos u otros aspectos de la economía. Es por ello por lo que un día en clase me surgió el interés en profundizar algo más en una teoría del ciclo alternativa como es la de la Escuela Austriaca. Tras haber asistido a varias conferencias en el Instituto Juan de Mariana o la URJC y, sin ni siquiera ser yo un férreo austriaco, conocía la teoría algo por encima. Sobre todo en lo relacionado con las principales variables de su modelo y algunas de sus dinámicas.

Teoría austríaca del ciclo económico

Tras profundizar algo más en ella, sin embargo, me he percatado de que, a pesar de que algunos de sus aspectos puedan resultar parcialmente desdeñables desde el punto de vista de la macroeconomía moderna, sin duda muchos otros siguen en vigor y facilitan el entendimiento de muchas de las tendencias económicas que observamos hoy. Es por ello por lo que, en la presente columna, me dispongo a dar algunas pinceladas sobre la teoría austriaca del ciclo económico.

Comenzando por sus orígenes, cabe resaltar que la teoría austriaca del ciclo tiene sus raíces en el trabajo de Böhm-Bawerk. Es uno de los primeros economistas en resaltar las intervenciones de las autoridades monetarias sobre los tipos de interés como causa principal de las recesiones. Durante las fases alcistas, la masa monetaria y el crédito creados a raíz de la liquidez adicional generada por el banco central dispararía los niveles de inversión y consumo por encima de los correspondientes a la tendencia. Ello genera, por lo tanto, una descompensación o desequilibrio entre la capacidad productiva de la economía y los planes de consumo y ahorro intertemporales de los agentes económicos. Dicho desequilibrio sería el que, tras algún tiempo, terminaría causando una recesión que corregiría los excesivos niveles de inversión y endeudamiento y volvería a situar a la economía dentro de sus capacidades productivas reales.

Implicaciones de política monetaria

Tras leer el párrafo anterior, cualquier con unas mínimas nociones de historia del pensamiento económico, habrá podido observar que el pensamiento de los austriacos difería y difiere en gran medida de lo que podríamos considerar el mainstream académico. En este caso, las diferencias son notorias, sobre todo en lo respectivo a las visiones sobre política monetaria. Esta política está en el núcleo de la teoría austriaca del ciclo.

Los austriacos, a este respecto, no solo argumentan que la intervención de los bancos centrales en la economía es la causa primaria de las recesiones, sino que defienden asimismo que las políticas monetarias expansivas (como los tipos cero o el quantitative easing), simplemente contribuyen a postergar en el tiempo los ajustes estructurales necesarios para que la economía vuelva a situarse dentro de su potencial productivo.

En la teoría austriaca, la expansión crediticia generada por el exceso de liquidez introducido en la economía por los bancos centrales durante la fase alcista del ciclo, o como política contracíclica durante una recesión, son la causa motora del desequilibrio en la asignación de recursos productivos en la economía, contribuyendo únicamente a agravar y posponer los ajustes necesarios para retornar a un punto de equilibrio dinámico.

Coordinación intertemporal

Un punto fundamental en la teoría austriaca es la relevancia que se le otorga a la coordinación intertemporal entre las decisiones de producción, ahorro y consumo, siendo (muy en la tradición de Kirzner) las decisiones empresariales agregadas las cuales determinan la asignación intertemporal de recursos productivos, incluyéndose en dichas decisiones la estructura, evolución y utilización del stock de capital disponible.

La clave se encuentra en que dichas decisiones en su conjunto han de ser consistentes intertemporalmente con los planes de consumo de los agentes para que la economía se mantenga en equilibrio en el largo plazo. Para ello, una herramienta esencial en una economía de mercado son los precios, entre los cuales se encuentran los tipos de interés, ya que estos ejercen de señal para la coordinación intertemporal del consumo y la producción, es decir, de la oferta y la demanda.

Los tipos de interés: coordinación o descoordinación

Por su parte, los tipos de interés ejercen como mecanismo de señalización principal en el mercado de fondos prestables, siendo este en el que los agentes ofrecen sus ahorros tras tomar la decisión de posponer su consumo en el tiempo (a cambio de una rentabilidad en formato de tipo de interés) y los emprendedores demandan fondos para inversión (pagando por ello un tipo de interés), generando así producción futura. El precio de equilibrio en dicho mercado sería denominado como tipo de interés natural, Wicksell dixit. En dicho punto de equilibrio, la rentabilidad total percibida por los ahorradores sería igual al incremento de producción futura, posible a raíz de un empleo productivo de dichos ahorros, canalizados a través de proyectos empresariales generadores de valor en el largo plazo.

En todo este proceso, según los austriacos, serían los bancos centrales los principales culpables de la generación de recesiones, por su manipulación de los tipos de interés. Tras una reducción artificial de los tipos de interés, el boom de crédito que se generaría no tendría su raíz en un aumento de la propensión marginal al ahorro o un incremento previo de la oferta de fondos prestables, sino a una transferencia forzada de recursos entre ahorradores e inversores, generando, además, una mayor demanda de crédito para el consumo e inflando de manera artificial la demanda agregada. Parte de dicho incremento de demanda se podría ver satisfecho por aquellas industrias con una mayor elasticidad de oferta, pero no asimismo por aquellas con mayor rigidez en los procesos productivos, lo cual terminaría destruyendo tejido productivo y descompensando la estructura de la economía, conllevando a una recesión.

Reducir la intervención

Si bien es cierto que los austriacos consideran las recesiones económicas como algo inevitable e incluso sano para la economía en un escenario de desequilibrio, también consideran que, en una fase recesiva, una pérdida de confianza inversora y reducción del flujo de crédito por expectativas negativas puede intensificar la tendencia recesiva más allá de lo necesario para la reestructuración del tejido productivo.

Es por ello por lo que algunos austriacos, como era el caso de Hayek, defendían que en un escenario así una mínima intervención en forma de políticas contracíclicas en la economía era aceptable, ya que esto evitaría lo que catalogó como contracción secundaria, escenario en el cual en plena recesión, una mayor preferencia por activos líquidos por parte de los agentes económicos conduciría a un colapso de los niveles de demanda, caída del nivel de precios, y, consecuentemente, un agravamiento de dicha recesión; tal y como ocurrió en la Gran Depresión de los años 30.

En conclusión, tal y como hemos analizado en el presente artículo, la teoría austriaca del ciclo sitúa la creación artificial de liquidez por parte de los bancos centrales como causa nuclear de las crisis económicas, al generar niveles de inversión y consumo superiores al potencial productivo real de la economía. Además, dicha teoría establece que las políticas contracíclicas por parte de los bancos centrales solo contribuyen a atrasar y agravar la recesión, al no permitir que la recesión realice los ajustes estructurales necesarios en la economía para su retorno a un equilibrio dinámico, con la única excepción de la prevención de un escenario de contracción secundaria.

Crítica al patrón interés

Dediqué mi primer artículo a una de las propuestas de Pedro Gómez Martín-Romo, la “competencia institucional normativa”. Su otra propuesta, el llamado “patrón interés”, es el objeto de este artículo. Comenzaré resumiendo la idea. Pero, para quien tenga interés, puede escuchar la presentación del autor en una charla TED:

Al igual que en el artículo anterior, debo informar que mis críticas al patrón interés son a lo expuesto en las conferencias, y no en los libros, los cuales no he leído. Existe la posibilidad de que se trate alguna de ellas en los libros y por eso yo no lo tenga en cuenta, pero dudo que sea el caso para las críticas principales porque eso implicaría contradecir categóricamente casi todo lo dicho en las conferencias.

Monopolio

Los lectores habituales del IJM serán de sobra conocedores del problema monetario. Actualmente, existe un monopolio de la emisión de dinero por parte de los bancos centrales, los cuales, pese a ser supuestamente independientes, a menudo se ven influenciados por presiones de distinto tipo y acaban causando gran diversidad de problemas y distorsiones en la economía. Los liberales acusamos al monopolio de los bancos centrales de dos problemas. El posible abuso del monopolio de la emisión, generando inflación, y su control de los tipos de interés, que es responsable de los ciclos económicos financieros.

Recordemos que el buen dinero incluye entre sus cualidades básicas el ser un invariante de valor. Es decir, que mantenga su poder adquisitivo en el tiempo, sin inflación ni deflación. Para permitir esto, deberá emitirse nuevo dinero en proporción al aumento en la producción de bienes y servicios.

Patrón oro

Antiguamente, los billetes emitidos estaban respaldados por oro, lo cual limitaba la capacidad de emisión de estos bancos, imponiendo también la disciplina fiscal. Era el llamado patrón oro. Sin embargo, este modelo fue abandonado definitivamente en 1971. Desde entonces, el único respaldo de las monedas ha sido la confianza en los bancos centrales emisores y en las economías de sus países.

El autor no entra en detalle en las conferencias sobre su crítica al patrón oro, pero dado lo expuesto por Milton Friedman, estoy de acuerdo con la conclusión de que el patrón oro no es ideal. Friedman argumenta que la minería de oro necesaria para mantener el sistema podría costar varios puntos del PIB, lo cual es un problema muy significativo.

El patrón interés

La propuesta consiste en obligar a los bancos centrales a aumentar la masa monetaria de forma proporcional al tipo de interés (entiendo que igualando el aumento de la masa monetaria al tipo de interés). En concreto, llevar esto a cabo de forma mensual. De este modo, supuestamente, se llega a esa coordinación que permite mantener el valor del dinero sin corromper a los bancos centrales y frenando la inflación. Cita de las palabras del autor: “El tipo de interés es la única herramienta que nos da un valor matemático y real de la cantidad de dinero que necesita la economía para que el dinero mantenga su poder adquisitivo.”

Un problema que tiene el patrón interés, para empezar, es que requiere que los bancos centrales lo adopten. El problema del sistema actual no es que los bancos centrales no sepan cómo mantener estable la moneda. Saben hacerlo, y podrían hacerlo con bastante precisión a medio plazo si ese fuera su único objetivo. El problema es que son monopolios con incentivos a tener otras prioridades. Otro es que no tiene mecanismo para contrarrestar la deflación. Un tercero es que se declara defensor del coeficiente de caja del 100%, para lo cual me limito a remitirle a esta conferencia de Juan Ramón Rallo sobre el tema.

El concepto de interés

En primer lugar, es necesario refutar la definición que el autor da del tipo de interés. Y es que cae en el error común de definir al tipo de interés como el precio del dinero. Esto no es correcto, y este error es probablemente del que se derivan los errores posteriores. El precio de una mercancía se mide en la cantidad de otros bienes que se pueden comprar intercambiando el bien original. Para evitar los problemas del trueque y facilitar la situación, se inventó el dinero. Al tratar de ser un invariante de valor comúnmente aceptado para el intercambio, lo utilizamos como intermediario y expresamos todos los demás precios en unidades monetarias.

Sin embargo, esto no se puede hacer con el dinero. O, al menos, carece de sentido. ¿Cuánto valen 50€? La respuesta es 50€. La única forma de medir el precio del dinero es observando la cantidad de otros bienes y servicios que se pueden comprar con él. El tipo de interés no es el precio del dinero, sino el precio del ahorro (y, en cada caso, se añaden el precio del riesgo y las expectativas de inflación). Para pedir prestados 100€ a devolver a un año, hay alguien que los tiene ahora y renuncia a su uso durante un año, por lo cual requiere una compensación (aún más si el prestamista considera que hay riesgo de que no le puedas pagar). Esa compensación, ese precio de ahorrar y retrasar su consumo un año, es el tipo de interés. Por eso es distinto, dependiendo del período, de cuánto haga esperar al prestamista. No es el mismo tipo de interés a un mes, que a tres, a un año o a diez. Esto solo tiene sentido con la explicación de que el tipo de interés es el precio del ahorro.

Interés e inflación

El autor menciona que, cuando la cantidad de dinero en circulación es excesiva, el tipo de interés baja. Pone el ejemplo de 2015. Esta afirmación es errónea. De hecho, es al revés. Cuando hay inflación, los prestamistas incorporan las expectativas de inflación al tipo de interés para mantener igual el tipo de interés real. De modo que el tipo nominal aumenta. Por ejemplo, este es el caso actualmente de Argentina, que tiene unos tipos de interés del 97% dado que tiene una inflación que ronda esa cifra.

El autor llega a este error por considerar al tipo de interés como el precio del dinero. Con la definición errónea de tipo de interés, se llega a que, al haber exceso monetario, baja su precio (el tipo de interés). Cuando hay exceso de oferta, el precio baja. Y en efecto es así, pero con la definición correcta de tipo de interés. La inflación es la pérdida de poder adquisitivo del dinero en términos de otros bienes, de modo que sí baja al haber exceso de emisión monetaria. El tipo de interés, que es otra cosa, tiende a subir.

¿Qué ocurrió en 2015?

En los países desarrollados, los bancos centrales controlan el tipo de interés a base de ofrecer préstamos a un tipo más bajo que el de mercado. En condiciones normales, esto conduciría a la quiebra del banco central. Sin embargo, como puede imprimir dinero a voluntad, esto no puede ocurrir. De este modo, permite que los bancos comerciales presten gran cantidad de dinero a un tipo similar, estableciendo así el tipo de interés en la economía. Nadie pediría un préstamo a un tipo mayor estando disponible uno con un tipo menor.

La cantidad de dinero que hace falta imprimir para mantener este modelo no es excesiva. Los problemas que tiene son frecuentemente criticados por los liberales, pero no voy a entrar en ellos aquí. La cuestión es que, siguiendo este modelo, cuando la cantidad impresa es relativamente pequeña y no genera apenas inflación, esto permite forzar los tipos de interés a la baja. Esto es lo que ocurrió en 2015 y sigue ocurriendo. De hecho, en cuanto la inflación comienza a subir, los bancos centrales se ven obligados a subir el tipo de interés.

Interés y evolución de la masa monetaria

Ahora llega la crítica fundamental. Y es que el tipo de interés no es la medida correcta del ritmo al que sería necesario aumentar la masa monetaria. La aplicación del patrón interés llevaría en la práctica a inflaciones galopantes.

Sospecho que el autor estaba intentando llegar a algo similar al patrón PIB. Si la cantidad producida de bienes y servicios (PIB) aumenta, que la masa monetaria aumente en igual proporción. El tipo de interés, cuando es controlado por los bancos centrales, es lo que a los bancos centrales les parezca oportuno, dentro de lo posible. Cuando no está controlado por ellos (como consideraré en adelante), es el precio de mercado del ahorro y el riesgo.

Sociedades anticomerciales

Tradicionalmente, las sociedades comerciales y libres tenían tipos de interés enormemente inferiores a las reprimidas y anticomerciales. Como se imaginarán, las primeras crecían casi siempre más que las segundas en producción de bienes y servicios, necesitando mayor creación de moneda para estabilizar precios. Esta paradoja desmonta el patrón interés.

En los países reprimidos, dada la inseguridad jurídica y el enorme riesgo de las inversiones, los tipos de interés exigidos suelen ser muy altos. Hay muy pocos agentes con capacidad de ahorro y dispuestos a prestarlo, lo que eleva enormemente el tipo de interés. Cuenta Escohotado que, en ciertos momentos del Imperio Romano, el tipo de interés rondaba el 8% mensual. Cuando hay escasez de ahorro prestable, hay poca inversión, y por tanto poco crecimiento. Solo las inversiones más rentables podrían acometerse, y de esas hay relativamente pocas.

Sociedades ahorradoras

Por el contrario, cuando hay más ahorro prestable, más oferta de inversión, el tipo de interés tiende a bajar, permitiendo acometer no solo las inversiones más rentables sino también aquellas que lo sean, pero no tanto. Estas sociedades ahorradoras, que sacrifican el consumo actual para aumentar el futuro (aumentando así la estructura de capital) son las que más crecen.

De modo que el patrón interés llevaría a la creación de relativamente poco dinero en las sociedades ahorradoras que más crecen (que podría quedar por encima o por debajo del crecimiento). Pero en las sociedades con poco ahorro (y, por tanto, altos tipos de interés) llevaría a la creación de cantidades ingentes de dinero. Imaginen una sociedad muy pobre y poco ahorradora, en la que solo unos pocos se atreven a prestar, y consecuentemente con poco crecimiento y un tipo de interés muy alto (digamos de nuevo 8% mensual). Y ahora imaginen aumentar la masa monetaria un 8% mensual.

Mercancías y economía de mercado

Es una lástima que el debate que mantengo con Joel Serrano se esté quedando en cuestiones superficiales. Como, por ejemplo, la definición de mercancía que yo pueda considerar más precisa. No se trata de ser precisos ni de que una definición sea mejor que otra, se trata de no cometer el gran error de leer a Menger en los términos de otro autor, tal y como yo mismo hice equivocadamente las primeras veces que leía a Menger con la definición de mercancía de Mises. Y por cierto, no sé de ni una sola persona que conozca bien la tradición austriaca que no cometiera este mismo error, incluyendo a notables Mengerianos como Selgin, Rallo, Bondone o Keith Weiner. ¿Quizá sea Serrano el primero que no lo ha cometido? 

El papel central de la mercancía

Como decía, Serrano no se está enfocando en lo esencial, y es el papel que juega el concepto de mercancía dentro de la teoría del intercambio de Menger. La mercancía es el instrumento crucial a través del cual abandonamos las formas primitivas de economía y evolucionamos hacia la economía de mercado. No hay mercancías sin mercado ni mercado sin mercancías. 

Por reducción al absurdo, una economía de supervivencia donde no hay nada más allá del valor de uso sería la “economía” del Ñú, si se me permite la expresión. La aparición del valor de cambio es lo que nos saca de la economía primitiva, por eso Menger elabora una Teoría de la Mercancía como elemento fundamental dentro de su Teoría del Intercambio, e insiste hasta la saciedad en que la esencia de la mercancía, lo que la caracteriza, es su valor de cambio.

Cuestiones irrelevantes

Menger denunció una y otra vez la profunda incomprensión de los intermediarios, tanto a nivel popular como a nivel académico.  Si la incomprensión era preocupante cuando el intermediario es una persona o entidad, no digamos cuando el intermediario es una cosa como son las mercancías o el dinero. Pareciera que este debate sobre la teoría de la mercancía es anacrónico y fútil, pero nada más lejos de la realidad. Esta incomprensión sigue de rabiosa actualidad. Y prueba de ello son, por ejemplo, los ataques a Mercadona como intermediario-entidad y la calificación de Bitcoin, intermediario-cosa, como burbuja especulativa de valor cero por parte de reputados economistas como Steve Hanke o Xavier Sala y Martí, o financieros de gran prestigio como Charlie Munger.

En fin, insisto en que me parece una lástima perderse en cuestiones de poco fondo. Aun así, paso a analizar el último artículo de Serrano. Los argumentos que aporta sobre el hecho de que Satoshi o MicroStrategy no intercambien sus Bitcoins para negar que sea una mercancía ni se sostienen, ni son relevantes para el debate.

No son relevantes porque es una cuestión pacífica en el debate que una vez que un bien dejó atrás su primer intercambio y ya tiene valor de cambio, el propio valor de cambio, en el sentido de los servicios de intercambio que proporciona, puede ser ya razón suficiente para atesorarlo. Tal y como el propio Mises reconoce. Es decir, según Mises, una vez que un instrumento tiene valor de cambio, no hace falta ya ser más papista que el Papa, intentando suponer ningún valor de uso actual para encontrar justificación al atesoramiento o demanda de ese bien.

Un experimento mental

Al reconocimiento de Mises yo añado, que se puede especular o apostar con un potencial valor de cambio aunque la cosa no tenga valor de uso ni precios, tal y como hizo el propio Hal Finney el 11 de Enero de 2009, tan solo dos días después de que Satoshi minara el bloque génesis (traducción libre):

Un problema inmediato con cualquier nueva moneda es cómo valorarla. Incluso ignorando el problema de que prácticamente nadie la aceptará al principio, aún existe la dificultad de encontrar un argumento razonable a favor de un valor específico distinto de cero para esta moneda.

A modo de divertido experimento mental, imaginemos que Bitcoin tiene éxito y se convierte en el sistema de pago dominante utilizado en todo el mundo. Entonces, el valor total de la moneda debería ser igual al valor total de toda la riqueza en el mundo. Las estimaciones actuales de la riqueza total de los hogares en todo el mundo que he encontrado varían de $100 billones a $300 billones. Con 20 millones de monedas, eso le daría a cada moneda un valor de aproximadamente $10 millones.

Por lo tanto, la posibilidad de generar monedas hoy en día con unos pocos centavos de tiempo de cálculo puede ser una apuesta bastante buena, ¡con un beneficio de aproximadamente 100 millones a 1! Incluso si las probabilidades de que Bitcoin tenga éxito en este grado son escasas, ¿realmente son de 100 millones a uno en contra? Algo en qué pensar…

Hal Finney

Independientemente de que estemos de acuerdo o no con el dudoso cálculo que hace del posible valor de Bitcoin, podemos ver como Hal Finney enuncia inicialmente el supuesto problema que identifica Mises sobre el valor inicial, que luego refuta con total contundencia. Esos pocos céntimos son el precio inicial para Finney y el valor que estima como posible, aunque poco probable es de 10 millones.

Pero lo relevante aquí no es el hecho histórico o anecdótico de que Finney inmediatamente pasase a la acción minando Bitcoin por la expectativa de que pudiera ser dinero cuando aún no existían precios interpersonales (si, Finney esperaba que fuera dinero, no un objeto de coleccionismo ni ninguna otra utilidad peregrina). Podía no haber minado ni un solo Bitcoin y haberse olvidado del invento para siempre, y aun así el hecho de haber realizado esta reflexión refutaría el Teorema de Regresión de Mises igualmente. 

Traigo aquí a Finney porque es evidente que él no es ningún capitán posteriori. Hizo esta reflexión en aquel momento y no a toro pasado cuando Bitcoin ya tenía precios interpersonales. Cualquiera puede comprender esta sencilla reflexión de Finney por mera introspección individual y, por tanto, deducir que es perfectamente racional, dentro de la categoría de la acción humana, invertir unos cuantos céntimos en obtener una cosa si tienes la única y exclusiva expectativa de que esa cosa pudiera convertirse en medio de cambio en el futuro. Y ya de paso, esos pocos céntimos serían el precio inicial que tanto preocupa a Mises. 

¿Bien a coste cero?

Es decir, en el marco metodológico de Mises no solo es irrelevante la acción de Satoshi o Finney demandando Bitcoin, también es irrelevante que empíricamente podamos demostrar que esta reflexión de Finney existió. La lógica nos dice que aunque Finney no la hubiera documentado o ni siquiera la hubiera realizado, esta reflexión es perfectamente posible y racional.

Como ya he expuesto en artículos anteriores, el problema que identifica Mises simplemente no existe. Yo defiendo que cualquier precio inicial o pasado es totalmente innecesario para demandar una cosa que crees que puede convertirse en medio de cambio. Pero es que si fuera necesario, que no lo es, no es posible obtener ningún bien a coste cero. No hay nada gratis. 

Dedicar aunque sea una parte de tu tiempo a recolectar, fabricar, atesorar o crear una cosa ya implica valorar esa cosa más que tu tiempo, y todos tenemos una idea aproximada de cómo valorar nuestro tiempo. Siempre hay un intercambio aunque sea autístico, y los intercambios generan precios que se pueden utilizar como referencia.

Todavía el valor objetivo

Por tanto, la siguiente afirmación de Mises es insostenible:

Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4

La anterior afirmación denota que Mises no fue capaz de abandonar totalmente la teoría del valor objetivo (costes) en lo que respecta a los medios de intercambio. Pero es que además incluso en el contexto equivocado de la teoría del valor objetivo, tal afirmación no tiene ningún sentido porque es imposible que no exista un precio de referencia aunque proceda de un intercambio autístico. Como ya expliqué, si la cosa no tiene valor de uso ni valor de cambio conocido, el incentivo para demandarla por parte del comprador racional es de hecho ¡mayor! porque el coste de obtener dicha cosa no será cero, pero casi seguro será ínfimo precisamente porque no tiene valor de uso ni tampoco aún valor de cambio. ¡La cosa es inútil a ojos del resto del mundo!

El primer precio de Bitcoin

En el caso de Satoshi, pretender que para él Bitcoin no era un medio de cambio me parece surrealista teniendo en cuenta lo que escribe en el whitepaper y en los diversos foros. En una ocasión, por cierto, negando explícitamente el teorema de regresión al describir como un objeto que no tuviera ningún valor de uso podría tener un valor inicial “circular” porque la gente apreciara su potencial utilidad para el intercambio. Afirmar que la satisfacción de que pueda funcionar como medio de cambio es un valor de uso distinto a ser medio de cambio es una pirueta ridícula. 

Dice Serrano que Satoshi no intercambió uno solo de sus Bitcoin. Esto no solo es irrelevante, sino también rotundamente falso. Desconoce lo elemental de la historia temprana de Bitcoin. El primer intercambio interpersonal de Bitcoin fue de 10 bitcoins de Satoshi a Finney el 12 de enero de 2009 (asumiendo que no fueran la misma persona). Ya tiene Serrano el intercambio de esa parte “por pequeña que fuera” de los bitcoins de Satoshi. También hizo algunos pagos, que se sepa, a Dustin Trammell, Nicholas Bohm o Mike Hearn. Se ha analizado que gastó como mínimo 900 bitcoins en los primeros meses.

Las estimaciones de los bitcoins de Satoshi varían entre 700.000 y 1.100.000. Hay 500.000 bitcoins sobre los que existen dudas. Y da igual si los intercambios fueron a título lucrativo, a cambio de ayuda en la programación, o a modo de simple prueba. Si Serrano quiere entrar en el barro del empirismo (allá él), los hechos son que Satoshi demandó bitcoins para posteriormente intercambiarlos, y sabemos que el primer receptor conocido, Finney, valoró expresamente la posibilidad de que fuera dinero un día antes de recibirlos.

Teorema de regresión

Además, es patente que Satoshi lo planificó todo con sumo cuidado ¿Cómo sabe Serrano que Satoshi no minó bitcoins con un equipo distinto y posteriormente vendió esos bitcoins con su identidad real? También sabemos que Finney vendió unidades de Bitcoin ¿Cómo puede estar n seguro de que Finney no era Satoshi?, y por tanto Finney fue el primer demandante que posteriormente vendió, y además demandó única y exclusivamente por su potencial como medio de cambio tal y como explicó el 11 de Enero de 2009, ¿Cómo encaja esto en el teorema de regresión?

Como digo, Serrano hace afirmaciones sin documentarse debidamente, pero sobre todo se pierde en lo anecdótico. Porque si entramos en lo empírico las razones por las que Satoshi y los primeros mineros no vendieran sus bitcoins pueden ser muchas sin que esto implique que tengan valor de uso para ellos: Porque pueden haber fallecido, porque a día de hoy creen que aún valdrán más, porque ya no tienen las claves privadas para gastar esas monedas, porque viendo lo que les pasó a otros que intentaron lanzar dinero privado, valoran más su anonimato, libertad e integridad física que la riqueza que pudieran obtener a cambio de sus Bitcoin, etc. Pero con tal de aferrarse al teorema de regresión, Serrano pretende negar lo que Satoshi o Finney afirmaron de manera expresa. Serrano está convencido de conocer mejor que ellos mismos la razón por la que demandaban Bitcoin. En cuanto a Microstrategy ¿Cómo van a plantearse vender si aún no ha terminado de pagar las que está comprando y en estos precios aún creen que están baratas? 

New Liberty Standard

Serrano menciona el caso de New Liberty Standard que yo ya cité en mi artículo anterior. No comprendo cómo puede pensar que estos hechos apoyan su argumento. Entiendo que Serrano recurre a él porque cree erróneamente que Satoshi nunca intercambió y que, atención, ¡el creador de un  “Peer-to-Peer Electronic Cash System“ no consideraba que su creación fuera un bien destinado al intercambio!, y pasa a analizar el supuesto de que el primer intercambio de Bitcoin lo protagonizaran otras personas en la página web de New Liberty Standard.

Pero, ¿Qué referencia a ningún valor de uso por parte del vendedor o del comprador existió en el primer intercambio de esta página web? Qué Martin Malmi venda una pequeña fracción de sus Bitcoin para ayudar al propietario de un exchange que expresamente publicita Bitcoin como moneda (”Bitcoin is the gold standard of digital ¡¡currency!!”), va en favor de promocionar la demanda de Bitcoin como moneda y su valor de cambio, porque Malmi tenía muchos. Aquí la labor de Malmi es claramente la de market maker o proveedor de liquidez, todo un señor valor de uso, claro que sí. Serrano se vuelve a refutar a sí mismo.   

Especula Serrano que podría darse el caso de que Bitcoin no fuese una mercancía porque para algunos tuviera algún valor de uso. Si, y también podríamos afirmar que para muchos Bitcoin era una simple cosa y no tendría absolutamente ningún valor, que no era un bien para ellos. ¿Y?. La teoría del valor subjetivo es así, el valor lo otorga el sujeto. Esto no es más que enunciar la definición de mercancía de Menger: El carácter de mercancía es una relación con el sujeto. Además, ¿Qué tiene que ver esto con el teorema de regresión de Mises? Nada. El teorema de regresión de Mises afirma de manera concreta y tajante que el primer precio de una mercancía debe ser consecuencia del valor de uso. En el marco metodológico de Mises no vale especular de manera inespecífica. Hay que demostrar de manera concreta, por la vía de la lógica y no por empirismo, que el primer precio de Bitcoin solo pudo tener origen en un valor de uso.  

Confusión entre bien entregado y bien obtenido

Aludir a que la “satisfacción” de que el sistema funcione es un bien de uso, a pesar de ser un argumento ridículo no me sorprende en absoluto. Desde la irrupción de Bitcoin, este tipo de argumentos son toda una tradición entre aquellos Miseanos que no están dispuestos a cuestionar una coma de Mises. Para empezar no es lo mismo el sistema Bitcoin, el software que es un bien libre (no económico), que las unidades de Bitcoin. No son el mismo bien. Además, ¿Qué tendrá que ver el atesoramiento de unidades de Bitcoin con esa satisfacción? La satisfacción de que el sistema funcione en todo caso te la proporcionará el tiempo que le dediques a crear, mejorar y ejecutar el sistema, no las unidades en si. No es necesario en absoluto atesorar unidades. Y si contribuyes minando, puedes obviar las unidades que obtengas despositándolas en direcciones de las que no tengas las claves.

En cuanto al subsidio a los demás propietarios, Serrano se refuta de nuevo a sí mismo, pues estamos hablando de transmitir valor utilizando Bitcoin como medio de intercambio, y los intercambios son intercambios sean lucrativos o no. Sería como decir que una cantidad de  Euros no son medio de cambio sino “satisfacción” cuando se utilizan como medio de pago en una donación. El refrito que hace aquí Serrano es antológico, confundiendo el bien entregado  con el bien obtenido. 

Confusión entre utilidad y costes

Serrano también confunde gravemente utilidad con costes. Esto es básico. Vender un bien siempre tiene fricción, implica costes de oportunidad, puede tener consecuencia negativas, etc. Resumiendo: Vender tiene costes. Estos costes no son la inversa de la utilidad del bien. Si por ejemplo concluyo que vender bitcoins pone en riesgo mi libertad física, de ninguna manera  cabe afirmar que la utilidad de atesorarlos sea proporcionarme libertad. Al contrario, si considero que nunca podré venderlos sin correr ese riesgo, seré más libre si no los atesoro o nunca los hubiera atesorado. 

Mercancías y atesoramiento

Como decía al principio, los argumentos de Serrano no se sostienen porque se puede atesorar un bien únicamente por su valor de cambio, y tal y como explica Menger puedes acabar por no intercambiarlo jamás (“Pero no a cualquier precio”). Concluir que una mercancía ha de tener algún valor de uso por el hecho de no ponerla a la venta es insostenible. 

Es perfectamente posible y racional no poner a la venta una mercancía si crees que su valor presente es menor que el valor de cambio futuro que tú estimas, y no por ello se puede concluir que se le esté asignando ningún valor de uso o consumo. Circunstancia que puede darse durante muchos años o indefinidamente si se trata de un bien en proceso de adopción o demanda creciente, que es lo que creen (equivocados o no) los hodlers que dicen que nunca van a vender sus bitcoins. 

También es perfectamente racional no vender una mercancía si en tu patrimonio dispones de otros medios de cambio líquidos que poder vender y que crees que se van a comportar relativamente peor que esa mercancía en el futuro, y esto en absoluto implica asignar ningún valor de uso o consumo a esa mercancía. Se puede atesorar una mercancía como reserva patrimonial y también como activo que poder vender en el mercado en caso de necesitarlo y que esa necesidad resulte por no llegar, y de nuevo esto no implica asignar ningún valor de uso o consumo a esta mercancía.

El oro atesorado

Hay muchos otros motivos para atesorar una mercancía únicamente por su valor de cambio y acabar por no intercambiarla. Por ejemplo, que los pagos que finalmente tengas que realizar con ella acaben por resultar en una fiscalidad, divisibilidad o proceso de verificación que en ese momento hagan más conveniente utilizar otra mercancía menos gravosa fiscalmente, más divisible o más fácil de verificar, atesorando la mercancía original para otros intercambios más adecuados a sus características, sin que ello implique que la mercancía original tenga menor valor para tí. Estas y otras circunstancias podrían encadenarse indefinidamente, de manera que no vendas la mercancía en mucho tiempo o incluso nunca (pase a tus herederos).

Nótese que según el razonamiento de Serrano llegaríamos al absurdo de que el oro no sería mercancía o dinero cuando se atesora indefinidamente al no querer venderlo en favor de intercambiar otros bienes que valoremos menos como puedan ser plata, dólares, euros o pesos argentinos. El concepto de mercancía lleva implícito el atesoramiento por más o menos tiempo, y solo dejará de ser mercancía en el momento que se use o consuma.

Para cerrar esta cuestión, el propio Serrano apunta correctamente a la explicación de Menger de que una mercancía sigue siendo una mercancía aunque no esté puesta a la venta, y es que simplemente o el mercado no ofrece lo suficiente, o no resulta económico por los costes (“no a cualquier precio”). Las valoraciones son siempre dinámicas y cambian con el tiempo, por tanto esta situación puede prolongarse indefinidamente incluso si el mercado actualiza lo que ofrece, y a su vez el propietario mantiene o actualiza el valor que le otorga a su mercancía por encima del ofrecido por el mercado.

Mercancías y medios de cambio

Insisto en que la polémica de los medios de cambio es prescindible en este debate. Pero como, por otro lado, de lo que se trata es de interpretar correctamente a Menger, retomo la polémica. Dice Joel Serrano que he cercenado a propósito la segunda parte del párrafo donde Menger expone la definición de medio de cambio porque contradice la primera parte. Esta segunda parte dice así:

Pero como, en el lenguaje de la ciencia, para ambos conceptos se emplea la expresión «medio de cambio», y resulta difícil repetir continuamente la expresión «intermediario en el intercambio», en la exposición que sigue nos hemos atenido a la expresión usada hasta ahora, siempre que la rigurosa distinción en los mencionados conceptos no da lugar a dudas

Carl Menger

De ninguna manera este fragmento contradice ni matiza la primera parte. Al contrario, la corrobora. Que Menger aclare que va a utilizar medios de cambio en lugar de intermediarios del intercambio no niega la definición: “medio de cambio que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio”. Tampoco aprecia Serrano el adverbio “también”. Es decir, explica Menger que medio de cambio se utiliza para referirse no sólo a los intermediarios del intercambio, sino ¡también! a cualquier otro bien destinado al intercambio. Y esta definición “cualquier otro bien destinado al intercambio” es esencialmente idéntica a la definición de mercancía: “Bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio”.

Medios de (inter)cambio

Tampoco aprecia Serrano que en el texto que supuestamente no me venía bien, Menger habla de “ambos conceptos” y “rigurosa distinción de los mencionados conceptos” ¿Qué dos conceptos? Pues el de intermediario del intercambio, por un lado, y el de cualquier otro bien destinado al intercambio por otro. Es decir, es totalmente falso que en este párrafo Menger se esté refiriendo al único concepto de intermediario del intercambio. Lo que está aclarando aquí Menger es que por claridad expositiva a veces va a sustituir el concepto específico y preciso (intermediarios del intercambio), por otro concepto ¡distinto!, y más amplio (medios de cambio) que incluye al específico.

Dice Serrano que cualquiera que lea con atención el capítulo I de El Dinero podrá darse cuenta de que Menger utiliza siempre medios de cambio en el sentido de “intermediario del intercambio”. Falso. Igual que no conoce el ABC de la historia temprana de Bitcoin, tampoco ha leído con atención el primer capítulo de El Dinero. En la nota al pie 11 (p.99), Menger utiliza los términos medio de cambio y mercancía indistintamente explicando cómo unos mismos medios de cambio pueden ser en su mayor parte protagonistas de intercambios directos, y en menor medida para menos gente, medios de cambio indirectos:

Cuando solo una parte de la población de un territorio se sirve de los medios de cambio, utilizándolos como intermediarios para vender sus bienes, mientras la otra, normalmente la parte más numerosa, los emplea simplemente como bienes de consumo a voluntad, los medios de cambio de ese territorio están aún tan poco evolucionados que hacen dudar que puedan definirse ya como dinero. 

Carl Menger

Mercancías y dinero

En el anterior pasaje la mayoría de los intercambios son directos. Menger no daba puntada sin hilo, y si no quisiera utilizar medios de cambio para este tipo de intercambios podría haber utilizado el término mercancía, pero no lo hace. Y no será porque no tuviera el término mercancía presente, pues lo utiliza en el párrafo inmediatamente siguiente, donde continúa desarrollando la misma idea:

Quien en el mercado cambia sus propias mercancías por abalorios, panecillos de té prensado, tabletas de sal u otras cosas parecidas, de modo que adquiere por esta vía intermedia los bienes de que tiene necesidad inmediata de manera más fácil, más económica y más segura que cambiando directamente sus propias mercancías por aquellos bienes, esas mercancías intermediarias de sus transacciones se puede decir que son su dinero. Pero cuando una gran parte, o incluso la mayor parte de la población, acepta de buena gana estas mercancías a cambio de los bienes que lleva al mercado, pero las emplea solo para su propio uso y consumo, utilizando como adorno los abalorios, consumiendo el té y la sal adquiridos, etc, estas podrán ser también las mercancías más queridas y preferidas por esta porción de la población, pero jamás serán dinero.

Carl Menger

Dinero y consumo

Después, Menger explica en qué circunstancias los medios de cambio pueden empezar a considerarse dinero. Utiliza el término mercancía para referirse a los medios de intercambio indirecto, y luego utiliza el término medio de cambio para referirse a aquel bien que por lo general se utiliza como medio indirecto. Es decir, que en algún caso aunque no sea el general acaban en el consumo, pudiéndose utilizar dichos medios de cambio en intercambios directos:

Del dinero en este sentido específico se puede hablar exclusivamente cuando no solo las clases de población que participan activamente en el desarrollo de las actividades económicas, sino también las que permanecen sustancialmente pasivas en el plano económico, utilizan una mercancía —por imitación y costumbre— como intermediario del cambio, o sea la aceptan a cambio de sus mercancías y de sus prestaciones, aunque de tales bienes no tienen necesidad o están ya provistas abundantemente; en tales circunstancias, por lo general, los medios de cambio no acaban en el consumo, sino que permanecen en circulación.

Carl Menger

De nuevo el cambio (in)directo

Por último, Menger también afirma que al poseedor de una mercancía no sólo le trae sin cuidado si el comprador la va a consumir o la va a revender, también explica que el hecho de que una mercancía se pueda llegar a consumir es una circunstancia incierta. Es decir, toda mercancía es de entrada un medio de cambio directo y al mismo tiempo un potencial medio de cambio indirecto, y esto es así porque si, para el vendedor era una mercancía, nada impide que también pueda serlo para el comprador:

También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas.

El Dinero, Menger 2013, p. 103

Así, recientemente un destacado comentarista sobre el dinero y la acuñación niega el carácter de mercancía del dinero, especialmente porque una ‘mercancía’, para cumplir su propósito, es decir, para ser usada y consumida, debe desaparecer del mercado, pero el dinero, como medio de cambio, presta sus servicios permaneciendo en el mercado. Esto es un error, porque la circunstancia de que una mercancía finalmente se llegue a consumir es incierta y, por lo tanto, no es una característica esencial del concepto de mercancía.

Geld – Menger, 1892, p.46 traducción libre. Énfasis mío

¿Un cambio retrospectivo?

La tableta de sal, que Menger califica indistintamente como “medio de cambio” o “mercancía”, cumple exactamente la misma función para su productor tanto si el comprador las revende como si las consume. ¿Qué función? La de medio de cambio. Pero es que si hubiera dos funciones distintas, que no las hay, ¿Qué sentido tendría afirmar que la función que desempeñó para el productor mutará dependiendo de lo que posteriormente haga el comprador con la tableta de sal? ¿Acaso si el comprador la consume o la revende, la función que cumplió en el pasado para el productor cambia retroactivamente? Absurdo.

Que una mercancía deje de serlo tras un solo intercambio, tras varios, o que nunca deje de serlo es una cuestión de grado, no de concepto. Y la enorme aportación de Menger es que el hecho de que una mercancía se utilice más o menos como tal, encuentra su causa en las propiedades que facilitan su vendibilidad.

No seré yo el que niegue que por lo general con medios de cambio nos solemos referir más a los indirectos y no tanto a los directos, pues en teoría monetaria los indirectos son más relevantes. Un medio de cambio es “más medio de cambio” en tanto en cuanto se utilice más para intercambios indirectos. Pero es que en la teoría de Menger esto es exactamente igual para las mercancías. Una mercancía es “más mercancía” en tanto en cuanto se utiliza para más intercambios indirectos, siendo el dinero la mercancía por excelencia. Otra corroboración más del mismo significado de estos dos términos en la teoría de Menger.

Conclusión

He mostrado que las definiciones que aporta Menger para mercancía y medio de cambio son exactamente las mismas. He mostrado cómo utiliza expresamente el término medios de cambio para referirse a intercambios directos, y mercancías para los indirectos (y viceversa). También he mostrado como Menger deja claro que para el vendedor es irrelevante si el comprador consume o revende la mercancía. En fin, esta polémica sobre los medios de cambio me demuestra que erre que erre la cabra tira al monte: Vuelta otra vez a gravitar el concepto de mercancía hacia el valor de uso, en este caso el (incierto y circunstancial) valor de uso por parte del comprador.

Cuando sostengo que Bitcoin es un medio de cambio o mercancía, me estoy refiriendo a que encaja como un guante en la definición de mercancía de Menger, pues se inventó expresamente para el intercambio y se utiliza para el intercambio, teniendo en cuenta además que el atesoramiento, ya sea temporal o indefinido, es inseparable de este concepto de mercancía. Cabe señalar, además, que el atesoramiento no es otra cosa que un intercambio intrapersonal-intertemporal.

Pero fuera de debates meramente semánticos, lo más importante es que, tal y como nos muestra la reflexión de Finney el 11 de Enero de 2009, es perfectamente posible dentro del marco de la acción humana valorar que una cosa pudiera utilizarse como un instrumento para el intercambio en el futuro sin que le asignemos ningún otro tipo de utilidad presente o futura, y para demandarla basta con que la estimación futura de su valor como medio de cambio sea superior al valor de aquello a lo que tenemos que renunciar para obtener esa cosa. No es necesario que un bien deba tener un precio previo para que un sujeto le asigne valor. El precio es siempre una consecuencia de la utilidad, y facilitar el intercambio es una utilidad como cualquier otra.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

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Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

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Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado