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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

El becario de la City y los progres del mundo

La progresía ya tiene un nuevo mártir –aunque involuntario, en este caso–, otra víctima del malvado capitalismo al que rendir pleitesía para justificar la bondad del estatismo. Se trata de Moritz Erhardt, un joven alemán de 21 años, becario del Bank of America en la City londinense, que fue hallado muerto en su habitación tras trabajar 72 horas seguidas sin descanso. La noticia ha recabado la atención de medio mundo, en parte debido a la sequía de información típica del mes de agosto y porque, sin duda, el hecho en sí resulta llamativo desde el punto de vista mediático. Basta observar el siguiente titular: Muere un becario del Bank Of America tras trabajar tres días seguidos.

"City", "Bank of America" y "muerte", tres conceptos cuya combinación arroja una conclusión simple y falaz, pero muy efectiva… El capitalismo mata. De hecho, la reacción inmediata de la inmensa mayoría de medios, analistas y lectores ha sido casi idéntica. Calificativos tales como "esclavismo", "explotación", "suicidios" o "infierno" han sido la tónica dominante para describir las inaceptables "condiciones inhumanas" que impone la City, emblema mundial de las finanzas, a sus sufridos empleados y, muy especialmente, a los incautos becarios que osen adentrarse en ella. La contestación cuasi unánime a este trágico suceso muestra hasta qué punto se ha extendido en Occidente el buenismo estatista propio del pensamiento único.

Lo primero que llama la atención es la relación causa-efecto que surge de forma automática a la hora de interpretar los hechos. A saber, tres días trabajando sin parar provocan la muerte. Quienes crean tal afirmación acaban de descubrir una nueva enfermedad mortal hasta ahora desconocida, resultado de la explosiva combinación de insomnio y exceso de trabajo. Y ello, a pesar de que el caso aún está siendo investigado. De hecho, todo apunta a que Erhard sufrió un ataque de epilepsia mientras se duchaba, siendo ésta la causa más probable del fallecimiento, pero dicha razón se ha mantenido en un segundo plano, cuando no ignorada, directamente. Muchos dirán entonces que el citado ataque fue provocado por el estrés y el agotamiento derivados de un horario imposible. No en vano, durante las escasas semanas de prácticas que los bancos de inversión ponen a prueba a sus aprendices, el horario habitual de trabajo ronda las 14 horas al día, llegando en ocasiones a enganchar una jornada con otra, en lo que en el mundillo se conoce como The Magic Roundabout -un taxi te lleva a casa a primera hora de la mañana desde la oficina, espera mientras te duchas y te mudas, y te conduce de vuelta al trabajo-.

Pero lo cierto es que trabajar 14 horas al día no es algo tan extraño entre ejecutivos, profesionales, autónomos y empresarios. En el caso concreto de la City, que emplea a casi medio millón de agentes, lo normal es entrar a primera hora de la mañana y acabar la jornada a las cinco o seis de la tarde, tras el cierre de mercados, pero, puesto que el dinero nunca duerme, siempre hay quien apura las horas para adelantar trabajo o acabar informes pendientes. Se trata de algo muy normal en este sector altamente competitivo, al igual que sucede en consultoras y grandes bufetes, entra otras muchas actividades donde la productividad no se mide en horas sino en la consecución de resultados.

¿Y el estrés? Por supuesto. La presión que sufren brokers y gestores es muy elevada, en sintonía con la responsabilidad de manejar miles de millones de euros cada día, sabiendo, además, que la mayor parte de su sueldo depende de las metas alcanzadas, pero no mayor de la que soporta un cirujano, abogado, directivo o cualesquiera trabajadores y empresarios que luchan día a día por salir adelante. En este sentido, cabe recordar que las muertes por estrés laboral están a la orden del día, no es algo exclusivo de la City y menos aún del cargo de becario, sino que forman parte de la vida misma.

De ahí que sorprendan sobremanera titulares en los que, por ejemplo, se asocia el término "suicidio" con la City de Londres, en un burdo intento por demonizar la meca de las finanzas, cuando el propio artículo admite en su interior que tan sólo cinco personas se arrojaron al vacío en los últimos cinco años –una al año– tras causar pérdidas a su empresa o sufrir un insoportable grado de ansiedad. Una cifra anecdótica, por no decir, simplemente, ridícula. Y es que, si la presión de la City fuera, realmente, tan mortal como se pretende transmitir a la opinión pública, casos como el del joven Erhard no serían noticia debido a su elevada frecuencia. La realidad de la banca londinense, por el contrario, es muy distinta al "infierno" que pretenden vender algunos.

En primer lugar, siendo el "esclavismo" el sometimiento de una persona en contra de su voluntad, la City es el mundo opuesto. Los que allí trabajan acuden voluntariamente, tras superar durísimos filtros de selección, siendo perfectamente conscientes de la exigencia y sacrificio que requiere dicha profesión, bien porque les apasiona su trabajo bien por el deseo de ganar mucho dinero o, lo que es más habitual, la combinación de ambas cosas. Miles de becarios, procedentes de todo el mundo y con una excelente cualificación académica, aspiran cada verano a ocupar uno de los codiciados puestos en prácticas que ofrecen los tan denostados bancos de inversión… ¡Y lo hacen voluntariamente! Su sueño profesional es trabajar en la City, siendo muchos los que se quedan fuera. No en vano, se estima que tan sólo existe un puesto por cada 55 candidatos, siendo pocos los afortunados que logran meter la cabeza en la élite financiera tras superar numerosos y muy exigentes filtros de selección. Lo cierto es que quienes tanto critican este trabajo, seguramente, jamás podrían optar a él por mucho que quisieran.

Y si nadie les obliga a entrar en la City, sino que compiten duramente por conseguirlo, ¿cómo es posible que, una vez dentro, los principiantes se dejen explotar de forma tan vil y miserable por sus jefes? En primer lugar, los superiores suelen trabajar tanto o más que sus subordinados, puesto que ostentan una responsabilidad –y una presión– mayor; por otro lado, que se tilde de "explotador" (abusar de algo o alguien) uno de los puestos más demandados y mejor remunerados del mundo resulta no sólo contradictorio sino, directamente, absurdo. Los sueldos fijos en el sector oscilan entre los 40.000 y los 200.000 euros al año, más el correspondiente bonus en función del cumplimiento de objetivos. El fallecido Erhardt, sin ir más lejos, cobraba casi 3.000 euros al mes como becario, el triple que cualquier español medio, y en un año más o menos normal un principiante se puede embolsar de 100.000 a 150.000 euros extra. En total, los novatos de la City pueden ganar en un año lo que un trabajador normal en diez, y en diez mucho más de lo que éste último ingresa en toda su vida laboral. Tanto es así que muchos optan por retirarse antes de cumplir los 40 años, tras acumular una pequeña fortuna. Una explotación laboral "inhumana", sin duda…

Por último, se obvia que las condiciones laborales de la City son completamente flexibles. Los contratos otorgan al empleado un amplio margen para organizar a su gusto el horario laboral o la forma de trabajar. En el caso concreto de Erhard, nadie le obligó a trabajar 72 horas seguidas, lo hizo motu proprio. Se trabaja muy duro, sin duda, bajo una fuerte presión y durante muchas horas, pero todos los que optan a tales puestos son conscientes de ello, saben a lo que se enfrentan. De hecho, casi un tercio abandona al poco tiempo de entrar debido a las elevadas exigencias del cargo. "No es para mí", admiten.

Así pues, la progresía mundial denuesta la City empleando como excusa la triste muerte de un becario para, de este modo, justificar sus intolerables intervenciones estatales, cuando, en realidad, trabajar en la banca de inversión es la gran meta profesional, libre y conscientemente escogida, de decenas de miles de brillantes jóvenes. El fallecimiento de Erhard es una tragedia, sí, como tantas otras que son fruto de la imprudencia o una débil salud, no de una sádica industria financiera obsesionada con explotar a sus trabajadores hasta la muerte… La enorme puerilidad que denota este discurso progre sirve de base a los socialistas para seguir tratando al individuo como a un niño o, lo que es peor, un imbécil incapaz de tomar decisiones por sí mismo, justificando con ello la necesidad imperiosa del paternalismo estatal.

Lincoln, la película y el glorificado déspota racista (y II)

Esta es la segunda (y última) entrega de Sergio Alberich analizando los mitos y realidades en torno al personaje del Presidente Lincoln. La primera parte puede encontrarse aquí.


“Pragmatismo maquiavélico” es la excusa a la que se recurre con más frecuencia para justificar los ataques que Lincoln perpetró contra la Libertad, pero hay otro, muy presente en la película, que se tendría que mencionar aquí. Al final de su trabajo, Spielberg dirige una escena en la aparece el presidente montando a caballo entre los restos de un campo de batalla. La fotografía es increíble y realmente se puede llegar a sentir el dolor que transmite el cuerpo de Daniel Day-Lewis. En la siguiente escena, si la memoria no me falla, el Presidente habla con el General Ulysses S. Grant sobre el final de la guerra. Todavía dolido por lo que acababa de presenciar, Lincoln se muestra benevolente en su trato hacia los soldados y oficiales confederados. En seguida, habla de las brutales imágenes que acababa de ver. En ese momento, yo sólo podía pensar en la frecuente excusa de los entusiastas de Lincoln de que él no estaba al tanto de la ofensiva contra la Libertad y de las masacres de civiles durante la guerra.

Uno de los rasgos que se ensalzan en Abraham Lincoln es su habilidad de microgestión y la fijación que tenía por ésta. El presidente era conocido por trabajar con minuciosidad en temas poco importantes, y, aun así, ¿nos quieren hacer creer que Abe no estuvo directamente involucrado y no era consciente de tales atrocidades? Medios justificando fines ya es una muy mala excusa, pero hacerse el tonto y alegar que Abe no tenía conocimiento de estas acciones, es más que ridículo.

El punto es que Lincoln vio en la guerra, y su supuesta misión de liberar a los esclavos, la oportunidad de ampliar y dar fuerza al Gobierno Federal. Él vio la posibilidad de secuestrar los poderes asignados originalmente a los Estados. En un momento dado, llegó a estar tan ansioso por empezar el combate que, por escrito, felicitó a su Comandante Naval por haber obligado a Carolina del Norte a disparar el primer tiro de la Guerra.

Es cierto que los Estados del sur querían mantener la esclavitud, pero este no era el primer punto en la agenda sureña. La región del Sur era la más afectada por los altos aranceles impuestos por el Gobierno Federal. Violaciones adicionales de la soberanía de los Estados, que incluían, pero no se limitaban, el caso de la esclavitud, contribuían a poner más tensión sobre la mesa. Por otro lado, la postura agresiva de Lincoln fue siempre evidente. En el mismísimo discurso inaugural, durante el cual afirmó que no tenía ningún problema con la institución de la esclavitud del Sur y que no era una cuestión del poder federal, Abe acaba lanzando una clarísima amenaza a los estados del Sur en lo que se refiere a la recaudación de impuestos. El Norte, y Lincoln, temía que el Sur y sus prácticas de libre comercio acabaran con un importante flujo de negocios de la Unión. Por lo tanto, el deseo de consolidación del poder federal, muy presente entre los partidarios de Lincoln, encontró en los abolicionistas un aliado perfecto para luchar contra los separatistas del Sur.

Si se permitía que el Sur se independizara y estableciera el libre comercio, el comercio exterior se habría desviado de forma masiva desde los puertos del norte a los del sur, ya que los comerciantes buscarían un régimen de aranceles bajos o el libre comercio del Sur. ‘Que el sur adopte el sistema de libre comercio’, advirtió el Daily Times de Chicago, y ‘el comercio del Norte deberá reducirse a menos de la mitad de lo que es ahora’.

 Tom Woods, The Politically Incorrect guide to American History.

 A lo largo de la mayor parte de nuestra historia, las únicas fuentes de ingresos federales fueron impuestos y aranceles. Durante la década de 1850, los aranceles representaron el 90 por ciento de los ingresos federales. Los puertos del Sur pagaban el 75 por ciento de los aranceles en 1859. ¿Qué político “responsable” permitiría la pérdida de estos altos ingresos?

Walter Willians, en Abraham Lincoln.

Finalmente, se eliminó una traba natural contra el crecimiento del Gobierno Federal. Hasta este momento, la Unión era considerada un acuerdo voluntario del modo en que había sido constituida por los Padres Fundadores. Los Estados vinieron antes y voluntariamente concedieron algunos poderes a la Unión. Poderes que, si se extralimitaban, podían ser rápidamente suspendidos a través de la simple amenaza o la efectiva salida de un Estado descontento con la Unión. Esta situación mantenía el Gobierno Federal atento todo el tiempo y, como consecuencia, impedía que se produjera un crecimiento imparable del mismo. Los tres poderes, judicial, legislativo y ejecutivo, no son suficientes para frenar el agigantamiento de la organización de la que los tres son parte: el Gobierno Federal. Pero cuando los ciudadanos pueden votar con la mayor democracia que hay, con sus pies, y las suborganizaciones (Estados y Municipios) pueden decidir cuándo unirse o abandonar la organización superior, la Libertad se protege mejor. Desafortunadamente, después de 1865, la idea de una Unión voluntaria fue suspendida y, con ella, la cuestión de la secesión se convirtió en un delito ofensivo a ojos de muchos. ¡Gracias, Abe!

En Alemania, Hitler afirmó que “deberían eliminarse todos los derechos de los estados: para nosotros el Estado como tal es sólo una forma, ya que lo esencial es su contenido, la nación, la gente, está claro que todo lo demás tiene que subordinarse a los intereses soberanos de la nación. Particularmente, no podemos concebir la idea de un estado autónomo dentro de la nación, sin la soberanía del Estado y en el punto de poder político”. Así, el “mal de los estados federados individuales… debe cesar y cesará algún día… el Nacionalsocialismo, como una cuestión de principios, debe reclamar el derecho a imponer sus principios en toda la nación alemana sin consideración de fronteras estatales antes federadas”.

Tom Woods, citando un pasaje de “Mein Kampf” de Hitler que fue reproducido en Thomas DiLorenzo de Unmasked Lincoln.

Debe enaltecerse y reconocerse la figura de Lincoln como la de un hombre autodidacta que, sin contar con más de un año de educación formal, logró convertirse en uno de los mejores abogados en los EEUU y, finalmente, subió los escalafones del mundo de la política para convertirse en el Presidente de EEUU. Pero de ahí a verlo como un santo es difícil de entender.

Dejando a un lado las atrocidades que cometió durante la guerra y olvidando el hecho de que él no era el abolicionista por lo que es adorado, sigue siendo difícil admirar el resto de su obra. Durante años fue abogado para los ferrocarriles y cuando, por fin, fue el encargado de elegir el recorrido de las líneas federales, casualmente, sus tierras se hallaban justo en el medio. Parece un poco sospechoso, pero no importa, estoy seguro de que hay infinidad de explicaciones para esta curiosa coincidencia. Además, durante los casi 30 años previos a su presidencia, fue un entusiasta del Mercantilismo. Los elevados aranceles aplicados a las importaciones y los elevados subsidios a sectores específicos fueron el núcleo de su obra. El regreso del Banco Central que previamente Andrew Jackson había eliminado fue otro de los asuntos que abordó durante esos años.

Thomas DiLorenzo tiene una teoría de lo que él llama el Culto Lincoln (The Lincoln Cult). Afirma que su deificación, impulsada tanto por Demócratas como por Republicanos e, incluso, por el Partido Comunista, es la glorificación de la Presidencia Americana y del Gobierno Federal de EEUU. Así que todo aquél que cree en un gobierno federal poderoso, todo aquél que tiene que buscar excusas para justificar ataques contra las libertades civiles, todo aquél que quiere decir a los demás cómo deben vivir sus vidas, termina por ensalzarle. En realidad, desde mi punto de vista, es difícil pensar en otros políticos que atacaran tanto la institución de la Libertad durante el siglo XIX, con unos efectos que se trasladarían a los acontecimientos del siglo siguiente (a excepción, tal vez, del hermano europeo de Lincoln, Bismarck).

Acertadamente, DiLorenzo observa que la antedicha glorificación se ha convertido en una maldición, la Maldición de Lincoln (The Lincoln Curse). Durante los últimos 150 años, la figura de Abe se ha usado para justificar la reinterpretación continua de la Declaración de Independencia y de la Constitución de los EEUU según los deseos de unos pocos. Por desgracia, tanta falta de respeto conlleva un intenso y continuo daño a los fundamentos de la Libertad en casi todos los aspectos de la vida estadounidense. El fin de la veneración de Abraham Lincoln es un paso importante hacia la restauración de la Land of the Free.

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Pues bien, puesto que esto no es un trabajo académico, sino un simple artículo expresando mis opiniones y conocimiento acerca de Lincoln y su adoración, hago la sugerencia de los siguientes Artículos, Libros y Vídeos para todos los que tengan interés en profundizar su estudio del tema: 

Artículos

DiLorenzo, Thomas,

Williams, Walter,

McClanahan, Brion,

Woods, Tom, “Lincon Unmasked” http://www.lewrockwell.com/woods/woods58.html;

On Doris Kearns-Goodwin:

Libros

Woods, Tom, “The Politically Incorrect Guide to American History” ;

Donald, David, “Lincoln” http://www.amazon.com/Lincoln-David-Herbert-Donald/dp/068482535X;

DiLorenzo, Thomas,

Bennett Jr., Lerone, “Forced into Glory: Abraham Lincoln’ s White Dreamhttp://www.amazon.com/Forced-into-Glory-Abraham-Lincolns/dp/0874850851/ref=sr_1_fkmr0_1?s=books&ie=UTF8&qid=1360957152& sr=1-1-fkmr0&keywords=Lerone+Bennett%2C+Jr.%2C+Forced+into+Glory%3A+Abraham+Lincoln%E2%80%99+s+White+Dream ;

Fallon, Joseph, “Lincoln Uncensored” http://www.amazon.com/Lincoln-Uncensored-ebook/dp/B009FMPGQ2

Denson, John, “Reassessing the Presidency: The rise do the executive state and decline of freedom” http://mises.org/Books/reassessingpresidency.pdf.

Vídeos

Tom Wood’s Libertyclassroom.com by Brion McClanahan;

Thomas DiLorenzo on Spielberg’s Lincoln http://www.youtube.com/watch?v=tfliZYSRDlE

Reforma escalonada o hayekiana de las instituciones

En los años 1973, 1976 y 1979, fueron publicadas sucesivamente las tres partes que completan la obra Derecho, Legislación y Libertad del premio Nobel de Economía de 1974, Friedrich A. Hayek, en donde ofrecía sus aportaciones intelectuales para cuando el deterioro institucional de una democracia fuese más evidente:

Quisiera repetir aquí que, aunque creo profundamente en los principios fundamentales de la democracia en cuanto único método eficaz hasta ahora conocido para hacer posible el cambio pacífico,…pretendemos ofrecer una especie de instrumentación intelectual para el tiempo, que puede no estar lejano, en que la quiebra de las instituciones sea evidente y dicha propuesta pueda representar, así lo espero, una salida de emergencia. La misma debería permitirnos salvaguardar lo que es realmente valioso en la democracia, liberándonos al mismo tiempo de aquellas sus censurables características que la mayor parte de la gente acepta sólo porque las considera inevitables. Junto al recurso que ya propuse para privar al gobierno de los poderes monopolísticos de controlar la oferta monetaria, igualmente necesario para evitar la pesadilla de unos poderes crecientemente totalitarios.

(Hayek, 2006: 365)

 1. Evolución de las instituciones de la democracia

Hayek argumentaba la necesidad de promover reformas escalonadas, que también se pueden denominar reformas hayekianas, en el sentido de evolucionar las instituciones de la democracia de un país hacia la limitación del poder político; en favor de las mayores cotas de libertad de los individuos en un orden de mercado y frente a las coaliciones entre los intereses organizados (partidos políticos, sindicatos, patronales empresariales) y el gobierno, que ya vimos se constituyen en un orden de la oligarquía:

Es erróneo si se considera atributo inevitable de todo gobierno representativo o democrático, una corrupción intrínseca a la que el hombre más virtuoso u honesto no puede escapar. Esta situación no es atributo necesario de todo gobierno representativo o democrático, sino sólo el producto necesario de un gobierno ilimitado u omnipotente, que depende del apoyo de numerosos grupos. Solo un gobierno limitado puede ser un gobierno honesto… No es la democracia o el gobierno representativo en cuanto a tal, sino la institución particular que hemos elegido de un <<poder legislativo>> omnipotente, lo que le hace necesariamente corrupto…Si ningún poder judicial superior puede impedir al cuerpo legislativo conceder privilegios a grupos particulares, no tendrán límite los chantajes a que el gobierno podrá verse sometido.

(Hayek, 2006: 377)

Si bien desconfiaba de los políticos, Hayek razonaba que los cambios de leyes fundamentales como, por ejemplo, una Constitución, podían introducir esas reformas escalonadas que ayudasen a la limitación del poder político y al arraigo entre la población y, por tanto, también entre la oligarquía, de normas generales de recta conducta o, por lo menos artículos  constitucionales y leyes con relevancia a la luz de aplicar un cierto principio general.

2. Instituciones morales de la Sociedad Abierta o Civilizada

Argumentaba que el marco institucional está basado en la Ley que es un esquema normativo que reconoce las esferas personales de autonomía (Savigny, 1840: I, 331-332) o, si se prefiere, que proporciona condiciones para que la acción humana pueda desarrollarse libremente conforme a instituciones morales o patrones de comportamiento adquiridos, que generan (y son generados por) la Gran Sociedad propia de un orden de mercado (Hayek, 1997: 173-177).

Así, por ejemplo, instituciones morales de la sociedad abierta o civilizada son el respeto por el derecho a la vida, por la libertad del individuo, por la propiedad privada (plural), por la igualdad de trato ante la Ley, por el cumplimiento de los contratos, por la familia, por el lenguaje, por el dinero, por los préstamos, por el libre comercio, por el lenguaje,… 

Por otro lado, señalaba como se mantienen enraizadas en lo más profundo e instintivo de la psicología humana aquellas instituciones morales más propias de los grupos pequeños como la familia, los amigos, la tribu, la aldea o el pueblo. Son instituciones morales de la sociedad Tribal o colectivista el altruismo, la solidaridad, la redistribución de la riqueza, la gestión planificada de los recursos, el sometimiento a las decisiones del líder o líderes de la tribu,… Aunque no son exclusivas de los grupos humanos pequeños, resultan positivas y adaptativas para el desarrollo de las relaciones personales y vínculos de confianza y colaboración en los entornos más cerrados y más cercanos de cada persona e incluso en las empresas y organizaciones sujetas a fines particulares.

Sin embargo, lo más importante es que los patrones de comportamiento de una sociedad tribal o colectivista son negativos y perjudiciales para el desarrollo de un orden extenso y complejo de colaboración humana y, por tanto, para el arraigo de la Sociedad Abierta o Civilizada, cuando son utilizadas por una oligarquía de élites extractivas para lograr su acceso al poder político y para imponer sus prebendas, privilegios y utopías al resto de la población. Es decir, sirven a los políticos que pretenden “guiar” el orden extenso y complejo de colaboración humana hacia fines particulares y, por tanto, su imposición coactiva deteriora el marco institucional de normas generales que involuciona rápidamente hacia el intervencionismo y el decrecimiento económico y sociocultural.

3. Reforma escalonada o hayekiana

Hayek pretendía evolucionar un Estado de Derecho cuando se encuentre deteriorado de modo que se intenten "sustituir los fines concretos comunes por normas abstractas universales" y, desde una perspectiva liberal clásica, Hayek señalaba que: “la función única del Gobierno es hacer cumplir esas normas abstractas y proteger, por tanto a los individuos contra toda coacción o invasión de su ámbito de libertad" (Hayek, 1997: 266-267).

Propugnaba las reformas escalonadas basadas en una crítica inmanente, que aplicasen siempre el método de “falsación” científica de Karl Popper, para dotar de íntima coherencia y consistencia a las reformas, argumentando que:

(…) aunque no es posible edificar, justificar ni establecer nuestras tradiciones morales, sí lo es reconstruir los procesos que en su día contribuyeron a su aparición…Lo que al efecto se requiere es lo que en alguna ocasión se ha denominado una “reconstrucción racional” (expresión en la que la palabra <<reconstrucción>> nada tiene que ver con el <<constructivismo>> de la forma en que el sistema pudo convertirse en realidad. Se trata, en efecto, de una investigación histórica –o histórico-natural— y no de un intento de edificar o justificar el conjunto del sistema en sí.

(Hayek, 1997: 275).

Por tanto, el análisis histórico conjetural y la explicación evolutiva de las instituciones culturales pudiese realizar una reconstrucción institucional de principios generales de una Sociedad Abierta o Civilizada como podrían ser, por ejemplo, entre otros: la tutela judicial sobre los derechos individuales, la protección “efectiva” del derecho a la propiedad privada (plural), el reconocimiento de la libertad de empresa, el principio de consentimiento de los ciudadanos en las decisiones trascendentales para el futuro de un país, un código penal “exigente”, la separación “estricta” de los poderes ejecutivo y legislativo, la independencia “real” del poder judicial, la limitación del tamaño de las administraciones públicas, la limitación de las competencias del gobierno,…    

Así, por ejemplo, en la obra Derecho, Legislación y Libertad, Hayek investigaba la evolución institucional y citaba a David Hume para referirse al respecto estricto que debe establecer la Ley dentro de un marco institucional hacia: "las tres leyes fundamentales de la naturaleza: la estabilidad en la propiedad de las cosas, su transmisión por consenso, y el respeto a los compromisos establecidos". Y también citaba a John Locke cuando advertía acertadamente que: "no puede haber justicia donde no hay propiedad privada".

Como consecuencia de su investigación histórica sobre la evolución de esas instituciones. Hayek entendía que son principios fundamentales del crecimiento económico así como, también, claves institucionales para el arraigo de una sociedad abierta y, por ello, que deben protegerse explícitamente por los jueces y, en su caso, por una Constitución.

La propiedad privada, el cumplimiento de los contratos y el ejercicio libre de la empresarialidad son normas abstractas que sirven de base jurídica al marco institucional que caracteriza una sociedad abierta o civilizada, para lo que, entre otros, también se requieren principios generales como el concurso de jueces y tribunales independientes, la separación estricta de poderes, y un tamaño de estado limitado o mínimo (o incluso nulo, si fuese institucionalmente posible), de modo que los ciudadanos consigan actuar con garantías de triple seguridad (exterior, interior y jurídica) en un territorio, sin la cual es imposible el ejercicio de los derechos individuales en libertad y, por tanto, sin la cual no es posible el ejercicio libre de la acción humana y, por tanto, de la función empresarial.

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El caso Payá y los gobiernos como agentes comerciales

Poco después de que Ángel Carromero fuera condenado en un juicio farsa por la muerte de los destacados disidentes cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero, y mientras que el joven político madrileño guardaba silencio por consejo del Gobierno español –según él mismo ha declarado este verano–, las relaciones comerciales entre la Cuba castrista y España parece que vivieron un buen momento. No sabemos si se debe a la casualidad o a la causalidad, ese conocimiento le está reservado a algunos pocos en La Moncloa y un par de ministerios españoles, así como a sus pares en la isla caribeña, pero cuando menos da que pensar.

A principios de noviembre de 2012 se celebró en la capital cubana la XXX Feria Internacional de La Habana, en la que España fue el país con la mayor presencia. El embajador en Cuba, máximo responsable de una legación diplomática que no resultó nada molesta mientras se juzgaba a Carromero, presumió en ese momento ante los medios de comunicación de la dictadura totalitaria. Según publicaron estos últimos, el intercambio comercial entre ambos países en 2011 fue de 818 millones de euros y se aspiraba a que a finales del ejercicio de 2012 alcanzaran los mil millones de euros. Un botón de muestra lo ofreció poco después el diario Granma, del Partido Comunista de Cuba, que informaba el 24 de noviembre de 2012 sobre la apertura de dos nuevos hoteles por parte de una cadena española.

La extraña actitud del Gobierno de Rajoy y de su partido, el Partido Popular, ante la sospechosa muerte de Payá –que, para más inri, disponía de la nacionalidad española además de la cubana– pudiera tener algo que ver con la defensa de esos intereses comerciales. De otra manera resulta complicado explicar que el Ejecutivo español se muestre tan reacio a una investigación internacional sobre lo ocurrido o que, incluso, el PP se haya opuesto a la misma al tiempo que defendía la limpieza de un juicio para nada creíble.

¿Se ha puesto la diplomacia española al servicio de los intereses de grandes empresas a costa de la libertad de un ciudadano del propio país (Ángel Carromero) y el esclarecimiento de la muerte de otro (Oswaldo Payá)? Podría ser. No sería la primera vez que ocurriera algo parecido y, aunque no siempre entren en juego aspectos referidos a derechos fundamentales de las personas, es frecuente que el poder político ponga los recursos del Estado destinados a la acción exterior al servicio de empresas privadas.

Cuando un gobernante de cualquier país hace un viaje oficial al extranjero resulta bastante común que vaya acompañado de un grupo de empresarios. A casi nadie le resulta extraño ese ayuntamiento de poder político e intereses empresariales particulares en el ámbito diplomático. Es más, con frecuencia los gobiernos suelen presumir ante los medios de comunicación que sus altos dirigentes viajan en compañía de represetantes de la empresa privada que esperan lograr jugosos contratos en el lugar al que se han trasladado.

Pensemos, por ejemplo, en el último viaje del Rey de España y varios miembros del actual Ejecutivo (además de casi una decena de ex ministros de Exteriores) a Marruecos. Junto con el jefe del Estado y los miembros del Gobierno de Rajoy se desplazaron los más altos directivos de la práctica totalidad de las compañías que forman el IBEX-35 (el principal índice de referencia de la bolsa española), que participaron en encuentros con los grandes empresarios de la nación norteafricana.

Pese a que todo lo anterior esté generalmente aceptado, no se trata de algo que debiera ser celebrado. No vamos a entrar ahora en el debate sobre si se debe comerciar con países cuyos gobiernos violan de forma sistemática y masiva los derechos de sus propios ciudadanos (la citada Cuba, China, Arabia Saudí, Corea del Norte y muchos otros). Incluso dejando esa cuestión al margen, que la diplomacia se ponga al servicio de unas cuantas empresas (o muchas, eso es lo de menos), supone quitar recursos, vía impuestos, a todos los ciudadanos para gastarlos en beneficio de un reducido grupo. Este último es el formado por el de los propietarios de las compañías que hacen negocios gracias a la colaboración gubernamental.

Como dijo Carlos Rodríguez Braun: "La redistribución no es de ricos a pobres, sino de grupos desorganizados a grupos organizados". Y el tema que aquí tratamos es un buen ejemplo de ello. El dinero de todos los ciudadanos (ricos y pobres, con empleo o parados de larga duración…) se utiliza al servicio de un grupo con una alta capacidad de influencia y organización (los grandes empresarios) que así se pueden ahorrar grandes cantidades que de otro modo tendrían que gastar para poder conseguir por su cuenta algunos jugosos contratos. Eso, insistimos, por no hablar de casos como el de Carromero, donde además se juega con los más elementales derechos de una persona.

Ágnes o el derecho a parir en libertad

No se trata de defender el parto en casa frente al parto hospitalario, ni de defender el parto natural frente al parto intervenido. Lo que defendemos es mucho más sencillo aunque, irónicamente, mucho más complicado de conseguir a la hora de la verdad: el parto respetado. Tener el poder de la información no sesgada y la libertad de elegir. Las mujeres cuyas elecciones se acercan más al protocolo hospitalario oficial tendrán, probablemente, el parto que han querido. Pero para las que no quieren todo eso la cosa se complica. Y se complica especialmente si quieren parir en casa.

Ágnes Geréb luchó por que los hombres pudieran estar presentes en los partos de sus hijos. Después luchó por que las mujeres pudieran parir en casa. Formó a muchos profesionales de la salud e informó a muchas mujeres para que pudieran decidir con fundamento. Ayudó a poner el foco de atención sobre el excesivo e innecesario intervencionismo en los partos, cambió la concepción del embarazo y el parto como enfermedades y denunció la proliferación de prácticas que suponen actos de violencia obstétrica.
 

Acompañó el nacimiento de más de 9000 niños en 32 años. Nueve mil. Lo hizo porque es su vocación, porque tiene fe en las mujeres y en la libertad. Pero un bebé murió y la licencia le fue retirada. Ella sabía cuál es su propósito en la vida y no fue capaz de ignorar las llamadas de todas esas mujeres que le pedían que asistiera sus partos. Así que siguió trabajando sin licencia. Entonces otro bebé murió y Agnes fue detenida y encarcelada. No vaya a ser que ayude a nacer a otros nueve mil niños. Tiene un doctorado en Medicina, es especialista en obstetricia, graduada en psicología y comadrona certificada. Las mujeres quieren parir con ella. Las que lo han hecho la adoran. Así que se han organizado y han llevado su caso al Tribunal de Estrasburgo.

Las autoridades húngaras aplican su doble rasero, que es ya un clásico imprescindible en cualquier estado que se pretenda “del bienestar”. Si un bebé muere en un parto hospitalario es porque hay cosas que son inevitables, se hizo todo lo que se pudo pero no somos dioses. El médico no es arrestado, no se le retira la licencia y no se le encarcela sin un juicio justo. Pero si un bebé muere en un parto en casa hay que arrestar a la matrona, impedir a toda costa que siga trabajando. Si quien muere es la madre, entonces hay que prohibir y demonizar los partos en casa y volver al protocolo sanitario, a la barbarie que hace que miles de mujeres se sientan violadas en lo que debería ser uno de los momentos más poderosos de su vida. Hay que meterles el miedo en el cuerpo para que sean ellas mismas las que elijan el parto hospitalario e intervenido; hacerles creer que necesitan todo ese protocolo que incluye rasurado, enema, oxitocina, inmovilización, epidural y episiotomía para tratar de parir en la posición más cómoda para el médico y más complicada para la madre y para el bebé. Les hacen creer que es por su bien, por su seguridad y la de su hijo. No hay nada más fácil que inculcar el miedo en una mujer embarazada que haría cualquier cosa por salvar la vida del hijo que va a nacer. Por eso permitimos los abusos. Por eso permitimos que nuestros hijos pasen sus primeras horas en este mundo en manos de los médicos y no sobre nuestra piel. Que Ágnes siga encarcelada da la medida del nivel de irracionalidad de este sistema perverso que calladamente alimentamos.

http://www.freeagnesgereb.com/take-action/

http://www.elpartoesnuestro.es/

http://www.doctorsantos.com/p/parto.html

Estados Unidos, falso paladín de la libertad

El economista David Friedman escribió hace algunos años un libro titulado Future Imperfect, en el que analizaba las implicaciones de potenciales revoluciones tecnológicas que podrían suceder en las próximas décadas. Una de ellas era la que denominaba el Panóptico Universal. El panóptico es un centro penitenciario imaginario diseñado por el filósofo Jeremy Bentham, que permite a los carceleros vigilar permanentemente todos los movimientos de los presos de forma secreta, sin ser vistos. David Friedman decía que, con la tecnología actual, un país como Estados Unidos podía convertirse en un Panóptico Universal, un país en el que el gobierno mantuviera permanentemente vigilados a los ciudadanos con una eficacia nunca antes vista.

Hasta ahora el espionaje masivo era realmente caro. Si un gobierno quería tener vigilada a su población requería, fundamentalmente, de muchas personas contratadas a tiempo completo escuchando un sinfín de conversaciones telefónicas y viendo horas de videograbaciones. Ya no hace falta todo ese derroche de recursos. Como explica David Friedman, ahora, a un precio razonable, un programa informático puede recoger las conversaciones telefónicas, transformar los sonidos en texto, almacenarlo en bases de datos, y realizar búsquedas inteligentes de palabras o frases claves según lo que al gobernante de turno le dé por perseguir. O aún mejor, puede grabar a la población mediante una inmensa red de económicas cámaras digitales, aplicar lo último en programas de reconocimiento facial y ser capaz de saber qué hace cada individuo en cada momento. Imaginen, dice Friedman, cuando en unos años haya cámaras baratas del tamaño y las características aerodinámicas de un mosquito. Si el gobierno quiere jugar a ser el Gran Hermano, puede hacerlo a un módico precio.

El estallido del escándalo del Obamagate ha puesto de manifiesto que el futuro sugerido por Friedman no anda muy desencaminado. Un antiguo empleado de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense, Edward Snowden, filtró a la prensa pruebas de que el gobierno estaba espiando masivamente a la población. Haciendo uso de diversos programas de vigilancia, el gobierno se dedicaba a recabar metadatos de teléfonos móviles, información privada de las redes sociales y otros datos en colaboración con grandes empresas con información privada de los ciudadanos, permitiendo técnicamente al gobierno saber dónde está y con quién habla cada individuo. Estados Unidos comienza a parecerse peligrosamente al Panóptico Universal. El gobierno ha recorrido ya buena parte del camino hacia ese terrible ideal totalitario y no parece dispuesto a parar ahí.

A veces conviene recordar que en su día Estados Unidos fue la tierra de la libertad. Se estableció como un país al que cualquiera podía ir a labrarse el futuro. El sueño americano no consistía, por raro que nos pueda parecer ahora, en hacerse con una plaza de funcionario ni en conseguir subsidios. Lo que Estados Unidos ofrecía a quien quisiera, al menos en teoría, era algo muy sencillo: libertad. Mientras no agreda, robe, defraude o incumpla sus contratos, nadie le impedirá que intente sacar adelante sus proyectos. Ya no es así. Aún se conserva parte de la retórica liberal, pero desde hace tiempo no coincide con la realidad. Estados Unidos ha ido canjeando espacios de libertad por poder gubernamental durante décadas, hasta llegar al gigantesco y vigilante leviatán que es ahora.

Esto no quiere decir que de pronto Estados Unidos sea el país con menos libertad del mundo, pero ya no es el ejemplo que era. Ahora se ha convertido en el falso paladín de la libertad, que predica pero no cumple. Si decían que en el siglo XIX había que vivir en Inglaterra y en el siglo XX en Estados Unidos, podríamos decir que el siglo XXI es el turno de Asia y Oceanía. Un rápido vistazo al Índice de Libertad 2013 que publica el Heritage Institute nos revela que los cuatro países más libres del mundo hoy están en esa zona: Hong Kong, Singapur, Australia y Nueva Zelanda. Estados Unidos cae al décimo lugar superado, incluso, por su país vecino, Canadá.

La última década ha sido letal para la libertad en Estados Unidos. Recientemente el The Economist publicaba un artículo titulado La década perdida de la libertad en la que denunciaba este hecho. Desde los atentados del 11-S, primero con Bush y ahora con Obama, el gobierno ha estado utilizando el argumento de la seguridad y la guerra contra el terror para ir enterrando parcelas de libertad individual. Este abandono de los que fueron los valores americanos no es cosa exclusiva de Obama, ni de Bush. La mayoría de la población americana aplaude y apoya esta triste deriva. Sin embargo, la peor señal de que esto no va a mejor es la violencia con la que el gobierno ha reaccionado contra Snowden o contra otros "chivatos" como Bradley Manning. Es una buena prueba de cómo el gobierno americano está en un proceso de blindaje contra cualquier filtración de abusos de poder. No le preocupa tanto la pérdida de libertad como la denuncia de la misma. Y quiere dejar claro que ésta sale cara.

Una milicia bien regulada

El debate sobre la libertad de posesión de armas suele conducir a los Estados Unidos casi invariablemente. Se debate su experiencia con las armas, la relación que tiene esa sociedad con ellas, y el origen de esta libertad. Una de las causas de confusión y polémica al respecto es la redacción de la segunda enmienda, que recoge el derecho a poseer y llevar armas. Dice así: “Siendo necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, el derecho de la gente a poseer y portar armas no se infringirá”. La palabra milicia conduce a quien no está familiarizado con esa institución a una institución militarizada, creada por el poder público o dependiente, al menos, de él, y sometida por tanto a los designios de la política. Si la política la ha creado, la política la puede eliminar. Y con ella se eliminaría el derecho sobre las armas. O, por lo menos, el Estado tendrá derecho a decidir quién forma parte de esa milicia y, en consecuencia, quién no.

La realidad es otra. Se trata de una institución centenaria que surgió en Inglaterra. Dice la Historia Oxford de Gran Bretaña: “la primera línea de defensa contra la invasión o la insurrección no era un ejército permanente, sino la milicia: unas fuerzas locales de defensa, con un entrenamiento a medias, pobremente equipadas, y a veces caóticamente organizadas”. La pertenencia a la milicia era un derecho de cualquier ciudadano, pero era también un deber. Enraíza con tres tradiciones entrelazadas, la idea clásica del ciudadano como un hombre armado, la idea republicana de virtud como la entrega de los ciudadanos al bien común, y la experiencia de Inglaterra de confiar en el desarrollo de instituciones espontáneas, surgidas de la colaboración de los propios ciudadanos más que del diseño o la imposición política. Formaban parte de las milicias sobre todo los padres de familia.

No debería hacer falta señalar que el origen del derecho en las colonias que luego se unieron para crear los Estados Unidos está en el derecho inglés. Es más, la misma Declaración de Independencia se redacta desde los presupuestos de los derechos de los ingleses. El autor más citado en las colonias y en los albores del nuevo país, por delante de Montesquieu y de todos los demás, es William Blackstone. En sus Comentarios sobre el derecho inglés Blackstone defendía la milicia como una institución natural, necesaria para la defensa de los ciudadanos y para evitar que tuviesen que recurrir a un Ejército permanente. También observó el jurista la relación entre la milicia (es decir, el pueblo armado), y el mantenimiento de los derechos constitucionales.

De hecho, este es el principal motivo por el que la defensa del derecho a poseer armas ocupa nada menos que el segundo lugar en la lista de diez enmiendas a la Constitución que forman la Declaración de derechos de aquel país. Vámonos a la Declaración de derechos de Virginia, anterior por supuesto a la de la Constitución, para captar el sentido de la segunda enmienda: “Que el pueblo tiene derecho a tener y portar armas; que una milicia bien regulada, compuesta por el cuerpo del pueblo entrenado en el uso de armas, es la defensa apropiada, natural y segura en un Estado libre. Que los Ejércitos permanentes en tiempo de paz son peligrosos para la libertad y por tanto deberían evitarse, en la medida en que las circunstancias y la protección de la comunidad lo admitan; y que en todos los casos el Ejército ha de estar bajo una subordinación estricta del poder civil, y estar sometido a ella”.

Si hacemos un repaso por las declaraciones de derechos de otros Estados, nos encontramos con lo mismo. Delaware: “18. Una milicia bien regulada es la defensa apropiada y natural de un gobierno libre. 19. Los Ejércitos permanentes son peligrosos para la libertad, y no deberían crearse o mantenerse sin el consenso de la legislatura”. Nueva Hampshire: “2. Todos los hombres tienen ciertos derechos naturales, efectivos e inherentes; entre los cuales están el derecho y la defensa de la vida y la libertad, la adquisición, posesión y protección de la propiedad y, en una palabra, la búsqueda y la obtención de la felicidad. 24. Una milicia bien regulada es la defensa apropiada, natural y segura de un Estado. 25. Los Ejércitos permanentes son peligrosos para la libertad, y no deberían crearse o mantenerse sin el consenso de la legislatura”. Massachusetts: “1. Todos los hombres nacen libres e iguales, y tienen ciertos derechos naturales, entre los cuales se podría reconocer el derecho y la defensa de la vida y la libertad, el de la adquisición, posesión y protección de la propiedad; en fin, la de buscar o lograr su seguridad y felicidad. 17. El pueblo tiene derecho a tener y portar armas para la defensa común. Y como, en tiempos de paz, los Ejércitos son peligrosos para la libertad, no deberían mantenerse sin el consentimiento de los parlamentos; y que el poder militar siempre estará en exacta subordinación a la autoridad civil, y estará gobernado por ella”.

El papel de la milicia es claro. La referencia a que esté “bien regulada” se refiere a la necesidad de que los ciudadanos cuenten con suficientes armas y estén bien entrenados en su uso. Los debates en torno a la Constitución de los Estados Unidos giraron en gran medida sobre la necesidad de crear un Estado permanente. Y los federalistas citaban la experiencia de la Guerra de la Independencia como ejemplo de que no se podía confiar del todo en la milicia, es decir, en la autodefensa por parte del pueblo, y que por tanto algún Ejército sería necesario mantener, incluso en época de paz. Para evitar que ese Ejército tuviese mucho tamaño, si es que era necesario que existiese (Hamilton, el archifederalista, propuso un Ejército de sólo 3.000 hombres), era necesario que la milicia estuviese bien regulada, y en consecuencia que no se limitase el derecho a poseer armas, o a portarlas.

El imprescindible derecho a no declarar

Entre las muchas tonterías que se han dicho sobre el accidente de tren de Santiago, mi favorita es aquella que viene a decir que el hecho de que el maquinista se negara a declarar ante la policía, una vez imputado, era un signo claro de culpabilidad e intención de no colaborar con las autoridades. Hasta hubo algún entusiasta que propuso negar ese derecho en casos tan graves como éste.

Lo malo de la forma de pensar de la masa es que solo se fija en las consecuencias inmediatas de las acciones que propone, y nunca se para a pensar en los efectos secundarios que provocarían en el caso de que alguien les hiciera caso.

Y es que el derecho a no declarar cuando la policía o un juez deciden imputarte un delito es uno de los más fundamentales de los pocos derechos reales que tenemos.

Esto es así por una razón muy sencilla: cuando la policía decide imputarte un delito es que han decido, unilateralmente, que tú vas a ser la solución al problema abierto que quieren cerrar. Con un juez de instrucción pasa tres cuartos de lo mismo, aunque con algo más de garantías, no muchas, de que se están respetando tus derechos y no colocándote un muerto al tuntún.

Ya sé que ahora los amantes del gremio policial me dirán que estoy exagerando y que la policía es un garante de nuestros derechos y tal. La realidad es que a la gente se le debe juzgar individualmente, no por gremios, y en un cuerpo con docenas de miles de miembros hay de todo, incluidos los patanes que acusan al que pasa por la calle en el momento menos oportuno, los que quieren hacer mérito ante el jefe, y los que ajustan cuentas personales, o políticas, valiéndose de la placa.

Por desgracia la imagen que se da del trabajo policial no sólo no advierte de estos riesgos, sino que hasta se ve con buenos ojos que los policías utilicen ciertos vacíos legales para "hacer justicia". Ejemplo de ello las numerosas series televisivas donde el poli de turno engaña al acusado para que confiese antes de que llegue su abogado o le retiene con cualquier excusa hasta que le puede acusar de lo que quieren. Por desgracia los policías reales no tienen el don de la clarividencia y si pudieran usar estos trucos cometerían bastantes injusticias, que a diferencia de los delitos que persiguen, serían cometidas utilizando el monopolio de la violencia del que disfrutan, y financiado por el dinero de sus potenciales víctimas.

Así que la próxima vez que el malo de turno se niegue a declarar ante la policía, no solo no nos deberíamos indignar, sino que deberíamos estar satisfechos de que en este país aún se respete (veremos por cuánto tiempo) que un individuo, por muy malo que sea lo que presuntamente ha hecho, no es pisoteado por los poderosos, y puede tener la oportunidad de defenderse sin que le pasen por encima por el simple hecho de estar en posición de ser pasado por encima. Porque de esas cosas, y solo de esas, depende la libertad de todos nosotros.

Identidades

Leo un reportaje en El Mundo acerca de la comunidad sij en Afganistán. El mandato de Hamid Karzai, dicen los propios protagonistas, supone para ellos una auténtica tortura cultural, una verdadera persecución de usos, costumbres e identidades sagradas en un proceso de uniformización islamista que los arrasa. Los años de gobierno bajo protectorado de la OTAN han sido los de la desaparición de su estatus de comunidad reconocida y, aunque marcada, pues debían llevar un brazalete distintivo, ellos se sentían aceptados en su fe y respetados en sus comercios. Hoy, siguen diciendo, no se les permite ni siquiera quemar a sus muertos como prescriben sus creencias y sufren presiones para que se islamicen. Incluso su condición identitaria es motivo para que ya no se acerquen a sus mostradores a comprar las mercancías que ofrecen.

Lo curioso del tema es que el islamismo uniformador es un rasgo no tanto de la época talibán, que es cuando los sijs estaban muy bien considerados, como del actual islamismo bajo mandato de Karzai, protegido de Occidente. Lo cierto es que poco, muy poco sabemos por estos pagos de gestionar sociedades donde las identidades tribales y tribal-religiosas son las determinantes. Cierto es que Occidente no fue a Afganistán a llevar la libertad de pensamiento y culto que los talibanes impedían. Incluso, como muestra el caso de los sijs, algunas excepciones de tales integristas son laminadas por el no tan nuevo modo de imponerse a la población. Occidente fue allí porque consideró que tenía que protegerse de una amenaza y porque daba un paso estratégico de cara al control de Asia Central, importante para la competencia en esa zona con los bloques hegemónicos ruso y chino.

El hecho de que los occidentales hayan dejado en manos autóctonas el gobierno en Afganistán y olvidado aquel objetivo neoconservador, tan civilizador, de liberar a las mujeres del uso del burka, revela que el modelo que concibe la sociedad enfatizando al individuo, es decir, el modelo occidental, es algo muy alejado aún de las vidas cotidianas de la mayor parte del mundo. Incluso en sociedades donde el capitalismo, por suerte, avanza, la mentalidad que asigna derechos y responsabilidades a los individuos y no a los grupos sigue anclada en el pasado. Cuenta Huntington en su famoso "Choque de civilizaciones" que los éxitos del capitalismo libre de Singapur son producidos, según los mandatarios de esa ciudad-estado, por el espíritu confuciano de extremo oriente, algo así como debidos al "genio asiático" y no al incentivo que hay en toda libertad cultural para desarrollar talentos y empresas.

Parece que será difícil desembarazarse de las identidades colectivas, puede que, incluso, nuestro pregonado individualismo no sea, paradójicamente, más que una identidad colectiva de las muchas que se presentan. Puede, igualmente suceder que se pierdan nuestros adorables tics individualistas. Al menos nos queda la esperanza de saber, parafraseando a Maquiavelo, que quienes vivieron en libertad, de muy mal gusto y no sin notables resistencias, vuelven a la tiranía.

La UE y Hezbolá

El pasado 21 de julio los ministros de Exteriores de la Unión Europea culminaron un largo proceso de estudio acerca de la calificación institucional que merece Hezbolá, a tenor de su más reciente trayectoria. El resultado ha sido incluir sólo el brazo armado de la milicia chií libanesa en la lista de organizaciones terroristas de la UE, dejando a salvo de la sanción a sus otras dos facciones, la política y la asistencial.

Es necesario felicitar a los cancilleres europeos por haber conseguido desentrañar las claves de esa trinidad del Partido de Dios, cuya división niegan los propios dirigentes de la organización, pues, como ellos mismos insisten en dejar claro, tal separación, sencillamente, no existe.

El debate sobre Hezbolá en el seno de la Unión Europea surgió con fuerza tras el atentado cometido el verano pasado en Bulgaria. En julio de 2012 un terrorista suicida reventó un autobús lleno de turistas israelíes en la ciudad de Burqas, acción que se saldó con la muerte de cinco israelíes y del conductor del autobús, de nacionalidad búlgara. A pesar de que todos los indicios apuntaban a la organización chií libanesa, la UE decidió que no iba a tomar decisión alguna hasta que concluyeran las investigaciones. Finalmente, las autoridades búlgaras determinaron que la acción había sido obra de Hezbolá, y los Gobiernos europeos se vieron obligados a tomar una decisión sobre este grupo terrorista de forma coordinada. A ello hay que sumar el hecho de que nueve meses antes del atentado de Bulgaria un tribunal chipriota había condenado a un miembro del Partido de Dios por planear una oleada de ataques terroristas contra intereses israelíes en Chipre, amén de la más que evidente presencia de terroristas de Hezbolá en el continente americano.

Sin embargo, la sorprendente distinción entre facciones establecida por los ministros europeos hace que la decisión de considerar terrorista solamente al brazo armado tenga un significado meramente político con escasas consecuencias prácticas. "El largo brazo de Irán" –como fue calificado en The Times por los exjefes de Gobierno de España e Irlanda del Norte José María Aznar y David Trimble– opera en suelo europeo, donde desarrolla distintas actividades ilegales, entre las que destacan el narcotráfico y el blanqueo de capitales, según los informes de distintas agencias de inteligencia. Además, recauda fondos para mantener las actividades asistenciales que lleva a cabo en suelo libanés. La cuestión ahora es dilucidar qué parte de su patrimonio pertenece al brazo armado y cuál está asignada al sostenimiento de las tareas políticas y asistenciales de un grupo en el que, formalmente, no existe la menor separación.

Los propios ministros europeos de Asuntos Exteriores han rebajado aún más la dureza de la sanción impuesta al asegurar que no pretenden socavar la estabilidad política del Líbano, en cuyas instituciones democráticas hay una importante presencia de representantes de Hezbolá. Semejante argumento no puede dejar de sorprender cuando se emplea para referirse a una organización acusada de asesinar al primer ministro libanés Rafiq Hariri, algo que no contribuyó precisamente a la estabilidad democrática del país del Cedro. A su vez, las autoridades libanesas han desempeñado el papel que se esperaba de ellas, lamentando simplemente que la UE no haya realizado "una lectura más prudente de los hechos".

La guinda de este pastel diplomático la han puesto los propios dirigentes de Hezbolá, que el mismo día en que se hizo público el acuerdo de los ministros europeos emitieron un comunicado en el que se limitaron a tachar de "agresiva e injusta" la decisión adoptada, "que no se basa en ninguna justificación o prueba" (sic).

Al final, la decisión de la UE de quedarse en tierra de nadie no parece que vaya a reportarle ningún beneficio inmediato. Los ministros europeos han renunciado a castigar seriamente a Hezbolá, sobre todo en el terreno de las finanzas, lo que no va a impedir que sus países se pongan aún más en la diana del considerado "el Equipo A del terrorismo internacional"Tampoco es previsible que aumente la estabilidad del Líbano y de Oriente Medio, uno de los objetivos que la UE dice perseguir. En cambio, la imagen de la Unión Europea como armatoste burocrático incapaz de actuar enérgicamente en defensa de una concepción moral de las relaciones internacionales ha quedado, una vez más, perfectamente establecida.

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