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25 años del muro

La verdad es que este aniversario ha pasado un poco desapercibido en nuestro país, pienso que debido al pseudo referéndum celebrado en Cataluña ese mismo día. Lo que no deja de ser una ironía de la Historia: levantar muros cuando se está celebrando la caída de otros…

Pero no hablemos de ese tema. Lo que iba a recordarles es cómo el Muro de Berlín ha tenido algo de vergonzante para muchos protagonistas del panorama cultural, académico o político de la vieja Europa, que durante treinta y ocho años estuvieron mirando hacia otro lado hasta que Ronald Reagan le espetó a Gorbachov: "Tear down this Wall". Y ocurrió el Mauerfall, debido a un cúmulo de coincidencias, la presión social y la determinación política de algunos personajes del momento. Vuelvo a citar aquí ese interesante libro de John O’Sullivan sobre el Presidente (Reagan), la Primera Ministra (Thatcher) y el Pontífice (Juan Pablo II), cuya conjunción en el tiempo seguramente fue decisiva para la Caída del Muro.

Por otra parte, todo ese bloque oriental comenzaba a resquebrajarse. Carlos Alberto Montaner ha escrito que fueron días de ira e ilusión: "en Hungría el propio Imre Pozsgay, un reformista decidido a liquidar el sistema, abría sus fronteras para que los alemanes de la RDA pasaran a Austria y de ahí a la fulgurante Alemania Federal, la libre. En Checoslovaquia, Vaclav Havel y un puñado de intelectuales valientes animaban el Foro Cívico como respuesta a la barbarie monocorde de Gustáv Husák. En junio, cinco meses antes del derribo del Muro, los polacos habían participado en unas elecciones maquiavélicamente concebidas para arrinconar a Solidaridad, pero, liderados por Lech Walesa, la oposición democrática ganó 99 de los 100 escaños del senado". Montaner se refiere al Pan-European Picnic promovido por Otto de Habsburgo y Pozsgay ese verano del 89, una excusa festiva en la frontera de Austria y Hungría que permitió el paso a Occidente de muchos alemanes del Este.

Me quejaba de un cierto olvido de este aniversario, aunque también diré que sí se han emitido algunos programas en la televisión recordando la construcción y la caída del Muro (además de esa acelerada película de Willy Wilder con James Cagney: One, two, three). Tengo que reconocer que esas imágenes de la gente subida en el Muro con martillos y cinceles me siguen emocionando, como las de los que saltaban las primeras alambradas, la desolación ciudadana ante los tanques en Praga o el discurso de Kennedy en Berlín ("Ich bin ein Berliner").

Estamos considerando la importancia histórica de los 25 años del Muro; a lo que podemos añadir una pregunta sobre su reconocimiento presente: Alejandro Chafuen (http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2013/11/06/tear-down-this-wall-celebrating-victories-over-communism-on-world-freedom-day/ ) escribía sobre la poca atención que le prestan los políticos actuales a este aniversario, y creo que tiene razón (¡hay que celebrar ese Día de la Libertad!). Y así, el Presidente del influyente Think Tank Atlas Economic Research citaba, entre las personas que se dirigieron a él para reflexionar sobre la importancia del nueve de noviembre, a Vicente Boceta, director del Centro Covarrubias. Seguramente por este motivo es que se ha elegido esa fecha para la entrega de los Premios Diego de Covarrubias, que anualmente se otorgan a un trabajo en el que se aborde algún aspecto de "la compatibilidad del liberalismo económico con los principios y valores de la civilización judeo-cristiana", según se lee en las Bases de la convocatoria.

Lo que me permite hablarles de la segunda edición, que tuvo lugar el pasado 13 de noviembre en la Fundación Rafael del Pino. Su ganador ha sido José Ramón Ferrandis por un ensayo con el título de Globalización y generación de riqueza. Como explicaba en esa ceremonia, su objetivo era desmontar varios mitos y lugares comunes, a su juicio equivocados, respecto a la realidad económica de nuestro mundo globalizado. Comenzando por una enfermiza fijación de la ONU contra la expansión del comercio internacional y la inversión extranjera directa en los países subdesarrollados. Al contrario, las naciones han crecido económicamente cuando se han integrado en los procesos de intercambio global: esto es algo que se puede demostrar teóricamente, pero es también una evidencia -nos contaba- demostrable empíricamente desde su experiencia profesional en la Administración Pública.

Ferrandis explicó convencido la ineficacia de las transferencias directas a países del Tercer Mundo, que benefician más a todo un lobby de intermediarios (y, desgraciadamente con mucha frecuencia, a los propios gobernantes) que a los ciudadanos. También nos alertaba contra el mito de la "redistribución forzosa": es una utopía confiar en la intervención económica omnisciente de no se sabe qué organismos para que, como alguien señaló con ironía "los pobres de los países ricos transfieran dinero a los ricos de los países pobres". Recordando finalmente que lo propio de la condición humana es la diversidad; se debería partir, es cierto, de una igualdad en el origen: pero no en los resultados. Conocemos bien que la pobreza de una mayoría social no se debe a la riqueza de unos pocos. Porque hay que respetar el esfuerzo personal, que sí genera bienestar siempre que se realice en un entorno de justicia y libertad.

Por supuesto, en las bases de todo progreso económico están, necesariamente, los principios del buen gobierno que el pensamiento occidental ha desarrollado con voluntad, tiempo y no pocas contrariedades: el imperio de la Ley, el respeto a la propiedad privada, la estabilidad institucional, la división de poderes o la seguridad en los contratos. Esto no significa, añado yo, que las democracias europeas cumplan todos estos requisitos: hay mucho que corregir y demasiada corrupción, como nos publicitan los Medios casi a diario. Pero esto no es una consecuencia del liberalismo, sino todo lo contrario: es un resultado de la abusiva injerencia del Estado en la vida privada, y de la cada vez más lamentable educación moral de nuestras sociedades avanzadas. Lo que nos llevaría a hablar de un relativismo ético y filosófico casi idéntico en los políticos de izquierdas o de derechas… cosa que dejo para otra ocasión.

1980: un homenaje a la libertad

Cuando supimos de la iniciativa que tenía en mente Arteta, le felicitamos desde este mismo medio de comunicación. Anteriores trabajos suyos como 13 entre mil o El infierno vasco fueron auténticas joyas que reflejaron sin aspavientos el terror sembrado por eta durante décadas, poniendo en valor el rol de las víctimas, olvidadas antes y parece que ninguneadas ahora.

1980, además, cuenta con otra virtud. La carencia de subvención alguna por parte de los poderes públicos, ha hecho que su financiación se haya realizado fundamentalmente a través de la técnica del crowfunding. TVE y Telemadrid sí que han secundado este proyecto, la televisión autonómica vasca (ETB), no. ¿Alguien se sorprende de esto último?

El nacionalismo vasco defiende la tesis del final "dialogado" o "sin ganadores ni perdedores", sofisma que, desgraciadamente, sectores del PP y PSOE están comprando y haciendo suyo, quizás para no quedarse al margen de la mayoría. En consecuencia, el desamparo de las víctimas aumenta, al mismo tiempo que se pervierten los términos en que la historia debe ser transmitida a los más jóvenes. Instalarse en la poltrona de la "paz" es lo cómodo, es decir, justo lo contrario a lo que hace Arteta en su película, donde el realismo suple al falso optimismo con que las elites políticas nos venden la derrota de eta.

Como sucediera con los títulos anteriormente mencionados, son pocas salas las que se han lanzado a proyectar la película (en Madrid, los cines Renoir, sitos en la Calle Princesa). Con esta forma de operar, bien condicionada por criterios económicos, bien por haber caído de bruces en los parámetros de lo políticamente correcto, va a ser difícil construir un relato que ponga el valor la importancia, protagonismo y memoria de las víctimas. Por ello, al ir a contracorriente, Arteta se anota un nuevo tanto pues se opone al nacionalismo obligatorio e identitario, al mismo tiempo que lo combate.

El producto final merece la pena. Un trabajo bien documentado en el que a través del testimonio de las víctimas, nos acerca cómo era el ambiente en el País Vasco a comienzos de los 80. Imágenes impactantes combinadas con aportaciones como las de Gorka Fernández, Teo Uriarte, Florencio Domínguez, Aurelio Arteta o Ander Landáburu… quienes diseccionan desde el presente lo que fueron aquellos años, señalando culpables y responsables.

El espectador podrá comprobar las razones por las que el centro-derecha no nacionalista careció de presencia en la política vasca hasta los 90. En efecto, durante la Transición y "los años de plomo", quienes defendían siglas como las de AP o UCD, fueron perseguidos, amenazos y buena parte de ellos, asesinados. El miedo se apoderó de la sociedad vasca y la cobardía fue la respuesta de un sector significativo de la misma que prefirió el silencio cómplice, la equidistancia o el cinismo ilustrado en la frase "algo habrá hecho".

En este sentido, el documental de Arteta muestra a las claras cómo se invertían los papeles, de tal modo que las víctimas se convertían en victimarios. De hecho, en la mayor parte de las ocasiones, tras el asesinato, la familia del asesinado debía de hacer frente a un torrente de falsas acusaciones que, a su vez, habían servido para justificar la comisión del crimen. En otros casos, debían abandonar la localidad.

Todo ello aparece bien desmenuzado y mejor documentado en la obra de Arteta. 102 minutos trepidantes y emocionantes. Un homenaje a aquellos que han caído en el olvido y que gracias a trabajos como éste, recuperan el lugar que les corresponde como referentes éticos y morales.

El populismo amenaza con desatar una nueva crisis del euro

El auge de los partidos populistas, defensores de impagar la deuda e incluso abandonar el euro como solución a la crisis, no es un fenómeno exclusivo de España, tras la fuerte irrupción de Podemos en el mapa político, sino que también se extiende a Grecia e Italia, afectando así a buena parte del sur de Europa.

Las últimas encuestas electorales muestran que este tipo de formaciones lideran la intención de voto en Grecia, con los comunistas de Syriza a la cabeza, en España con Podemos, y se sitúan como segunda fuerza en Italia a través del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, tal y como recoge el siguiente gráfico.

Fuente: Bloomberg

Este crecimiento constituye un nuevo factor de riesgo para la estabilidad económica de Europa y la propia supervivencia del euro, ya que estos tres partidos abogan por decretar la suspensión de pagos y, en última instancia, salir del euro. El mercado, por el momento, no ha descontado dicha posibilidad y mantiene la calma gracias a las promesas que sigue lanzando el Banco Central Europeo (BCE) de que intervendrá comprando deuda pública en caso necesario. 

Sin embargo, el ascenso al poder de alguno de estos partidos bien podría desatar una nueva e impredecible crisis en el seno de la Unión Monetaria, puesto que defienden abiertamente impagar la deuda y abandonar la política de ajustes y reformas estructurales que recomienda Bruselas, con lo que, una de dos, o bien estos estados reciben más dinero de las autoridades comunitarias para financiar su gasto público -con el consiguiente enfado de los contribuyentes del norte- o bien abandonan el euro para recuperar su autonomía monetaria. En cualquiera de los dos casos, la tormenta financiera está asegurada.

De hecho, los inversores ya han dado un primer toque de atención debido a la creciente incertidumbre política que vive Grecia. Las turbulencias financieras regresaron brevemente el pasado octubre como consecuencia de la debilidad económica que registra la zona euro y, sobre todo, el riesgo de que se adelanten las elecciones generales en Grecia y Syriza se haga con el control del país. Su líder, Alexis Tsipras, aliado político de Pablo Iglesias, lidera las encuestas electorales con la promesa de acabar con las medidas de austeridad, nacionalizar la banca y suspender el pago de la deuda.

Mientras, en el caso de España, el brutal ascenso que ha obtenido Podemos en los últimos meses ha empezado a recabar la atención de las principales firmas de análisis, advirtiendo a los inversores del desastre económico que supondría la victoria electoral del partido de Iglesias o la preocupante fragmentación e inestabilidad política que, en todo caso, arrojarán las urnas el próximo año.

El caso de Italia también es paradigmático. Aunque el Movimiento 5 Estrellas no lidera las encuestas de intención de voto, se mantiene como la segunda fuerza del país y, además, acaba de lanzar una campaña de recogida de firmas entre la población para discutir en el Parlamento la celebración de un referéndum vinculante sobre la permanencia o no de Italia en el euro. Su líder, Beppe Grillo, afirma que "vamos a dejar el euro y a derribar este sistema de banqueros, de escoria". Y añade que "estamos en guerra con el Banco Central Europeo, que nos ha despojado de nuestra soberanía".

La cuestión es que dicha iniciativa podría triunfar, ya que, según las últimas encuestas, el 44% de los italianos quiere recuperar su antigua moneda, la lira, mientras que apenas el 45% apuesta por mantener el euro. Podemos defiende una línea muy similar para España, aunque sus líderes no lo defiendan de forma explícita para no asustar a los votantes. El partido de Pablo Iglesias apuesta, igualmente, por impagar la deuda y, en última instancia, salir del euro, tal y como avanzó Libre Mercado.

Por último, los analistas de Bloomberg señalan que, en un entorno económico deprimido como el actual y elevadas tasas de paro, el creciente apoyo electoral que están cosechando los populistas en Grecia, España e Italia podría acabar tentando a los partidos tradicionales a adoptar alguno de sus grandes emblemas, como, por ejemplo, el impago de la deuda soberana, desatando con ello una nueva crisis financiera. No en vano, estos tres estados acumulan una deuda pública próxima a 3,5 billones de euros.

La deuda del Estado español roza el 100% del PIB, la de Italia supera el 130% y la de Grecia el 175%; sus tasas de paro son las más elevadas de Europa: 26% en el caso de Grecia, 24% en España y 12,6% en Italia; además, tras siete años de crisis, ninguno de los tres ha logrado superar sus problemas económicos: el PIB de Grecia es hoy un 25% inferior al nivel registrado antes del estallido de la crisis, un 9% menos en el caso de Italia y un 5% inferior en España.

Fuente: Bloomberg

Esta agonía económica, sumada a los escándalos de corrupción, han terminado por impacientar a muchos votantes que, ahora, ven en este tipo de formaciones una posible solución a los problemas del país, dado el absoluto descrédito que atraviesan los partidos tradicionales.

Los datos, sin embargo, demuestran que ninguno de estos tres países han implementando un profundo y serio programa de recortes de gasto y reformas económicas, a diferencia de otras economías europeas que, gracias precisamente a este amarga receta, no sólo han logrado dejar atrás la crisis, sino que lideran el crecimiento y la creación de empleo en la UE.

La justicia: la piedra en el camino

Dice la Real Academia de la Lengua Española que la palabra escrúpulo proviene de un término latino que significa piedrecilla. En una de sus acepciones, probablemente la más sorprendente por desconocida, nos cuenta que se refiere a la china o piedrecilla que al meterse en el zapato, lastima el pie y nos incomoda. Visto lo visto, yo diría que la Justicia es, más que la piedra en el zapato o el garbanzo bajo el colchón, el peñasco en medio del camino que no nos deja caminar.  Y ese “nosotros” no se refiere solamente a España.

Los espejos y los grados

España, europea de pro, por supuesto que anda muy por encima de esos países que vemos en la televisión donde desaparecen estudiantes por decenas en manifestaciones, y de esos otros en donde la mujer de un mal gobernante (por sus actos les conoceréis) elegido digamos “democráticamente”, que ahora es presidenta electa a su vez, campa por sus respetos y acaba de exprimir al ciudadano de bien que ni puede comprar bienes extranjeros, ni tiene la propiedad real de casi nada, excepto de la creciente miseria. España no tiene unos tribunales de república bananera, ni unas instituciones tan degradadas como por otros lugares. ¡Somos europeos!

Sin embargo, ironías aparte, no puedo evitar dar un respingo cuando leo artículos donde más de la mitad de los párrafos parecen dirigidos a mi país, pero resulta que no, que se trata de un autor y un periódico extranjeros. Y como es un amigo quien ha escrito el artículo, me permito poner un ejemplo. Segundo párrafo: “… si uno se pregunta cómo ha sido posible todo esto [la crisis en la justicia], la respuesta puede darse en dos sentidos. Primero, puede decirse que el sistema político de  (¿España?) ha experimentado una degradación ética, pues muchos líderes de los diversos sectores que inciden en la vida pública de la nación anteponen sus intereses personales a los del estado”. Y mi amigo continúa explicando cómo la actividad política se ha convertido en una suerte de trampolín para conseguir poder, estatus y en general, beneficio personal. También expone el coste político versus el beneficio de manipular la elección de los magistrados en las diferentes instituciones de justicia y analiza los problemas que ese procedimiento, contaminado por los intereses políticos más vanos, acarrea.

Pues se trata del Diario Siglo21 de Guatemala y el autor es el doctor en Derecho, notario y profesor, Eduardo Mayora. Y ya sé que hay una diferencia de grado enorme, que las instituciones están peor allí que aquí, la inseguridad ciudadana es una cosa terrible en Guatemala, que la policía, los sobornos, los jueces, las mafias… ya sé todo eso. Pero se me hiela la sangre cuando compruebo que la crisis de justicia es sistémica. Porque la solución en ese caso es mucho más compleja.

El mal sistémico y sus soluciones

No se trata de crear tejido empresarial para absorber tantos millones de parados. No se trata de echar a tres corruptos aislados de los partidos más poderosos. Es más complicado. Se trata de restañar la fiabilidad, credibilidad, prestigio y solidez de las instituciones fundamentales de justicia, que están en la misma base de nuestras sociedades, que sustentan la civilización occidental como la conocemos, y cuyo establecimiento ha costado sangre, sudor y lágrimas a muchas generaciones. Esas instituciones que surgen de la evolución del derecho tras siglos de maduración y que los incentivos políticos perversos están minando, en algunos lugares de manera más irremediable que en otros.

Si se tratara de un país, un tribunal superior, un caso aislado… pero cuando son muchos, cuando se trata de un sistema de justicia, la cosa cambia. Y es aquí cuando hay que volverse estricto y adoptar los escrúpulos, pero en otro sentido que en el aludido al principio, como actitud diaria. Porque escrúpulo también hace alusión a aquella “duda o recelo que punza la conciencia sobre si algo es o no cierto, si es bueno o malo, si obliga o no obliga”. De este modo, el esmero y la pulcritud en el uso de nuestras instituciones de justicia, el castigo implacable a quien se salte la ley y quien  degrade dichas instituciones, por supuesto, considerando todos los españoles en igualdad ante la ley, tal vez actúen a tiempo para que los ciudadanos recuperemos la perdida confianza en nuestras instituciones, en nuestros jueces y en nuestra capacidad para no desmoronarnos.

Eso requiere de la “punzada en la conciencia” que describe el diccionario de la Real Academia. Y por tanto, hay que tener conciencia. Y ahí creo que es donde empieza el problema, porque nadie da el primer paso, hace un examen particular y reconoce nada de nada. Y así ¿cómo se puede predicar ni transparencia ni regeneración de la justicia o de la vida política? 

La casta es el Estado

El conocido economista y político italiano Mario Monti publicó un artículo en el Financial Times, que en España reprodujo Expansión, que es una magnífica muestra de lo que cabe esperar de la burocracia europea. Como si fuera una cuestión puramente técnica y analíticamente obvia, propuso Monti cambiar "la normativa de las inversiones públicas en Europa".

Consciente del bochorno que suscita el hecho una y otra vez comprobado de que los Estados hacen con sus compromisos prácticamente lo que les da la gana, por ejemplo, pasarse el Pacto de Estabilidad por el arco de triunfo, dice Monti que, hablando de dicho arco, no pueden las autoridades francesas "anunciar que incumplirán los plazos y conseguir el respaldo de otros países como Italia, asegurando que la UE no debería considerar que su postura es una infracción".

La imaginativa solución de Monti es la misma que se aplicó cuando casi nadie cumplía la condición de Maastricht de que la deuda pública no podía superar el 60% del PIB. ¿Qué hicieron? Pues suprimieron ese requisito y Santas Pascuas.

Y ahora lo que toca, como diría el célebre Hereu, es cargarse el mencionado Pacto de Estabilidad, que, afirma Monti sin explicar por qué, resulta que es "simplista" y sólo "adecuado para la primera etapa del euro". Así que: Bye bye love…

Aclara Monti que el truco es no computar en el déficit las inversiones públicas. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? (La verdad es que sí se nos había ocurrido, y el astuto italiano recuerda que hace tiempo la propia Alemania "tenía por norma que el Estado sólo se endeudara para realizar inversiones públicas").

Sea como fuere, dice el senador vitalicio italiano que "la idea de un tratamiento más favorable para la inversión pública ha ido ganando terreno". Hablando de "favorable", está muy a favor de otro demagogo, Jean-Claude Juncker, y su mágico plan keynesiano de gastar 300.000 millones para impulsar el crecimiento (me ocupé de Juncker aquí hace poco). Monti añade: "La nueva Comisión debería ir más allá y anunciar la promoción de una disciplina fiscal a nivel nacional más favorable a la inversión". Vamos, que aquí no importa el déficit, con lo que retorcemos las normas y miel sobre hojuelas: "De esta forma se cumpliría el Pacto de Estabilidad permitiendo a la vez un tratamiento favorable a la inversión pública según los límites establecidos en 2013". Y encima se pone ético y tiene la osadía de escribir que esto propicia la disciplina fiscal que “protege a las futuras generaciones de los abusos de los actuales políticos”.

Como siempre, hay sólo un obstáculo, un país maldito, la Alemania de la bruja Merkel, que necesita infraestructuras, con un Gobierno que puede endeudarse a menos del 1% para invertir en obras públicas "con una tasa de rentabilidad muy superior en términos de crecimiento" (con qué alegría se dice todo ¿verdad?).

Si Alemania no lo hace, si tiene algún resquemor a la hora de seguir subiendo los impuestos, el gasto y la deuda, es decir, si igual abriga alguna duda de que esa disparatada receta no es la conveniente, Mario Monti amenaza: "Si ese país decide renunciar a ese tipo de inversión, ¿no está actuando contra los intereses de futuras generaciones?".

Cara dura no le falta al caballero de los trucos, desde luego.

Trucos Monti

El caso de la beca de Íñigo Errejón en la Universidad de Málaga es ciertamente anecdótico en comparación con las toneladas de macrocorrupción presentes en el resto de formaciones políticas dominantes. Resultaría casi sonrojante asimilar un contrato universitario para la ejecución de un proyecto de investigación –por muy cuestionables que hayan sido las circunstancias que han rodeado su concesión– con las tramas de expolio organizado reveladas en los casos Gürtel, ERE y Púnica.

Ahora bien, que la gravedad de los casos sea incomparable no significa que no puedan extraerse ciertas lecciones del asunto. A la postre, la contratación de Errejón ha estado rodeada de un indudable tufillo nepotista: el director del proyecto al que se incorporó Errejón era su amigo, y ahora también dirigente de Podemos, Alberto Montero; y si Montero pudo contratar dedocráticamente a Errejón, así como agraciarle con unas condiciones laborales harto generosas (elevado sueldo y posibilidad de prestar sus servicios desde Madrid), fue debido a que gozaba de un muy elevado margen de discrecionalidad a la hora de gestionar el dinero público asignado al proyecto. Por tanto, como decía, sí es posible sacar ciertas conclusiones.

1) La casta no está únicamente integrada por la alta dirección de la Administración Pública, esto es, por el Gobierno y sus subalternos más inmediatos. Al contrario, la casta impregna todos los niveles de la Administración en los que el empleado público de turno disfruta de ciertas potestades discrecionales: en la medida en que un empleado público pueda arrimar el ascua a su sardina en el ejercicio de su discrecionalidad, tendrá en todo momento la tentación de aprovecharse personalmente de ese poder. El caso de las universidades españolas probablemente sea de los más conocidos, en especial por todos aquellos que hemos caminado por dentro de las tripas del monstruo, pero no es ni mucho menos único: junten poder y naturaleza humana y obtendrán casos reiterados de abuso de poder, esto es, de corrupción (de corrupción no necesariamente ilegal).

2) Dado que una Administración Pública omnicompetente necesita tomar (muchas) decisiones atendiendo a las circunstancias particulares de cada caso, alguna instancia dentro de ella deberá disfrutar, por definición, de un cierto margen discrecional para decidir. Lo mismo sigue sucediendo si la propia Administración crea supervisores internos que controlen el buen o mal uso de ese poder discrecional por parte de los empleados públicos: estos supervisores dispondrán, a su vez, de poder discrecional para sancionar (o no) a sus supervisados, gestándose así nuevas oportunidades de corrupción. De ahí que no sea posible eliminar la discrecionalidad de la genética de la burocracia administrativa y, por tanto, tampoco el germen de la corrupción.

3) La conocida milonga de Podemos de que para acabar con la corrupción basta con reemplazar a la mala casta actual por la buena neocasta emergente es completamente falaz. El problema de la corrupción no se circunscribe al Gobierno de la nación, sino a todos los niveles administrativos con potestades discrecionales: y ni siquiera Podemos aspira a reemplazar a todos los actuales empleados públicos por nuevos e incorruptibles funcionarios. Es más, aunque lo hiciera no queda claro qué conseguiría con ello: los nuevos funcionarios de Podemos se enfrentarían a idénticos incentivos perversos, pudiendo caer en análogas tentaciones. El caso de Errejón, de hecho, ilustra que personas presuntamente honestas e intachables (ni me interesa ni pretendo prejuzgar a las personas) también incurren en comportamientos como poco cuestionables toda vez que palpan algo de poder.

4) En vista de lo anterior, las dos únicas formas de terminar con la corrupción son, por un lado, incrementar los controles exógenos sobre el ejercicio de la potestad discrecional de los empleados públicos y, por otro, reducir los ámbitos competenciales de los empleados públicos. Podemos apuesta radicalmente por la primera vía: ya sea reclamando la independencia judicial o el control democrático (revocatorio) de la función pública. El problema es que es cognitivamente imposible que los jueces o "el pueblo" controlen las decisiones diarias de millones de empleados públicos; en especial si, como propone Podemos, se incrementa todavía más el ámbito competencial del Estado. Por ejemplo, es absurdo pensar que un tribunal independiente o el pueblo soberano en su conjunto serán capaces de controlar si cada uno de los miles de contratos de investigación de las universidades públicas españolas suponen un abuso del poder discrecional de los directores de proyecto o no. De ahí que ningún país del mundo haya conseguido eliminar la corrupción vinculada a una Administración pública gigantesca: como mucho, ha logrado que la corrupción se sofistique y camufle para evitar que su ciudadanía la detecte y la sancione (sí, también en Dinamarca). ¿O es que acaso pensaban que los burócratas no se adaptan estratégicamente a los controles que se les interpongan?

Así pues, la única solución de verdad contra la corrupción pasa por minorar los ámbitos competenciales del Estado, esto es, por reducir su tamaño y el alcance de sus intervenciones: si el Estado no se ocupa de regular un área determinada de la sociedad, carecerá en esa área de poder discrecional susceptible de ser corrompido (por ejemplo, si no se sufragan con dinero del contribuyente proyectos de investigación sobre las "políticas públicas para la desmercantilización de la vivienda en Andalucía" no habrá margen de corrupción posible al respecto). Es más, un Estado pequeño –con pocos funcionarios y pocas decisiones discrecionales– sí es un Estado mucho más fácil de fiscalizar por tribunales independientes y por la ciudadanía en su conjunto. Pero Podemos propone justo lo opuesto: no reducir el Estado, sino multiplicarlo.

5) Es verdad que la reducción del tamaño del Estado no garantiza que la corrupción no se traslade del ámbito estatal al ámbito privado. Por ejemplo, la misma cuestionable concesión de un proyecto de investigación a un amigo podría haber tenido lugar –y tiene lugar diariamente– en el marco de las universidades privadas. La diferencia entre un caso y otro, sin embargo, es clave: la corrupción estatal, a diferencia de la privada, deriva del abuso de un poder que no le ha sido otorgado al Estado de manera unánime por todos los que la sufren. Por ejemplo, un ciudadano andaluz puede ser plenamente consciente del nepotismo y de la endogamia de las universidades públicas, pero carece de la libertad para dejar de financiarlas. En cambio, el accionista, el benefactor o el estudiante de una universidad privada corrupta hasta la médula son perfectamente libres de dejar de darle apoyo financiero y de dejar de relacionarse con ella en cuanto lo deseen. En otras palabras, la corrupción estatal es un asunto público porque los ciudadanos no podemos escoger no interactuar con el Estado: éste nos impone por la fuerza la interacción. Por consiguiente, la corrupción del Estado termina convirtiéndose en una extracción de rentas y de libertades de la mayoría que ignora o tolera la corrupción sobre la minoría que la conoce y la reprueba, sin que ésta minoría pueda defenderse por ninguna vía. En cambio, la corrupción privada es un asunto particular que sólo afecta a las partes voluntariamente implicadas, pudiendo cada cual defenderse de la misma finiquitando cualquier relación con el órgano corrupto (lo que no significa, claro, que cuando sea delictiva no deba ser perseguida por los tribunales).

Por eso, en definitiva, si queremos luchar contra la peor de las corrupciones, la impuesta por la fuerza, debemos luchar contra el Estado gigantesco. Es decir, debemos luchar contra el modelo de Estado que propugnan PP, PSOE y Podemos. El caso Errejón es relevante no por su gravedad intrínseca, sino porque pone de manifiesto las debilidades doctrinales y programáticas de su formación política a la hora de defender una vía de combatir la corrupción –el incremento del tamaño y del poder del Estado– que sólo contribuye a alimentarla.

La banca y el oligopolio de la gestión de activos en España

Los libros de Economía explican los problemas que generan en un mercado la existencia de monopolios y oligopolios. Todos, aplicando el sentido común y de forma más o menos intuitiva podemos ver que no es bueno para el consumidor un mercado monopolístico u oligopolístico. Los economistas de la Escuela Austríaca han reiterado por activa y por pasiva que los monopolios y oligopolios no surgen de manera natural en una economía de libre mercado sino que es el Estado el que privilegia a unos e impide el acceso al resto.

No debería de sorprendernos, por tanto, que la banca española ostente –desde hace décadas– un oligopolio sobre la lucrativa industria de la gestión de activos. Conviene recordar que la banca es, en cualquier economía occidental, la industria más regulada y privilegiada de todas por parte del Estado. Esos privilegios en forma de regulación se extienden también a la industria de gestión de activos. Si se hace un análisis a grandes rasgos de esta industria en nuestro país sólo cabe un veredicto posible: nos encontramos ante un oligopolio creado por el Estado. En España, según datos de INVERCO (la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva), el 7,45% de las gestoras por volumen de activos tienen menos de 1.000 millones de euros de activos bajo gestión. El resto de gestoras con un volumen superior son gestoras controladas por la banca y las compañías de seguros (véase Popular Allianz o Mutuactivos). Es decir, que más del 90% de las gestoras en España son de la banca y las aseguradoras. Los datos son aún peores si se matizan. Bestinver, un rara avis dentro de la industria se ha hecho con una cuota muy significativa gracias a apostar por una gestión activa y de calidad, es una excepción dentro de las gestoras independientes.

La fuerte concentración de esta industria se ha agravado en los últimos años y es que el número de gestoras se ha reducido todavía más por dos factores recientes. En primer lugar, el proceso de concentración bancario fruto de las fusiones de las antiguas Cajas de Ahorro ha hecho que muchas de ellas desaparezcan. En segundo lugar, la crisis se ha llevado por delante a cerca de 24 gestoras con lo que el número total ha pasado de 120 a 96 durante la crisis. El negocio de la banca es doble: la gestión de cobros y pagos y la intermediación financiera. Ninguna de estas actividades guarda relación con la gestión de activos y pese a ellos, la banca controla dicha industria.

Las consecuencias de que exista un oligopolio en esta industria tienen un claro ganador, la banca, y un inmerecido perdedor, los consumidores-ahorradores. Gracias a esta regulación, la banca se reparte sin mucho esfuerzo un jugoso pastel en forma de comisiones que supera los 2.000 millones de euros anuales. Beneficios inmerecidos, ya que no se producen en un mercado libre en donde no deben existir barreras de entrada como las actuales. Las elevadas cifras de capital social mínimo de 2.400.000 Euros para las SICAV y 3.000.000 Euros para los Fondos de Inversión son una enorme barrera que excluye a muchos gestores con talento en nuestro país, para la congratulación de la banca. Los fuertes costes en los que deben incurrir las instituciones de inversión colectiva para cumplir con toda la regulación existente también son otra insalvable barrera de entrada para muchos profesionales independientes ávidos de gestionar vehículos de inversión colectiva. Pero sobre todo, la posición dominante de la banca en dicho sector es muy difícil de combatir por parte de pequeñas gestoras con menos recursos económicos.

La posición de dominio de la banca ha hecho, como hemos podido comprobar recientemente, que abusen y maltraten a los clientes. Estafas masivas como la de las preferentes o escándalos como la salida a Bolsa de Bankia o los contratos de derivados tipo swaps son algunos de los ejemplos que evidencian la mala praxis generalizada en el sector. Cuando una empresa no tiene ningún tipo de privilegio, su supervivencia empresarial depende exclusivamente de su capacidad para saber satisfacer las necesidades de sus consumidores y hacerlo mejor que su competencia. Cuando una empresa, como le sucede a la banca en nuestro país, goza de un privilegio especial que le otorga una posición oligopolística, ese incentivo desaparece por completo.

Otro factor que contribuye a la existencia de estos abusos es la escasísima cultura financiera de los españoles. Nuevamente, el Estado tiene una parte de culpa en este asunto. Dado que el Estado controla el currículum académico que los niños reciben en las escuelas, la no inclusión (pese a excepciones recientes) de la materia de educación financiera en las últimas décadas ha generado una población sin unos mínimos conocimientos financieros que les permita tomar decisiones financieras adecuadas y evitar productos financieros complejos y arriesgados cuyo único beneficiario es su vendedor.

Martin Huete, un histórico del sector y antiguo director general adjunto de Caja España Fondos, hizo públicas sus críticas hacia INVERCO por considerar que dicha asociación estaba prestando atención sólo a los intereses de la banca y no a los de todos los miembros de la asociación. De nuevo, unos incentivos perversos condicionan el comportamiento de las personas. Pese a ser una asociación que debería defender y representar los intereses de todos sus miembros, INVERCO defiende tan sólo los intereses de la gran banca. Es perfectamente comprensible si atendemos a su funcionamiento: las tres principales instituciones bancarias de nuestro país son las que deciden la composición de sus órganos de gobierno. Eso puede explicar entre otras cosas que su actual presidente, Mariano Ramadán, lleve más de veinte años en el cargo.

La solución a esta indeseable situación es liberalizar esta industria, eliminando toda posible barrera de entrada existente, simplificando la poca regulación que tengan para lograr abaratar los costes en los que incurran los profesionales para asesorar y gestionar patrimonios en nuestro país. Los beneficios de dicha liberalización tendrían un claro ganador: los consumidores-ahorradores. El perdedor inicial sería la banca, pero a largo plazo no necesariamente debería de serlo. La banca tiene la capacidad para adaptarse y satisfacer mucho mejor las necesidades de los consumidores-ahorradores de lo que lo hace en la actualidad, con una baja competencia en el sector. Lo único que le falta a la gran banca es tener el incentivo que le empuje a hacerlo y, liberalizar el sector y abrirlo por completo a la libre competencia, sería el catalizador necesario para conseguirlo. Con la aparición de mucha y muy variada competencia en la industria de gestión de activos mejoraría mucho la calidad de los productos ofertados, se produciría una significativa rebaja de los costes de las comisiones cobradas y, en definitiva, la calidad de los productos ofertados sería notablemente mejor. Con el horizonte en el largo plazo, claramente ganaría toda la sociedad en su conjunto. No olvidemos que el sistema público de pensiones está abocado al colapso y que una buena administración del ahorro privado de los ciudadanos para planificar su jubilación es un aspecto clave para que nuestro país no se enfrente a un drama en el futuro.

Veamos el lado positivo de todo esto: revertir este problema es sólo cuestión de voluntad política. Los ahorros de millones de personas en nuestro país están a un simple cambio normativo de verse enormemente beneficiados de lo que la banca lleva décadas presionando (como lobby que es) para que no se produzca: que surja la muy deseable competencia. Ojalá escuchen nuestros deseos y, pese a ser políticos, actúen con coherencia y sentido común.

Entrevista a Antonio Salcedo – Persuasión y política

Antonio Salcedo nos invita con esta entrevista del 22/11/2014 a examinar las variables que determinan el impacto de la comunicación persuasiva. Los asistentes recibirán claves y criterios con los que juzgar por sí mismos las competencias persuasivas de los políticos más relevantes en la actualidad o para incrementar las suyas si lo estiman oportuno. 

Antonio Salcedo – Persuasión y política

Antonio Salcedo nos invita con esta conferencia del 22/11/2014 a examinar las variables que determinan el impacto de la comunicación persuasiva. Los asistentes recibirán claves y criterios con los que juzgar por sí mismos las competencias persuasivas de los políticos más relevantes en la actualidad o para incrementar las suyas si lo estiman oportuno.