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Desigualdad lacerante

Oxfam es un buen ejemplo de pensamiento único, porque combina un análisis superficial con una fuerte carga moralizante. Véase este párrafo de un reciente informe:

La fortuna de las 85 personas más ricas del mundo es equivalente a la de la mitad más pobre del planeta. La brecha entre ricos y pobres se ha disparado estos últimos años. Es una amenaza para reducir la pobreza pero también para construir sociedades más cohesionadas, democráticas y justas. Es hora de cambiar unas reglas del juego que ahora están diseñadas a favor de unos pocos. Es hora de que hablemos de desigualdad.

La principal deficiencia analítica es la sugerencia de que desigualdad y pobreza están relacionadas. No se trata sólo de que hay personas muy ricas sino que su riqueza es comparada con la de quienes no son acaudalados, como si ambos fenómenos estuviesen relacionados, cuando no tienen por qué guardar entre sí vinculación alguna, salvo que se demuestre realmente lo que este párrafo sugiere, es decir: que los ricos son tan ricos porque los pobres son tantos y tan pobres.

Dirá usted: qué disparate de planteamiento. Pero es lo que dice Oxfam para cualquiera que lea: se trata de una "brecha", que "amenaza" la reducción de la pobreza, y nada menos que la democracia y la justicia. Se trata de unas “reglas” pensadas para “unos pocos”. Nada de esto se sostiene, pero se repite sin cesar, igual que sin cesar las jeremiadas contra la desigualdad excluyen la enorme desigualdad que en el último siglo se ha abierto entre la riqueza del Estado y la de sus súbditos. 

No abundaré hoy en el informe de Oxfam, ya criticado por Juan Ramón Rallo en Voz Pópuli (puede verse también su análisis sobre el informe de Cáritas en Libertad Digital). Pero me interesa subrayar una de las fuerzas más importantes del pensamiento único: su impacto en el periodismo. La combinación de análisis insuficiente y ostentación moralizante puede tener efectos devastadores si los periodistas que lo recogen carecen de espíritu crítico y, como suele suceder con Oxfam, están dispuestos a aceptar como verdad revelada todas sus argumentaciones.

El modo en el que El Periódico se hizo eco de dicho informe es ilustrativo de esa actitud acrítica y ditirámbica. Con una llamada en portada que denuncia "España, fábrica de desigualdad", que ya nos invita a pensar en una siniestra conspiración de algunos que se dedican realmente a fabricar esa cosa tan mala, Agustí Sala llena dos páginas del diario con gran entusiasmo y ni un solo matiz ni cuestionamiento. Los ricos, así, no sólo tienen riqueza sino que la acaparan. El lector sólo puede concluir que es imprescindible una intervención pública mayor para redistribuir y luchar contra la desigualdad. Y todo para bien, sólo para bien en todos los sentidos:

El informe destaca que la desigualdad no es un mal necesario para el progreso, como se sostiene desde algunos ámbitos, sino una traba.

Ni un matiz sobre la lógica aparentemente impecable que fuerza la conclusión de que es imprescindible subir los impuestos. No puede haber objeción alguna, y menos cuando dicha conclusión viene avalada por el peso de la moral. Después de todo, queda claro, como señala un recuadro, que los datos de Oxfam no sólo son indiscutiblemente ciertos sino además "lacerantes".

¿Cómo sería España si Amancio Ortega no existiera?

Amancio Ortega Gaona es un tipo discreto. Para ser el hombre más rico de España, sus apariciones en público se pueden contar casi con los dedos de una mano y hasta hace unos años casi no había ni fotos suyas.

Sin embargo, ni siquiera así le ha sido posible pasar desapercibido. Y es lógico. Los 62.000 millones de dólares que Forbes le atribuye (unos 50.000 millones de euros, aunque estas cifras pueden variar ligeramente según como esté la cotización de Inditex y el tipo de cambio euro/dólar) le sitúan como la tercera o cuarta fortuna del mundo y como la primera española y europea, a una gran distancia de la segunda. Por eso, cada vez que surge el tema de la desigualdad en España, el nombre de Ortega salta a la palestra.

El último fin de semana, por ejemplo, en dos de los programas de actualidad más seguidos de nuestra televisión, Viajando con Chester y Salvados, fue motivo de conversación. En el primero, Leopoldo Martínez Pujals le decía a Risto Mejide que no habría un presidente del Gobierno mejor que el fundador de Inditex. En el segundo, uno de los invitados de Jordi Évole se preguntaba cómo habrá conseguido su fortuna Ortega y las condiciones laborales de sus empleados. En uno y otro caso, las redes sociales se llenaron de comentarios sobre el tema y muchos de ellos no eran especialmente elogiosos para el empresario gallego-leonés.

A primera vista, sorprende este nivel de críticas. Ortega nació en una familia humilde y ha labrado su prosperidad a base de trabajo duro y talento. Su visión comercial ha hecho de Inditex una de las grandes empresas textiles, y de Zara la marca española más exitosa de la historia. Por eso, es interesante preguntarse, ¿cómo sería España si Amancio Ortega no existiera o si se hubiera conformado con mantener la pequeña empresa de batas que abrió en los años 60?

¿Menos desigual?

Lo primero que hay que decir es que sería un país que ascendería en las estadísticas de igualdad. Nadie lo ha hecho hasta ahora, pero sería interesante saber cuál es el Factor Amancio en los datos sobre desigualdad en España. ¿Cambiaría mucho el índice Gini? ¿Y la relación entre los ingresos del top 1 vs el 10% inferior?

Puede parecer exagerado, pero hablamos de unas cifras excepcionales en todos los sentidos. Por ejemplo, los 50.000 millones de euros de riqueza de Amancio Ortega provocan que, estadísticamente, cada español tenga 1.000 euros de patrimonio más que si este empresario no hubiera nacido. Evidentemente, esto no nos hace más ricos, pero en las tablas así aparece.

Del mismo modo, Amancio Ortega ha multiplicado su patrimonio por siete en la última década. Según Forbes, en 2004, su fortuna ascendía a unos 9.000 millones de dólares y en 2007, al comienzo de la crisis, era de 24.000 millones. Si se calculase esto en términos de renta anual, le saldría que ha ingresado unos 48.000 millones de dólares en los últimos seis años, unos 6.000 millones al año. Aunque algunas estadísticas pueden llevar a confusión, hay que recordar que nadie ha entregado ese dinero al empresario español: la mayor parte de este incremento en su riqueza se debe a la subida de las acciones de las compañías de las que es propietario.

Todo esto se olvida demasiado a menudo. Por ejemplo, según denunciaba Oxfam en su informe Acabemos con la desigualdad extrema, que tanto eco tuvo en los medios:

"[…] en el último año, las 20 personas más ricas de nuestro país incrementaron su fortuna en 15.450 millones de dólares, más de 1.760.000 dólares por hora, y poseen hoy tanto como el 30% más pobre de la población (casi 14 millones de personas).

En la escala más alta, el 1% de los más ricos de España tienen tanto como el 70% de los ciudadanos y tan sólo 3 individuos acumulan una riqueza que duplica con creces la del 20% más pobre de la población.

En su conjunto, las 20 mayores fortunas de España alcanzaron en marzo de este año una riqueza de 115.400 millones de dólares".

Y no es la primera vez en este año que la ONG lanza un estudio de este tipo. En enero ya publicaron Gobernar para las élites, con conclusiones similares. Estos informes tienen numerosos problemas metodológicos, que van desde temas básicos (como mezclar renta anual y patrimonio) hasta otros más técnicos (no es fácil medir la riqueza en términos netos, con pasivos y activos, ni ponderar cuánto valen determinados derechos como las pensiones o las rentas públicas), por eso numerosos expertos han criticado la poca fiabilidad de los mismos.

Pero en España, a la falta de precisión de Oxfam se le suma otro problema estadístico: el éxito de Amancio Ortega. La fortuna del empresario español pasó de 57.000 millones de dólares a 62.000 millones entre las listas de 2013 y 2014. Es decir, sólo el incremento de precio de las acciones de Inditex explica la tercera parte del dato, que algunos consideran escandaloso, de que "las 20 personas más ricas de España incrementaron su fortuna en 15.450 millones o 1,76 millones por hora". No son sueldos, ni retribuciones, ni rentas de ningún tipo: es un puro cálculo matemático basado en el precio de las acciones y otras inversiones.

Del mismo modo, Ortega y su exmujer Rosalía Mera poseían en 2013 más de la mitad de esos 115.400 millones de euros que "acumulan las 20 mayores fortunas de España". Es decir, si Zara no hubiera existido, las estadísticas dirían que las 20 personas más ricas de nuestro país eran la mitad de ricas de lo que son ahora.

Por lo tanto, ya no podría decirse que los 20 más ricos poseen tanto como los 14 millones de españoles más pobres. Sólo sacando a Ortega y a su familia de la foto, esa cifra se reduce aproximadamente a la mitad. Quizás alguien crea que sigue siendo muy elevada, pero el hecho que de una sola persona influya tanto debería llevar a reflexión.

Habrá quien diga que esto es como hacerse trampas al solitario y que si se quita a Ortega también habría que sacar de la cuenta a los más ricos de otros países. Pero es que el caso del empresario español es excepcional. Por ejemplo, según Forbesel alemán más rico es Michael Otto, con 17.000 millones de dólares de patrimonio. Es decir, en un país con una renta per cápita muy superior a la española y con más de 80 millones de habitantes, su Amancio particular es cuatro veces más pobre que el nuestro.

Y hay que tener en cuenta que "el 1% más rico de España atesora una renta media de 153.000 euros. No hablamos de una élite tan pudiente como la de otros países de la OCDE. Por ejemplo, el 1% más rico de España atesora el 8% de la renta nacional, mientras que en Francia, Italia y Suiza este porcentaje alcanza el 9%, 10% y 11%, respectivamente". Vivimos en un país que tiene, relativamente, pocos ricos (y los que tiene son menos ricos que los de otros países). Por eso, la presencia de Ortega sí puede distorsionar las estadísticas.

Como apuntamos anteriormente, sería curioso conocer cuál es el Factor Amancio. Es decir, ¿cómo quedaría España en desigualdad, ingresos del top 1, patrimonio de los 100 más ricos frente al 25% de la población, etc… si el fundador de Zara no hubiera nacido?

Más pobres

La intuición dice que en los parámetros más generales (tipo Gini o ratio 80/20) la ausencia de Ortega no tendría demasiada influencia, aunque sí sería enorme el efecto en algunas de las cifras que alimentan los titulares más llamativos, esos que comparan a unas pocas decenas de súper-ricos con millones de pobres. En cualquier caso, sería interesante calcularlo.

Pero todo lo anterior es estadística. Lo más importante no es si España subiría o bajaría algún puesto en el Índice Gini, sino cómo habría influido en el ciudadano de a pie que Zara nunca hubiera existido.

En este sentido, lo primero que hay que decir es que, como explica Juan Ramón Rallo, no habría ni un solo español que fuera a ser un euro más rico de lo que es ahora. Bueno, quizás algún comerciante coruñés que tuviera su boutique cerca de donde Ortega abrió su primer negocio. El resto no veríamos mejorada nuestra situación.

Es interesante apuntarlo porque siempre que se habla de lo mucho que tienen o ganan los ricos se insinúa la idea de que su dinero lo han sacado quitándoselo a los demás. Ningún ejemplo mejor que el de Zara para observar de primera mano que el comercio y la innovación empresarial no son un juego de suma cero, sino que generan riqueza para todos los involucrados.

Si acaso, el ciudadano medio sería más pobre porque tendría menos renta disponible, ya que, en vez de comprarse ropa en las tienda de Inditex, tendría que acudir a comercios de peor calidad o más caros. Esta es otra cuestión que casi nunca se apunta, ¿cuánto bienestar ha generado a sus consumidores? ¿Cuántas familias con rentas bajas pueden comprar prendas de calidad a un precio asequible?

No se acaba aquí la lista de beneficiarios de Ortega. Por ejemplo, con 40.000 trabajadores en España (casi 130.000 en todo el mundo), Inditex es uno de los mayores empleadores de nuestro país. Y eso por no hablar de los cientos de miles de empleos indirectos de sus proveedores y servicios auxiliaries.

Y lo mismo sucede con las miles de familias que confiaron en su negocio e invirtieron en acciones de Inditex en mayo de 2001, cuando salió a la Bolsa madrileña. Desde entonces, la revalorización de los títulos es superior al 550% (y eso sin contar los dividendos que haya repartido).

Por último, también sería interesante calcular cómo ha afectado elboom de Zara en las cuentas de la economía española. Si nuestro país ha tenido un problema en las últimas décadas ha sido el de la dependencia del exterior: hemos vivido a crédito, comprando siempre fuera más de lo que conseguíamos exportar. Evidentemente, Inditex ha contribuido (en una pequeña parte, eso es cierto) a que estos datos fueran un poco mejores. Sin la compañía de Arteixo, nuestras exportaciones habrían sido menores y nuestras importaciones más elevadas.

Ésta última puede parecer la razón más técnica, las demás son más palpables, pero todas ellas deberían hacer que la próxima vez que alguien vaya a hacer un comentario en Twitter sobre lo malo que es Amancio Ortega se lo pensase, al menos, dos veces.

España: un estancamiento casi absoluto

Los datos del PIB del tercer trimestre de este año ahondan en las sensaciones que ya transmitía el PIB del segundo trimestre: la economía española brega por lograr un cambio de modelo productivo desde 2008 con escaso éxito. La lentitud del proceso es del todo evidente atendiendo a a los datos de Contabilidad Nacional: no es que nada se esté moviendo en nuestra economía, pero el ritmo es a todas luces insuficiente para recolocar a los tres millones de trabajadores que han quedado desempleados con la crisis.

Échemosle un vistazo primero al valor agregado bruto de los distintos sectores de la economía española (la suma de todos ellos constituye el PIB) con respecto al que exhibían en 2008. Claramente, existen tres actividades cuyo valor agregado bruto ha caído intensamente con respecto a 2008 (las actividades financieras, la industria y, muy especialmente, la construcción) y un sector que ha aumentado notablemente: las actividades inmobiliarias (también crecen con respecto a 2008, en menor grado, el comercio y la hostelería, y los servicios vinculados a las Administraciones Públicas). En el tercer trimestre, la destrucción bruta de valor con respecto a 2008 era de 27.146 millones de euros (frente a 27.348 millones en el segundo trimestre) y la creación bruta de valor apenas ascendía a 9.624 millones de euros (frente a 9.150 millones en el segundo trimestre).

Sucede que, en realidad, el sector de actividades inmobiliarias es un sector fantasma, pues en su mayor parte recoge las rentas imputadas por propiedad de vivienda (el valor que derivan los propietarios de habitar en una casa de su propiedad); es decir, es un sector que contablemente se revaloriza sin que hagamos nada y sin que haya más actividad económica. Eliminando la influencia contable de este sector fantasma, pues, nos topamos con un panorama desolador: frente a una destrucción de valor agregado bruto de 27.146 millones de euros con respecto a 2008 (en agricultura, industria, construcción, información y comunicaciones, actividades financieras y actividades profesionales) sólo hemos sido capaces de generar 3.625 millones de nuevo valor agregado bruto (en turismo, administraciones públicas y ocio); de hecho, eliminando la influencia siempre distorsionadora del sector público, la creación de valor en el sector privado es de apenas 2.211 millones de euros (frente a los 1.626 del segundo trimestre de 2014). A este ritmo “acelerado” de generación de nueva actividad dentro del sector privado (unos 600 millones de euros por trimestre), todavía tardaríamos más de una década en recuperar todo el terreno perdido frente a 2008.

Como decía, lo anterior no significa que nada se esté moviendo en la economía española: la industria manufacturera está volviendo a levantar cabeza y el turismo está en su mejor momento histórico, pero estas mejoras distan de bastar en medio de un cuasi completo estancamiento del resto de sectores.

Una radiografía similar a la anterior nos la ofrecen los datos de empleo según Contabilidad Nacional: con respecto al tercer trimestre de 2008, la economía española ha perdido 3,09 millones de empleos (3,35 millones el segundo trimestre). El único sector con más ocupados que en 2008 es el de “administraciones públicas, sanidad y educación”, mientras que la construcción y la industria han concentrado las mayores destrucciones de empleo (nótese cómo el sector de actividades inmobiliarias es completamente irrelevante en términos de empleo por lo que hemos explicado: es un sector fantasma con nulas repercusiones sobre la actividad económica).

Asumiendo una creación de empleo de entre 250.000-300.000 personas al año (que son los puestos que terminaremos creando en 2014), tardaríamos, de nuevo, entre 10 y 12 años en regresar a los niveles de ocupación de 2008. Nuevamente desolador.

La inutilidad de la solución keynesiana

Desde Podemos y otros ámbitos de la izquierda, se nos asegura que los problemas económicos de España se solventan corrigiendo la contracción de la demanda agrega que se inició con los “recortes” acaecidos desde 2010. En cierto modo, pues, se atribuye gran parte del deterioro actual de nuestra economía real a la falta de demanda interna.

En este sentido, ¿cuáles han sido los sectores que más han sufrido desde el tercer trimestre del año 2009, momento en el que el Plan E estaba funcionando a plena potencia? Pues esencialmente dos: el ladrillo y la banca. El resto de sectores están aproximadamente igual que en 2009 (agricultura, industria, turismo y ocio están algo mejor ahora que en 2009; actividades profesionales, las Administraciones Públicas e información y comunicaciones, algo peor; omito mencionar el sector fantasma de las actividades inmobiliarias).

Reinflar keynesianamente la demanda sin cambiar el modelo productivo, tal como hicimos en 2009, sólo nos serviría para para relanzar la actividad de bancos y constructoras: esto es, la actividad de la casta empresarial. Acaso por ello Podemos centre su programa de estímulo en, por un lado, la rehabilitación de viviendas y, por otro, la institución de un “derecho al crédito”. El nuevo modelo productivo de los keynesianos es el de siempre: ladrillo y crédito barato.

El imprescindible cambio de modelo productivo

Mas si aspiramos a una economía de alto valor añadido, competitiva y sostenible, no queda otra que cambiar nuestro modelo productivo. ¿Y cómo lo cambiamos? Pues no tratando de resucitar los mortecinos sectores existentes de 2007 (banca y ladrillo), sino creando otros nuevos. Y para crear sectores nuevos no queda otra que invertir en ellos: la clave de nuestra recuperación a largo plazo, pues, no es el gasto en consumo interno, sino en inversión.

Por desgracia, la inversión sigue por debajo de los niveles de 2008 (no así el consumo público y apenas el consumo privado), cuando debería hallarse muy por encima para beneficiarnos de un reajuste interno acelerado. Es verdad que, despejada la incertidumbre del riesgo de quiebra (finales de 2012, merced a la OMT de Mario Draghi), el gasto en inversión no residencial ha reflotado con cierta fuerza, pero aun así sigue a niveles claramente insuficientes para transformar nuestro modelo productivo.

España requiere de muchísima más inversión privada y para ello necesitamos dos elementos: libertad de mercado (para que emerjan oportunidades de inversión) y ahorro interno (para financiar esas oportunidades de inversión). El último de estos elementos (el ahorro) sólo puede proceder de un menor consumo público y privado, pues ahorro es igual a no-consumo: por tanto, deberíamos estar presenciando fuertes recortes del gasto público y no mantenimientos o aumentos del mismo.

Sé que muchos estarán tentados de afirmar que si no consumimos, nadie querrá invertir para no vender, pero ése es un argumento erróneo: España necesita invertir no para satisfacer el consumo interno, sino el consumo exterior (dado que hemos de amortizar nuestra gigantesca deuda externa); cuanto más consumamos internamente, menores recursos podremos relativamente dirigir a aumentar nuestra producción orientada hacia la exportación. Ahorro, ahorro y ahorro. No hay otra.

Conclusión

En suma, la economía española está estancada. Salvo por el turismo y el dopaje del mayor gasto público viviendo en los últimos trimestres, los niveles de actividad y empleo siguen por los suelos. La solución a este problema no es más consumo interno y más gasto público (como propone, por ejemplo, Podemos) sino libertad de mercado y ahorro: las dos variables que se han hallado del todo ausentes en la política económica española desde que se desató la crisis y que, desafortunadamente, parece que lo seguirán estando durante los próximos años. Parece que la casta y la neocasta política se conjuran para japonizarnos o, peor, para argentinizarnos.

Lecciones de Japón y Estados Unidos

Charlie Munger, vicepresidente de Berkshire Hathaway y mítico socio de Warren Buffett, no sólo es uno de los más exitosos inversores de las últimas décadas, sino que también destaca por su vasta sabiduría.

Uno de sus más acertados consejos es el de procurar siempre invertir los problemas. A menudo los problemas son difíciles de resolver de forma directa. Una buena forma de abordarlos, dice Munger, es pensar en qué puede ir mal, en posibles errores que podemos cometer, y tratar de evitarlos.

Un buen caso para aplicar esta técnica puede ser el de la crisis de Japón. El estallido de la actual crisis económica en Estados Unidos y Europa guarda grandes paralelismos con los problemas que han vivido los japoneses desde los años noventa: brutal burbuja inmobiliaria, gran endeudamiento privado, estructura productiva insostenible, colapso financiero y la consecuente recesión deflacionaria. 

Lamentablemente, un cuarto de siglo después, el país nipón no sólo no ha resuelto sus problemas sino que los ha agravado. Japón tal vez sea el más claro ejemplo de lo que no hay que hacer. 

La receta japonesa contra la crisis no fue otra que la que prescribe el keynesianismo. Para evitar la dolorosa pero necesaria reestructuración del aparato productivo, el desapalancamiento y la liquidación de empresas e inversiones inviables, se implementó un programa que ahora nos suena bastante: política monetaria expansiva (el término quantitative easing no es un invento americano, sino que fue el Banco de Japón el primero en ponerlo en marcha), tipos de interés a cero, rescates de bancos y empresas e incremento del gasto público con cargo a un abultado déficit fiscal.

Los resultados a largo plazo de dicho programa dejan mucho que desear. En el año 2013, el PIB nominal de Japón fue el mismo que en 1991. Lo que no es igual es la deuda. Sólo la deuda pública se ha disparado de un 70% del PIB hasta el 240% en 2013. Si tomamos la deuda pública, más la de las familias y empresas no financieras, actualmente está en torno al 450% del PIB

El actual primer ministro, Shinzo Abe, ganó las elecciones a finales de 2012 con un programa económico en el que proponía, básicamente, un all-in de las mismas políticas keynesianas que habían fracasado hasta la fecha

Las famosas “tres flechas” que componen el Abenomics consisten en un masivo estímulo fiscal (la inversión pública ha aumentado en un 21%), una flexibilización monetaria masiva y unas supuestas reformas estructurales que en la práctica aún no se han hecho. En pocas palabras, un programa que recuerda a aquella cómica escena de los hermanos Marx en la que, al grito de ¡más madera!, terminan destrozando un tren para usarlo como combustible.

Se atribuye a Einstein, probablemente de forma incorrecta, la frase de que la locura es intentar una cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultadosEn esta ocasión no ha sido una excepción. Tras el típico repunte inmediato, la economía japonesa ha vuelto a las andadas.

El segundo trimestre de 2014 la economía nipona se contrajo espectacularmente, un 7,3% respecto al año anterior. Para el tercer trimestre, en el que se esperaba un cierto rebote, recientemente supimos que Japón siguió hundiéndose, cayendo un 1,6% respecto al año anterior y entrando oficialmente en recesión. Un decepcionado Shinzo Abe acaba de convocar elecciones anticipadas para poner en manos de los japoneses el rumbo que debe seguir el gobierno para salir de la crisis.

A menudo se dice que Estados Unidos ha logrado salir de la Gran Recesión gracias al quantitative easing y a los estímulos fiscales. Pero si es así, ¿cómo es que quien ha aplicado más intensamente estas mismas medidas, como Japón, no logra levantar cabeza tras un cuarto de siglo tropezando con la misma piedra?

El motivo es que el intento de simplificar la realidad lleva a muchos a caer en la falacia post hoc ergo propter hoc. O dicho de otro modo, no porque A suceda antes que B significa que sea su causa. Puede que B suceda pese a A.

Hay que decir que aunque Estados Unidos evoluciona positivamente, lo hace muy despacio y la recuperación está lejos de ser sólida. Pero si por algo no ha sido es por los estímulos fiscales ni por la expansión monetaria.

En primer lugar, porque pese a los lamentos de economistas como Paul Krugman, el gasto público lleva congelado en términos absolutos desde 2010 y ha caído desde el 41,9% de PIB hasta el 36,6% en 2013. Y en segundo lugar, porque como expliqué en un artículo anterior el quantitative easing en el mejor de los casos es inútil y en el peor retrasa la recuperación, posponiendo las necesarias reestructuraciones

Afortunadamente Estados Unidos tiene características propias que agilizan la recuperación de las que otros países carecen o cuyos gobiernos se han negado a aplicar. 

Si hay que destacar tres son, primero, la relativa mayor flexibilidad a la hora de liquidar inversiones y empresas inviables y trasladar los factores productivos de forma rápida a nuevas líneas de negocio rentables y sostenibles.

Segundo, la revolución energética que actualmente se vive en América del Norte, principalmente en el sector del gas.

Y tercero, una deuda que pese a que no podemos decir que sea baja, sí es comparativamente menor que la japonesa o la europea. La suma de la deuda pública, de las empresas no financieras y las familias en Estados Unidos es del entorno del 250%. Poco más de la mitad que la monstruosa deuda de Japón.

Si bien Estados Unidos parece haber salido de la trampa depresiva en la que Japón lleva décadas, existe hoy un paciente que camina con paso firme hacia la japonización: Europa.

No sólo ha imitado todas las recetas malas de Japón y Estados Unidos, sino que ha olvidado incluir las que sí son positivas de países como el norteamericano. No vendría mal a los dirigentes europeos hacer caso a Charlie Munger, invertir el problema y empezar por evitar los errores que otros han cometido

@ignaciomoncada para Estrategias de inversión

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.

Contra los impuestos malos

Carlos Jiménez Villarejo y Pablo Iglesias aclararon recientemente en un artículo la clave del pensamiento único a propósito de la fiscalidad: los únicos impuestos malos son los que aún no se pagan.

En efecto, el antiliberalismo predominante jamás presta atención a los impuestos que sí se pagan: esos gravámenes siempre están bien, y si acaso hay que aumentarlos. Pero lo terrible son los que no se pagan: y de ahí la necesidad perentoria de acabar con "los paraísos fiscales y la competencia fiscal perjudicial".

Identifican, como todo el mundo, los paraísos fiscales con el crimen, y no establecen ninguna relación entre ellos y la presión fiscal. Asimismo, no consideran en ningún caso que la recaudación pueda ser objetable, al contrario:

La comunidad internacional no puede resignarse a dejar de recaudar cada año 189.000 millones de dólares, que es el doble de lo que dedica cada año a la ayuda al desarrollo.

La conclusión de esto es patente: la pobreza mundial se podría reducir el doble de lo que se reduce hoy si esas madrigueras delictivas fueran exterminadas. Esto es insostenible, porque no es la ayuda al desarrollo lo que reduce la pobreza y, por tanto, no cabe argumentar que su mayor dotación lo haría aún más.

Si hay gente que puede no pagar impuestos, y no los paga, esto se debe sólo a la inacción y desidia de los políticos, nunca a lo que esos mismos políticos hacen:

No puede tolerarse más la permisividad de los Gobiernos con el fraude fiscal internacional en directo y gravísimo perjuicio de los ciudadanos.

Aquí tenemos el artificio ético: si alguien no paga, eso nos perjudica a todos, lo que es falso, salvo que se pueda demostrar que la reducción del llamado fraude fiscal y el consiguiente aumento de la recaudación total se traducen siempre en menos presión fiscal para cada ciudadano pagador. Como es sabido, lo cierto es lo contrario.

Contra la imposición de la jornada de 35 horas

Una de las propuestas estrella del nuevo documento económico de Podemos es la jornada de 35 horas semanales. La idea es aparentemente intuitiva: si en España tenemos más de cinco millones de parados, lo que necesitamos es reducir la jornada laboral para que las horas no cubiertas por los trabajadores actuales sean ocupadas por parte de los parados. Además, se nos dice, el mayor número de trabajadores permitiría ampliar la demanda agregada dentro de la economía, dando lugar a un círculo virtuoso de empleo, gasto, crecimiento, más empleo, más gasto y más crecimiento.

Siendo la reducción impuesta de la jornada laboral tan beneficiosa, uno se sorprende de que no se quiera llevar más allá: por ejemplo, hasta una jornada laboral de 30 o de 25 horas semanales. Total, si, según nos prometen sus proponentes, la reducción de la jornada laboral no acarrea coste ni perjuicio algunos, ¿por qué oponerse a una minoración de la jornada algo superior a la planteada? ¿Por qué quedarse en las medias tintas de 35 horas semanales? Pues porque, en efecto, la reducción de la jornada no está libre de gravosos costes.

Tomemos el caso del salario medio de España, 1.869 euros mensuales, y asumamos que se percibe a cambio de trabajar 160 horas mensuales. Eso significa que el salario medio por hora trabajada es de 11,6 euros. Si la jornada laboral se reduce a 35 horas semanales, que equivalen a 140 horas mensuales (sin que haya una proporcional rebaja de los salarios), el coste por hora trabajada aumentará a 13,3 euros… un incremento salarial del 15%. Como es obvio, de entrada no parece que un incremento del coste de la contratación de un 15% vaya a disparar las contrataciones: encarecer la mano de obra no es la forma más inteligente de promover su demanda por parte de los empresarios nacionales y extranjeros.

Desde Podemos se argumenta, sin embargo, que este incremento del coste de la contratación no es preocupante, ya que el principal problema que tienen hoy en día las empresas es la falta de demanda: y si la masa salarial total aumenta (más gente ocupada a un mayor coste medio por hora trabajada), la demanda de las empresas también aumentará, esto es, más salarios traerán mayores ingresos, que compensarán los superiores costes. Siendo tan sencillo, sorprende que no sean los propios empresarios quienes, en su propio avaricioso interés, no incrementen los salarios para lucrarse sin cesar: si más salarios son más ventas, ¿qué mejor estrategia comercial que aumentar los sueldos continuamente?

La realidad, sin embargo, es más tozuda. Incluso manteniéndonos por un momento dentro del paradigma económico de la demanda agregada, ¿por qué se asume que un encarecimiento de la mano de obra dará lugar a una mayor contratación de trabajadores y, por tanto, a un mayor gasto total? El efecto bien podría ser el contrario: costes más altos, mayores despidos y, por consiguiente, hundimiento de la demanda agregada… un círculo vicioso opuesto al que se nos narra desde Podemos.

Sin ir más lejos, los gastos de personal de las empresas encuestadas en la Central de Balances del Banco de España fueron en 2013 de 100.412 millones de euros, mientras que su resultado neto del ejercicio apenas alcanzó los 7.129 millones. Un incremento de los costes laborales del 7% (recordemos que la jornada de 35 horas supone un aumento del 15% para los trabajadores a jornada completa) habría implicado que la empresa media española entrara en pérdidas: ¿y qué sucede cuando las empresas entran en pérdidas? Pues básicamente que despiden. Y si despiden, ¿de dónde viene el aumento de la demanda?

Ello por no hablar de que, aun cuando no hubiera despidos sino nuevas contrataciones, buena parte del gasto de los nuevos trabajadores bien podría filtrarse hacia al exterior de España: a saber, canalizarse en forma de importaciones. Esto es justo lo que ha sucedido hasta la fecha: siempre que el gasto interior de España ha aumentado en lo más mínimo, las importaciones se han disparado. Más importaciones no es más gasto interior, sino más gasto exterior: a saber, más costes para las empresas y mismos ingresos.

Pero ¿por qué hemos de asumir que más gasto interior equivale a más importaciones? Básicamente porque el problema de España no deriva de la falta de demanda, sino de su inadecuada oferta. España sigue arrastrando un modelo productivo caduco y mortecino, incapaz de proporcionar los bienes que desean los españoles. Sin cambio de modelo productivo no hay cambio de patrones de producción; y para facilitar ese cambio de modelo productivo necesitamos flexibilidad en los mercados y ahorro, esto es, no necesitamos más rigideces regulatorias ni más consumo interno artificialmente alimentado. La imposición centralizada de una jornada de 35 horas, pues, sería un fracaso: elevaría todavía más los costes de las compañías, minaría las bases de la reinversión empresarial (tanto nacional como extranjera), incrementaría el paro forzoso y, en definitiva, retrasaría el cambio de modelo productivo de España.

No en vano, la medida ya fue un fracaso en Francia, pese a haber sido implementada durante un período de bonanza económica global, pese a haber sido adoptada junto con otras medidas de flexibilización interna (como permitir la concentración de horas en una misma semana, llegando a producirse intensificadas jornadas semanales de 48 horas a cambio de otras semanas laboralmente más descargadas) y pese a haber sido cofinanciada por el Estado mediante una lluvia de subsidios y de recortes de impuestos a las empresas (con el ánimo de paliar su coste); algo que no parece que vaya a darse en el caso de España. Y los resultados, pese a ello, fueron bastante pobres: estancamiento a medio plazo de los salarios (cuando no reducción de los mismos) reconocido incluso por quienes defienden la medida e insatisfacción por parte de los trabajadores, al carecer de libertad para escoger sus condiciones laborales. Acaso por ello, Sarkozy abolió de facto la jornada de 35 horas en 2008, cuando incrementó el número máximo de días laborables de 218 a 235.

Pero, como digo, en el caso de España la medida sería muchísimo peor que en Francia, pues se materializaría en un entorno de desempleo masivo y de estancamiento estructural, combinándose con un estrangulamiento empresarial sin precedentes: subida del impuesto de sociedades, incremento muy sustancial del salario mínimo, concesión de privilegios adicionales para los sindicatos y subida extraordinaria de las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social. Una devastación de nuestro escaso tejido empresarial que se nos vende como inocua por cuanto, nos dicen, la demanda agregada aumentará. Pero no: destruyendo la oferta no hay demanda. Por desgracia, Podemos sigue sin comprender las causas de nuestra crisis: únicamente aspira a regresar a la burbuja. Tal vez por ello disfrute de un creciente apoyo entre todos aquellos que también sueñan con regresar a 2007.

Bachelet, de espaldas al Chile moderno

Chile está dejando de ser la esperanza latinoamericana. Eso es grave para todos, no sólo para los chilenos.

Durante décadas, especialmente desde la llegada de la democracia a ese país, en 1989 (aunque la transformación había comenzado en época de la dictadura de Pinochet), resultaba obvio que la libertad, el funcionamiento de las instituciones de derecho, la apertura al mundo, la competencia, el mercado y la supremacía de la sociedad civil en el terreno económico habían probado que ése era el camino de la prosperidad para toda América Latina.

En Chile se confirmaba que la democracia liberal era la vía. El país, dentro de ese esquema, se había puesto a la cabeza de América Latina, más de la mitad de la sociedad se inscribía en los niveles sociales medios y la pobreza había pasado del 46 al 12%. Una verdadera proeza.

La nación de la loca geografía –una larga franja de tierra temblorosa situada entre el Pacífico y los Andes– estaba a pocos pasos del umbral del Primer Mundo, definido como las naciones que alcanzan los 25.000 dólares de producción anual per cápita. Bastaba recorrer las calles de Santiago y hablar con las gentes para percibir una sensación de optimismo y progreso mayor que en cualquier otra gran ciudad latinoamericana.

Ese espíritu se está apagando. Los datos de la encuestadora chilena Plaza Pública (Cadem) no dejan lugar a dudas. Un 71% de los ciudadanos piensa que la economía se ha estancado. Sólo un 27% opina lo contrario. Tras dos generaciones de prosperidad anual notable, con pocas contramarchas, el primer año de la presidente Bachelet se saldará con apenas un 1,6% de crecimiento, pese a que Sebastián Piñera le entregó un país que funcionaba a plena máquina.

Naturalmente, eso tiene un costo. Cuando Bachelet llegó al poder, hace sólo ocho meses, un 78% de los chilenos tenía una buena imagen de ella. Hoy sólo la aprecia el 48, mientras su Gobierno es aún más impopular: apenas un 37% lo respalda.

¿Por qué se ha frenado Chile? Fundamentalmente, por una ruptura clarísima sobre el modelo de desarrollo. Los inversionistas locales y extranjeros tienen dudas y se abstienen. Ven a la señora Bachelet más cerca del viejo Chile estatista-populista que de una nación moderna basada en las ideas de la libertad económica, y no pueden evitar una desagradable sensación de deja vu que los retrotrae a los turbulentos años del allendismo.

La perciben como una persona encharcada en las supersticiones ideológicas del distribuicionismo igualitario, obsesionada con el Índice Gini y no con la creación de riquezas, que es lo que realmente importa. Al fin y al cabo, el coeficiente Gini de Venezuela es mejor que el de Chile y no creo que nadie en sus cabales piense que la gravísima situación del manicomio chavista es preferible a la chilena.

Si la presidente Bachelet no rectifica, muy probablemente provocará la salida de la Democracia Cristiana de la coalición de gobierno. Es increíble que esta señora no advierta que la buena experiencia de las ideas de la libertad en su país ha corrido hacia el centro todo el espectro político.

El socialcristianismo de izquierda de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado ya no es lo que era. La democracia cristiana de Frei Ruiz-Tagle es diferente a la de Frei Montalva, su padre, porque entre ambos mundos existe medio siglo de inocultables éxitos liberales y el hundimiento de las recetas estatistas. El socialismo de Ricardo Lago tiene muy poco que ver con el de Salvador Allende, aunque respetuosamente cultive su memoria, porque en el camino de la lucha por la libertad Lago se transformó en un genuino socialdemócrata y enterró el lastre marxista.

En cambio, quienes no se han movido de su posición fanática son los comunistas (esos que Bachelet se empeñó tercamente en llevar a la Concertación), y continúan defendiendo un empobrecedor modelo de sociedad; pero en el pecado ideológico llevan la penitencia: la bonita Camila Vallejo, quien era muy popular cuando figuraba como revoltosa líder estudiantil de la oposición, tras pasar al Parlamento, hoy apenas tiene el aprecio del 3% de los chilenos.

Ojalá Chile retorne al carril del sentido común y el buen gobierno. Fue un faro para orientar a los latinoamericanos. Perderlo, insisto, nos perjudicará a todos.

elblogdemontaner.com

Es la prima, estúpido

Dos ministros en dos meses, la crisis del ébola, la de Monago, la de la banda de Granados, la de Cataluña, el desempleo que no cesa, el déficit desbocado, la deuda en máximos históricos… y Rajoy tan fresco. Por lo que se ve, ser presidente de Gobierno no era algo tan difícil. Tras tres años de despropósito continuado, de sorayaje irrestricto, de saqueo fiscal y desvergüenza, el Gobierno sigue como el primer día, aquel viernes de diciembre de 2011 cuando el infame Montoro nos sacudió el mayor rejonazo impositivo de la historia; y no de la democracia como dicen los cursis, sino de la propia España.

Ni el Conde-Duque de Olivares en plena guerra de los Treinta Años se había atrevido a tanto. Y eso que el Conde-Duque disponía de poder absoluto y nunca prometió bajar los impuestos, cosa que Rajoy sí que hizo en repetidas ocasiones. A causa de su voracidad fiscal, el Conde-Duque tuvo que enfrentar una rebelión en Cataluña, otra en Portugal y otra más, de propina, en Andalucía. Ahora, en cambio, el aborregamiento es general. Ni un gemido. Pagamos y a otra cosa. Hasta los hubo que justificaron al ladrón alegando que el de antes había dejado tiesas las cuentas.

En todo este tiempo de penumbras lo único que ha preocupado de verdad a Rajoy es la prima de riesgo, esa medida indirecta del coste en el que el Estado incurre para endeudarse, perdón, para endeudarnos, porque el Estado, ese ente abstracto y perverso por naturaleza, tira siempre con el dinero que nosotros –a la fuerza– le entregamos. La política económica de Rajoy podría resumirse en una sola línea: mantenernos nosotros, los funcionarios y su armatoste estatal, a cualquier coste. Doy fe que lo ha conseguido. Hoy el Estado es mayor que en 2007, gasta más y ha entrado en una nueva fase hiperreguladora fruto de la incontenible verborrea sorayesca. La consecuencia más visible es que todos los demás, todos los que no somos Estado, gastamos menos o directamente no gastamos nada. Resumiendo, lo nuestro es suyo.

Con la recaudación gripada, el sacrosanto objetivo de mantener a la casta burocrática al margen de la crisis sólo podía conseguirse mediante una compulsiva emisión de deuda. Miles de millones de euros mensuales, semana tras semana, para dar de comer al monstruito. De ahí las preocupaciones en agosto de 2012, cuando el tipo de los bonos se fue al 6%. De haberse mantenido nos hubiésemos librado de esta pesadilla mucho antes. El barbas, un ser emocionalmente disminuido, un burócrata de cuna pasado por el politiqueo y el navajazo, incapaz de todo empeño menos el de librar venganzas personales, no hubiera podido continuar en la Moncloa. Una bendición. Al Estado no le hubiera quedado otra que reducir el gasto, situarlo a la par de los ingresos ordinarios de la Hacienda, que de eso y no otra cosa iba el control del déficit que le pedían desde Bruselas.

Pero, ¡ay! el mercado de deuda es demasiada tentación para un inútil que, además de venir con el equipaje de ideas equivocado, se cree un genio. España podría haber resistido, pongamos, a un bobo de remate como Floriano, o incluso a un golfante del subgénero pragmático tipo Felipe González. Con mejor o peor humor se habrían avenido a razones. Pero nos ha tocado la china. Así que mientras la prima aguante aguantará el patán.            

Podemos: mal diagnóstico, malas soluciones

La elaboración del nuevo programa económico por parte de Podemos se asienta sobre la base de un diagnóstico que, no por ampliamente extendido, resulta menos erróneo. En concreto, la explicación es la siguiente: el decrecimiento de las rentas salariales a lo largo de las últimas décadas empujó a los trabajadores a endeudarse para poder estabilizar sus niveles de consumo y bienestar; este endeudamiento fue el responsable de la burbuja inmobiliaria que terminó condenando a España a una situación de producción atrofiada y de endeudamiento hipertrofiado; una vez colapsada la burbuja, el gasto interno de España —sustentado precisamente sobre el endeudamiento burbujístico insostenible— se vino abajo, generando millones de parados que han socavado aún más la demanda agregada de la economía; a su vez, los planes de ajuste de los distintos gobiernos, inspirados en un absurdamente germano austericidio, agravaron todavía más esta contracción de la demanda interna.

Llegados aquí, el recetario keynesiano se impone casi por sentido común: si el problema es el colapso de la demanda agregada, toca aumentar salarios para que los trabajadores gasten más, toca fomentar el crédito para que las pymes vuelvan a invertir y toca incrementar el gasto público (con cargo a la deuda o a impuestos sobre unos ricos avariciosos que acaparan el dinero en lugar de ponerlo en circulación). Sucede que, como decíamos, semejante programa económico adquiere su justificación en el mentado diagnóstico inicial y ese diagnóstico inicial es del todo erróneo.

Las rentas salariales no se han reducido

El presupuesto de partida que emplea Podemos yerra: el peso de las rentas salariales dentro del PIB no ha decrecido durante los últimos años. Si las estadísticas oficiales reflejan este descenso de las rentas salariales frente a las rentas del capital es por dos motivos: uno, las rentas del capital incluyen la depreciación del stock agregado de capital, por lo que las sobreexpansiones pasadas de la inversión se traducen en mayores cuotas de depreciación presentes y, por tanto, en mayores rentas brutas del capital presentes; dos, las rentas del capital también incluyen la imputación de rentas inmobiliarias, por lo que un incremento del número de viviendas en propiedad genera un aumento contable de las rentas del capital.

En suma, lo que muestran los datos no es una expansiva pauperización de los trabajadores a manos de los capitalistas, sino el resultado de un boom crediticio dirigido a financiar un incremento de la inversión en bienes de capital y en vivienda. De hecho, los salarios reales medios subieron ligeramente entre 2001 y 2007: según la Encuesta anual de coste laboral, pasaron en términos nominales desde 16.561 euros anuales a 20.246 euros (es decir, pasaron en términos reales desde el equivalente a 20.088 euros a 20.246).

Los salarios no generan deuda ni burbujas

Con independencia de la evolución que hayan seguido los salarios, es menester aclarar que éstos no guardan relación alguna con la formación de una burbuja inmobiliaria. Acaso podría haber tenido algún sentido vincular a los bajos salarios un auge del endeudamiento destinado a estabilizar los niveles de consumo corriente: pero no lo tiene cuando la deuda se destinó predominantemente a la adquisición de vivienda. Y es que una vivienda es un bien de consumo duradero que la inmensa mayoría de ciudadanos necesita comprarse a crédito por mucho que aumenten sus salarios. ¿O acaso si los salarios reales se hubiesen incrementado un 20% al año entre 2001 y 2007 los españoles habrían dejado de hipotecarse (ya sea porque hubiesen dejado de desear viviendas o porque las hubiesen podido comprar sin necesidad de endeudarse)? No, desde luego que no: de hecho, unos salarios más altos muy probablemente habrían alimentado una burbuja inmobiliaria incluso mayor (pues los bancos podrían haber sido aún más espléndidos concediendo crédito).

Asimismo, e incluso asumiendo que los bajos salarios sí indujeran una mayor demanda de crédito por parte de los ciudadanos, si la oferta de crédito hubiese sido todo lo rígida que debería haber sido, esa mayor demanda de crédito no se habría podido materializar en una orgía de endeudamiento barato. Por consiguiente, la causa última de la expansión crediticia cabe hallarla en la endiablada organización de nuestro sistema financiero, en cuya cúspide se encuentra un monopolio estatal llamado banco central.

En cualquier caso, la génesis de nuestro boom crediticio no está vinculado a la evolución de los salarios: éstos no sólo no se redujeron sino que aumentaron ligeramente y, en todo caso, la demanda de vivienda a crédito no guarda relación con el nivel salarial. La causa de nuestro boom crediticio fue la artificial reducción de tipos de interés capitaneada desde 2001 por la Reserva Federal de EEUU y elBanco Central Europeo: fue esa manipulación deliberada de la provisión de crédito la que empujó a familias y empresas a endeudarse y a distorsionar las bases de nuestro tejido productivo.

El hundimiento de la demanda es un hundimiento de la oferta

Atribuir nuestros problemas actuales a una demanda agregada que ha colapsado como consecuencia del pinchazo de la burbuja crediticia es otro error. Superficialmente, es verdad: lo que ha sucedido es que el gasto total de la economía ha caído toda vez que la gente ha dejado de endeudarse para adquirir vivienda. Pero es necesario mirar más allá de lo superficial: la demanda total de una economía no es otra cosa que su oferta actual (cuando pagamos al contado) o su oferta futura (cuando pagamos a crédito). Es decir, para demandar algo hoy hemos de ofrecer algo hoy (pago al contado) o mañana (pago a crédito).

La economía española funcionaba hasta 2007 cebando su demanda presente con cargo a su oferta futura: a saber, gastábamos en la actualidad endeudándonos con el exterior y prometiéndole a ese exterior que amortizaríamos la deuda con una abundantísima producción futura. El problema es que cuanto más gastábamos a crédito, más distorsionábamos nuestro modelo productivo (escorándolo hacia el ladrillo burbujístico) y menos capaces íbamos siendo de amortizar nuestra deuda con una producción futura inexistente. De ahí que finalmente el flujo de endeudamiento se interrumpiera y que con esa interrupción del crédito cayera la demanda agregada: pero el flujo de endeudamiento se interrumpió por bueno motivos, esto es, por la propia insostenibilidad de nuestra oferta para amortizar nuestra creciente deuda.

Así, nuestra incapacidad actual para seguir gastando a crédito deriva justamente de que no somos lo suficientemente solventes como para devolverlo: y no somos lo suficientemente solventes porque, a su vez, no somos capaces de fabricar los suficientes bienes y servicios futuros que nos permitan amortizar esa deuda.

La austeridad estatal era necesaria por el exceso de deuda

Por último, atribuir las muy moderadas reducciones del gasto público acaecidas desde 2010 a una irracional política de austeridad teutona es otro remarcable error. Evidentemente, la reducción del gasto público en un contexto de hundimiento del gasto privado a crédito tuvo a corto plazo efectos contractivos: si el Estado se endeuda para gastar, por necesidad generará algo de actividad (cuestión distinta es que esa actividad sea saludable: el gasto publico podría, por ejemplo, haber mantenido la burbuja inmobiliaria un par de años más, retrasando la necesaria destrucción de empleo asociado a su pinchazo, mas nadie habría considerado ese gasto público como saludable). Pero la clave del asunto es que no había alternativa a contraer el gasto público a partir de 2010: el tamaño del Estado de 2010 había sido sufragado hasta entonces merced a un volumen de recaudación tributaria insostenible, fruto del falaz expansionismo económico de la época de la burbuja inmobiliaria. Por fuerza debíamos —y aún debemos— redimensionar el tamaño del sector público para así adaptarlo a una etapa post-burbuja con una recaudación fiscal mucho más moderada.

La imperiosa necesidad de este ajuste fue volviéndose cada vez más acuciante conforme el volumen de deuda pública iba alcanzando cotas cada menos manejables: tan inmanejables que ahora mismo los propios economistas de Podemos reconocen que acaso no quede otro remedio que reestructurar la deuda. Pero si hoy no queda otro remedio que reestructurar la deuda es que ayer nos estábamos endeudando a un ritmo demasiado alto, por lo que no quedaba otro remedio que reducir ese excesivo ritmo de endeudamiento.

Por consiguiente, aun cuando a corto plazo los ajustes del gasto público fueran contractivos, no había alternativa salvo la que finalmente se siguió de manera fraudulenta: obviar los problemas, seguir endeudándonos y, una vez colocados los pasivos a acreedores ingenuos, amenazar con impagarles esa deuda por insostenible.

Del mal diagnóstico a la mala receta

Evidentemente, el mal diagnóstico de nuestros males va parejo a una mala prescripción de soluciones por parte de Podemos: si la causa de los problemas de España no fueron los bajos salarios, incrementar los salarios no será la solución (al contrario, hará que el desempleo se incremente todavía más); si la causa de nuestros problemas no fue el súbito e injustificado parón del crédito, arbitrar políticas que fomenten nuevas rondas de endeudamiento privado no será la solución (al contrario, agravará todavía más la insolvencia relativa de nuestras familias y empresas); si la causa de nuestros problemas no fue la insuficiencia de gasto público sino su exceso, volver a incrementarlo no será la solución: ni incrementarlo con cargo al endeudamiento público (abocaría al sector público a la quiebra) ni incrementarlo con cargo a nuevos impuestos sobre el capital (rapiñaría la materia prima necesaria para amortizar nuestra deuda y para transformar nuestro modelo productivo: el ahorro).

España no necesita políticas de demanda basadas en el sobreendeudamiento y el sobregasto público y privado, sino que requiere de una profunda reestructuración de su oferta acompañado de un desapalancamiento público y privado que refuerce la solvencia del conjunto de la economía. Para favorecer esa reestructuración productiva y ese desapalancamiento necesitamosflexibilidad por el lado de la oferta (incluyendo en materia salarial) y muy sustanciales volúmenes de ahorro —público y privado— que permitan financiar el nuevo modelo productivo y la amortización anticipada de la deuda. Nada de esto —y sí todo lo contrario— nos ofrece Podemos, como tampoco nada de ello nos ofrecieron PP y PSOE: por eso el programa de Podemos está condenado a fracasar estrepitosamente al igual que fracasaron los del PP y PSOE.

El fascismo económico de Podemos

Por una vez, y sin que sirva de precedente, no emitiré opinión alguna sobre el programa económico que ha presentado Podemos este jueves. Simplemente, me limitaré a extraer sus principales ejes para que juzguen ustedes mismos y, así, saquen sus propias conclusiones. Por ello, tan sólo les pido que lean atentamente, y hasta el final, los siguientes párrafos y, luego, opinen, si así lo desean.

Para el problema social: NOSOTROS QUEREMOS:

  1. La promulgación de una ley de Estado que dé a todos los trabajadores una jornada legal de ocho horas de trabajo.
  2. Salarios mínimos.
  3. La participación de los representantes de los trabajadores en el funcionamiento técnico de las industrias.
  4. La administración de las industrias y servicios públicos por las mismas organizaciones proletarias (cuando éstas sean dignas de ello, moral y técnicamente).
  5. La rápida y completa sistematización de los servicios ferroviarios y todas las compañías del transporte.
  6. Una modificación necesaria del proyecto de ley de seguridad de invalidez y de jubilación en la que se disminuya el límite de edad propuesto de 65 a 55 años.

Para el problema financiero: NOSOTROS QUEREMOS:

  1. Un fuerte impuesto extraordinario sobre el capital con carácter progresivo que tenga la forma de una verdadera expropiación de todas las riquezas.
  2. La confiscación de todos los bienes de las congregaciones religiosas y la abolición de todas las bulas episcopales que constituyen una enorme responsabilidad para la Nación y un privilegio para unos pocos.


Si, llegados a este punto, piensan que el programa que acaban de leer pertenece o, al menos, se asemeja al de Podemos, paren un momento y reflexionen, ya que dicho texto es, en realidad, obra del fascismo italiano que lideró Benito Mussolini y, más concretamente, son las bases fundacionales que recoge el denominado Programa de Sansepolcro.

Continuemos, ahora sí, con las principales medidas económicas que defiende Podemos.

  • Intenso intervencionismo estatal en la economía y rígida regulación laboral para proteger a los trabajadores y acabar con el paro.
  • Control de precios en productos de primera necesidad para asegurar su aprovisionamiento y, de este modo, paliar las necesidades que atraviesa la población con menores recursos.
  • Un plan de estímulos para apoyar las "industrias de interés de nacional".
  • Aranceles a las importaciones.
  • Control férreo sobre la inversión extranjera en sectores "estratégicos".
  • Creación de un nuevo organismo público para financiar la reindustrialización de España.
  • Aumentar el gasto público y subir impuestos, cayendo, si es necesario, en fuertes déficits públicos para impulsar el PIB y crear empleo.
  • Financiación del déficit mediante compras directas del banco central […]

Una vez más, si no han detectado nada extraño en este tipo de propuestas, fuertemente estatistas, deténganse de nuevo porque, en realidad, pertenecen al período económico más negro del franquismo, el régimen autárquico que imperó en España desde el fin de la Guerra Civil hasta bien entrados los años 50.

Muchos de ustedes pensarán que estas medidas, defendidas también por Podemos, son irrealizables dentro de la UE y el euro, pero lo cierto es que, tal y como proclaman sus principales líderes, el partido de Iglesias apuesta, en última instancia, por abandonar la Unión Monetaria, recuperando así la "soberanía" perdida para llevar a cabo su particular plan.

Quizá por esta razón Podemos ha obtenido también la simpatía y apoyo del líder falangista Ricardo Sáenz de Ynestrillas, quien ha comparado el discurso de Pablo Iglesias con la "genuina Falange de José Antonio [Primo de Rivera]", argumentando que es el mismo discurso, pero "dulcificado".

Los extremos se tocan y, en este caso, es evidente que el recalcitrante y liberticida anticapitalismo que profesan los líderes de Podemos y Falange –vean sino este vídeo– no es más que un nuevo reflejo del totalitarismo que asoló medio planeta el pasado siglo. Comunistas y nazis convergen, una vez más, en su plan para anular cualquier atisbo de libertad y humanidad. Iglesias e Ynestrillas son dos caras de la misma moneda, al igual que en su día lo fueron Hitler y el Che.

Y para todos aquellos ilusos y descreídos que sigan negando la evidencia, amparándose en los mensajes buenistas de Podemos y en el calculado distanciamiento de su naturaleza bolivariana, tan sólo advertir que no es la primera vez ni será la última que un aspirante a dictador miente para alcanzar el poder.

Mateo 7:15

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis.