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El populismo amenaza con desatar una nueva crisis del euro

El auge de los partidos populistas, defensores de impagar la deuda e incluso abandonar el euro como solución a la crisis, no es un fenómeno exclusivo de España, tras la fuerte irrupción de Podemos en el mapa político, sino que también se extiende a Grecia e Italia, afectando así a buena parte del sur de Europa.

Las últimas encuestas electorales muestran que este tipo de formaciones lideran la intención de voto en Grecia, con los comunistas de Syriza a la cabeza, en España con Podemos, y se sitúan como segunda fuerza en Italia a través del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, tal y como recoge el siguiente gráfico.

Fuente: Bloomberg

Este crecimiento constituye un nuevo factor de riesgo para la estabilidad económica de Europa y la propia supervivencia del euro, ya que estos tres partidos abogan por decretar la suspensión de pagos y, en última instancia, salir del euro. El mercado, por el momento, no ha descontado dicha posibilidad y mantiene la calma gracias a las promesas que sigue lanzando el Banco Central Europeo (BCE) de que intervendrá comprando deuda pública en caso necesario. 

Sin embargo, el ascenso al poder de alguno de estos partidos bien podría desatar una nueva e impredecible crisis en el seno de la Unión Monetaria, puesto que defienden abiertamente impagar la deuda y abandonar la política de ajustes y reformas estructurales que recomienda Bruselas, con lo que, una de dos, o bien estos estados reciben más dinero de las autoridades comunitarias para financiar su gasto público -con el consiguiente enfado de los contribuyentes del norte- o bien abandonan el euro para recuperar su autonomía monetaria. En cualquiera de los dos casos, la tormenta financiera está asegurada.

De hecho, los inversores ya han dado un primer toque de atención debido a la creciente incertidumbre política que vive Grecia. Las turbulencias financieras regresaron brevemente el pasado octubre como consecuencia de la debilidad económica que registra la zona euro y, sobre todo, el riesgo de que se adelanten las elecciones generales en Grecia y Syriza se haga con el control del país. Su líder, Alexis Tsipras, aliado político de Pablo Iglesias, lidera las encuestas electorales con la promesa de acabar con las medidas de austeridad, nacionalizar la banca y suspender el pago de la deuda.

Mientras, en el caso de España, el brutal ascenso que ha obtenido Podemos en los últimos meses ha empezado a recabar la atención de las principales firmas de análisis, advirtiendo a los inversores del desastre económico que supondría la victoria electoral del partido de Iglesias o la preocupante fragmentación e inestabilidad política que, en todo caso, arrojarán las urnas el próximo año.

El caso de Italia también es paradigmático. Aunque el Movimiento 5 Estrellas no lidera las encuestas de intención de voto, se mantiene como la segunda fuerza del país y, además, acaba de lanzar una campaña de recogida de firmas entre la población para discutir en el Parlamento la celebración de un referéndum vinculante sobre la permanencia o no de Italia en el euro. Su líder, Beppe Grillo, afirma que "vamos a dejar el euro y a derribar este sistema de banqueros, de escoria". Y añade que "estamos en guerra con el Banco Central Europeo, que nos ha despojado de nuestra soberanía".

La cuestión es que dicha iniciativa podría triunfar, ya que, según las últimas encuestas, el 44% de los italianos quiere recuperar su antigua moneda, la lira, mientras que apenas el 45% apuesta por mantener el euro. Podemos defiende una línea muy similar para España, aunque sus líderes no lo defiendan de forma explícita para no asustar a los votantes. El partido de Pablo Iglesias apuesta, igualmente, por impagar la deuda y, en última instancia, salir del euro, tal y como avanzó Libre Mercado.

Por último, los analistas de Bloomberg señalan que, en un entorno económico deprimido como el actual y elevadas tasas de paro, el creciente apoyo electoral que están cosechando los populistas en Grecia, España e Italia podría acabar tentando a los partidos tradicionales a adoptar alguno de sus grandes emblemas, como, por ejemplo, el impago de la deuda soberana, desatando con ello una nueva crisis financiera. No en vano, estos tres estados acumulan una deuda pública próxima a 3,5 billones de euros.

La deuda del Estado español roza el 100% del PIB, la de Italia supera el 130% y la de Grecia el 175%; sus tasas de paro son las más elevadas de Europa: 26% en el caso de Grecia, 24% en España y 12,6% en Italia; además, tras siete años de crisis, ninguno de los tres ha logrado superar sus problemas económicos: el PIB de Grecia es hoy un 25% inferior al nivel registrado antes del estallido de la crisis, un 9% menos en el caso de Italia y un 5% inferior en España.

Fuente: Bloomberg

Esta agonía económica, sumada a los escándalos de corrupción, han terminado por impacientar a muchos votantes que, ahora, ven en este tipo de formaciones una posible solución a los problemas del país, dado el absoluto descrédito que atraviesan los partidos tradicionales.

Los datos, sin embargo, demuestran que ninguno de estos tres países han implementando un profundo y serio programa de recortes de gasto y reformas económicas, a diferencia de otras economías europeas que, gracias precisamente a este amarga receta, no sólo han logrado dejar atrás la crisis, sino que lideran el crecimiento y la creación de empleo en la UE.

La casta es el Estado

El conocido economista y político italiano Mario Monti publicó un artículo en el Financial Times, que en España reprodujo Expansión, que es una magnífica muestra de lo que cabe esperar de la burocracia europea. Como si fuera una cuestión puramente técnica y analíticamente obvia, propuso Monti cambiar "la normativa de las inversiones públicas en Europa".

Consciente del bochorno que suscita el hecho una y otra vez comprobado de que los Estados hacen con sus compromisos prácticamente lo que les da la gana, por ejemplo, pasarse el Pacto de Estabilidad por el arco de triunfo, dice Monti que, hablando de dicho arco, no pueden las autoridades francesas "anunciar que incumplirán los plazos y conseguir el respaldo de otros países como Italia, asegurando que la UE no debería considerar que su postura es una infracción".

La imaginativa solución de Monti es la misma que se aplicó cuando casi nadie cumplía la condición de Maastricht de que la deuda pública no podía superar el 60% del PIB. ¿Qué hicieron? Pues suprimieron ese requisito y Santas Pascuas.

Y ahora lo que toca, como diría el célebre Hereu, es cargarse el mencionado Pacto de Estabilidad, que, afirma Monti sin explicar por qué, resulta que es "simplista" y sólo "adecuado para la primera etapa del euro". Así que: Bye bye love…

Aclara Monti que el truco es no computar en el déficit las inversiones públicas. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? (La verdad es que sí se nos había ocurrido, y el astuto italiano recuerda que hace tiempo la propia Alemania "tenía por norma que el Estado sólo se endeudara para realizar inversiones públicas").

Sea como fuere, dice el senador vitalicio italiano que "la idea de un tratamiento más favorable para la inversión pública ha ido ganando terreno". Hablando de "favorable", está muy a favor de otro demagogo, Jean-Claude Juncker, y su mágico plan keynesiano de gastar 300.000 millones para impulsar el crecimiento (me ocupé de Juncker aquí hace poco). Monti añade: "La nueva Comisión debería ir más allá y anunciar la promoción de una disciplina fiscal a nivel nacional más favorable a la inversión". Vamos, que aquí no importa el déficit, con lo que retorcemos las normas y miel sobre hojuelas: "De esta forma se cumpliría el Pacto de Estabilidad permitiendo a la vez un tratamiento favorable a la inversión pública según los límites establecidos en 2013". Y encima se pone ético y tiene la osadía de escribir que esto propicia la disciplina fiscal que “protege a las futuras generaciones de los abusos de los actuales políticos”.

Como siempre, hay sólo un obstáculo, un país maldito, la Alemania de la bruja Merkel, que necesita infraestructuras, con un Gobierno que puede endeudarse a menos del 1% para invertir en obras públicas "con una tasa de rentabilidad muy superior en términos de crecimiento" (con qué alegría se dice todo ¿verdad?).

Si Alemania no lo hace, si tiene algún resquemor a la hora de seguir subiendo los impuestos, el gasto y la deuda, es decir, si igual abriga alguna duda de que esa disparatada receta no es la conveniente, Mario Monti amenaza: "Si ese país decide renunciar a ese tipo de inversión, ¿no está actuando contra los intereses de futuras generaciones?".

Cara dura no le falta al caballero de los trucos, desde luego.

Trucos Monti

El caso de la beca de Íñigo Errejón en la Universidad de Málaga es ciertamente anecdótico en comparación con las toneladas de macrocorrupción presentes en el resto de formaciones políticas dominantes. Resultaría casi sonrojante asimilar un contrato universitario para la ejecución de un proyecto de investigación –por muy cuestionables que hayan sido las circunstancias que han rodeado su concesión– con las tramas de expolio organizado reveladas en los casos Gürtel, ERE y Púnica.

Ahora bien, que la gravedad de los casos sea incomparable no significa que no puedan extraerse ciertas lecciones del asunto. A la postre, la contratación de Errejón ha estado rodeada de un indudable tufillo nepotista: el director del proyecto al que se incorporó Errejón era su amigo, y ahora también dirigente de Podemos, Alberto Montero; y si Montero pudo contratar dedocráticamente a Errejón, así como agraciarle con unas condiciones laborales harto generosas (elevado sueldo y posibilidad de prestar sus servicios desde Madrid), fue debido a que gozaba de un muy elevado margen de discrecionalidad a la hora de gestionar el dinero público asignado al proyecto. Por tanto, como decía, sí es posible sacar ciertas conclusiones.

1) La casta no está únicamente integrada por la alta dirección de la Administración Pública, esto es, por el Gobierno y sus subalternos más inmediatos. Al contrario, la casta impregna todos los niveles de la Administración en los que el empleado público de turno disfruta de ciertas potestades discrecionales: en la medida en que un empleado público pueda arrimar el ascua a su sardina en el ejercicio de su discrecionalidad, tendrá en todo momento la tentación de aprovecharse personalmente de ese poder. El caso de las universidades españolas probablemente sea de los más conocidos, en especial por todos aquellos que hemos caminado por dentro de las tripas del monstruo, pero no es ni mucho menos único: junten poder y naturaleza humana y obtendrán casos reiterados de abuso de poder, esto es, de corrupción (de corrupción no necesariamente ilegal).

2) Dado que una Administración Pública omnicompetente necesita tomar (muchas) decisiones atendiendo a las circunstancias particulares de cada caso, alguna instancia dentro de ella deberá disfrutar, por definición, de un cierto margen discrecional para decidir. Lo mismo sigue sucediendo si la propia Administración crea supervisores internos que controlen el buen o mal uso de ese poder discrecional por parte de los empleados públicos: estos supervisores dispondrán, a su vez, de poder discrecional para sancionar (o no) a sus supervisados, gestándose así nuevas oportunidades de corrupción. De ahí que no sea posible eliminar la discrecionalidad de la genética de la burocracia administrativa y, por tanto, tampoco el germen de la corrupción.

3) La conocida milonga de Podemos de que para acabar con la corrupción basta con reemplazar a la mala casta actual por la buena neocasta emergente es completamente falaz. El problema de la corrupción no se circunscribe al Gobierno de la nación, sino a todos los niveles administrativos con potestades discrecionales: y ni siquiera Podemos aspira a reemplazar a todos los actuales empleados públicos por nuevos e incorruptibles funcionarios. Es más, aunque lo hiciera no queda claro qué conseguiría con ello: los nuevos funcionarios de Podemos se enfrentarían a idénticos incentivos perversos, pudiendo caer en análogas tentaciones. El caso de Errejón, de hecho, ilustra que personas presuntamente honestas e intachables (ni me interesa ni pretendo prejuzgar a las personas) también incurren en comportamientos como poco cuestionables toda vez que palpan algo de poder.

4) En vista de lo anterior, las dos únicas formas de terminar con la corrupción son, por un lado, incrementar los controles exógenos sobre el ejercicio de la potestad discrecional de los empleados públicos y, por otro, reducir los ámbitos competenciales de los empleados públicos. Podemos apuesta radicalmente por la primera vía: ya sea reclamando la independencia judicial o el control democrático (revocatorio) de la función pública. El problema es que es cognitivamente imposible que los jueces o "el pueblo" controlen las decisiones diarias de millones de empleados públicos; en especial si, como propone Podemos, se incrementa todavía más el ámbito competencial del Estado. Por ejemplo, es absurdo pensar que un tribunal independiente o el pueblo soberano en su conjunto serán capaces de controlar si cada uno de los miles de contratos de investigación de las universidades públicas españolas suponen un abuso del poder discrecional de los directores de proyecto o no. De ahí que ningún país del mundo haya conseguido eliminar la corrupción vinculada a una Administración pública gigantesca: como mucho, ha logrado que la corrupción se sofistique y camufle para evitar que su ciudadanía la detecte y la sancione (sí, también en Dinamarca). ¿O es que acaso pensaban que los burócratas no se adaptan estratégicamente a los controles que se les interpongan?

Así pues, la única solución de verdad contra la corrupción pasa por minorar los ámbitos competenciales del Estado, esto es, por reducir su tamaño y el alcance de sus intervenciones: si el Estado no se ocupa de regular un área determinada de la sociedad, carecerá en esa área de poder discrecional susceptible de ser corrompido (por ejemplo, si no se sufragan con dinero del contribuyente proyectos de investigación sobre las "políticas públicas para la desmercantilización de la vivienda en Andalucía" no habrá margen de corrupción posible al respecto). Es más, un Estado pequeño –con pocos funcionarios y pocas decisiones discrecionales– sí es un Estado mucho más fácil de fiscalizar por tribunales independientes y por la ciudadanía en su conjunto. Pero Podemos propone justo lo opuesto: no reducir el Estado, sino multiplicarlo.

5) Es verdad que la reducción del tamaño del Estado no garantiza que la corrupción no se traslade del ámbito estatal al ámbito privado. Por ejemplo, la misma cuestionable concesión de un proyecto de investigación a un amigo podría haber tenido lugar –y tiene lugar diariamente– en el marco de las universidades privadas. La diferencia entre un caso y otro, sin embargo, es clave: la corrupción estatal, a diferencia de la privada, deriva del abuso de un poder que no le ha sido otorgado al Estado de manera unánime por todos los que la sufren. Por ejemplo, un ciudadano andaluz puede ser plenamente consciente del nepotismo y de la endogamia de las universidades públicas, pero carece de la libertad para dejar de financiarlas. En cambio, el accionista, el benefactor o el estudiante de una universidad privada corrupta hasta la médula son perfectamente libres de dejar de darle apoyo financiero y de dejar de relacionarse con ella en cuanto lo deseen. En otras palabras, la corrupción estatal es un asunto público porque los ciudadanos no podemos escoger no interactuar con el Estado: éste nos impone por la fuerza la interacción. Por consiguiente, la corrupción del Estado termina convirtiéndose en una extracción de rentas y de libertades de la mayoría que ignora o tolera la corrupción sobre la minoría que la conoce y la reprueba, sin que ésta minoría pueda defenderse por ninguna vía. En cambio, la corrupción privada es un asunto particular que sólo afecta a las partes voluntariamente implicadas, pudiendo cada cual defenderse de la misma finiquitando cualquier relación con el órgano corrupto (lo que no significa, claro, que cuando sea delictiva no deba ser perseguida por los tribunales).

Por eso, en definitiva, si queremos luchar contra la peor de las corrupciones, la impuesta por la fuerza, debemos luchar contra el Estado gigantesco. Es decir, debemos luchar contra el modelo de Estado que propugnan PP, PSOE y Podemos. El caso Errejón es relevante no por su gravedad intrínseca, sino porque pone de manifiesto las debilidades doctrinales y programáticas de su formación política a la hora de defender una vía de combatir la corrupción –el incremento del tamaño y del poder del Estado– que sólo contribuye a alimentarla.

El trienio antiliberal de Rajoy

Este jueves se han cumplido tres años desde que Rajoy llegó a Moncloa con el mayor respaldo ciudadano desde Felipe González en 1982. No sólo eso, Rajoy llegó a La Moncloa gobernando simultáneamente en la mayoría de comunidades autónomas y ayuntamientos de España. En absoluto resulta disparatado afirmar que, desde que arrancara la democracia, jamás ningún hombre ha concentrado en sus manos tanto poder como Rajoy. Y como tal, como político omnipotente, ha utilizado ese poder para lo que cabía esperar: no para renunciar a él, no para ampliar las libertades de los españoles a costa de su absoluto imperium estatal, sino para tratar de salvaguardar la burbuja estatal gestada por Zapatero a costa de saquear impositivamente al conjunto de los españoles.

Estos tres años de Rajoy se resumen sintéticamente como un rotundo fracaso del antiliberalismo aplicado. Fracaso porque Rajoy ha sido incapaz de sentar las bases de una recuperación saludable: al contrario, fue Mario Draghi quien en 2012 sacó a España de la situación de pre-quiebra en la que se hallaba prometiendo una intervención ilimitada en los mercados financieros; antiliberalismo porque Rajoy sólo supo edificar su política económica sobre la base de una maximización de las subidas de impuestos y una minimización de los recortes del gasto agregado de las Administraciones Públicas.

Y es que Rajoy, como caballero negro de una tecnocracia grisácea y refractaria a las libertades individuales, jamás tuvo en su horizonte transformar radicalmente el modelo de Estado paternalista y omniabarcante que padecemos desde hace décadas. Su misión nunca fue la de plantear una ordenada transición desde el Estado de Bienestar a la sociedad de bienestar; ni siquiera tuvo el propósito de simplemente aplicar un moderado plan de choque dirigido a reconducir los excesos más insostenibles de ese clientelar bienestar estatal. Al contrario, Rajoy se ha esforzado durante estos tres años por apuntalar nuestrohiperEstado nutriéndolo de un sistema hiperimpositivo que ahoga a nuestras familias y empresas para oxigenar a nuestras burocracias tentaculares.

Pero Rajoy no sólo ha despedazado una oportunidad histórica para regenerar nuestras estatalmente corruptas instituciones sociales —liberalizando la economía, recortando intensamente el gasto, bajando impuestos, trasladando las pérdidas de la banca a sus acreedores mediante un bail-in, acometiendo una auténtica y profunda descentralización tributaria, separando drásticamente la función jurisdiccional del arbitrio político, renunciando a ejercer el matonismo gubernamental contra la prensa díscola, erradicando la estructural connivencia entre ciertas grandes empresas oligopolísticas y el BOE o arrebatándole la competencia educativa a las burocracias funcionariales para devolvérsela a los propios individuos—, sino que, al hacerlo, ha terminado legitimando una opción política que aspira a un degenerador control de tales instituciones sociales por parte de un Estado incorruptamente corruptor. 

El éxito de Podemos es inseparable del vaciamiento ideológico, del conformismo estatista, del latrocinio montoril, de estos tres años de Rajoy. Rajoy, al fusionarse en discurso y en prácticas con el PSOE, ha dado alas a una opción política que reivindica volver a dar lustre a un Estado de Bienestar que él fue tan incapaz de combatir intelectualmente como de engordar económicamente. Rajoy es por necesidad un fracasado tanto para quienes aspiran a ver incrementado el peso de la sociedad civil a costa del Estado como para aquellos que ambicionan a convertir a la sociedad civil en un campamento militar regentado por el Estado. Aquellos que dentro del primer grupo confiaran su voto a Rajoy allá por 2011 —haciendo gala de altas dosis de ingenuidad política— han engrosado militantemente hoy las filas de la abstención; aquellos que dentro del segundo grupo apostaran por Rajoy como un eficaz gestor capaz de poner orden al desaguisado zapateril han terminado refugiándose en los brazos de Podemos.

Bloqueada dentro del sistema la regeneración liberal de un régimen insalvable y fasciocomunista como fue la Transición, se ha acabado por buscar fuera del sistema una ruptura populista con el mismo para, paradójicamente, reivindicar un idéntico misticismo vanamente esperanzador como fue el encarnado por el “espíritu” de la Transición. Rajoy renunció a ser el gran reformador que necesitaba este país —acaso jamás aspiró a hacerlo, dados sus liberticidas antecedentes ideológicos— para convertirse en su trajeado sepulturero. El inmovilismo de Rajoy ha alimentado la movilización de Podemos; su mediocridad intelectual ha cebado el desnortado intelectualismo de Podemos; su impenitente y frustrante expolio contra las clases medias ha espoleado el discurso aristocida de Podemos. En suma, su fanático enroque dentro de la casta estatal ha contribuido a preservar el mito de que otro Estado más benevolente, más decente y más justo es posible: el mito de un Estado idílico que los Dioses de la oligarquía patria jamás entregarán a la castigada ciudadanía a menos que aparezca un prometeico salvador como Podemos.

Un trienio antiliberal, el de Rajoy, que, por desgracia, todo apunta a que irá seguido por una (como poco) década al menos tan ominosamente antiliberal. Como con Zapatero, lo peor de Rajoy no serán sus nefastos años de gobierno, sino su envenenado legado.

Once millones de españoles, atrapados en la trampa de la precariedad

Once millones de trabajadores españoles son precarios, es decir, están en una situación laboral peor de la que les gustaría. Es decir, once millones de españoles están produciendo menos de lo que querrían porque o están en el paro o sus contratos no cubren sus expectativas. La cuenta la ha hecho Florentino Felgueroso para Nada es gratis e incluye a parados, desanimados (ya no buscan empleo porque no creen que lo encontrarán), subempleados (trabajan a tiempo parcial porque no encuentran nada a tiempo completo) y temporales que están buscando un empleo fijo.

Es una cifra descomunal, que representa aproximadamente el 45% de la fuerza laboral española. En algunas regiones, la situación es dramática. Así, lo que podríamos denominar como tasa de precariedad se acerca al 60% en Andalucía, Canarias o Extremadura.

Las consecuencias de esta situación son muchas y muy graves. Para empezar, tiene un impacto directo en la productividad. Un trabajador que no encuentra empleo o sólo encadena contratos temporales será mucho menos eficiente que uno fijo. Ni la empresa se querrá gastar un euro de más en su formación (para qué, si se va a ir en unos meses), ni sus opciones de crecer dentro de la estructura de la compañía serán muy elevadas (nadie asciende a un empleado temporal), ni los pocos meses que pase en cada puesto le servirán para consolidar una experiencia valiosa en ningún sector. Al final, una larga temporada con contratos temporales se traduce también en sueldos más bajos, una situación que se arrastrará durante toda la vida laboral, incluso cuando se consiga el Santo Grial del contrato indefinido.

De esta manera, lo que se planteó en sus orígenes como una puerta de acceso al mercado laboral (un contrato por unos meses para que la empresa analizase si el trabajador se ajustaba a sus necesidades), se ha convertido en una trampa sin salidas. El número de treintañeros y cuarentones que no han conocido la estabilidad en su carrera laboral se dispara, con las implicaciones para toda su vida, no sólo profesional: ¿quién se atreve a emanciparse con un contrato de seis meses? ¿y a casarse o tener hijos?

Y esta situación tampoco es buena para la empresa. Por un lado, por el asunto de la productividad que hemos comentado. Pero es que además, la dualidad tiene unas implicaciones muy importantes en las decisiones empresariales. En España, lo más habitual cuando vienen mal dadas es aplicar la regla LIFO (last in, first out); es decir, ante cualquier revés en el negocio, los empresarios tienden a deshacerse de los recién llegados temporales, sólo porque su despido es mucho más barato, sin tener en cuenta la calidad de su trabajo en comparación con la de sus compañeros. Vamos, que es normal echar al bueno y quedarse con el malo, con las consecuencias que cualquiera puede imaginar.

Trabajadores precarios en España 2007-2013

De hecho, como explica el profesor Felgueroso, si nos ponemos puristas, la cifra incluso podría ser mayor. Por un lado, tenemos el caso de los falsos autónomos: personas dadas de alta como trabajadores por cuenta propia pero que realizan el 100% de su actividad para una empresa (y lo hacen de forma involuntaria). También está el caso de los falsos fijos, con uno de los nuevos contratos para el fomento de la contratación indefinida, que permiten el despido libre durante un año, y que saben que no renovarán este contrato. Y todo esto por no hablar de los cientos de miles de exiliados por la crisis.

CUADRO 2 CCAA FELGUEROSO

Precarios por CCAA

¿Por qué?

Con este planteamiento, la primera pregunta que uno es hace es ¿por qué ocurre algo que no interesa a nadie, ni empresas ni trabajadores? La respuesta está en la legislación laboral española, que establece una enorme diferencia entre fijos y temporales.

Cuando a un empresario le van las cosas bien, lo lógico es que se plantee mejorar las condiciones laborales de sus empleados: bien contratando más para hacer frente a los nuevos pedidos, haciendo fijos a los temporales o subiendo sus salarios para evitar que se vayan a la competencia. Sin embargo, en España existe un freno: el empresario sabe que cualquiera de estas decisiones se volverá en su contra si las cosas salen mal. Por ejemplo, si seis meses después de haber convertido un contrato fijo en temporal se le cae el 10% de la facturación y debe despedir, el coste será mucho más elevado que si hubiera dejado el contrato temporal. Y lo mismo vale para las nuevas contrataciones o las subidas de sueldo. Así, un empresario tiene que estar muy seguro de lo que hace, porque se la juega. En esta crisis, ha habido miles de pymes que han quebrado o que han estado a punto de hacerlo sólo por los costes del despido.

Imaginemos una empresa de 12 trabajadores. Se cae la facturación un 25% debido a la crisis. Lo normal es que tenga que despedir a 3-4 de sus empleados. Pues bien, la indemnización a estos puede ser una carga imposible de asumir para la empresa (no han sido una ni dos las que han tenido que liquidar activos para pagar la indemnización). Y no olvidemos que, además, esta hipotética empresa se encuentra en su peor momento, con un descenso importante de los ingresos. Ante esta eventualidad, el empresario se protege contratando lo mínimo, haciéndolo de forma temporal salvo que no le quede otro remedio y ajustando el salario al máximo, porque con éste se calculará la indemnización.

El resultado final es que el que ya hemos visto. La empresa no crece, su productividad se resiente y sus trabajadores no están contentos y no consolidan una carrera profesional estable. El problema es que las cifras de las últimas EPA muestran que esta tendencia se consolida. La reducción del paro viene en buena medida a través de contratos temporales o a tiempo parcial.

La reforma laboral de 2012 supuso un cambio profundo en la flexibilidad interna de las empresas y en la negociación colectiva, pero en cuanto a la dualidad prácticamente no se avanzó nada, apenas una mínima reducción en los costes del despido, que siguen siendo mucho más bajos para los temporales que para los indefinidos. La semana pasada, el Servicio de Estudios del BBVA lanzó una propuesta de reducción de modalidades de contratación (con un fijo que se usaría por defecto para el 99% de los casos) y mochila austriaca parcial (ocho días por año trabajado). Va en la línea de lo que han propuesto Fedea y otros organismos desde hace años. Las críticas no se hicieron esperar, desde los partidos y los sindicatos de todo signo. A los once millones de precarios nadie les explicará que puede que buena parte de su situación se deba precisamente, a todas esas normas que les dicen que están ahí para protegerles.

El feminismo no es igualdad: es odio

La humanidad ha conseguido construir un artilugio que ha viajado 6.500 millones de kilómetros durante sus diez años de vida para alcanzar un cometa de sólo 25 kilómetros cúbicos de volumen y aterrizar en él. Un viaje alucinante que ha llevado veinte años de trabajo a los ingenieros y científicos de la Agencia Espacial Europea (ESA). Pero lo importante no es el logro alcanzado. No. Lo importante es que uno de los principales responsables del proyecto, el doctor en Física Matt Taylor, llevaba puesta una camisa "sexista" durante el aterrizaje de Philae en el cometa.

No es que las elecciones estéticas de Taylor se parezcan mucho a las mías, ni en la dichosa camisa, bastante hortera por cierto, ni en los tatuajes, que me horripilan cosa mala. Aunque la polémica prácticamente no ha llegado a España, en el ámbito anglosajón el escándalo feminista ante la camisa, que básicamente consiste en un conjunto de dibujos tipo cómic de mujeres con ropa ajustada, ha incendiado las redes sociales y llegado a los grandes medios. Tan brutal ha sido la reacción que el científico ha terminado pidiendo disculpas entre lágrimas. Los dos minutos de odio que el feminismo ha desatado contra él han convertido el punto culminante de su carrera en una campaña de acoso contra él, arruinando un momento que debía ser uno de los más felices de su vida.

El espíritu del linchamiento ha quedado perfectamente reflejado en un titular de la web de tecnología The Verge: "No me importa si has conseguido aterrizar una nave espacial en un cometa, tu camisa es sexista y es excluyente". No importan los logros, por más extraordinarios que sean, sino tu sumisión al dogma, por más estúpido que sea, y lo es siempre. Es una técnica que las distintas corrientes de lo políticamente correcto han conseguido dominar con maestría. La excusa da igual, puede ser la camisa de Matt Taylor como que un tipo que se hizo rico partiendo de la nada done 20 millones de euros a Cáritas. Las hordas se lanzan a las redes sociales, generalmente incitadas por periodistas o artistas progres, guardianes sempiternos de la ortodoxia como el Gran Wyoming, a ver quién lanza el insulto más gordo, hasta que consiguen doblegar a su objetivo. George Orwell se equivocó. No hace falta un poder omnímodo para que la plebe desate sus iras contra el objetivo deseado.

A estas feministas de salón y sus tontos útiles les preocupa el enorme impacto que sin duda tendrá una camisa en la decisión de las adolescentes de todo el mundo de enfocar su carrera hacia la ciencia y la ingeniería. Eso sí, se callan el tratamiento brutal de la mujer en las sociedades islámicas y los problemas reales que causa a mujeres de verdad en todo el mundo. Porque lo suyo no consiste ya en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, sino en el odio, puro y simple, contra los hombres. Da lo mismo que la camisa fuera diseñada por una mujer para regalársela por su cumpleaños, o que no exista el más mínimo indicio de que en su vida haya hecho nada contra ninguna mujer. Taylor es un despreciable machista y debe ser recordado por eso. Si esta gentuza hubiera tenido la oportunidad en 1969, Neil Armstrong no sería recordado por ser el primero en pisar la Luna, sino por ser hombre y haber dicho "mankind" en lugar de"humankind".

Ana Pastor acaba en 50 minutos con el mito de Pablo Iglesias

El flamante secretario general de Podemos se sometió anoche al tercer grado de la periodista Ana Pastor y lo confesó todo. En caso de llegar a la Moncloa confesó que no sabe de dónde va a salir el dinero para financiar todo lo que promete, que no va a implantar una renta universal, que no va a hacer una "auditoría ciudadana de la deuda", que no va expropiar las viviendas a los bancos y que no va a hacer un referéndum sobre monarquía o república, que son las cosas que venía afirmando con total tranquilidad hasta que la Pastor lo cogió anoche por banda y le dijo, "ven pacá y siéntate, que vas a ver lo que le hago yo a los de la casta como tú, chaval".

La entrevista de Ana Pastor le ha quitado a Podemos más votos que si hubieran pillado a Monedero y Errejón en un banco de Suiza en compañía de cualquiera de los Pujol. Y no porque la presentadora de La Sexta tenga una especial animadversión hacia el partido de Iglesias y lo que representa -más bien todo lo contrario-, sino sencillamente porque se atrevió a hacerle las preguntas que nadie le ha hechohasta ahora y a enfrentarlo con las cosas que decía cuando aún no iba a ser presidente de este "país de países", que es como Iglesias se refiere a España.

Anoche Iglesias se nos hizo mayor y empezó a comprender que lo de ir por los platós de televisión acusando a la castuza de robar a las ancianas desvalidas como argumento electoral sólo funciona por un tiempo limitado. Tarde o temprano llega el momento de explicar qué es lo que se quiere hacer para que "el país de países" recupere la dignidad y se corre el riesgo de quedar como un indocumentado, que es justamente lo que le ocurrió anoche al ayatolá de Podemos.

Valga como ejemplo el asunto de la "auditoría ciudadana de la deuda", un mantra repetido hasta el aburrimiento por los pablemos, según el cual era fundamental dar a los ciudadanos la posibilidad de decidir qué parte de la deuda pública hay que pagar y qué parte no. Pues bien, ahora resulta que la "auditoría ciudadana", bálsamo que acabaría con casi todos nuestros problemas, va a ser una auditoría de las de toda la vida, a la que los ciudadanos podrán tener acceso a través de internet si es que quieren leer el resultado una vez esté acabada. O sea, que la gente aquí no va a auditar nada, sino los técnicos nombrados por Iglesias, que son los que saben de estas cosas y los demás a callar.

La larga entrevista tuvo momentos gloriosos en los que Ana Pastor le atizó a Iglesias varias raciones de hemeroteca. Hasta ahora nadie le había puesto los vídeos en los que se deshace en elogios a Hugo Chávez, propone a Venezuela como modelo a seguir, pide sacar a los etarras a la calle o afirma que la mera existencia de medios de comunicación privados es un ataque a la democracia. Iglesias no pudo ofrecer ninguna explicación inteligible para justificar esas ideas en un país europeo en pleno siglo XXI, así que quedó como lo que realmente es, ni más ni menos, que es el mejor servicio que el periodismo puede hacer a la democracia.

A Iglesias anoche lo apabullaron en directo y sólo le faltó huir del plató en plena entrevista como otra Iglesias, Chabeli, aquella vez que la llevaron al programa Tómbola en Canal Nou. Con Jesús Cintora en las mañanas de Cuatro, esto nunca le habría pasado.

Ganas de llorar por Venezuela

La música de Beethoven irrumpe en la sala Simón Bolívar del Centro Nacional de Acción Social por la Música bajo la dirección del gran maestro Gustavo Dudamel. Por un momento olvido que esto ocurre en la misma ciudad, Caracas, donde el pasado fin de semana fueron asesinadas 31 personas. Dan ganas de llorar con la fuerza sobrecogedora de la Quinta Sinfonía, pero también dan ganas de llorar por Venezuela, dividida por el odio, acosada por la violencia, gobernada dictatorialmente por quienes abusan del nombre de Bolívar.

Hacía 43 años que no visitaba Venezuela. Estuve allí en 1971, cuando era el país más rico de América Latina y una democracia aún joven pero que llamaba la atención en una región cada vez más golpeada por las dictaduras. Por entonces yo vivía en aquel Chile que aceleradamente se precipitaba en la división y el caos que terminarían desencadenando el golpe militar de 1973. En ese tiempo, el ingreso per cápita de los chilenos era menos de la mitad del de los venezolanos, y las tiendas, edificios y automóviles de Caracas no podían sino asombrar a ese joven chileno de 21 años que yo era por entonces.

Hoy todo es al revés. Chile es una admirada democracia y el país más próspero de América Latina, mientras que la economía de Venezuela se hunde, su sociedad se despedaza en conflictos internos y su democracia ha sido transformada en un cascarón vacío después de casi 16 años de gobierno populista autoritario. Caracas ya no irradia progreso sino inseguridad, desabastecimiento, mercado negro y el espectáculo triste de sus miserables ranchos en barrios cada vez más dominados por los delincuentes o por las bandas armadas chavistas conocidas como colectivos. Es un poco como volver al Chile de comienzos de los 70. 

¿Qué pasó para que la situación de Chile y Venezuela se invirtiese de tal manera? En lo referente a Chile, se trata de una combinación virtuosa de la economía abierta de mercado creada bajo la dictadura militar con una democratización muy exitosa, basada en amplios consensos y gobiernos alejados de la tentación populista. Así, en 30 años Chile más que triplicó su ingreso per cápita, redujo drásticamente la pobreza y se transformó en una sociedad de clase media, cuya modernidad y progreso son un ejemplo para América Latina.

Venezuela, por su parte, cayó en un círculo vicioso que transformó su enorme riqueza exportadora en una verdadera maldición que ha terminado desquiciando y empobreciendo al país. Los ingresos petroleros dieron al Estado un papel central en la sociedad venezolana como el gran redistribuidor de una renta a la cual todos querían acceder. Este protagonismo del Estado se agudizó con la nacionalización del petróleo y los aumentos de su precio, que multiplicaron la renta petrolera de una manera asombrosa. Surgió así una sociedad cada vez más dependiente del Estado y organizada en torno al reclamo, es decir, volcada a reclamar y vivir del favor del Estado.

Este desarrollo fomentó esa complicidad entre política y economía que es tan común en América Latina y que termina corrompiendo tanto al Estado como al sector empresarial. Así, se creó una estructura económica cerrada y deformada, donde los ingresos petroleros servían para subsidiar y proteger a un sector productivo ineficiente, que sólo podía prosperar dentro de un mercado nacional cautivo. La crisis económica de comienzos de los años 80 puso en evidencia las debilidades de este modelo petrodependiente de desarrollo, abriendo una larga fase de deterioro económico y aumento de la pobreza.

Paralelamente se resentían la democracia venezolana y los partidos que la sustentaban. Su incapacidad para enfrentar los graves problemas que aquejaban al país le fueron restando apoyo popular, creándose así las condiciones para el surgimiento de Hugo Chávez con un discurso de condena al conjunto del sistema político imperante en nombre de aquellos que se sentían ignorados y marginados.

Con el ascenso de Chávez al poder se agravaron radicalmente los males de Venezuela. Sus propuestas no fueron sino una profundización extrema del estatismo y el rentismo, pero ahora puestos al servicio de la construcción de un poder personal que pronto arrasaría con el Estado de Derecho y las libertades fundamentales. Era la personificación del ogro filantrópico del que nos habló Octavio Paz, pero premunido de unos ingresos petroleros que por los precios en alza pronto alcanzarían niveles extraordinarios. Ello le permitió desplegar un asistencialismo gigantesco, creando así sus bases cautivas de apoyo que movilizaría con ayuda de su carisma y su control de los medios de comunicación.

Hoy el gran caudillo es parte de la historia, y las dificultades de sus sucesores para mantener el control del país son evidentes. Al caos y la violencia se suman los precios decrecientes del petróleo y un pueblo cada vez más cansado del desgobierno y la falta de libertades. La hora final de la dictadura chavista parece no estar lejos, y en su caída puede que también arrastre a la dictadura cubana, altamente dependiente de las dádivas venezolanas.

Esta es la triste pero aleccionadora historia de la Venezuela contemporánea. Así está terminando su apuesta por el rentismo, el Estado desmesurado y los caudillos. Chile, en cambio, apostó por los emprendedores, el esfuerzo personal y un capitalismo abierto, por el Estado de Derecho y la seriedad política. Ojalá que el ejemplo de Venezuela sirva para recordar a los chilenos cómo terminan los socialismos, ya sean del siglo XX o del XXI.

La biblioteca virtual de Mauricio Rojas
 

La gente no es idiota: los liberales tenemos que bajarnos de nuestra atalaya y convencerles

Entre los liberales españoles circula un chiste que asegura que todos los seguidores de Adam Smith, Milton Friedman o Friedrich Hayek entrarían en un taxi. Y que además no se hablarían, porque cada uno pensaría que el otro no tiene la pura raza liberal acreditada.

Para explicar cómo termina esta historia, María Blanco, doctora en Ciencias Económicas y Políticas, profesora de la Universidad San Pablo-CEU y colaboradora habitual de En Casa de Herrero, publica estos días Las tribus liberales. Una deconstrucción de la mitología liberal (Deusto).

Libertarios, anarcocapitalistas, austriacos, minarquistas,… Políticos, pensadores y think-tanks. Clásicos y modernos. Todos tienen su espacio en un relato que intenta acercar al gran público las diferentes corrientes del liberalismo, con una atención especial a las tribus españolas. Esta semana, Libre Mercado hablaba con María Blanco. Su optimismo es desbordante. Incluso en tiempos como éste, se le nota que cree en la fuerza de sus ideas liberales y en que finalmente triunfarán. Para los escépctios, hay que recordar que la Escuela de Salamanca (Juan de Mariana, Domingo de Soto, Francisco de Suárez,…), probablemente el primer foco de liberalismo organizado del mundo, nació en España. No todo está perdido. 

– Su libro se titula ‘Las tribus liberales’. ¿Cómo puede ser que habiendo tan poquitos liberales haya tantos enfrentamientos y tantas etiquetas?

– Una de las características del liberalismo es que no es un movimiento político. En todos los países hay partidos políticos de izquierda, derecha, centro izquierda, izquierda radical,… Pero no existe esa misma tradición en lo que hace referencia a los liberales. Nosotros somos más bien una corriente de pensamiento. Y eso hace que tengamos más libertad, que no tengamos las cadenas ni los peajes de una organización política a la hora de sacarnos los colores. Como no tenemos una fecha de elecciones o tenemos que presentarnos haciendo un frente común, no disimulamos nuestras diferencias, aunque son las mismas que existen en las organizaciones políticas o en

otros grupos. Lo mismo sucede en todos los partidos de dercha e izquierda, pero de forma oculta.

– ¿Y esto pasa sólo en España?

– Sé que hay determinados países en los que también hay estas diferencias. En España es relativamente normal. Es como aquel chiste que dice que si van cinco españoles a un bar a pedir un café cada uno pedirá uno diferente.

– Pero quizás el mensaje que le llegue al público es que discutimos sobre pequeñeces en vez de enfatizar aquello en lo que tenemos en común: que queremos menos intervencionismo público y más libertad.

– Creo que en cierto sentido tienes razón. Aunque sí somos capaces de unirnos frente a la intervención, tenemos que hacer más hincapié en lo que nos une que en lo que nos diferencia. De todas formas, hay cosas que pueden parecer pequeñeces o matices, pero para algunas personas son cuestiones de principio muy relevantes. No me parece mal plantearlo, no tanto para enfrentarnos, sino para que la gente pueda escoger su postura libremente. Me parece muy importante que se delimiten los conceptos. Además, creo que es un orgullo estar en una trinchera en la que nos preocupa poner valientemente las cuestiones intelectuales encima de la mesa, aunque discrepemos. Eso es algo que no hacen muchas otras corrientes intelectuales. Es un acto de valentía.

– De hecho, a los liberales les atacan por ello.

– Para los partidarios de la intervención es mucho más fácil lanzar mensajes muy sonoros, que enganchan a la gente pero son falsos. Y nos señalan a nosotros, que vamos en la búsqueda de la verdad. Dicen: ‘Miran esta panda que son tres y encima discuten entre ellos’. Te atacan y lo que es una virtud aparece como si fuera un fallo.

– La idea de libertad es muy poderosa, ¿cómo puede ser que no hayan logrado hacerla más atractiva? ¿Por qué a los liberales se les asocia con tantas ideas negativas: egoísmo, falta de empatía por el ser humano, desprecio de los pobres,..?

– Es una de las grandes preguntas que siempre me hago y que nos tenemos que hacer todos. Uno de los puntos de partida antes de enfrentarme a esa cuestión ha sido bajarme del pedestal y mirarme los fallos, como cuanto te pones delante de un espejo de gran aumento y te ves todos los poros de la piel y las arrugas. Es necesario y no siempre lo hacemos. Lo primero que habría que hacer es un acto de humildad. Muchas veces nos resulta muy fácil recluirnos en nuestra torre de marfil y empezar a pontificar desde allí.

– El liberalismo tiene mucha teoría y poca práctica…

– Todo el mundo sabe que me meto mucho con los políticos, especialmente con aquellos que se han vestido con el ropaje liberal y luego no han sido consecuentes. Pues bien, el otro día, un amigo de Guatemala me reñía y me apuntaba algo que es completamente cierto. Me decía que es muy injusto que los profesores seamos capaces de señalar todo el tiempo lo que está mal y lo que está bien cuando no tenemos que exponernos con nuestros actos y los políticos sí. Forma parte de la humildad de la que te hablo decir: ‘Vamos a bajarnos de esa atalaya’.

No podemos mantener ese discurso de ‘Es que la gente es idiota’, porque la gente no es idiota. Si decimos ‘Es que la gente se deja convencer’, entonces nos tendremos que preguntar, ‘¿Por qué la gente se deja convencer?’ Pues porque lo necesita y nosotros no estamos ahí para responderles.

– ¿Comunican los liberales muy mal?

– El código de comunicación es muy importante. Para el común de los mortales, para la señora que va a nuestro lado en el metro, algo hemos hecho mal. Estamos comunicando mal. No puede ser que ellos sean idiotas. Es una de las cosas que tenemos que plantearnos.

– De hecho, el liberalismo moderno parece refugiado en el utilitarismo, pero no lucha las batallas de fondo. Le vale con decir que en los países más liberales la calidad de vida es superior, pero deja el campo de las ideas al intervencionismo.

– El utilitarismo es como un boomerang. Puedes utilizarlo hasta que aparece un socialista inteligente, que utiliza el mercado con mucho arte, da un capotazo de mercado y dos de intervención. El utilitarismo debe ser un plus, pero nada más que un plus.

– De hecho, mucha gente asocia liberalismo con economía, como si no existiera nada más dentro de la filosofía liberal.

– Hay que entender que la economía es una de las mayores preocupaciones de la gente de la calle. Pero cuidado, los orígenes del liberalismo están en filósofos que se preocupaban especialmente por temas éticos y jurídicos. Es verdad que lo que nos afecta todos los días es la gestión de los bienes públicos o los impuestos. También es cierto que muchos de los pensadores liberales que más han brillado han hablado fundamentalmente de temas económicos. Pero no se comprende lo que es el liberalismo si se pierde la perspectiva ética. El ser humano tiene un componente ético muy fuerte.

Creo que si nos han ganado en parte la batalla los partidarios de la intervención es porque al no hacerle tanto caso a los aspectos éticos hemos dejado que nos roben palabras clave: social, lucha contra la pobreza, igualdad de oportunidades,… Todos ellos son objetivos tradicionales del liberalismo. Fueron los mercantilistas los que se juntaron con los ricos y los gobiernos. Por eso, la defensa de una economía liberal debería ser acompañada de una ética liberal que consista en no vivir a costa de los demás.

La mentira como arma política

Jonathan Gruber, profesor de Economía en el MIT y principal arquitecto del Obamacare, ha terminado reconociendo lo que muchos sospechaban: la formalidad democrática esconde una tiranía tecnocrática que no duda en socavar las libertades individuales en el altar de la ingeniería social. Atiendan si no a sus recientesdeclaraciones:

La ley [el Obamacare] se escribió de una manera enrevesada para evitar que la CBO denominara tributario al mandato individual. Si la CBO hubiese calificado al mandato de impuesto, la ley habría muerto. Así que la escribimos de tal forma que lo evitáramos (…) La falta de transparencia es una gran ventaja política. Y el Obamacarees algo que tenía que ser aprobado, y esa falta de transparencia fue crítica para que la ley resultara aprobada debido a –llámalo como quieras– la estupidez del votante americano.

Quedémonos, sin embargo, con la frase central de su perorata: "La falta de transparencia es una gran ventaja política". Es decir, la mentira –o la ocultación de la verdad– es una esencial arma política. Los españoles somos bien conscientes de ello: Mariano Rajoy llegó al poder con la promesa de que bajaría los impuestos para así poder convertirse en el presidente del Gobierno que más los ha subido en toda nuestra historia. Ahora mismo, Podemos está dulcificando y diluyendo su discurso con exactamente el mismo propósito: no porque se hayan transformado súbitamente en ponderados centristas que apenas aspiren a barrer los escombros del régimen del 78, sino porque aspiran a tomar el cielo por asalto. Y su cielo es el poder absoluto.

A la postre, el poder, entendido como dominación política, se basa en última instancia en el dócil sometimiento de los ciudadanos. Ya lo proclamó Étienne de La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, o el propio David Hume al cuando afirmó:

Como la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse más que en la opinión. La opinión es, por tanto, el único fundamento del Gobierno.

La clave para alcanzar y retener el poder es controlar la opinión pública, a saber, la clave del poder es la propaganda. No hay más. Por eso Münzenberg y Goebbels fueron piezas clave en la construcción de la hegemonía política de sus respectivos totalitarismos y por eso las campañas electorales, los debates parlamentarios o las tertulias televisivas devienen meros espectáculos circenses vacíos de contenido cuya única misión es embaucar al votante para ulteriormente defraudarlo y tiranizarlo.

Esa es la perversa e inexorable lógica de un modelo de relaciones sociales basado en la coacción, en la dominación de unas voluntades sobre otras: la necesidad de un continuado embuste estratégico para imponer a los demás la propia agenda política recortando sus libertades. Sólo la generación de un masivo Síndrome de Estocolmo que legitime el ilegítimo uso unilateral de la violencia permite que los siervos justifiquen su servidumbre y no se rebelen contra su carcelero.

En este sentido, la tarea del liberalismo resulta doblemente complicada: no sólo se trata de persuadir a la gente, sino de persuadirla sin mentiras y sin ocultarle la verdad. El liberalismo no aspira a tomar el poder por el poder: al contrario, el liberalismo aspira adevolver el poder a la sociedad, a los individuos. Por eso al liberalismo no le vale un apoyo popular ciego o inconsciente: si la gente aupara al poder a un partido liberal sin que, al tiempo, esa misma gente deseara mayoritariamente romper con las cadenas estatales, el fracaso sería estrepitoso: no se puede obligar a la gente a ser libre y a vivir fuera de la cárcel estatal cuando mora confortablemente en ella.

A diferencia de los partidos políticos al uso, el liberalismo ni puede ni pretende transformar la sociedad de arriba abajo, sino cambiarla de abajo arriba: no mediante la maquiavélica mentira sino mediante la sincera persuasión de los ciudadanos. Por eso la batalla de las ideas liberal es lenta y plagada de fracasos, mientras que la reconstrucción de la hegemonía estatal es persistentemente adaptativa: unos luchan contra el statu quo con un discurso impopular mientras que los otros consolidan el statu quo valiéndose en cada momento de las mentiras que resulten más digeribles.

Como en tantos otros asuntos, resulta difícil explicarlo mejor queLudwig von Mises:

La aportación más profunda y fundamental del pensamiento liberal es que son las ideas las que constituyen la base de todo el edificio de la cooperación humana y que ningún orden social puede ser verdaderamente duradero cuando toma como base ideas falsas y erróneas. Nada puede sustituir a una ideología que promueve el valor de la vida humana defendiendo la cooperación social: en especial, las mentiras –llamémosles tacticismo, diplomacia o compromiso– no pueden sustituir a esa ideología. Si los hombres no están dispuestos a hacer voluntariamente lo que deben hacer para mantener la sociedad y el bien común, nadie podrá recolocarlos en el buen camino mediante las más variadas estratagemas y artificios. Si se equivocan y extravían, uno debe esforzarse por convencerlos y sacarlos del error. Pero si se empeñan en persistir en el error, entonces nada puede evitar la catástrofe. Todos los trucos y las mentiras de los políticos demagogos serán acaso útiles para promover la causa de aquellos que, de buena o mala fe, pugnan por destruir la sociedad. Pero la causa del progreso social, la causa del desarrollo e intensificación de los lazos sociales, no puede ser defendida mediante mentiras y demagogias. Ningún poder terrenal, ninguna astuta estratagema y ninguna conveniente mentira triunfarán a la hora de lograr que la humanidad acepte unas ideas a las que no reconoce validez y que incluso desprecia abiertamente.