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La 2 quiere que siga habiendo pobres

Le ha dado el altavoz más grande que tenía a mano a una colección de trogloditas dispuestos a cargarse las bases de la civilización occidental, decididos a impedir que avancemos hacia una sociedad en la que la libertad del individuo traiga prosperidad para todos. Menuda selección: Carlos Taibo, Manu Chao, José Bové, Susan George, Vittorio Agnoleto, Ignacio Ramonet, María José Fariñas, Federico Mayor Zaragoza, Ramón Fernández Durán, Giovanni Sartori o Jeremy Rifkin son algunos de los más destacados.

El programa está concebido como una lluvia de meteoritos que al caer sobre la mente del espectador lanzan el sencillo mensaje: el neoliberalismo y la globalización matan.

El primer tema fue la pobreza. Carlos Taibo cuenta que "no podemos permitir que la gente se muera de hambre en muchas partes del planeta por razones relacionadas con el egoísmo". Para Taibo ese egoísmo no es otro que las reglas del sistema liberal. Después, José Bové, el quemador de hamburgueserías (se rumorea que ha sido contratado por Elena Salgado para trabajar en Burger King), nos cuenta eso de que el 80% de la riqueza está en manos del 20% de la población. Estos dos lumbreras no se han planteado que a lo mejor resulta que la riqueza se produce allí donde existen relaciones libres, mientras que en los países en los que al ser humano no se le permite perseguir los fines que considera más urgentes, debido al intervencionismo social que ellos defienden, es imposible prosperar. La riqueza no está dada sino que se crea. Pero ellos siguen empeñados en hablar de ella como si de un pastel se tratara. Estos autoproclamados defensores de los pobres son en realidad defensores de la pobreza y del gran poder político, siempre que esté en sus manos, claro. Entre sus adoradas infamias se encuentra la vergonzosa política agraria de la Unión Europea, que impide a los habitantes de muchos países pobres salir adelante gracias al comercio libre. Y no ven la contradicción.

A partir de este punto se suceden las consignas. "El neoliberalismo construye gigantescos muros para detener la inmigración". Resulta curioso observar que los sistemas que defienden estos fanáticos liberticidas construían y siguen construyendo enormes muros para evitar que la gente pueda salir de sus países-cárcel. El hambre que sus políticas económicas ha regado por el mundo impulsa a millones de individuos a alcanzar países con mayores cotas de libertad. Sí, ante esta situación, algunos países erigen grandes barreras a la inmigración. Pero suelen ser precisamente los menos liberales y los más influidos por los lobbys sindicales.

La globalización se resume como un proceso injusto que expolia lo mejor de los países pobres y deja allí lo peor de nuestra sociedad. No entienden que la globalización sólo otorga oportunidades y que cada cual decide si las toma o las deja. Los intercambios se producen cuando todas las partes que intervienen salen beneficiadas. Por eso, la historia de la globalización, de ese proceso que multiplica las posibilidades de intercambio, es la historia del mayor incremento de la calidad de vida jamás experimentado sobre la tierra para aquellos que han participado en él.

Taibo participa en esta fase de la operación propagandística advirtiendo que si uno piensa que la deslocalización tiene un efecto positivo para los países pobres a los que se trasladan las empresas, no están viendo la realidad tal como un taibanés la debería ver. Donde la gente sensata y realista ve un beneficio para el país pobre, un taibanés ve un "designio descarnado de acumular más beneficios". A esta gente no hay quien la entienda. Dicen que las empresas que se van no crean riqueza en el lugar en el que se instalan pero montan grandes manifestaciones cada vez que una quiere irse de aquí. Por cierto, ¿dónde estaban estos especimenes cuando las multinacionales dejaban sus países de origen para instalarse en España?

Giovanni Sartori intentó convencer al telespectador de que China representa la catástrofe para Europa y que el modelo americano no funciona. Así que, ¡seamos felices en el Estado del Malestar! En cambio, Vittorio Agnoleto, del Foro Social, es algo menos sutil y anima a todos los televidentes a organizarse contra el capitalismo y las multinacionales.

Y son éstas, las multinacionales y las grandes empresas en general, las culpables de casi todos los males del planeta. A juzgar por los ataques de Ramonet a WalMart, ésta debe ser la peor de todas. ¿Será porque la cadena de supermercados ha incrementado sustancialmente el nivel de vida de millones de familias de clase media y baja en los Estados Unidos? A este hombre eso de que el mercado mejore las condiciones de vida de forma tan clara no le gusta. Lo que seguro que le gustaría sería verse en el cargo de superintendente general de miles de comedores obligatorios que, como ocurre con la sanidad pública, costarían un ojo de la cara y a cambio recibiríamos una comida de vergüenza. Mientras esta pesadilla no se haga realidad disfrutemos de los precios "siempre bajos" de las grandes cadenas de distribución como WalMart.

Lo cierto es que como reza el lema del programa, otro mundo es posible. Y es que no hay necesidad de avanzar por la senda totalitaria que se vislumbra en las recomendaciones de los expertos antiglobalización. Otro mundo es posible en el que los individuos sean libres y responsables de sus acciones. Un mundo donde el proceso de cooperación social del mercado libre promueva la prosperidad global, donde el único uso legal de la fuerza sea el defensivo y donde la justicia no sea un juego en mano bandas políticas sino un sistema que gire en torno al respeto de la propiedad privada y la vida de las personas. Ese mundo es posible y saludable, pero no lo anuncian en la televisión pública española.

Milton Friedman en tres historias

Sería la primera escena de una película que narrara toda una transformación. La escena estelar de esta historia sería su primer discurso como presidente de la American Economic Association, con el modesto título de "El papel de la política económica", en 1968. Quienes le escucharon, y luego quienes le leyeron, vieron como la curva de Phillips se empinaba hasta quedar vertical. A largo plazo, nadie osó transitarla. ¿Eso qué quería decir? Que el desempleo dependía de fenómenos reales y no de los vaivenes de la demanda agregada.

Es decir, que había acabado con el keynesianismo. Ese mismo 1968 declaró lo siguiente: "En un sentido, todos somos ahora keynesianos. En otro, ya nadie lo será jamás. Todos utilizamos el lenguaje y los aperos keynesianos; ninguno de nosotros aceptamos ya las primeras conclusiones keynesianas."

La segunda historia también comienza en la Segunda Guerra Mundial. El economista aporta su ingenio al esfuerzo aliado contra el nacionalsocialismo. Y para ayudar a la Hacienda a cobrar propone las retenciones del sueldo, para que el pago de los impuestos sea, en realidad, una liquidación de lo que se ha ido cobrando a cuenta. En su autobiografía diría que "nunca se me ocurrió en aquel momento que estaba ayudando a desarrollar la maquinaria que haría posible un gobierno al que luego iría a criticar por ser demasiado grande, demasiado invasivo, demasiado destructor de nuestras libertades".

La tercera historia es posterior. Richard Nixon ha puesto en marcha un fabuloso plan de intervenciones y controles de precios que, entre otras cosas, provocaban largas colas en las gasolineras. Refiriéndose a un asesor suyo, Nixon le dijo a Friedman: "no culpes a George Schultz por esta monstruosidad". Le respondió: "No culpo a George. Le culpo a usted, señor presidente".

¡Que nos quedamos sin recursos!

No es una profecía reciente, este mensaje hace más de 200 años que se va repitiendo y, evidentemente, nunca se ha cumplido.

La vía forzosa a la que nos quieren someter los oligarcas políticos para salvarnos pasa por el uso "eficiente y racional" de la producción y la ralentización del progreso económico. Curiosamente, los que abogan por este autarquismo primitivo se hacen llamar "progresistas"; qué contradicción.

Es sorprendente ver como los burócratas quieren planificar la economía privada y a sus consumidores en aras de la eficiencia y la racionalidad, dos términos que como nos ha mostrado la historia son incompatibles con el Estado. La Unión Soviética era el país de la eficiencia y racionalidad socialista, por eso desapareció sumida en la miseria.

Para estos visionarios épocas de economía sostenible son todas aquellas anteriores al capitalismo como la edad media o sistemas tan racionales como el cubano.

En realidad, antes de la era capitalista las hambrunas, epidemias y épocas de carestía se repetían cíclicamente; el capitalismo las erradicó gracias a esta anarquía de la producción que tanto criticaron personajes como Marx; y es que los actuales alarmistas no hacen más que un refrito de Marx. Él también criticó duramente la opulencia de la producción capitalista vaticinando que esta anarquía productiva acabaría con el propio capitalismo. De esto hace más de 150 años y sólo hemos mejorado. ¿No le parece este destructivismo marxista una tesis muy actual? ¿O tal vez es la actual la que es vieja? Sea como quiera ser, el "profeta" socialista se equivocó como ocurrirá con los actuales redentores del control y subordinación estatal.

Fíjese por ejemplo que los antiguos griegos comían una vez al día y solían comer sólo cereales, costumbre muy sostenible pero poco saludable. Gracias a la revolución capitalista ahora comemos tres veces o más al día, hemos alargado la esperanza de vida hasta más de los ochenta años y nos resulta ridículo que podamos morir de inanición. ¿De verdad hemos de volver a ese "sano desarrollo sostenible" precapitalista?

Los que abogan por la eficiencia y racionalidad productiva nos dicen que interioricemos el modelo cubano. Lo que no parecen recordar es que recientemente, en algunos lugares de Cuba, el Estado ha tenido que permitir ciertos mercadillos privados antes prohibidos –donde sólo se venden algunos tipos de alimentos básicos– para acabar con el hambre y el mercado negro que está muy perseguido en el país socialista. La dictadura cubana no parece entender por qué la gente se empeña en vivir pese a haber puesto en marcha un modelo tan "sostenible".

Lo que no pueden explicar los alarmistas, ecologistas y socialistas es por qué en la época en que Occidente más consume, esto es, ahora mismo, no padecemos hambrunas, no tenemos carestías y no sólo eso, si no que nuestro bienestar material es el más alto de la historia y con mucha diferencia.

Seguro que algún día llegará el fin del mundo para la humanidad, pero no será por el capitalismo, sino por las políticas de producción eficiente y racional al estilo cubano o medieval que quiere imponer el Estado y sus intelectuales asalariados. Si lo que queremos es evitar las anunciadas catástrofes productivas que nos vaticinan los alarmistas la solución es muy sencilla: más libertad individual y más capitalismo.

Milton Friedman: Capitalismo y libertad

El optimismo fue siempre una de las características de este judío que se convirtió en líder intelectual de la escuela de Chicago. Un optimismo que estaba movido por una fe inquebrantable en el poder de los hombres en libertad. Lean, si no, las últimas palabras del que quizás sea su mejor libro, Capitalismo y libertad:

Nuestra estructura básica de ideas y la entreverada red de instituciones libres prevalecerán, en gran medida. Tengo la convicción de que seremos capaces de preservar y extender la libertad a pesar del tamaño de los programas militares y a pesar de los poderes económicos concentrados en Washington. Pero sólo seremos capaces de hacerlo si somos conscientes de la amenaza a que nos enfrentamos; sólo si persuadimos a nuestros semejantes de que las instituciones libres ofrecen una ruta más segura, si bien en ocasiones más lenta, a los objetivos que anhelamos, que el poder coercitivo del Estado. Y los destellos de cambio que están apareciendo en el clima intelectual son un augurio esperanzador.

De ese cambio sutil pero poderoso fue responsable Milton Friedman como muy pocos. Su gran batalla fue en el campo de la teoría económica contra el keynesianismo, una corriente que era más bien una interpretación del libro más perdurable de John Keynes. Friedman se dirigió al establishment keynesiano en su propio lenguaje, y les venció. No es que no hubiera otros críticos certeros, pero no hablaban el mismo idioma. No era el caso de la escuela de Chicago y en concreto de hombres como Stigler o Milton Friedman. Dedicó un enorme esfuerzo intelectual a construir o reforzar una macroeconomía alternativa, el monetarismo, más comprensiva con los fenómenos del libre mercado y que retoma la importancia de la cantidad de dinero como instrumento de política económica. Y escribió un grueso volumen de historia monetaria de su país junto con Anna Schwartz, que es un genuino esfuerzo por recomponer desde sus posiciones el aspecto menos aprensible de la historia económica. El Premio Nobel se engrandeció con su nombramiento entre los galardonados, y lo hizo en plena crisis del paradigma keynesiano, en 1976.

Si me preguntan, diré que a Friedman le pasó lo que a Henry George o a otros economistas, que se especializó en el terreno menos propicio para sus sobresalientes dotes intelectuales. En cualquier caso no es sólo su visión del dinero lo que le ha otorgado fama mundial. Milton Friedman ha sido quizás el intelectual que más ha hecho en el pasado siglo por extender el liberalismo. No sólo en su Capitalismo y libertad, de 1962; ya de 1966 a 1983 hizo gala de esa capacidad teórica y claridad de exposición para ofrecer a los lectores de Newsweek una visión de sus problemas cotidianos desde la perspectiva liberal. Y en 1980 publicó su celebérrimo Libertad de Elegir, un excelente volumen en el que trata varios aspectos de la política mostrando convincentemente porqué la libertad supera a la coacción en su poder para que cumplamos nuestros deseos. Ahí expuso, por ejemplo, su propuesta del cheque escolar. Un libro, además, que es compendio de una serie de televisión en que hizo de profesor de millones de estadounidenses frente a la cámara. En España la UCD tuvo el acierto de pasarlo por Televisión Española, una experiencia que hoy consideramos inconcebible.

Se le criticó por acudir al Chile de Pinochet a dar unas conferencias sobre cómo el libre mercado ayudaba a descentralizar el poder político. Nadie hizo lo mismo cuando, ese mismo 1975, se fue también a recomendar a los responsables de la dictadura china que hicieran lo contrario de lo que estaban haciendo. Lo cierto es que varios discípulos suyos sí asesoraron al dictador chileno, parece que no sin éxito. Inspiró las políticas desreguladoras de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Pero Friedman no era sólo un teórico de la economía. Decía su amigo Hayek, a quien no llegó a comprender del todo, que un economista que sólo supiera de economía es un mal economista. Y Friedman era de los buenos, como demuestra su excelente ensayo sobre la relación entre la libertad económica y otras libertades. Seguro que entre sus últimos pensamientos hubo uno por el que se reconfortó por sus contribuciones a nuestras libertades. Descanse en paz.

El multiculturalista Bill Gates

En distintos grados y medidas, tanto Google como Yahoo como Microsoft han pasado por el aro del totalitarismo comunista, lo que ha sido duramente criticado por Reporteros sin Fronteras.

Ante esta realidad, las empresas podrían adoptar una defensa utilitarista. Como ya argumenté en otra ocasión, en muchas ocasiones tendemos a mirar la realidad de otros países con la perspectiva del nuestro. Como estamos acostumbrados a nuestras jornadas de 8 horas, de lunes a viernes, nos parece inaceptable que haya multinacionales que monten factorías en países atrasados donde los jornaleros trabajen 14 ó 16 horas diarias, sin preguntarnos en ningún momento si esos empleos no son la mejor alternativa que tiene esa gente. Porque resulta que así es; tanto los sueldos como las condiciones de trabajo son mucho mejores en las multinacionales que en las empresas y explotaciones locales. En cuestión de libertades en Internet, lo que cabría preguntarse es si los chinos disponen de una ventana más abierta al mundo gracias a Google, Yahoo y Microsoft que si estas empresas no operaran en China.

Es posible que eso fuera lo que quisiera decir el renuente Bill Gates cuando le preguntaron por la persecución que las autoridades chinas llevan a cabo contra usuarios de Internet y contestó que, al fin y al cabo, interesaba que Internet posibilitara "un mayor acceso a la información disponible en ese país". Sin embargo, se equivoca de cabo a rabo cuando criticó la "tendencia a exportar a otros países las prioridades de Occidente". No es ningún error querer "exportar" la libertad de expresión o las jornadas de trabajo llevaderas con un buen sueldo. Puede serlo, en todo caso, querer imponerlas a toda costa sin tener en cuenta la realidad política o económica de esos países, que puede provocar que esos intentos resulten contraproducentes, pero incluso en ese caso hay que medir nuestras acciones siempre con el objetivo último en mente. Así, la mejora de las condiciones laborales debe ser precedida por un incremento de la prosperidad que la permita. Y la libertad de expresión en Internet en los países comunistas no pasa por sancionar o boicotear a las empresas de Internet, sino en minar la legitimidad de los gobiernos que imponen la censura. En ambos casos, el camino directo que es el que nos haría sentirnos mejor con nosotros mismos puede ser perjudicial.

Esa frase de Bill Gates recuerda demasiado a los mantras multiculturales, esos que aseguran que ninguna cultura es superior a otra y que no se debe juzgar a las demás según los parámetros de la occidental. Es una postura ridícula; las culturas tienen un propósito objetivo, que es servir a las personas, y serán mejores cuanto mejor realicen esa labor. Y si queremos una prueba irrefutable de la superioridad de la cultura occidental la tenemos en el sentido de las migraciones: son personas de otras culturas las que vienen a Occidente y no al revés. Y eso sin tener en cuenta que solemos llamar "occidental" prácticamente a cualquier cosa mínimamente civilizada. La cultura japonesa actual, por ejemplo, tiene poco de occidental, pero como respeta las libertades y la propiedad la colocamos dentro del club. Sin duda porque ha adoptado "las prioridades de Occidente".

Arde París

Muchos medios, el lector sabrá que no todos, ocultaban la militancia islámica predominante entre los incendiarios. Francia ha llevado a la práctica con denuedo el multiculturalismo, esa idea según la cual quien llega al país de acogida no tiene porqué integrarse ni aceptar sus normas de convivencia. Como la de no quemar coches, pongo por caso. Ello ha favorecido la creación de inmensos guetos.

Pero esa es sólo una cara del problema. La otra (que sí fue recogida por todos los medios) es económica. Las tasas de paro entre la juventud de los barrios multiculturales podían superar el 50 por ciento. Esperanzas, pocas. Deseos, los de cualquier persona que espera vivir más de dos veces lo que ha vivido. Resultado: una lacerante frustración.

La frustración no justifica el vandalismo, pero ¿qué explicación hay para ella? Haber implantado, hasta donde ha podido, el Estado de Bienestar. Décadas de intelectualidad francesa denostando el mercado libre han logrado imponer su opuesto hasta una profundidad sorprendente. El éxito es total.

Es decir, el fracaso. El de muchos jóvenes que se ven atenazados por el palo y la zanahoria. El primero es el salario mínimo y las regulaciones que desincentivan la contratación de los menos cualificados. La zanahoria son las ayudas sociales, que mantienen a familias de inactivos. Es como si les dijeran: "no permitiremos que te caigas, pero tampoco que te levantes". ¿Se imaginan en esa extenuante posición?

Puede que algún lector me considere algo exagerado, pero los 15.000 jóvenes franceses que van anualmente a Gran Bretaña a trabajar y a montar empresas lo ven exactamente así. Donde llegan, la tasa de desempleo juvenil es la mitad, y tienen la sensación de que pueden hacer cualquier cosa, algo que es más complicado en Francia. Ellos mantienen viva la llama empresarial.

Gracias por fumar

Así que los fumadores son de derechas. Pues ni siquiera ese disparate es lo que mueve la ley del tabaco socialista. Se supone que se escribió para mejorar nuestra salud, pero sustituyendo nuestra capacidad de tomar decisiones por las prohibiciones del Gobierno. Al final, a lo que lleva es a que hasta los hechos más cotidianos nos pueden dejar fuera de la ley. Si van a prohibir hasta a los gordos. Si nuestros comportamientos más íntimos y habituales nos convierten poco menos que en criminales, perdemos nuestra condición de ciudadanos. Todo lo que hagamos está bajo sospecha, con el gran hermano socialista observándonos.

Una sociedad libre tiene soluciones para el conflicto entre quienes quieren fumar y quienes no quieren compartir con ellos el humo del tabaco. Es tan sencillo como que cada dueño decida en su empresa, organización o en su casa (que si nos descuidamos este Gobierno llegará hasta nuestra alcoba) decida dónde y cuándo se permite o prohíbe fumar. Si, pongo por caso, un restaurante está interesado en recibir al mayor número de clientes, fumen o no, intentará ingeniárselas para que pueda quemarse los pulmones a gusto quien quiera sin molestar al vecino. Y si resulta complicado, este deseo está abierto a la carrera de la innovación tecnológica.

Afortunadamente, ante el frenopático afán de controlarlo todo, hay empresarios que se amparan de la libertad que nos queda para ganar dinero, permitiéndonos hacer lo que nos sale del bolo. Como ejemplo, Alexander Schoppmann. Este alemán ha creado la aerolínea Smintair, que recibirá a sus clientes con el mensaje: "recordamos a nuestros pasajeros que fumar está permitido en este vuelo". Además, en lugar de las 559 personas que caben habitualmente en un Boeing 747, ensanchará el espacio hasta estrechar la lista de pasajeros a 138, que irán de Düsseldorf a Tokio y Shanghai. Schoppmann dice que "ya hay personas que dicen querer volar con nosotros, aunque no tienen nada que hacer en China o Japón".

Ahora bien, más que nunca, fumar saldrá muy caro.

¡Vaya semanita!

Cuando escuché las crónicas de los telediarios vespertinos sobre lo acontecido en las elecciones norteamericanas lo cierto es que me asusté. Debacle, catástrofe, desastre sin precedentes o el fin de una era, fueron algunas expresiones utilizadas para sintetizar los efectos de la derrota republicana. Alarmado llamé a mi amiga Joanne, natural de Virginia y residente en ésta, para ofrecerle asilo político en mi casa, pero rápidamente me tranquilizó asegurándome que los medios de comunicación españoles tal vez habían exagerado un poco. De hecho, los argumentos con que los demócratas habían vencido son completamente distintos a los que la izquierda europea, no digamos la española, esgrime con fiereza en las contiendas electorales, así que no es de prever que a corto plazo se declare la dictadura de los soviets desde las escalinatas del Capitolio.

Reducir la derrota del Great Old Party a los efectos de la posguerra de Irak es no conocer la realidad del electorado norteamericano. Es cierto que la mayoría de la población se manifestaba en las encuestas descontenta con la marcha de la posguerra de Irak, como también lo es que, por delante de este asunto, ha habido otros motivos que han determinado el cambio de voto como el elevado gasto público o los últimos escándalos en la administración Bush. Un estudio de campo hecho público unos días antes de la consulta electoral por expertos del partido republicano lo dejaba bastante claro: La mayoría de electores confiaba más en los demócratas que en el GOP para bajar los impuestos (42% frente al 29%), reducir el déficit público (47-22) y limitar el gasto de la administración (38-21).

Por otra parte, en los resultados individuales también se aprecia este sesgo que relativiza los efectos electorales de la guerra iraquí. Por ejemplo Joe Lieberman, firme defensor de la intervención en Irak, aplastó en Connecticut a Ned Lamont ("Ned the red"), furioso partidario de la huida preventiva, y de los cinco congresistas republicanos que votaron contra la guerra de Irak, tres de ellos han perdido su asiento en la cámara de representantes.

La clave de la derrota electoral está en que el votante conservador se siente traicionado en multitud de asuntos por sus representantes políticos. Por tanto no se trata de que los partidarios de Bush se hayan sentido fascinados súbitamente por la oferta electoral de la izquierda americana, sino que exigen a su presidente llevar a cabo las políticas conservadoras que le auparon a la presidencia. Quienes se han vuelto de centroizquierda no son los votantes republicanos, sino sus líderes políticos; por eso han sido castigados. El partido republicano se comprometió en 1994 reducir el gasto público y lo ha duplicado desde que Bush está en la Casa Blanca, prometió reducir el tamaño del gobierno y lo ha aumentado más del doble, aseguró que suprimiría el departamento de educación y devolvería las competencias a los distintos estados y en cambio ha duplicado los fondos destinados a este órgano federal. En otros países, pongamos España, el incumplimiento de las promesas electorales no tiene la menor relevancia; en los Estados Unidos sí.

El partido de Bush ha perdido estos comicios por alejarse de su base electoral. Es una lección que sin duda resultará valiosa de cara a las próximas presidenciales. Convendría además que algún partido conservador europeo, sin ánimo de señalar, extrajera también alguna enseñanza de lo ocurrido esta semana a sus colegas del otro lado del charco. Las traiciones a los principios se pagan muy caro. No sólo en los Estados Unidos.

¿Está a favor de los mileuristas?

Evidentemente Sala-i-Martín se quedó atónito ante tan estúpida pregunta. Cuando le pidió a la reportera que le aclarara la cuestión ésta fue incapaz ya que ni ella misma sabía que podía significar.

A la progresía en este país le encanta encajar las cosas en tópicos y discriminar a la gente por lo que tiene, lo que es (hombre o mujer, negro o blanco) o lo que gana. En esta visión elitista y casi racista no dudan en declarar amigos y enemigos para simplificar las cosas olvidando la enorme complejidad de los actos humanos y sus circunstancias. La pregunta de nuestra reportera lo demuestra a la perfección, ¿cómo se puede estar a favor o en contra de un grupo social según su renta?

La gente no está predestinada por el hecho de ser mujer u hombre, blanco o negro, mileurista o millonario, sino por lo que es capaz de aportar a los demás con su esfuerzo, sacrificio y capacidad de innovación. Las cosas no son gratis; casi siempre nos las hemos de ganar con tiempo y esfuerzo porque de no ser así eso significaría que alguien está viviendo a costa de la producción de otra persona, y si todos anhelamos vivir a expensas del dinero de los demás sin dar nuestra contrapartida sólo conseguiremos crear una sociedad de oportunistas irresponsables abocados a la ruina general.

Cuanto mayor sea el esfuerzo y trabajo del individuo más posibilidades va a tener de conseguir una mayor felicidad material. Creer en absurdos tales como que el Estado, o cualquier otra forma de coacción masiva, es la solución a la felicidad material de las personas sólo hará que unos pocos puedan cometer atrocidades contra el resto de la población sin llegar jamás a una solución real.

El mileurista de hoy puede ser el millonario de mañana si se lo propone, y no haciendo manifestaciones, sino alcanzando hitos cada día y trabajando muy duro en una empresa privada o en su propio negocio, tal y como hicieron nuestros padres, porque pocos tienen el privilegio de ser adinerados en su juventud.

De hecho, un mileurista cobra algo más de 17.000 euros anuales brutos, y de aquí, casi el 20% es incautado automáticamente por el estado por diferentes conceptos. ¿Qué recibe a cambio el mileurista de la administración? Nada. Tal vez la auténtica injusticia del mileurista se llame Estado, y la pregunta más acertada de nuestra periodista sería: ¿cree si eliminásemos los impuestos aliviaríamos a lo mileuristas y se podrían convertir más fácilmente en gente de dinero y éxito? Sin duda.

Cuba como modelo

No sé cómo les irá a los animales salvajes, que tanto importan al Fondo Mundial para la Vida Salvaje (WWF), con el modelo socioeconómico del país caribeño pero a los seres humanos les produce una espantosa alergia.

Según estos admiradores de la interminable sostenibilidad del socialismo real cubano el planeta está al borde de la catástrofe: "la Humanidad utilizará el equivalente a los recursos naturales de dos planetas en el año 2050, si es que esos recursos disponibles no se han agotado para entonces" (sic). El movimiento ecologista lleva décadas anunciando grandes desastres para financiar unos proyectos más políticos que ecológicos y, como muestra un reciente informe del Observatorio de Medios, la práctica parece estar en pleno auge en nuestro país.

En los años 70 Paul Ehrlich, el gurú de Al Gore, afirmaba en base a las mismas teorías que "antes del año 2000 unos 65 millones de norteamericanos perecerían por inanición." El Club de Roma, por su parte, nos anunciaba un gran colapso para mediados de este siglo. Como nadie anuncia una catástrofe si no es para decir que tiene la redentora solución, nos explicaron que había que había que congelar las inversiones y el crecimiento de la población con medidas brutales. Por eso no es sorprendente que WWF también vea en el crecimiento de la población uno de los principales problemas de la actualidad. No entienden que cuando sólo habían unos miles de habitantes en el planeta la escasez era insoportable y que precisamente ha sido gracias al aumentó de la población en un entorno de libertad de comercio y división del trabajo como se ha reducido paulatinamente.

En 1798 Robert Malthus ya afirmó que, a finales del siglo XIX, 70 millones de personas morirían en Inglaterra debido a que la población crecería más deprisa que la producción alimenticia. Como decía Carl Menger, fundador de la Escuela Austriaca de Economía, el problema de Malthus consistía en que no entendía lo que era un bien económico y, por lo tanto, no podía saber qué era la escasez, cómo reducirla y cómo generar riqueza. WWF y todos los neomaltusianos combinan esa misma ignorancia con la fatal arrogancia del ideario intervencionista.

En Los Límites del Crecimiento El Club de Roma afirmaba que la sostenibilidad "requiere poner en tela de juicio muchas libertades humanas". Ahora WWF nos muestra que Cuba es el ejemplo a seguir.