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Una vía accidentada

Nadie se ha preguntado, viendo cómo estas tragedias se suceden, si la gestión pública del transporte por tren es la más adecuada. ¿Imaginan que alguno de estos accidentes hubiera tenido lugar en Gran Bretaña? Todos los informativos abrirían con lamentaciones sobre la "polémica" privatización del sistema ferroviario.

Los accidentes son parte de la vida, pero ¿no podemos hacer algo para mejorar la seguridad en las comunicaciones ferroviarias? Hay una respuesta para la que no hace falta mucha imaginación, y que es la primera que se da en este tipo de situaciones: gastemos más dinero público. Pero el gasto da resultado sólo si se utiliza bien, algo para lo que la burocracia carece de incentivos y de ese conocimiento relevante que sólo se adquiere en el mercado. ¿Qué hacer, entonces?

Con discreción, casi con silencio, se han cumplido diez años de la privatización de los servicios ferroviarios en Gran Bretaña. Una ocasión perfecta para mirar atrás, algo que ha hecho la Asociación de Compañías Operadoras de Tren (ATOC) de Gran Bretaña, con varios informes. Desde 1996, cuando se privatizó, el transporte ferroviario ha crecido como en ningún otro país europeo: un 41% en pasajeros y casi un 60% en mercancías. La red ha sumado en estos años en 19 nuevas líneas y 51 estaciones y está en el mayor proceso de renovación de su historia, del que se reemplazarán 4.800 vehículos.

Se dirá que sólo invierten porque las 25 operadoras actualmente en servicio quieren ganar más dinero. Y es cierto. Compiten con otras vías de comunicación, y tienen que ser lo suficientemente competitivas. Pero ello incluye también a la seguridad, en la que han invertido más de 750 millones de euros.

El éxito ha sido notable: Desde 1996 la siniestralidad no ha dejado de caer, y es hoy una de las más bajas de Europa, que no llega al 0,1 por ciento por cada millón de kilómetros. Por el contrario, si miramos qué países encabezan la siniestra lista de quienes que tienen más accidentes, encontraremos siempre a países con una gestión pública del servicio ferroviario. Por única solución propuesta, más dinero público y más regulaciones.

La vieja idea de que las empresas no gastan en seguridad porque les cuesta dinero es un viejo mantra del intervencionismo, que no entiende cómo se comporta una empresa cuando tiene que competir con otras para ofrecerle más y mejor transporte, sí, pero también mayor seguridad. Siempre parte de la idea de que el burócrata es más listo y sabe más y mejor de las necesidades de cada ciudadano que cada uno de ellos. Así, prefiere tomar él las decisiones. Pero la gente sabe decidir por sí misma, y elegirá, si tiene varias opciones, entre aquellas que le ofrezcan cierta seguridad. En Gran Bretaña pueden hacerlo, y les va bien. Han elegido la vía adecuada.

Para tontos

Si usted ha pasado por la experiencia de ver la primera entrega de esta serie y ha salido convencido, hágaselo mirar. Porque está hecha para tontos. Para lerdos, estólidos y analfabetos funcionales. Para gente sin criterio. Para los estudiantes de la LOGSE, para quienes se dejan llevar con dos de hilo. Pues incluso quien esté en contra de la libertad de comercio en todo el mundo pero gaste más de dos dedos de frente se habrá percatado de la pobreza de ideas de esta pieza.

El documental salta de tema en tema, sin relación lógica o de otro tipo, y en cada apartado vemos a varios voceros contra la globalización, cada uno más miserable que el anterior, que a falta de argumentos lanzan (con el gesto muy serio) banales consignas para que se refuercen unas a las otras. Prietas las filas; sin diversidad de opiniones ni siquiera dentro del campo de los serviles: la ultraderecha y los nacionalismos son tan antiliberales y tan antiglobalización como ellos, pero no han sido invitados. Por toda oferta, los viejos mantras marxistas, que se resisten a morir; a compartir el destino de sus cien millones de víctimas. Como le parecen pocas, como el mundo crece y se ensancha, se libera de las ataduras del control político y con ellas de la miseria a que éste le condenaba, el marxismo, con nuevos viejos ropajes, reaparece para intentar frenar la globalización. Para detener este proceso extraordinario de integración económica en esa red de relaciones voluntarias que es el mercado, y que está llegando a áreas nuevas y liberando de la miseria a centenares de millones de personas.

¿Que no se cree que este bodrio esté hecho para tontos? Mire: presentaban al mundo como una víctima propiciatoria de las grandes corporaciones, que todo lo controlan; desde los gobiernos, pobres marionetas a sus órdenes, hasta los medios de comunicación. ¿Cree que explicaron cómo es posible que se dé un hecho tan extraordinario y tan notable y del que el común no nos damos ni cuenta? Más: Susan George nos advierte de lo malos que son los capitales explotadores. Tan, tan, tan malos, que para hacer daño a un país son capaces de huir. ¿Pero no hemos quedado en que el capital es malo y explota a la gente? ¿No le hará bien a las sociedades de las que huye? ¿En qué quedamos? El televidente tonto, al que dedico este artículo, ni se lo habrá planteado.

Esta democracia no sirve, claro está. El gran demócrata Saramago identifica la democracia con el control por el Estado de nuestras vidas. Taibo se escandaliza cuando dice que "están desapareciendo los controles". Pérez Esquivel dice que la democracia es como un cocinero que convoca a los animales que va a cocinar y les pregunta "¿con qué salsa queréis que os cocine?". Esquivel, ¿preguntan tus amadísimos terroristas a sus víctimas con qué arma quieren ser asesinadas?

Pero eso, ni el tonto ni Esquivel se lo plantean. Como los demás, cree que "otro mundo es posible". El que se hundió cuando en una ocasión nadie pudo detener a un grupo de ciudadanos que quiso derribar el muro que les impedía huir a la libertad. A esa tiranía se refiere Beneyto cuando critica el "neoliberalismo" (suenan acordes de peli de miedo de serie B, cuando se le menta en el documental) y se duele de que con el "arrumbamiento de los valores de la izquierda hemos perdido los valores éticos". Los del Gulag, vaya.

En toda la pieza propagandística no se encontrará ni una explicación de por qué el intercambio voluntario, que es la célula del mercado, nos hace más pobres. Por qué la empresarialidad y la iniciativa privada nos lleva a la miseria. Por qué ahorrar y destinar el capital acumulado a nuevos proyectos más productivos nos hunde en un mar de privaciones. Ni una única razón de por qué debemos dejarnos controlar por el Estado. Ni un solo dato de cómo está evolucionando la pobreza en el mundo. Da igual: nada de esto se le pasa por la imaginación al tonto. Si la realidad es que el hambre y la pobreza remiten, miramos a otro lado, intercalamos unas cuantas imágenes con cuatro consignas, y a correr.

Lo que va del dicho al hecho

Reconozco que la frase puede parecer abiertamente subversiva en un momento en el que el diálogo con la banda terrorista se ha convertido en el eje de la política nacional, pero sepan que no está sacada de ningún discurso de Mayor Oreja, ni siquiera de una conferencia de Aznar por tierras norteamericanas, sino de la página cuarenta y seis del programa electoral del PSOE para las elecciones de marzo de 2004.

A partir del 14-M, vaya usted a saber por qué (o mejor, no vaya), Zapatero llegó a la conclusión de que la clave para solucionar el problema del terrorismo de la ETA no era lo que proponía con tanto ahínco en su programa, sino exactamente todo lo contrario. De la "acción policial decidida y constante" hemos pasado al chivatazo para sabotear operaciones antiterroristas, de la "eficaz cooperación internacional" a llevar a Batasuna bajo palio al parlamento europeo para que explique las bondades de la rendición del Estado de Derecho y de "la movilización de los ciudadanos y la unidad de los demócratas" a desacreditar desde el gobierno y sus terminales mediáticas todas y cada una de las protestas ciudadanas en contra de la negociación con la ETA.

Sólo hay dos personas en España que se leen los programas electorales, José Luis Balbín y yo. El inolvidable director de La Clave, que acompañó a tantos adolescentes en su tránsito al pensamiento adulto, lo hace para decidir su voto. En mi caso, utilizo esas lecturas para comprobar los atentados contra la gramática castellana y vacunarme contra ellos en la medida de lo posible, un objetivo mucho más útil que el decidir a quien castigar con el voto, según yo lo veo. Luego pasa lo que pasa, se cotejan los mensajes electorales con las decisiones de gobierno y los partidos quedan en evidencia.

¿Qué pasó tras el 14-M para que el PSOE diera un giro de 180 grados (un progre diría de 360) en un asunto tan importante como la lucha antiterrorista? Pues sencillamente el hecho de ganar las elecciones, algo que nadie creía posible hasta la mañana del 11 de marzo de 2004. En esa clave hay que interpretar todo lo que ha ocurrido después.

También hablaba el programa electoral del PSOE, dentro del mismo capítulo, de mantener "el apoyo moral y material a las víctimas de la violencia terrorista", cuya aplicación práctica una vez llegado al gobierno fue el nombramiento de Peces Barba y los ataques constantes contra el presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Decía Tierno Galván que los programas electorales están para no cumplirlos, pero lo que ha hecho Zapatero con su programa del 2004 es ya una obscenidad. El viejo profesor debe hacer palmas con los metatarsianos desde el más allá.

Pagamos demasiados impuestos

¿Cree que la gasolina está cara? El principal culpable es el gobierno, que no para de subir el impuesto de hidrocarburos y que este año ingresará por este concepto más de 6.300 millones de euros (más de un billón de las antiguas pesetas). ¿Y cómo usará este montante ZP? ¿En hospitales, escuelas…? Tal vez lo use para un destino no tan social como asumir la impresionante deuda de RTVE, como ya ha anunciado. Pero RTVE aún sale barata comparada con otras televisiones públicas. La más cara de toda España por ciudadano es BTV (Barcelona Televisió), también de los socialistas, que puede llegar a costar a los barceloneses 15 millones de euros el próximo año. Eso sí, los programas son de tanta calidad y elitistas que llegan a emitir informativos en japonés, árabe, chino, ruso, mandinga (idioma del entrañable Kunta Kinte) o amázic, entre otros. Evidentemente, sin subtítulo alguno.

Una de las excusas para que exista un gobierno es la seguridad. Los ejércitos son caros y más si ZP los va enviando por todo el mundo a ocupar países como Haití, Líbano, Afganistán, etc. Si lo miramos detalladamente, el Estado puede asumir esta factura en un momento: con los impuestos al tabaco y alcohol el gobierno puede pagar de sobra el presupuesto asignado al ejército de tierra, aire y armada. Si piensa que esto es la mitad del gasto presupuestario está muy equivocado: las tres partidas son muy inferiores al 2%.

Otra razón para pagar impuestos es la solidaridad. El Estado se ha mostrado siempre especialmente solidario con el dinero de los demás. Así cualquiera. Tal vez usted jamás donaría su dinero a una organización de transexuales, pues el Estado sí. De una mirada rápida, y sólo este verano, el gobierno de ZP ha donado casi 40.000 euros a este tipo de organizaciones. Seguro que sus vacaciones veraniegas no le han costado tanto, siempre y cuando no sea un político. Por otra parte, tal vez usted sí que habría donado dinero a ese colectivo pero jamás lo habría hecho a alguna organización de tipo religioso, pro-judía, pro-palestina, militarista, etc. Evidentemente el Estado sí que lo ha hecho, pero no con el sueldo de ZP, sino con el nuestro. Sería mejor abolir este tipo de "ayudas" forzosas y dejar que fuera la sociedad civil quien donase su dinero libremente a las organizaciones más afines con su moral y sus ideas en lugar de hacer que sean los detractores de éstas quienes las financien.

Si cubrir los mínimos es tan "barato", ¿en qué se gasta nuestro dinero ZP? En enviar dinero a países de dudoso carácter democrático; en controlarnos –la partida para el CNI ha aumentado casi un 15%–, en tapar errores como los despilfarros de años anteriores (deuda), en esas pensiones que si usted tiene menos de 40 años no cobrará, en subvenciones para películas que nadie ve, en cursos de formación que jamás se celebran, en campañas de lavado de cerebro, en subvenciones a organizaciones políticas, en campañas de información sobre el derecho de asilo en España (casi 5 millones de euros para el programa de esta partida), en el Defensor del Pueblo, que va a recibir casi 15 millones de euros, sin haber resultao jamás un problema real, y así un largo etcétera. ¿No cree que nos están tomando el pelo y el dinero?

Google reconoce su fracaso en el vídeo

El gigante de las búsquedas se había especializado hasta ahora en compras pequeñas, generalmente de empresas que ofrecían un producto interesante y prometedor que se complementaba bien con la gama de servicios de Google y al que hacían crecer dentro de la compañía. Así, a lo largo de los últimos años adquirió Blogger, Picasa, Writely, Deja News (ahora Google Groups), Applied Semantics (cuya tecnología aplicó a sus servicios publicitarios), Kaltix (Google Personalized Search), Keyhole  y Zipdash (Google Maps) o Urchin (Google Analytics).

Pero ya existía Google Video. De hecho, este servicio nació antes que YouTube. Según anuncian, tanto uno como otro se mantendrán activos, algo natural ya que la marca YouTube se ha convertido en una de las más atractivas y conocidas en Internet. En mayo, servía un 43% del tráfico total de los sitios web especializados en vídeos, frente al 6,5% de Google, situado en el quinto lugar. La empresa, conocida y famosa por su capacidad de innovación, fue batida por unos novatos en el negocio. ¿Por qué?

La virtud de Google, y de todas las empresas que tienen éxito en la red, es que logran solucionar necesidades de los usuarios y consiguen ganar dinero por ello. Pero hay que fijarse en el orden de prioridades: primero los internautas y luego la pasta. YouTube compartía esa filosofía. Sus creadores, Chad Hurley y Steve Chen, crearon la compañía después de una fiesta en la que varias personas llevaron sus cámaras de vídeo pero no encontraron un modo sencillo de compartir sus grabaciones con los demás asistentes. Así, tal y como ha reconocido Eric Schmidt, se convirtió en un "claro ganador en la red y en el lado social del vídeo". Google Video, en cambio, pareció nacer más bien como una plataforma en la que ganar dinero subiendo vídeos y poniéndoles un precio, del que Google se llevaba parte, que para eso los aloja. De ahí su quinta posición, un lugar harto vergonzoso para una empresa tan puntera en un mercado que se presume goloso en el futuro.

El vídeo en Internet está creciendo. Acabo de ver que uno de los primeros vídeos que subí, naturalmente a YouTube, sin ninguna publicidad aparte de una anotación en mi blog, ha sido visto casi 100.000 veces. La mayor parte de las grabaciones en este exitoso sitio web están perfectamente descritas para poder ser accesibles en las búsquedas, de modo que cualquiera que quisiera hacer publicidad contextual podría hacerlo con facilidad. Google es un gran experto en ese campo y seguramente sea ahí donde veremos grandes novedades en YouTube. Hay que reconocer a sus gestores que, al menos, han tenido la cintura de darse cuenta de su error y corregirlo lo mejor que han podido, es decir, recurriendo a la chequera. Pero resulta preocupante que el gigante californiano se haya visto superado precisamente por no haberse centrado en el usuario, algo que lo había caracterizado siempre. Puede que éste sea el primer síntoma realmente grave de debilidad de Google. Seguro que veremos muchos más en el futuro.

Boicot al cine español

En el libre mercado cada persona es remunerada según su capacidad para servir las necesidades ajenas. Cuanto más diligente sea un individuo en satisfacer a los consumidores mayor será su recompensa y, por consiguiente, sus posibilidades de consumir o invertir. El problema surge cuando un sujeto quiere obtener más riqueza de la que ha creado. Aunque el ser humano sólo conoce un método para ello: apropiarse de lo ajeno, tenemos a nuestra disposición dos nombres distintos para describirlo: robo y subvención.

La diferencia fundamental entre ambos es que la subvención es una apropiación canalizada por el Estado. Es un método mucho más limpio, cómodo y efectivo: en lugar de utilizar la pistola y el pasamontañas, basta tomar unas copas con el ministro de turno para que dé salida a la pertinente partida presupuestaria.

La industria corporativa del cine español, esa amalgama de aburguesados vividores cuyos referentes morales son Ho Chi Min, el Che y otros genocidas varios, hace tiempo que ha optado por chupar del bote de la subvención. Incapaces de hacer películas que agraden a los españoles, se han resignado a vender sus productos caducados a los políticos.

De nuevo, el Estado es utilizado en contra de la mayoría para beneficio de una elite bandolera que se considera moral e intelectualmente superior. Poco les importa que la mayoría de los españoles queramos disfrutar de muchas películas yanquis y que prefiramos guardarnos los seis euros en el bolsillo antes que ver el último bodrio del cine nacional. Su propuesta de Ley del Cine supone una apuesta decidida por atacar, manejar y controlar las decisiones libres de los españoles.

Pretenden encarecer los costes del doblaje y las entradas de cine. Dado que no pueden competir con el cine yanqui, desean destruirlo. No respetan nuestros gustos, son tan intolerantes como sus líderes intelectuales: su único interés es dar rienda suelta a su desatada codicia, enriquecerse a toda costa; a nuestra costa.

De ahí que sea necesario darles donde más les duele: en la cartera. Podrán robarnos el dinero, podrán obligarnos a pagar más por ver las películas que realmente queremos ver, podrán aliarse con los políticos para conseguir por la fuerza lo que no logran con su (escaso) talento, pero de momento no podrán forzarnos a engrosar sus escuálidas cifras de audiencia.

Mi propuesta es simple y llana: un boicot total al cine español mientras no se retire esta propuesta o mientras los participantes en las películas afectadas no retiren su apoyo a tales medidas.

El boicot es uno de los instrumentos pacíficos que las sociedades libres tienen para repeler los comportamientos ajenos que consideran inapropiados. En este caso no se trata ya de una conducta "desagradable", sino de un ataque frontal a nuestra libertad.

El boicot, por tanto, no sería sólo una reacción más que comprensible ante sus maniobras ofensivas, sino un instrumento digno contra su corrupta utilización del poder político. Frente a su cobro coactivo debe estar nuestro rechazo voluntario a sus películas.

Es cierto que muy probablemente ningún cineasta vaya a cambiar su lucrativa postura por el hecho de perder unos pocos espectadores. Pero cometeríamos un gran error si creyéramos que esto supone un fracaso del boicot. No. El boicot triunfará cada vez que un individuo decida no pagar en el cine por ver una película de esta panda, cada vez que dejemos de concederles el más mínimo respeto como artistas –y pasemos a considerarles como lo que son: unos parásitos del sistema político– y cada vez que sus cifras de audiencia pierdan un espectador. Estos hechos en sí mismos ya representarían el triunfo del boicot; nuestro triunfo frente a sus artimañas y exacciones.

Si son incapaces de respetarnos –de aceptar nuestras decisiones y nuestras preferencias–, que no nos pidan que vayamos a ver sus películas. No queremos ser cornudos y apaleados.

Globalización y cayucos

El mercado es un proceso sorprendente, porque pone orden en este mundo, que en ocasiones parece caótico. Uno de los resultados más notables es que iguala los salarios de los trabajadores que aportan el mismo valor. La renta que reciben por su aportación se determina por el valor descontado de su productividad marginal (VDPM), es decir, por el valor actual de su contribución a la producción. Si el VDPM es el mismo para dos trabajadores distintos, su salario tenderá a igualarse. Global como es la economía, este proceso de igualación de rentas se extiende por el mundo. Y lo hace por dos caminos.

El primero de ellos consiste en que el capital acude a los países poco productivos y por tanto con salarios bajos. Si el país de acogida le ofrece seguridad, el capital crea proyectos en los que el trabajador puede aportar más valor, y por tanto puede generar mayores rentas. Es lo que conocemos por deslocalización, pero que más bien debiera llamarse re-localización.

El segundo es el camino inverso. Son los trabajadores quienes vienen a los países en los que hemos acumulado capital y en los que su esfuerzo, por tanto, va a ser más productivo. La inmigración tiene su causa en el deseo de millones de personas de mejorar su situación, una aspiración legítima y profundamente humana.

Relocalización y migración no son dos imágenes especulares del mismo proceso, ya que con el inmigrante viajan sus expectativas y capacidades, sus valores y su cultura. Llegan para formar parte de las sociedades de acogida, con sus propias normas de convivencia. El capital tiene detrás una idea que le anima y le da vida, pero no tiene que cruzarse con extraños en la calle, llevar a sus hijos al colegio o tratar con otros compañeros de trabajo. La inmigración se enfrenta al rechazo del extraño por una parte de los naturales del país y a la pretensión de imponer su propia cultura a la de acogida, por otra parte de quienes llegan. El capital no entiende de eso.

Por esas razones, la vía más efectiva para limitar los problemas que puedan surgir con las migraciones viene del librecambio, de la globalización. Si abrimos nuestras fronteras a los bienes que puedan producir en sus propios países, muchos de ellos no tendrán que cruzarlas para ganarse la vida en tierras extrañas. La lamentable decisión de la Comisión de dar una nueva vuelta de tuerca al ominoso proteccionismo europeo dificultando la entrada del calzado asiático no va precisamente por ese camino.

En interés de nuestra sociedad, debemos abrir las fronteras a los bienes de fuera. Porque nuestra cesta de la compra será más variada y barata y porque el desarrollo de los países pobres hace menos necesaria la emigración. Pero tampoco queramos frenarla. Es deseable que sea lo más ordenada posible, pero la poderosa fuerza del legítimo deseo de progresar nos tiene vedado ser demasiado estrictos.

No nos conviene, además. Los trabajadores que llegan no nos roban oportunidades de trabajo, ya que no nos pertenecen mientras no las hagamos nuestras. Y no deprimen los salarios. El trabajo que ellos no hagan se queda por hacer y por su ausencia habrá proyectos que no se pongan en marcha. Por tanto, su aportación les hace a ellos y nos hace a los demás más ricos.

Los intelectuales y el capitalismo

¿Qué lleva incluso a los que han visto los libros fuera de la estantería a rechazar mayoritariamente las sociedades libres y preferir el socialismo o, al menos, la tutela del Estado?

Un amigo me sugiere que se identifican con el progreso e identifican a éste con la izquierda. Pero esa es una explicación que quedó obsoleta con la caída del muro. Tiene que haber algo más. Otra entiende que, simplemente, la izquierda tiene más y mejores razones que las que pueda jamás aportar el liberalismo. Pero es que no es así; hay al menos razones igual de buenas para preferir la libertad a otros valores que para no hacerlo. ¿Qué es, entonces?

Ludwig von Mises cree que es el resentimiento que nace del contraste entre lo que un intelectual piensa de su valía y la recompensa que le da el mercado. Ellos, con lo listos que son y lo que saben, tienen derecho a ser recompensados. Los intelectuales siempre han hablado de su propia labor como la más importante de todas, y su sesgada opinión ha quedado registrada desde hace dos milenios y medio. Realmente se lo creen. Pero en el mercado no ganan nada al lado de los empresarios, que se enriquecen produciendo cosas de lo más vulgar. Nozick añade que en el colegio fueron los primeros, pero que una vez en el mercado las cosas cambian.

Pero hay algo más. El mercado es un proceso espontáneo, que actúa sin que nadie le diga lo que tiene que hacer o por dónde no debe ir. Es complejo y muy pocos intelectuales han hecho un verdadero esfuerzo por comprenderlo. De éstos, no todos lo han logrado. El resto desconfía de ese caos y tiene ideas muy claras de cómo mejoraría la sociedad si un poder central potente controlara la situación bajo la sabia y desinteresada guía de… de ellos mismos, sin ir más lejos. Quizás en una sociedad así obtengan la recompensa que realmente merecen.

No obstante, algo tiene el liberalismo que no acaba de seducir más que a una minoría de los intelectuales. Será que su visión un tanto pesimista de la naturaleza humana nos iguala a todos mucho más de lo que habitualmente se cree, y no da al estudioso, al escritor, al artista una categoría especial, a la que se creen naturalmente acreedores, mientras que el socialismo alimenta ambiciones sólo al alcance de los hombres más extraordinarios. El liberalismo es para los modestos.

Intervencionistas a todo tren

En realidad, la única diferencia respecto al modelo estatal era que, a partir de su privatización, el servicio sería prestado por empresas privadas, cuyo beneficio dependería exclusivamente de la eficiencia con que satisficieran las necesidades del consumidor. Quiero decir que las leyes de la física seguirían siendo las mismas, aunque los trenes no fueran ya más conducidos por funcionarios malhumorados. Recuerden lo que hemos repetido tantas veces en esta columna: la Naturaleza no es nada, nada, nada progresista. Se siente.

Recientemente se han cumplido diez años desde la privatización de los ferrocarriles británicos. Pues bien, para asombro de los profetas del apocalipsis ferroviario, la realidad ha sido exactamente la contraria. Gran Bretaña ha experimentado en estos diez años, de largo, el mayor crecimiento en transporte ferroviario de toda Europa, con veinticinco compañías privadas operando en el sector, mientras que la proporción de accidentes no ha dejado de reducirse hasta situarse en una de las más bajas de Europa, 0’1 accidentes por millón de kilómetros recorridos (por poner un caso cercano, en España la proporción de siniestros es exactamente el cuádruple).

El problema de la izquierda es que reduce su discurso a que las cosas se hagan según su método, aunque el resultado sea el contrario del previsto. Su receta es siempre ceder el control de los asuntos al poder político. Si hay un problema, el gobierno crea un organismo (generalmente un "observatorio", que ya es tener humor), se sangra un poco más el presupuesto a costa del bolsillo de los ciudadanos y se proclama que todo está en vías de solución. Por supuesto, la intervención estatal no hace más que agravar la situación, pero para eso el progresismo también tiene una respuesta preparada: "Las cosas están peor, sí, ¡pero aún lo estarían mucho más si no nos hubiéramos encargado nosotros de su cuidado!"

La avalancha del marxismo pasó, pero aún quedan sus sedimentos. Conviene sacar el recogedor y acabar de limpiar los restos, aunque sólo sea por higiene social. En otras palabras, hay que dejar de tener miedo a la libertad y levantar de una vez el tabú de la palabra "privatización". Los países que tienen la valentía de dar ese paso y soportar el primer sarampión de las protestas de la izquierda, ganan en eficiencia y sus ciudadanos se ahorran un buen dinero que pueden destinar al consumo, a la inversión o al ahorro. El dinero donde mejor está es en el bolsillo de los contribuyentes. Sobre todo cuando la alternativa es gastarlo mal para ofrecer unos servicios paupérrimos. En España sabemos algo de todo esto.

En la vía equivocada

La inquietud es lógica habida cuenta de que los 6 muertos de Villalba llegan pocos meses después de los 41 muertos del metro de Valencia y si pensamos que los alemanes todavía guardaban en sus retinas las imágenes del tren de alta velocidad de Eschede con sus 98 muertos cuando se han visto conmocionados por los restos del tren más avanzado del mundo encerrando 27 cadáveres. Parece que nadie se plantea que, sea cual sea la causa del problema, acabar con el monopolio público de las compañías ferroviarias podría ayudar a mitigar los accidentes.

Resulta interesante observar que si alguno de estos accidentes hubiese tenido lugar en el Reino Unido, los medios de comunicación de todo el mundo nos estarían bombardeando con aquello de que la privatización de los trenes ingleses ha provocado un nuevo accidente mortal y no habría discusión más de moda que aquella que trata de la correlación entre inseguridad y libre mercado en el sector ferroviario. Los voceros del intervencionismo exigirían nacionalizar los trenes como solución. No en vano, todo el mundo cree “saber” que desde que los trenes ingleses fueron privatizados en 1996 la siniestralidad no ha dejado de aumentar. Los liberales nos defenderíamos explicando que el riesgo cero no existe, que su reducción tiene un coste y que el nivel de inversión en seguridad debe de ser aquel que elija el consumidor.

Sin embargo, la difundida asociación entre la privatización de British Railways y el aumento del número de accidentes mortales no es cierta. Es una gigantesca falacia que se ha extendido como una locomotora. La realidad es que desde que se privatizaron los trenes en Inglaterra se producen menos accidentes. En concreto, las muertes en accidentes de tren se han reducido a menos de la mitad. Es más, el ritmo al que se ha incrementado la seguridad de los trenes en Inglaterra una vez privatizados ha sido superior al que se venía produciendo durante los últimos años del ferrocarril público británico.

La comparación entre la siniestralidad del sistema ferroviario privado británico y de monopolios públicos como el español, no dejan lugar a la duda. En Inglaterra, el ratio de siniestralidad ha bajado de manera continuada hasta situarse en 0,1 siniestros graves por millón de kilómetros recorridos mientras que en nuestro país esta cifra se multiplica por cuatro. Como en otros casos la privatización de los trenes sustituye coacción por voluntariedad y mejora la eficiencia del servicio. Además, salva vidas.