Ir al contenido principal

Breve aproximación al liberalismo en España

El liberalismo español es un movimiento político y filosófico de gran relevancia a lo largo de la historia del país. Aunque su origen se remonta al siglo XIX, su influencia y presencia en la sociedad española continúan hasta el día de hoy. El liberalismo se caracteriza por su defensa de la libertad individual, los derechos humanos, el Estado de derecho, la separación de poderes y la economía de mercado. Estos principios son fundamentales para el desarrollo y consolidación de la democracia liberal en España.

En España, el liberalismo tuvo sus primeros influjos en el siglo XVIII, durante el periodo de la Ilustración. Los ilustrados españoles, como Jovellanos y Campomanes, abogaron por la implementación de reformas políticas y económicas, promoviendo la tolerancia religiosa, la modernización de la agricultura y la industria, y la educación como vía para el progreso.

La Constitución de 1812

Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando el liberalismo español adquirió un protagonismo especial. Durante el reinado de Fernando VII, se promulgó la Constitución de 1812, conocida como la “Pepa”, que establecía una monarquía constitucional y garantizaba derechos fundamentales como la libertad de expresión y la igualdad ante la ley.

Tras un periodo de inestabilidad política, durante el cual se sucedieron diferentes pronunciamientos militares, en 1834 se creó la figura de los liberales progresistas, liderados por personajes como Mendizábal y, más tarde, el general Espartero. Estos sectores impulsaron la desamortización de los bienes eclesiásticos, la modernización del país y la mejora de las condiciones de vida de las clases populares.

El liberalismo español tuvo su apogeo durante la Primera República (1873-1874), amparada en parte por la Constitución de 1869. Fue un régimen republicano y reconocía derechos como el sufragio universal y la libertad de asociación. Sin embargo, la inestabilidad política y la falta de consenso llevaron al fin de esta experiencia republicana en España.

Con el establecimiento de la Restauración Borbónica y la llegada de la monarquía de Alfonso XII, el liberalismo español encontró un nuevo cauce en el Partido Liberal liderado por Sagasta. Durante este periodo, se llevaron a cabo importantes reformas como la Ley del Sufragio Universal Masculino, que ampliaba el derecho al voto a un sector más amplio de la sociedad.

El siglo XX

El siglo XX estuvo marcado por diferentes etapas políticas en España, entre las que destacan la dictadura de Miguel Primo de Rivera y, posteriormente, la Guerra Civil y la dictadura franquista. Durante la dictadura, el liberalismo estuvo prácticamente ausente, pero tras la muerte de Franco, España vivió una transición hacia la democracia en la que los principios liberales fueron fundamentales.

Con la aprobación de la Constitución de 1978, España se estableció como un Estado democrático y de derecho, garantizando derechos y libertades individuales. En este sentido, movimientos políticos y orgánicos fueron actores importantes en la de la actual Constitución.

En la actualidad, el liberalismo español continúa siendo una corriente política relevante. Aunque con matices considerables, algunos partidos políticos de tendencia liberal que defienden ideas como la reducción del tamaño del Estado, la liberalización de la economía, la reforma de la administración pública y la defensa de los derechos individuales.

Asimismo, el liberalismo ha encontrado eco en la sociedad civil, a través de organizaciones y movimientos que promueven la libertad individual, el emprendimiento y la igualdad ante la ley.

En conclusión, el liberalismo en España es un movimiento político y filosófico que ha dejado una importante huella en la historia y la sociedad españolas. Sus principios de libertad individual, derechos humanos y economía de mercado son fundamentales para el desarrollo y consolidación de la democracia liberal en el país, y continúan siendo relevantes en la actualidad.

Ver también

¿Liberalismo en Ortega? (Antonio Nogueira).

Clara Campoamor. (José Carlos Rodríguez).

La libertad en Francisco Ayala. (José Carlos Rodríguez).

A vueltas con el positivismo jurídico (VIII): relaciones del liberalismo con el iusnaturalismo

Dentro de esta serie, vamos a tratar de analizar, ahora, las relaciones que se dan entre las posturas liberales y el iusnaturalismo y el positivismo jurídico, partiendo del liberalismo como “la corriente de pensamiento cuyo valor central es la libertad de cada individuo para desarrollar sus propios proyectos vitales respetando ese idéntico derecho en los demás[1]”, y que exige un marco jurídico dentro del que conciliar los distintos intereses. En la entrega de hoy vamos a hacer un breve repaso de los planteamientos filosóficos que subyacen en el surgir de las revoluciones liberales en la historia para, en entregas sucesivas, enfrentar sus planteamientos de fondo con el iusnaturalismo y, sobre todo, con el positivismo jurídico.

Chandran Kukathas

Decía Chandran Kukathas que el liberalismo se diferencia de otras filosofías políticas en que

(R)echaza la idea de un orden social, orgánico y espiritualmente unificado en el que los intereses del individuo estén en perfecta armonía con los intereses de la comunidad. Los individuos tienen diferentes fines; no existe un objetivo único y común que todos deban compartir; y, necesariamente, estos fines entran en conflicto. El problema, desde un punto de vista liberal, es regular más que erradicar estos conflictos[2].

Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom.

Animal social

Como es sabido, el Antiguo Régimen era, precisamente, un régimen corporativo en el que los distintos cuerpos sociales se agrupaban según criterios orgánicos y donde cada uno desempeñaba su función. El hombre era considerado por los pensadores, a partir de la aristotélica cosmovisión teleológica de la naturaleza seguida por Santo Tomás, un ser “naturalmente político” que se unió con otros, desde un inicio, para reproducirse, creando, a partir de ahí, estructuras sociales cada vez más amplias (familia, aldea, ciudad-estado):

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre[3].

Aristóteles.

Ese Antiguo Régimen quiebra con las revoluciones liberales, si bien el sustento ideológico y filosófico es previo, y con él se va configurando el planteamiento que pasa de la visión orgánica de la sociedad, a un planteamiento individualista.

La quiebra comienza, de manera clara, ya con el nominalismo, que no conoce “definiciones”, por ser convencionales, y que, por tanto, niega la existencia real de la ciudad, que no es más que una palabra para connotar a un grupo de individuos, negando también la existencia real de relaciones.

Al totalitarismo desde el individuo

Pero es sobre todo Hobbes quien, para justificar el absolutismo, arranca su análisis de la Política a partir del individuo. Lo hace influido por el nominalismo y adoptando el método “resolutivo compositivo” de Galileo y la regla cartesiana de “dividir cada una de las dificultades en tantas partes como fuera posible para resolverlas mejor”.

El hombre deja de ser un ser “naturalmente político” y debe ser considerado por el pensador en su “estado de naturaleza”, es decir, como un ser separado, independiente, solo, sin lazos jurídicos con los demás, es decir, sin ninguna ley común (si bien capaz e incluso propenso a crear una asociación política, es decir, sociable); y, por tanto, en un estado de violencia, guerra y miseria perpetua natural del que sólo puede salir a partir de una invención del espíritu: la del estado como potencia superior encargada de crear el orden social, y que se describe con el mito del “contrato social”.

Contrato social: de la legitimación a la justificación

La concepción del derecho, según la entendían los clásicos -desde Aristóteles y pasando por los jurisconsultos romanos-, cambia, pues, de manera radical: el derecho no será ya la solución justa -que busca la justicia- aplicada por el juez que busca soluciones que den a cada uno lo que le corresponde en el grupo social, sino el conjunto de leyes creadas por voluntad del poder estatal para instaurar el orden social necesario para superar el estado de naturaleza. Es decir, con ese cambio se está pasando del derecho natural al positivismo jurídico, si bien la fundamentación filosófica de este último se irá afinando con el paso de los años.

Pero para poder legitimar ese “contrato social” debemos dar por hecho que el hombre es libre, es decir, que puede hacer cuanto quiera, para su propia conservación, en el estado natural. Con ello se va consolidando la noción de derecho subjetivo que ya partía de Occam, aunque el término -derecho subjetivo- no se generalice hasta el siglo XIX.

Y es que el cambio de cosmovisión que surge con el nominalismo, y el nuevo “método” de análisis cartesiano (que lleva a estudiar la cuestión a partir del individuo aislado) tiene otra consecuencia importante en el campo del derecho: En efecto, mientras que para los clásicos el “jus” era lo que “es justo” en relación con los otros (un correcto reparto de debes y haberes a cada uno en relación con los demás), el hombre solitario del estado de naturaleza ya tiene un derecho subjetivo sin necesidad de estar unido a los demás, que es el de la libertad.

John Locke

John Locke, sin embargo, trata de hacer una síntesis entre los planteamientos hobbesianos y la Escuela de derecho natural “moderno” de Grocio. El neerlandés trata de fundar un derecho natural independiente de la religión y basado en la naturaleza y en la razón. Locke hace esa síntesis tomando de este el intento de derivar de la ley natural una serie de derechos subjetivos que no serían sino los medios necesarios para cumplir con los deberes dados por Dios, y que no son otros que el de conservación, crecimiento y multiplicación de la especie, para lo cual la propiedad es un requisito necesario.

Así, junto a la libertad (y la posibilidad de establecer contratos), implícita en el planteamiento de Hobbes, se justifica el origen natural de otro derecho subjetivo, el de propiedad, como necesario para crecer y prosperar. Con ello, el contrato social, con Locke, no tendría ya como objeto constituir una serie de derechos más allá del de libertad, ya que esos derechos, como hemos visto, ya existirían, sino crear un poder con medios y fuerza para garantizar dichos derechos.

Tres principios y Kukathas

Precisamente los liberales actuales hablan de tres “principios” básicos de justicia necesarios para crear un marco jurídico necesario que permita la conciliación entre los proyectos vitales de las distintas personas. Como explica Juan Ramón Rallo[4], son, precisamente, el principio de libertad (in dubio, pro libertate), el de propiedad (Quod ante nullius est id natural ratione occupanti conceditur) y el de autonomía contractual (Pacta sunt servanda). Y con dicha postura se asemejan al planteamiento lockeano, que deriva “derechos” (mientras Rallo habla de “principios”) del planteamiento de derecho natural que hace Hugo Grocio.

En la próxima entrega analizaremos con más detalle la crítica que, desde posturas iusnaturalistas clásicas se podría hacer a este planteamiento liberal. No quiero terminar sin apuntar otra de las ideas que señala Kukathas en el libro antes citado, que nos sirva de pórtico a la siguiente entrega:

La teoría propuesta en este trabajo defiende una especie de liberalismo político, no porque no haga suposiciones sobre la naturaleza humana o los intereses humanos. Más bien, intenta dar cuenta de lo que es importante para todos los seres humanos con el fin de explicar por qué un orden político liberal (del tipo descrito en estas páginas) es uno que todas las personas pueden tener razones suficientes para aceptar. Pero intenta hacerlo sin apelar a las concepciones morales sustantivas que algunos pensadores liberales han tratado de defender[5].

Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom.

Notas

[1] Rallo Julián, Juan Ramón. Contra la renta básica (Deusto) (Spanish Edition) (p. 24). Deusto. Edición de Kindle.

[2] Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom (Oxford Political Theory) (Posición en Kindle128-130). Edición de Kindle.

[3] Aristóteles. Aristóteles II (Biblioteca Grandes Pensadores) (Spanish Edition) (p. 266). Gredos. Edición de Kindle.

[4] Rallo Julián, Juan Ramón. Contra la renta básica (Deusto) (Spanish Edition) (pp. 25-30). Deusto. Edición de Kindle.

[5] Chandran Kukathas. The Liberal Archipelago: A Theory of Diversity and Freedom (Oxford Political Theory) (Posición en Kindle 347-349). Edición de Kindle.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

Historia de Aragón (I): Los pilares del reino de Aragón

Aragón comenzó siendo un pequeño condado dependiente del Imperio de los francos. Conforme pasan los siglos, esa estructura condal va alcanzando unas cotas de autonomía que lo acabarán convirtiendo en el reino de Aragón. Es a partir del S.XI cuando se constituye como tal y va adquiriendo una serie de instituciones. Este tendrá cuatro pilares fundamentales que lo definen.

El Rey y la curia

El primer pilar es el rey. La monarquía es una institución unipersonal, Los reyes medievales eran reyes por la gracia de Dios, es decir, la facultad de gobernar un reino se da por la gracia divina. Se produce una sacralización de la figura real. En una sociedad donde cerca del 95% de la población no sabía ni leer ni escribir, la gestualidad y la interpretación de los signos es fundamental. El rey está rodeado de símbolos, iconos, señales… La iconografía es muy importante y el rey la necesitaba para hacerse respetar y diferenciar con respecto a los demás. Algunos de estos símbolos eran las armas, que representaban al rey como el garante de la defensa. El cetro representaba la justicia. Y el orbe representaba su poder sobre el mundo.

En un primer momento, ya con Sancho Ramírez, empezamos a tener documentos de un grupo de notables que se reúne junto al rey, se denominaba curia, se trataba de una especie de consejo formado por los individuos más importantes del reino, que asesoraban al rey y firmaban junto a él los documentos. La curia del rey estaba formada por los nobles, figuras que han recibido un título de nobleza, se les denomina señores, y a los más importantes se les llama mayores. Junto a la nobleza también encontramos a los obispos, abades y otros cargos eclesiásticos importantes. Esta curia, a partir de 1134, se irá transformando en una institución denominada como cortes, no sólo había nobles, laicos y eclesiásticos, sino también representantes de las ciudades.

El Justicia de Aragón

Frente al crecimiento de las ciudades y burguesía, las relaciones sociales cambian y con ellas las formas de poder y gobierno. En las cortes encontramos a los nobles, a la Iglesia, y a las universidades, que son instituciones formadas por hombres libres organizadas políticamente a partir de la autoorganización de las ciudades. Todas las cortes de Europa tenían estos tres brazos, pero las cortes de Aragón tenían la peculiaridad de tener cuatro brazos, ya que la nobleza estaba dividida en dos, alta y baja nobleza.

El cuarto de los pilares era el Justicia, ya con Alfonso el batallador aparece un noble dentro de la curia que ostentaba este cargo. En las cortes de Ejea de 1265 se estableció que el Justicia fuera una especie de mediador, que aplicase la ley cuando hubiera un pleito jurídico entre el rey y el reino o entre los cuatro brazos de las cortes. El Justicia era el garante de que se cumpliera la ley en Aragón.

Los fueros

Otro de los pilares fundamentales es la ley, que estaba recogida en los fueros. Existía una gran diversidad de fueros en todo el reino, no había una unidad jurídica como puede existir en mayor o en menor medida ahora. En primer lugar, encontramos los fueros de carácter burgués, que se basaban en cuestiones de índole económica, el primer fuero burgués es el de Jaca (1076-1077), que intentaba regular las actividades económicas de la ciudad.

En segundo lugar, encontramos los fueros militares, cuando existía una tensión fronteriza importante el territorio solía ser objeto de la concesión de fueros militares, el objetivo de estos fueros era defender la frontera incentivando a la población a que habitara en esos lugares. Y, en tercer lugar, los fueros concejiles, que son concedidos a un lugar para que los hombres organicen el territorio y la defensa. En estos fueros concejiles se hace gran hincapié en la libertad de organización del concejo, y, por otro lado, en la propiedad privada. Los fueros se sistematizaron y compilaron con Jaime I, en 1247.

La diputación del General

A todas estas instituciones hay que sumar la diputación del general (un quinto pilar del reino), un órgano administrativo que se encargará en cada territorio de la hacienda. Cada reino dentro de la Corona de Aragón necesitará su propia hacienda. En principio este organismo era sólo para la recaudación y administración de impuestos.

Todas estas instituciones fueron perdiendo importancia con los Austrias, aunque se mantuvieron. No será hasta después de la guerra de sucesión española cuando, por el apoyo de la Corona de Aragón al archiduque Carlos, se le retiren los fueros con los Decretos de Nueva Planta.

Ver también

Los movimientos antifiscales como motor de la historia. (Juan Navarrete).

Los límites del conocimiento y la humildad de un economista de Nobel

Por Samuel Gregg. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Hace medio siglo, un economista en gran parte olvidado recibió la inesperada noticia de que había sido galardonado con el Premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel. Friedrich Hayek también se sorprendió al ver que compartía el sexto Premio Nobel de Economía con Gunnar Myrdal. Las opiniones decididamente socialdemócratas del economista sueco no podían estar más alejadas de la visión liberal clásica de Hayek.

Sin embargo, estos dos improbables galardonados tenían algo en común. Como señalaba la Real Academia Sueca de las Ciencias en su comunicado de prensa en el que anunciaba los galardonados con el Nobel de Economía de 1974, una de las razones por las que ambos recibieron el Premio fue “su penetrante análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales”. Myrdal, por ejemplo, había escrito sobre las relaciones raciales en América desde un punto de vista interdisciplinario. Su trabajo en este campo fue citado en la sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. en el caso Brown contra el Consejo de Educación.

Hayek: A Life, 1899-1950

Como ilustran Bruce Caldwell y Hansjoerg Klausinger en Hayek: A Life, 1899-1950, Hayek había dado su propio giro extraeconómico a finales de la década de 1930, cuando el economista austriaco trató de entender por qué el mundo buscaba la salvación a través de un mayor control estatal sobre la economía y la sociedad en general. Este proceso se aceleró cuando Hayek se incorporó al Comité de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago en 1950.

Un tema común que marcó la exploración de Hayek de temas como la psicología, la ciencia política y el derecho fue la convicción de que las ciencias sociales, incluida la economía, habían tomado un rumbo equivocado cuando intentaron seguir lo más de cerca posible los métodos empleados en las ciencias naturales. Lo que Hayek llamó “cientificismo” había distorsionado la economía al centrarla en lo que es medible y observable. Si bien esto podía funcionar en las ciencias físicas, Hayek sostenía que una confianza excesiva en esta metodología estaba abocada a producir conclusiones engañosas cuando se aplicaba al tipo de interacciones y conocimientos humanos que constituyen el objeto de la economía. Es un tema sobre el que Hayek volverá continuamente, entre otras cosas porque afecta a la naturaleza de la economía y a su potencial para contribuir al bienestar humano.

“Vieja” y “nueva” economía

Friedrich Hayek no fue el único economista que lamentó el giro cientificista de la economía de posguerra tras los esfuerzos de los discípulos de Keynes por concentrar la disciplina en macroagregados cuantificables que, según creían muchos economistas de posguerra, podían proporcionarles la información que los gobiernos y los tecnócratas necesitaban para dirigir y gestionar la economía. Wilhelm Röpke, compañero de Hayek en el liberalismo de mercado, escribió largo y tendido sobre el mismo tema. En un ensayo de 1952, “Keynes y la revolución en la economía”, Röpke observó que la “nueva economía” encarnaba una lógica totalmente distinta a la de la “vieja economía” (prekeynesiana). Sin embargo, fue Hayek quien exploró más sistemáticamente los orígenes filosóficos de este cambio y sus consecuencias políticas y económicas.

La más famosa de las incursiones de Hayek en este terreno fue su artículo de 1945 en la American Economic Review The Use of Knowledge in Society. Su objetivo inmediato era la tesis de economistas de izquierdas como el socialista polaco Oskar Lange de que la planificación económica era compatible con el funcionamiento del mecanismo de los precios. En este sentido, el artículo de Hayek se inscribía en el debate sobre el cálculo socialista que se venía librando desde los años veinte.

The use of knowledge in society

Lo que diferenciaba al artículo de Hayek de 1945 era que abordaba algunas de las cuestiones epistemológicas subyacentes que impulsaban este debate: sobre todo, la perenne cuestión de lo que la razón humana puede saber realmente. En opinión de Hayek, éste era el punto decisivo que hacía de la planificación económica un ejercicio generalmente ineficaz y potencialmente peligroso.

“Hoy en día”, afirmó Hayek en 1945, “es casi una herejía sugerir que el conocimiento científico no es la suma de todos los conocimientos”. Sin embargo, subrayó, existen otros tipos de información, gran parte de la cual es específica de los individuos. Entre ellas está “el conocimiento de las circunstancias particulares de tiempo y lugar”. Hayek observó que la posesión de esta información tácita y, por lo tanto, en gran medida incalculable, da a “prácticamente cada individuo […] cierta ventaja sobre todos los demás, en el sentido de que posee una información única de la que se puede hacer un uso beneficioso, pero de la que sólo se puede hacer uso si las decisiones que dependen de ella se dejan en sus manos o se toman con su cooperación activa”.

Hacer caso omiso de todo lo importante

Esta situación también plantea importantes retos a la planificación económica pública, en la medida en que no puede seguir el ritmo de los continuos cambios e intercambios de información a los que reaccionan constantemente los individuos en el nivel micro de lo que Hayek denomina “la economía del conocimiento”. Ningún planificador puede conocer la enorme cantidad de factores cambiantes (entre los que destacan las preferencias siempre cambiantes de miles de millones de individuos que reaccionan a los interminables cambios de precios) que afectan a los precios de millones de bienes y servicios en un momento dado.

El énfasis postkeynesiano en cotejar y actuar sobre macroagregados de las limitadas formas de información que sí se prestaban a la medición desalienta positivamente a los gobiernos y tecnócratas a pensar siquiera en estas incógnitas en primer lugar. Esto está destinado a conducir a errores políticos significativos, sobre todo porque implica, como escribió Friedrich Hayek, una voluntad de “asumir el problema y hacer caso omiso de todo lo que es importante y significativo en el mundo real.”

Un tipo de reivindicación

En las tres décadas que siguieron a la publicación del ensayo de Hayek de 1945, las economías occidentales disfrutaron en general de un crecimiento económico constante, un bajo desempleo y una inflación baja. En contra de Hayek, parecía que los gobiernos ayudados por los formados en la nueva economía podían dirigir con éxito la vida económica hacia la realización de fines predeterminados muy precisos. La “vieja economía”, personificada por Hayek y algunos liberales de mercado, parecía muerta.

La confianza en estas proposiciones empezó a debilitarse a finales de los años sesenta, a medida que una economía occidental tras otra empezaba a experimentar lo que los practicantes de la “nueva economía” habían considerado un escenario improbable: un elevado desempleo acompañado de una inflación creciente. Estas circunstancias y la concesión del Premio Nobel a Hayek en 1974 hicieron que se volviera a prestar atención a la crítica del ya anciano economista a la planificación y a las ideas económicas alternativas con las que estaba asociado.

A nadie le habría sorprendido que Hayek hubiera aprovechado su discurso del Nobel para detenerse en los problemas económicos inmediatos de la década de 1970 o para hacer una retrospectiva del tipo “te lo dije”. Sin embargo, Hayek decidió profundizar en las cuestiones epistemológicas abordadas en su artículo de 1945 y en otros trabajos, sobre todo en su ensayo en tres partes “El cientificismo y el estudio de la sociedad”, publicado en Economica en 1942, 1943 y 1944. Esto es lo que hace que la conferencia de Hayek para el Premio Nobel, “La pretensión del conocimiento”, sea una de sus contribuciones intelectuales más importantes y por qué merece la pena leerla detenidamente 50 años después de que Hayek la pronunciara en Estocolmo.

La arrogancia se paga cara

Friedrich Hayek comenzó su discurso con la polémica observación de que se estaba pidiendo a los economistas que salvaran al mundo libre de la “inflación acelerada” que, insistía Hayek, había sido el resultado de políticas que “la mayoría de los economistas recomendaban e incluso instaban a los gobiernos a seguir”. Para Hayek, esto era sintomático de hasta qué punto la profesión económica había “hecho un desastre”.

Hayek sostenía que un elemento central de esta crisis económica era “la actitud ‘cientificista'” que subyacía en la economía de posguerra. Durante tres décadas, sostenía, los economistas habían insistido en que existía “una simple correlación positiva entre el empleo total y el tamaño de la demanda agregada de bienes y servicios”. Esto, añadía Hayek, llevó “a la creencia de que podemos asegurar permanentemente el pleno empleo manteniendo el gasto monetario total en un nivel adecuado”.

Medible no es sinónimo de importante

Para Hayek, sin embargo, lo importante era que debajo de esta convicción había una gran dependencia de totalidades de “datos cuantitativos”. Pero la capacidad de tales datos, según Hayek, para captar fenómenos tan complicados como la inflación y el desempleo era “necesariamente limitada”. Hay, reconocía Hayek

un gran número de hechos que no podemos medir y sobre los que, de hecho, sólo disponemos de información muy imprecisa y general. Y como los efectos de estos hechos en un caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, son simplemente ignorados por aquellos que han jurado admitir sólo lo que consideran pruebas científicas: a partir de ahí proceden alegremente sobre la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos relevantes.

Friedrich Hayek. La pretensión del conocimiento, 1974.

Dicho de otro modo: que no se pueda medir algo no significa que no exista o que no sea importante. Hayek argumentaba que calcular grandes agregados de ese número limitado de cosas que se prestan a la medición, y luego tratar de desarrollar teorías para explicar las relaciones entre tales agregados, estaba destinado a producir explicaciones para, por ejemplo, el aumento de la inflación que no prestaban suficiente atención a lo que estaba sucediendo en el nivel micro de la economía.

Sólo Dios lo conoce

Hayek ilustra este punto examinando el fenómeno de cómo se forman los precios y los salarios en una economía de mercado. “En la determinación de estos precios y salarios”, explicó Hayek, “entran los efectos de la información particular que posee cada uno de los participantes en el proceso de mercado, una suma de hechos que en su totalidad no puede ser conocida por el observador científico ni por ningún otro cerebro”. En consecuencia, los economistas no pueden saber, por sofisticado que sea el modelo econométrico, “qué estructura particular de precios y salarios igualaría en todas partes la demanda a la oferta.”

Esto no significa que Hayek pensara que utilizar las matemáticas en economía fuera una pérdida de tiempo. Esas técnicas, observaba, pueden ayudar a trazar pautas generales. Sin embargo, no pueden encapsular todo lo que determina la formación de los precios, porque ningún modelo puede captar toda la información que interviene en la formación de los precios.

Friedrich Hayek señaló que los filósofos del derecho natural del siglo XVI, como los jesuitas Luis Molina y Juan de Lugo, que estudiaron en la Universidad de Salamanca, comprendieron perfectamente este problema. Destacaron, comentó Hayek, “que lo que ellos llamaban pretium mathematicum, el precio matemático, dependía de tantas circunstancias particulares que nunca podía ser conocido por el hombre, sino que sólo lo conocía Dios.”

Sin humildad no hay libertad

Ahí radicaba la importancia normativa y política de la conferencia de Friedrich Hayek. En el fondo, era un llamamiento a los economistas para que evitaran la arrogancia fomentada por el cientificismo. No se trataba sólo de mantener la integridad de la disciplina como ciencia social. También se trataba de ser realistas sobre el poder predictivo de la economía: un realismo que debería desalentar las expectativas poco realistas de los gobiernos y los ciudadanos sobre lo que la economía, la política económica y los economistas pueden hacer.

Calibrar correctamente tales expectativas era, para Hayek, crucial por dos razones. En primer lugar, Hayek insistía: “El conflicto entre lo que en su estado de ánimo actual el público espera que la ciencia consiga para satisfacer las esperanzas populares y lo que realmente está en su mano es un asunto grave”. Las esperanzas exageradas llevan a los votantes a imaginar que los gobiernos pueden obtener resultados económicos simplemente accionando diversas palancas intervencionistas, y a los líderes políticos y tecnócratas a comportarse como si pudieran hacerlo. Esa es una receta para la decepción y, potencialmente, para profundas perturbaciones en el cuerpo político.

El “empeño fatal”

La segunda razón de la preocupación de Friedrich Hayek era, en una palabra, civilizacional. Cuando la economía y la política económica están infectadas por el virus del cientificismo, empezamos a imaginar que podemos mejorar el orden social a voluntad mediante un control descendente. Ese “empeño fatal”, como lo describió Hayek, alimentado por la negativa a reconocer “los límites insuperables de su conocimiento”, puede convertir a alguien “no sólo en un tirano sobre sus semejantes, sino que bien puede convertirlo en el destructor de una civilización que ningún cerebro ha diseñado, sino que ha crecido a partir de los esfuerzos libres de millones de individuos”.

Desde este punto de vista, la importancia de la conferencia de Hayek sobre el Nobel iba más allá de la economía. Fue más bien un llamamiento genérico a algo que parece perpetuamente en suspenso: la humildad intelectual y política. Para Hayek, el éxito de la mejora de la sociedad a través de la economía o de cualquier otra ciencia social pasaba por aceptar que existen ámbitos de la vida humana de los que, según dijo a su auditorio de suecos en 1974, “no podemos adquirir el conocimiento completo que haría posible el dominio de los acontecimientos”.

En el momento en que Friedrich Hayek pronunció estas palabras, volvían a ponerse de moda las dudas sobre la capacidad de la planificación gubernamental para dominar los asuntos económicos. A los seis años de su conferencia, Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban en el poder y prometían una ruptura decisiva con las políticas intervencionistas de la posguerra.

Friedrich Hayek: el valor de la humildad intelectual

Ese mundo parece muy distante del actual. Gran parte de la derecha se ha unido a la izquierda insistiendo en que el gobierno puede y debe ser utilizado para obtener resultados económicos muy específicos, a través de medios como los bancos centrales activistas, el proteccionismo, la política industrial y una mayor regulación. Incluso el control de los precios está siendo considerado por todo el espectro político.

La dificultad de muchas de estas políticas es que niegan la observación de Hayek de que no somos dioses ni Dios y que, por lo tanto, ni los economistas ni los funcionarios del gobierno poseen las cualidades divinas que necesitarían para superar las graves limitaciones creadas por el problema del conocimiento. Tales eran las convicciones de Friedrich Hayek a este respecto que expresó sus dudas durante su discurso en la cena del banquete del Nobel sobre la prudencia de crear un premio Nobel de economía en primer lugar. Entre otras cosas, Hayek temía que confiriera “a un individuo una autoridad que en economía ningún hombre debería poseer”.

La humildad no suele encontrarse entre quienes intentan construir el cielo en la tierra o quieren salvar el mundo mediante la tecnocracia. Sin embargo, es algo que nos mantiene en contacto con la realidad sobre la economía, la sociedad y nosotros mismos. Eso es lo que hace que el mensaje del Nobel de Hayek sobre nuestra capacidad de conocimiento sea un ejercicio tan poderoso de revelación de la verdad para todos los tiempos.

Ver también

El alfarero y el jardinedo: dos enfoques contrapuestos. (Ángel Martín Oro).

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

¿Ha quedado Hayek Obsoleto? (José Carlos Rodríguez).

Competencia, propiedad intelectual y Taylor Swift

Por Frances Lasok. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Taylor Swift ha monopolizado los corazones y las mentes de las jóvenes durante más de una década, y ha consolidado su estatus de icono musical preeminente de nuestra era al ganar su cuarto Grammy al Mejor Álbum el pasado fin de semana. Pero dado que la competencia es tan importante en las artes como en el libre mercado, ¿hasta qué punto debería preocuparnos el dominio de Miss Americana?

La carrera de Taylor Swift es un ejemplo de la tensión entre la propiedad intelectual y el libre intercambio de ideas. A los 15 años firmó un contrato con Big Machine Records [BMR] por el que cedía a la compañía los derechos de los masters de sus seis primeros álbumes. Swift y BMR se separaron más tarde y, en 2019, BMR fue adquirida por un holding propiedad de un hombre llamado Scooter Braun, socio de Kanye West, con quien Swift ha mantenido una sonada disputa.

El derecho del artista a controlar su obra

Swift publicó su horrorizada reacción en Instagram, acusando a Braun de “acoso incesante y manipulador” y declarándose “triste y asqueada”. Pero la compañía de Braun tenía indiscutiblemente los derechos de los álbumes originales, y cualquiera que quisiera licenciar las canciones tendría que pagarle un canon. La respuesta de Swift fue volver a grabar sus antiguos álbumes para recuperar la propiedad de su trabajo anterior. Hoy, las “versiones de Taylor” son a menudo más populares entre los fans que las grabaciones originales, y el imperio Swift vale más de 1.000 millones de dólares. La chica de al lado ha ganado.

Hay muchas maneras de contar la historia de Taylor Swift. Un individuo contra una corporación, o una mujer contra un hombre poderoso. Pero su postura era que, como artista, tenía derecho a controlar su obra. No está claro cuáles serán los efectos de su acción: puede que se endurezcan las cláusulas de regrabación. Pero en una industria con una historia de misoginia plagada de ejemplos desagradables de artistas atrapados en largos contratos, Swift adoptó una postura contundente. Pero el asunto también plantea una pregunta: ¿en qué momento la creación de un individuo se convierte en propiedad de una empresa?

Las muñecas Bratz

Es una cuestión que se puso a prueba en un caso relacionado con otro producto consumido principalmente por niñas: las muñecas Bratz. Yasmin, Chloe, Jade y Sasha, con sus cabezas grandes, labios carnosos y faldas diminutas, salieron al mercado a mediados de la década de 2000. Los padres las odiaban, los adolescentes las adoraban y las ventas se dispararon, presentando la primera competencia seria a Barbie, que entonces tenía una cuota de mercado estimada del 75%. Los creadores de Barbie, Mattel, respondieron sacando las muñecas MyScene, sospechosamente similares, y MGA, los propietarios de Bratz, interpusieron una demanda. Hasta aquí, se trataba de una batalla convencional de propiedad intelectual: ¿en qué momento utilizar el mismo concepto de una muñeca cabezona y a la moda se convierte en copia?

Pero entonces llegó el giro. Mattel contrademandó a MGA, alegando que tenía derechos sobre las Bratz, porque su creador, Carter Bryant, tenía un contrato de exclusividad con la empresa cuando ideó el diseño. Tras muchas disputas legales, MGA salió victoriosa. Pero las Bratz llevaban demasiado tiempo fuera de las estanterías y de la escena. Y Barbie había derrotado a Yasmin, Chloe, Jade y Sasha en la batalla que importaba, que es la que se libra por el dominio del mercado.

Usar la propiedad intelectual contra la competencia

Las grandes empresas pueden actuar de muchas maneras para impedir la competencia utilizando la propiedad intelectual: demandas que ponen a las empresas en estado de alerta hasta que la empresa más pequeña se queda sin dinero, adquisiciones asesinas en las que las empresas más pequeñas son compradas simplemente para ser cerradas. Pero una forma barata es bloquear el talento, impidiendo que surjan nuevas ideas y nuevas empresas: cuando una empresa deja de proteger sus derechos sobre sus productos y limita la competencia controlando a una persona.

Hoy, en el mundo empresarial, este debate tiene lugar en la batalla sobre las cláusulas de no competencia. En 2020, el Gobierno británico emprendió una revisión de las cláusulas de exclusividad y no competencia, proponiendo limitar el uso de las cláusulas de no competencia a tres meses en un intento de impulsar tanto la innovación como la competencia. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio está revisando la existencia de las cláusulas de no competencia.

Aunque su finalidad es proteger los secretos comerciales de una empresa, en la práctica pueden utilizarse para imponer limitaciones a los empleados, no sólo para crear nuevas empresas, sino simplemente para encontrar trabajo en el mismo sector. No es necesario que una empresa gane un caso para evitar que se marchen los talentos: cuando un jugador es mucho más grande y poderoso que el otro, a veces basta con la amenaza de una acción legal.

Plástico de ojos saltones

La propiedad intelectual ha evolucionado como cualquier otro derecho codificado. Las distinciones que se hacen en ella son sutiles: un debate en apelación en el caso MGA contra Mattel fue la distinción entre las ideas de Bryan y sus diseños. Sobre estos últimos Mattel tenía indiscutiblemente derecho. En el caso de Taylor Swift, existe un poderoso argumento para afirmar que una superestrella mundial es legítimamente el producto de un equipo. La línea entre un individuo y un producto, o entre un individuo y un secreto comercial, puede ser increíblemente difusa.

La propiedad intelectual es una parte crucial de la competencia, como forma de proteger a las pequeñas empresas frente a los gigantes. Pero la ley también puede utilizarse para limitar la competencia, y cuando se cruza la línea y la legislación sobre competencia se utiliza para limitar a los individuos, la ley debería modificarse.

La Barbie-Bratz que podría parecer irrelevante sobre el papel: plástico de ojos saltones contra plástico de ojos saltones. Pero cuando las tiendas pidieron que sólo hubiera existencias de la muñeca Bratz blanca “Chloe”, el director general de MGA, Isaac Larian, respondió que las tiendas podían comprar todas las muñecas Bratz o ninguna. Y mientras Barbie, Sindy y Polly Pocket eran rubias y de ojos azules, cuando Mattel lanzó MyScene para competir con las Bratz, las muñecas eran étnicamente diversas y los consumidores tenían más opciones. La libertad de competir es importante.

Ver también

Taylos Swift nos muestra por qué debemos sacudirnos la propiedad intelectual. (Benjamin Seevers)

De derechos a privilegios, de clase a casta

Buenos Aires es posiblemente la ciudad del mundo que más se parece a Madrid. Quien viva en la capital española se encontrará inmediatamente a gusto al llegar a Buenos Aires, como si hubiera seguido paseando por la Castellana y se hubiera encontrado un obelisco. Eso sí, habrá una cosa diferencial que le llamará la atención respecto a Madrid: la cantidad de gente que hay durmiendo en la calle.

A uno no le extraña esto en ciudades con aspecto de pobreza, pero Buenos Aires no transmite esa sensación, por lo que el contraste es mayor. Y uno se pregunta cómo es que en el paraíso de los derechos, resulta que tantísima gente no tiene literalmente dónde caerse muerta, al mismo tiempo que los porteños parecen vivir como los madrileños.

Las promesas de los políticos

La explicación hay que encontrarla en esos “derechos” que fueron dando los políticos a los ciudadanos para granjearse su afección. Y es que este es el gran afán de la mayoría de los políticos: garantizar derechos a los ciudadanos. Solo hay que oír sus discursos, especialmente de los políticos de izquierdas, para darse cuenta de que esto es lo que a ellos les parece progreso. Más derechos es mejor para nosotros, y la amenaza más temible es que si gobierna otro partido político se puedan reducir dichos derechos.

Sin embargo, como cualquier economista sabe, y como cualquier persona que lo piense deducirá, conceder derechos no es algo gratis. Todo lo contrario: tiene costes, muchas veces escondidos, y en muchos casos elevados. Aunque suene a broma, el típico ejemplo es el derecho a tener novi@. Es evidente que la concesión de ese derecho llevaría aparejada la obligación de alguien de ejercer tal papel al respecto de quien no lo haya conseguido por sus medios y, sin embargo, lo desee.

Mi derecho, tu coste

Los derechos siempre implican obligaciones. El derecho a la educación gratuita conlleva que los maestros no puedan cobrar por sus servicios, lo que exige una nueva intervención, obligando a todo el mundo a pagar impuestos para que se pueda remunerar a los profesores.

Cuando el fenómeno se observa dinámicamente, el efecto es aún más demoledor. Dado que la concesión de derechos es insostenible económicamente, el número de beneficiarios de los mismos tiende a reducirse con el tiempo.

Por ejemplo, si se reduce regulatoriamente la jornada laboral, o se incrementa el salario mínimo, aquellos ciudadanos que tienen un contrato de trabajo quedan en mejor posición respecto a la situación previa. Pero, ¿qué ocurre con los ciudadanos que no tienen trabajo? Ese derecho incrementa las dificultades para que lo consigan, puesto que los empresarios ya sí tendrán en cuenta el nuevo coste a la hora de contratarlos. En suma, la mera concesión del derecho ha elevado las barreras entre dos “clases”: la clase de los trabajadores y la de los parados.

El punto de vista dinámico

Este es solo el efecto estático. El efecto dinámico se produce porque los empresarios que están haciéndose cargo de los derechos pasan a estar en peor situación competitiva, y, por tanto, es más fácil que su empresa quiebre ante cambios de entorno o errores de gestión. Ello hará que el número de parados tienda a incrementarse, y el número de empleados a contraerse, sin que por ello haya disminuido la barrera que ha creado el derecho entre las dos “clases”.

La tendencia es indiscutible: el número de beneficiados por los derechos se reduce cada vez de forma más acelerada, hasta el punto de que, si bien formalmente se puede hablar de “derechos”, en la práctica lo que empiezan a existir son privilegios de un número decreciente de personas, a costa del resto de la sociedad, a muchos de los cuales les empieza a tocar vivir en la calle.

La casta privilegiada, y el resto

Recapitulemos: los políticos para obtener votos otorgan derechos a los ciudadanos. Estos derechos tienen unos costes, por lo que se vuelven insostenibles, creando dos clases de ciudadanos: los que se pueden beneficiar de los derechos (los propios políticos, los funcionarios, trabajadores…) y los que no lo pueden hacer. Dinámicamente, la creación de los derechos supone la destrucción de riqueza, por lo que los medios para satisfacerlos se reducen, lo que supone un estrechamiento de la capa de población que disfruta de los derechos, en la que siempre están, eso sí, los políticos que los otorgaron.

Podemos observar entonces cómo esa clase beneficiaria de derechos poco a poco se va transformando en un grupo de selectos privilegiados, al que resulta muy difícil acceder desde el exterior. O sea, se pasa casi inevitablemente de clase con derechos, a casta con privilegios. Y, lógicamente, la casta de privilegiados hará lo imposible para mantener el status quo a costa de toda la población, en cierta forma sometida gracias a los derechos que se le han otorgado.

Nada nuevo que no haya ocurrido ya en todos los países comunistas usando la fuerza. Lo novedoso del sistema de derechos es que consigue el mismo resultado haciendo creer al ciudadano que los derechos mejoran su vida. El camino es claro: hay que abolir los derechos que nos conceden los políticos para que terminen sus privilegios, y dejen de ser una casta por encima de los demás ciudadanos.

Ver también

Derechos vs. derechos. (Carlos Rodríguez Braun).

La entelequia de los derechos colectivos. (Irune Ariño).

Agricultores, intermediarios y Mercadona

Desde hace un tiempo es habitual en España ensañarse con las empresas nacionales de éxito. Si hay que hacer una crítica a un determinado sector se suele focalizar la crítica en una empresa o empresario de éxito nacional, como Amancio Ortega de Inditex, o Juan Roig de Mercadona.

Se me escapan un poco estas cosas, pero intuyo que el motivo de este ensañamiento con el empresario patrio tiene que ver con una transmisión del mensaje más eficaz. Se identifica un culpable con cara, nombre y apellidos y que además es cercano, no un magnate de algún país extranjero sobre el que resultaría mucho menos creíble poder presionar mediáticamente o políticamente, o incluso materialmente por la vía fiscal o regulatoria.

El lógico enfado de los consumidores por pagar precios altos, o de los agricultores por recibir precios muy bajos, nos lleva a que resurja la letanía sobre la gran diferencia entre los precios que obtienen los agricultores al vender sus productos con respecto a los precios de venta en los lineales de los supermercados, calculando diferencias de hasta el 800%.

Que el chivo expiatorio del enfado por los precios sean los comerciantes no es en absoluto ninguna novedad, es más viejo que la tos. Sin embargo, caemos una y otra vez en el mismo error de culpar al termómetro por el calor sofocante. Porque los precios de los comerciantes son eso, un síntoma del problema y no su causa.

La advertencia de Carl Menger

Carl Menger describió esta situación exactamente en los mismos términos que está sucediendo estos días en España en pleno siglo XXI. No me resisto a citarlo tal cual, pues vale mucho la pena darnos cuenta el análisis tan preciso escrito hace 150 años:

Pero no es fácil que encontremos en la realidad un caso en el que una operación de intercambio no exija ningún tipo de sacrificio, aunque no sea más que el empleo de un determinado tiempo. Los fletes, las primas, los derechos de aduanas, las averías, los costes de correspondencia, los seguros, provisiones y derechos de comisión, los corretajes, los certificados, los gastos de embalaje y almacenaje, la manutención de los comerciantes y de sus auxiliares, los costes financieros y otras cosas similares [como por ejemplo el marketing] no son sino algunos de los sacrificios económicos exigidos por las operaciones de intercambio, que absorben una parte de los beneficios económicos que resultan de la realización concreta de las ocasiones que se presentan. A veces, estos sacrificios pueden ser tan elevados que hacen imposible un intercambio que, por otra parte, sería perfectamente posible de no existir estos gastos, en el sentido que tiene esta palabra en economía política.

Contribución al valor sin transformación física

El desarrollo de esta última economía muestra tendencia a disminuir tales sacrificios económicos, de modo que pueda procederse a intercambios económicos entre países más distantes, con los que hasta ahora no eran posibles tales operaciones.

Lo anteriormente dicho nos revela también cuál es la fuente de la que extraen sus ganancias los miles de personas a través de las cuales se hace el intercambio, aunque no contribuyan de modo directo a la multiplicación física de los bienes, razón por la cual no raras veces se califica su actividad de improductiva.

El intercambio económico contribuye, como hemos visto, a la mejor satisfacción de las necesidades humanas y al aumento de las posesiones de los contratantes, tanto como pueda hacerlo el mismo aumento físico de los bienes económicos. Por consiguiente, todas las personas por cuyo medio se llevan a cabo estos intercambios son —siempre bajo el supuesto de unas operaciones de intercambio económicas— tan productivas como los agricultores y los fabricantes, porque la meta de toda economía no es la multiplicación física de los bienes, sino la satisfacción más plena posible de las necesidades humanas y, para alcanzar esta meta, la contribución de los comerciantes no es menos importante que la de aquellas personas a las que hasta ahora se ha considerado, desde un punto de vista excesivamente unilateral, como las únicas productoras.

Son bienes económicos distintos

La siguiente frase es la que subyace en las críticas actuales a Mercadona: “razón por la cual no raras veces se califica su actividad de improductiva”. Quizá no se considera a Mercadona como totalmente improductiva, pero desde luego sus críticos sí que consideran que el beneficio que obtiene es desproporcionado con respecto al valor que ellos creen que aporta en la cadena de producción. 

Los críticos emplean el argumento de que el agricultor obtiene sólo 0,20 euros por un kilo de limones cuando Mercadona los vende por 2,50. Es un argumento efectivo en principio porque ciertamente se están comparando los mismos limones físicos, y si son la misma cosa ¿Cómo es posible que su precio sea tan distinto? 

Y es aquí donde está la trampa argumental, que los limones en manos del agricultor y en manos de Mercadona sean la misma cosa física, nada tiene que ver con que sean el mismo bien económico.  ¡Son bienes económicos distintos!

Un bien económico lo es en tanto en cuanto satisface una necesidad humana. Es decir, un bien económico no es una cosa, sino una relación entre una cosa y una persona. Las toneladas de limones en manos del agricultor no tienen ningún valor de consumo para él. Es incapaz de consumir tantísimos limones antes de que se pudran.  Es más, si atendemos únicamente a su valor de consumo, no sólo no son un bien, sino que son una carga, pues tiene que almacenarlos, vigilarlos y poner el cuidado necesario para que se conserven en buenas condiciones. Esto es, todos esos limones solo le supondrían costes y ningún beneficio porque no puede consumir semejante cantidad de limones.

Limones en el árbol, limones en Mercadona

Sin embargo, esos mismos limones en un lineal de Mercadona en una gran ciudad sí que pueden tener valor de uso para los habitantes de la ciudad, pero para ello necesitan pasar por una transformación económica, independientemente de que físicamente sean los mismos limones. Para que el limón pueda tener valor de consumo para los habitantes de la ciudad tiene que estar disponible en algún lugar durante un gran número de horas al día.  Un consumidor de Pontevedra no otorga ningún valor de consumo a un kilo de limones almacenado en una nave de Castellón, pero sí está dispuesto a pagar por un kilo de limones en el supermercado de su barrio. 

Una vez que partimos de la premisa de que el consumidor de la ciudad valora esos limones en el supermercado, es cuando tiene sentido para los comerciantes correr el riesgo de incurrir en los costes para que esos limones estén disponibles casi en cualquier momento para el consumidor. Para ello necesitará pagar un local, empleados que atiendan a los consumidores, electricidad, seguros, marketing, personal administrativo, licencias, impuestos, etc.

En definitiva, el limón en la ciudad es otro bien económico porque lo valoran otras personas distintas, y su distinta ubicación y disponibilidad implica unos costes asociados distintos, que pueden llegar a ser infinitamente mayores a los costes de producción del agricultor. El idéntico aspecto físico del limón habilita la trampa argumental y esconde la gran diferencia económica entre un limón en el campo y otro listo para el consumo en la ciudad. Pero desde un punto de vista económico, la diferencia entre ambos limones no es distinta en esencia a la diferencia entre dos kilos de uva y una botella de Vega Sicilia.

Ver también

Señores agricultores: no culpen a los intermediarios. (Juan Ramón Rallo).

En defensa de las grandes superficies. (Juan Morillo).

Los intermediarios y los agricultores (otra vez). (Juan Morillo).

La destrucción de la economía alemana

Alemania ha sido históricamente una de las economías de mayor crecimiento en la Unión Europea y el núcleo de la columna vertebral de la Eurozona en sus peores momentos. En épocas de boom Alemania siempre destacaba por su robustez, y en momentos de recesión, era de las pocas economías de la Eurozona que aguantaba el tipo o de las que antes sacaba la cabeza. Hasta ahora.

Alemania en recesión

Hace poco conocimos los datos de crecimiento del Q4 2023 de Alemania y, con ello, el dato de crecimiento para el conjunto del año 2023, que en el caso del país bávaro se situó en un -0,3%, un retroceso pocas veces visto en Alemania en momentos de no-recesión. De hecho, según muchas estimaciones, esta contracción probablemente no vaya a ser un factor exclusivo de 2023, ya que algunas previsiones como la del Instituto de Economía Alemana o Deutsche Bank sitúan la tasa de crecimiento de Alemania para 2024 en un -0,5% y -0,2%, respectivamente. Si bien es cierto que la estimación del gobierno alemán es mucho más positiva, proyectando un crecimiento del 1,3% para el año 2024, ni siquiera instituciones como la Comisión Europea ni el Fondo Monetario Internacional pronostican cifras tan elevadas, situando sus previsiones en el 0,8% y 0,9%.

A pesar de las discrepancias entre las diferentes estimaciones, si algo hay claro es que Alemania ha entrado en recesión técnica y que, cara a 2024, como poco, observaremos una notable desaceleración del crecimiento económico alemán y, en el peor de los casos, una confirmación y prolongación de su recesión.

A la hora de buscar motivos de peso que logren explicar la actual situación alemana y, sobre todo, su transición desde ser el motor de Europa a hallarse en el presente escenario, son muchos los que nos vienen a la cabeza. Sin embargo, la política energética alemana de las últimas décadas y sus efectos sobre la industria priman por encima del resto.

La política energética alemana

La política energética alemana, como la mayoría de los lectores de esta columna conocerán, fue -hasta la invasión de Ucrania- enormemente dependiente de la energía rusa por su menor coste. Durante el mandato de Merkel, Alemania se convirtió en un país estrictamente dependiente del gas ruso a través del gasoducto Nordstream, lo que contribuyó a abaratar los costes energéticos alemanes durante bastantes años, pero que, finalmente, generó una situación de inestabilidad e inseguridad de suministro y terminó por degradar la industria germana.

Tras la explosión de la guerra en Ucrania, se trató de cubrir la falta de suministro ruso con un mayor peso de las energías renovables, ya que el gobierno bávaro se negó a dar marcha atrás en el medio plazo al cierre de sus centrales nucleares y de carbón, con el llamado “apagón nuclear” en 2023. De hecho, en 2023, el 50% del mix energético alemán proviene de fuentes renovables. Claramente, esto ha tenido graves efectos sobre la industria alemana, pero, para comprenderlos, primero hemos de hacernos una idea del tamaño y relevancia de dicho sector.

En perspectiva europea, en Alemania el sector industrial mantiene un peso muy relevante, representando el 24% de su PIB, muy por encima de la media de la eurozona en 2023. Además, el 10% del total de las empresas manufactureras europeas son de Alemania y representan un 30% del total del valor añadido bruto del conjunto de la UE. A pesar de esta foto estática, Alemania lleva algunos años perdiendo su posición como cabeza de la construcción e industria europea, sumando a ello las dificultades que atraviesan importantes firmas alemanas, con expectativas nada halagüeñas para 2024, ya que se espera una aceleración del proceso de desindustrialización alemán.

Una situación política crítica

Los elevados costes energéticos que hemos comentado con anterioridad es la principal causa de la rápida contracción del tejido industrial alemán desde el estallido de la invasión de Ucrania, arrastrando al gobierno del canciller Scholz a unas cotas de impopularidad inimaginables en un país como Alemania, al menos en las décadas previas.

Además, esta situación ha hecho que el gobierno alemán, siendo realmente responsable, pusiera sobre la mesa un programa de recortes de gasto en el cual se incluyera el gasto social como, por ejemplo, una disminución de las ayudas sociales al desempleo si previamente se hubiera rechazado un determinado número de ofertas de empleo. Aunque desde el punto de la sostenibilidad fiscal y económica dicho programa pueda tener sentido y ser responsable, la sociedad alemana no se lo ha tomado demasiado bien y esto está llevando a una gran inestabilidad política que puede redundar en innegables efectos económicos.

Apostar por una energía escasa y cara

A pesar de todos estos problemas, si observamos la situación en el largo plazo, veremos que la industria alemana solo ha sufrido realmente en los últimos 2-3 años, ya que mientras en 2008 Alemania concentraba el 40% de la actividad industrial total de la Eurozona, hoy en día esa cifra ha descendido solamente hasta el 36%, habiéndose producido además esta contracción principalmente desde 2020. En cambio, si analizamos los datos por industria y en un periodo de tiempo más reciente y corto, la imagen se torna algo más grave.

En concreto, la industria del automóvil se contrajo un 3,5% en 2023 con respecto al año anterior, a pesar de un muy buen primer trimestre de crecimiento. Por otro lado, el sector de la construcción se contrajo cerca de un 3% en 2023 en comparación al ejercicio previo, lo que se explica principalmente por la fuerte desinversión de las principales constructoras alemanas en el país, que están comenzando a focalizarse en territorios con menores costes.

En definitiva, podemos ver como el motor bávaro se encuentra gravemente gripado a causa principalmente de décadas de una política energética equivocada. Durante muchos años el gobierno alemán dio la espalda de manera irracional a la energía nuclear (y forzó el cierre de sus centrales) mientras potenciaba la dependencia energética con una de las principales oligarquías del mundo, conscientes del riesgo sistémico que esto entrañaba, sobre todo en un país con un peso tan elevado del sector industrial.  

Ver también

El ‘plan verde’ de Merkel. Una oportunidad para corregir errores. (Daniel Lacalle).

Algo está pasando en Alemania. (Luis Ignacio Gómez).

Contra el altruismo

Escribo contra el altruismo y desarrollo esta idea en torno al pensamiento de Rand. Más específicamente, alrededor de La Rebelión de Atlas, cuya lectura mantengo fresca y me ha impactado de manera muy positiva. Me ha facilitado la estructuración de mi modelo de pensamiento de base.

Ayn Rand, la influyente filósofa y novelista del siglo XX, construyó su crítica al altruismo en la obra colosal La Rebelión de Atlas. A través de esta novela, Rand presenta una visión radicalmente individualista y egoísta, desafiando las convenciones éticas y morales tradicionales. En este ensayo exploraremos cómo la crítica de Rand al altruismo se desenvuelve en la narrativa de La Rebelión de Atlas, y desentraña las complejidades éticas y filosóficas que subyacen a esta perspectiva objetivista.

La distopía del altruismo

En el universo distópico de La Rebelión de Atlas, Ayn Rand esculpe una sociedad donde el altruismo y el sacrificio personal son los pilares morales imperantes. La figura central, John Galt, emerge como un símbolo de resistencia a la demanda constante de sacrificio en nombre de los demás. La narrativa revela cómo el altruismo ha llevado al agotamiento de los individuos más productivos. Les obliga a soportar una carga desproporcionada en nombre de un bien común mal definido.

A través de los personajes y sus experiencias, Rand pinta un retrato de los estragos del sacrificio constante en la vitalidad y motivación individuales. Galt, como representante del individuo creativo y productivo, se convierte en un crítico feroz del altruismo. La novela enfatiza cómo el sacrificio perpetuo erosiona el potencial humano. Ese sacrificio le lleva a la renuncia de valores y metas personales en beneficio de un colectivo difuso.

La trama de La Rebelión de Atlas también destaca la falacia de la obligación moral hacia los demás. Los personajes enfrentan la imposición de deberes altruistas que limitan su capacidad para buscar la autoafirmación y perseguir sus propios intereses. La novela ilustra cómo esta obligación moral colectivista conduce a una ética basada en la coacción y la pérdida de autonomía individual.

Dagny Taggart, una ejecutiva ferroviaria, personifica este conflicto moral. Se ve atrapada entre sus ambiciones personales y las demandas de un sistema altruista que busca sacrificar sus logros en beneficio de los demás. Su lucha refleja el dilema ético entre las aspiraciones individuales y la moralidad altruista que busca restringir esas aspiraciones en aras de un bien colectivo.

La huelga

La novela resalta la importancia de la autonomía y la autoafirmación, presentando personajes que buscan liberarse de las ataduras del altruismo. La “huelga de los cerebros”, liderada por John Galt, simboliza la necesidad de los individuos de afirmarse y buscar su propia felicidad, en lugar de someterse a las demandas altruistas de la sociedad.

La protagonista, Dagny Taggart, encarna la búsqueda de la autoafirmación en un contexto donde el altruismo colectivista es la norma. La narrativa subraya cómo la autonomía y la autoafirmación son esenciales para una vida plena y significativa. Rand utiliza esta parte de la historia para enfatizar cómo el rechazo del altruismo es fundamental para liberar el potencial humano y permitir la consecución de metas personales.

Ética objetivista

La ética objetivista de Rand, basada en el egoísmo racional, se convierte en una fuerza motriz en La Rebelión de Atlas. A través de los personajes y sus elecciones, la novela explora cómo la búsqueda de la felicidad personal y la autoafirmación son fundamentales para una existencia plena. Rand defiende que el individuo tiene el derecho moral de perseguir su propia felicidad sin restricciones altruistas.

La filosofía objetivista, como se expone en la obra, sostiene que la cooperación y el intercambio voluntario son la esencia de las relaciones humanas saludables. La novela presenta comunidades voluntarias, fuera del alcance de la intervención gubernamental y del altruismo forzado. En ellas, los individuos pueden contribuir y colaborar sin renunciar a su autonomía.

Otro aspecto crucial de la crítica de Rand al altruismo es su desmantelamiento de la noción del “bien común” impuesto desde arriba. La Rebelión de Atlas muestra cómo la búsqueda del bienestar colectivo, cuando se logra a expensas de la libertad individual, lleva a la decadencia y al colapso. Rand argumenta que la verdadera prosperidad surge de la libertad individual y la autoafirmación, no de sacrificar el bienestar de unos para el beneficio aparente de otros.

Conclusión

En conclusión, Ayn Rand teje su crítica al altruismo a través de la intrincada narrativa de La Rebelión de Atlas. Desde el sacrificio personal hasta la obligación moral hacia los demás y la necesidad de autonomía, la novela destila las complejidades de la ética objetivista. El rechazo del altruismo, según Rand, se presenta como un camino hacia la liberación del potencial humano. Ese camino permite la autoafirmación y la búsqueda de la felicidad personal.

Al cerrar las páginas de La Rebelión de Atlas, el lector se enfrenta no solo a una crítica aguda al altruismo, sino también a una llamada a la acción para cuestionar las normas éticas convencionales y explorar nuevas perspectivas sobre la moralidad individual. La obra invita a considerar si el altruismo obligatorio es realmente el camino hacia una sociedad justa y próspera. O si la verdadera justicia y prosperidad emanan de la autonomía y la autoafirmación.

En última instancia, La Rebelión de Atlas se postula como un testamento a la capacidad humana de superar las limitaciones impuestas por las expectativas colectivistas. Rand nos desafía a repensar nuestras creencias éticas, a cuestionar la supuesta virtud del sacrificio constante y a explorar la posibilidad de una ética egoísta basada en la razón y la libertad individual.

Ver también

Por qué se debe rechazar el altruismo. (Antonio Ceballos).

El egoísmo es un derecho, no una virtud. (Alejandro Salas).

El altruismo (I). (Francisco Capella).

El altruismo (y II). (Francisco Capella).

La nueva edad dorada del crimen organizado

El 29 de noviembre del año pasado The Objective publicó en la red social X un vídeo que me causó una gran conmoción. En él se puede ver a una lancha rápida (también conocidas como narco lanchas) arrojando a inmigrantes al agua, como si de fardos de droga se tratase. Según se informaba en el mismo post, cuatro de estos inmigrantes acabaron ahogándose. Número que podría haber sido superior sin la intervención de los ciudadanos que se encontraban allí y que acudieron a socorrer a los supervivientes.

Pero al drama humano de la escena se sumó algo mucho peor: la noticia pasó sin pena ni gloria entre la sociedad española. A nuestros medios de comunicación, a nuestros intelectuales y a nuestros líderes de opinión, que una embarcación sin identificar arroje por la borda a seres humanos no les parece digno de mención. Curioso en un país donde el desahucio de una persona que no paga el alquiler pudiendo hacerlo ocupa docenas de horas de televisión.

Narcolanchas

No es un caso aislado. Las narcolanchas llevan meses protagonizando escenas espectaculares que solo se reseñan en medios especializados y redes sociales. Llama especialmente la atención que el Reino de España, con sus 66 mil policías nacionales y 77 mil guardias civiles no puedan controlar el tráfico de drogas, no ya en nuestras costas, sino en un río como el Guadalquivir, que no es precisamente el Amazonas. De hecho, según las imágenes que se filtran en las redes, nuestras fuerzas de seguridad no pueden ni evitar que los traficantes fondeen en los puertos del Estado cuando hay temporal marítimo.

Aunque, repito, lo peor no es la situación en sí, sino el silencio sobre ella. Tenemos imágenes que avergüenzan a nuestras fuerzas de seguridad, a asociaciones policiales denunciando situaciones de alto riesgo y personas muriendo. Pero no parece importar.

El control de nuestras aguas territoriales no está en su mejor momento, pero seguramente será la punta del iceberg de la negligencia estatal sobre su presunta lucha contra el narcotráfico. Solo hay que echar un vistazo a las distintas operaciones que se realizan en los puertos españoles para sospechar que la entrada de toneladas de droga debe ser algo habitual. En el puerto de Málaga los escáneres son gestionados directamente por el narco, que sufragan generosamente su coste y mantenimiento. Son una especie de Amancio Ortega, pero sin su espíritu benefactor ni, curiosamente, su mala prensa.

Inoperancia o complicidad

A la vista de estas evidencias, la situación del narcotráfico en España solo tiene dos lecturas posibles: o el Estado es claramente impotente para impedir el crecimiento de la actividad, o directamente partes cada vez más extensas de sus estructuras participan activamente en el negocio. Seguramente la realidad engloba ambas posibilidades.

En México ya hay investigaciones sólidas que apuntan a lo evidente: su presidente fue financiado por el narco. Pero no hace falta cruzar el atlántico para preocuparse. En Suecia y Holanda ya son habituales los artefactos explosivos para ajustar cuentas entre bandas criminales. Mientras que en Grecia o Italia los peces gordos del crimen circulan con fusiles automáticos y coches blindados. Y en la propia España los capos de la droga consiguen algo que solo estaba al alcance de Elvis Presley: fingir su muerte.

La situación es grave y compleja. Cada vez que se dan estos dos factores se cae en el mismo error: plantear soluciones fáciles. Así que no hace falta ser adivino para saber que en cuanto el problema no pueda ser barrido debajo de la alfombra surgirá un movimiento que pedirá lo de siempre: más Estado. Así que aprovechemos que todavía no hemos llegado a este punto para analizar la situación desde otro punto de vista.

“Soy miembro de los Talibán”

Nos situamos ahora en el 3 de julio de 2022. Unos jóvenes británicos se dirigen en avión a España para pasar sus vacaciones. Uno de ellos, de origen indio, decide hacer una broma en un grupo privado de Snapchat donde solo están sus amigos de viaje. Junto a una foto suya entrando en el avión escribe el siguiente texto: De camino a estallar el avión. Soy miembro de los Talibán. No es la broma más original del mundo, pero a su edad seguro que divirtió a sus amigos.

Lo que no sabían en ese momento es que se iba a hacer realidad un famoso meme de la época de Obama, donde en la conversación telefónica entre dos personas siempre estaba el presidente escuchando. En este caso fueron los servicios de inteligencia de Reino Unido los que, de forma desconocida, consiguieron interceptar la comunicación privada de este grupo de amigos, no entendieron la broma y terminaron provocando que el gobierno español movilizase un avión de combate para escoltar al vuelo comercial donde viajaban los chavales.

Gritar “fuego” en un teatro lleno

Seguramente no nos habríamos enterado de todo esto, si no fuera porque la burocracia estatal española fue incapaz de entender que lo mejor era dejarlo correr una vez se vio que era una falsa alarma. En vez de eso, la fiscalía y abogacía del Estado tuvieron la genial idea de acusar al pobre bromista de desórdenes públicos, basándose en el siguiente artículo de nuestro código penal:

Quien afirme falsamente o simule una situación de peligro para la comunidad o la producción de un siniestro a consecuencia del cual es necesario prestar auxilio a otro, y con ello provoque la movilización de los servicios de policía, asistencia o salvamento, será castigado con la pena de prisión de tres meses y un día a un año o multa de tres a dieciocho meses.

Hay que ser muy majadero para acusar a alguien de movilizar a los servicios de emergencias por escribir una broma en un grupo privado donde esos servicios de emergencias no deberían tener acceso, reconociendo en el proceso que estos servicios tuvieron acceso a una comunicación privada, que es el único delito que se cometió ese día. Por suerte, el tribunal que juzgó el caso mantuvo la cordura y terminó absolviendo al joven británico, mientras se dejaba en el aire la duda de cómo llegó a las autoridades la broma.

Espionaje y control de la “desinformación”

Dejando a un lado la incompetencia funcionarial española, el caso nos ha hecho un servicio al resto de ciudadanos: conocer que el gobierno británico es capaz de acceder a conversaciones cifradas de extremo a extremo de una popular red social (algo que en teoría debería ser imposible).

Ante este hecho, las palabras de Ursula von der Leyen en el Foro de Davos pidiendo colaboración entre entidades públicas y privadas para poner freno a la desinformación cobran más importancia. ¿Saltarse el cifrado en las comunicaciones privadas de los ciudadanos europeos va a formar parte de esa colaboración?

Pero no vayamos al futuro, el presente ya viene con amenazas de sobra a nuestra privacidad. Hacienda va a obligar a las entidades de pago a informar de todas nuestras transacciones. En paralelo, los medios que escasean en nuestras costas y puertos se dirigen a abastecer al Tesoro nacional con nuestro dinero. Para este fin se utiliza el software más puntero. El Estado escrutará hasta las personas que se hayan refugiado en los cripto activos para castigar cualquier omisión con el fisco si no han tenido la preocupación de ser anónimos en sus operaciones.

A esto hay que sumar la nueva cruzada de nuestro presidente del gobierno: la pornografía. En unos meses, si la incapacidad estatal para echar a andar estas cosas no lo retrasa, todos tendremos que identificarnos para acceder a contenido para adultos. La pantalla de nuestros dispositivos se va a convertir en las televisiones del Gran Hermano de Orwell. Mientras nosotros vemos un contenido delicado, la pantalla nos ve a nosotros, toma nota y deja esa información disponible para aquellos que tengan acceso a ella. Que, dada la seguridad informática de los ministerios, podrá ser cualquiera.

Crimen organizado a ambos lados de la ley

Por último, la madre de todos los peligros para nuestros derechos: las CBDCs. Como ya adelantó Christine Lagarde, este nuevo dinero no va a poder garantizar nuestra privacidad, precisamente, porque hay que ponerle coto al blanqueo de capitales del crimen organizado y la financiación del terrorismo. Curioso, siendo dos sectores que, como hemos visto, crecen al mismo ritmo que la intervención del Estado en nuestras vidas.

Y es que todo apunta a que vamos a ver converger dos hechos aparentemente contradictorios: un Estado con un control social enorme junto con un crimen organizado más poderoso que nunca.

Pero no hay tal contradicción. El propio negocio de la droga lo pone en evidencia. Su ilegalización, o, dicho de otra forma, el empeño estatal en controlar lo que consumen los ciudadanos, ha sido el responsable de regalar un negocio multimillonario a personajes sin escrúpulos. El caudal de dinero es ya tan grande, que las propias estructuras del Estado terminan infiltradas. Y todo con el control de una única mercancía: la droga. ¿Qué poder alcanzaría el crimen organizado si el Estado va dirigiendo a la población al mercado negro en más y más productos y servicios?

Todo apunta a que lo vamos a averiguar en los próximos años.

Ver también

10 razones para legalizar las drogas. (Adolfo D. Lozano).

La droga es lo de menos. (Manuel Llamas).