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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Fascismo en el ambiente

Este martes tendrá lugar el acto más transparente y genuinamente fascista en muchos, muchos años. "Ocupa el Congreso", se llama, y el llamamiento que publicaron sus promotores en Facebook es revelador:

El próximo 25 de septiembre se llegará a Madrid de forma masiva desde todas partes de España, con el fin de rodear el Congreso de los Diputados y permanecer allí de forma indefinida, hasta conseguir la disolución de las cortes y la apertura de un proceso constituyente para la redacción de una nueva constitución, esta vez sí, la de un estado democrático.

En definitiva, que la ley de la turba sustituya a las urnas es lo que piden estos camisas negras con su intento de reeditar la Marcha sobre Roma. Pero tanto la convocatoria como la simpatía con que se acogen muchas de las reivindicaciones de estos iluminados –que, encima, creen estar luchando contra el fascismo– revelan mucho, y muy malo, de la sociedad española.

No cabe duda de que solucionar los peores errores de la Carta Magna es una exigencia de muchos españoles de diversas ideologías. Acabar con la partitocracia y cerrar el sistema autonómico son quizá las reclamaciones más repetidas a lo largo de los años, y de ellas ha hecho bandera UPyD. Pero cambiar la Constitución no solucionará la crisis, y menos si se hiciera en el sentido esencialmente fascista que proponen los de Ocupa el Congreso.

El español medio cree que el Estado debe resolver sus problemas. Da lo mismo la razón que dé sobre las causas de la crisis, da lo mismo que eche la culpa a los mercados o a los políticos, o a ambos: la solución siempre consiste en que los gobiernos hagan lo que deben y solucionen, no se sabe muy bien cómo, todos los problemas. Si no lo hacen, si no lo han hecho ya, es porque están compuestos por sinvergüenzas.

Muchos españoles viven la política con ese abandono que tan bien cristalizaron Los del Río allá en el Pleistoceno, o 2005, cuando se discutía la aprobación de la Constitución Europea: "Si lo apoyan los políticos más importantes, tanto de izquierdas como de derechas, nosotros por qué vamos a decir que no, si no la hemos leído". Si ni los políticos más importantes, tanto los de izquierdas como los de derechas, han logrado sacarnos de la crisis, la solución debe ser quitarlos de en medio. Y como hemos votado tanto a unos como a otros mayoritariamente, entonces es que igual la democracia está mal. Y como tiene que estar bien, entonces es que nuestro país no es democrático.

Pero lo que está sucediendo es resultado de la voluntad de los españoles. Somos nosotros quienes nos hemos creído que tenemos derecho a que el Estado nos dé tal o cual cosa. Somos nosotros quienes hemos votado a los políticos que nos prometían más regalos con nuestro dinero. Somos nosotros los que nos hemos comprado pisos a precios muy por encima de lo que podíamos pagar. Nadie nos puso una pistola en la cabeza para que firmáramos la hipoteca. Tampoco para meter la papeleta en la urna, excepción hecha de ciertas zonas del País Vasco, claro. Somos nosotros quienes hemos pensado que podíamos vivir a costa de todos los demás.

Sí, es cierto que los políticos han realimentado este bucle que no hacía sino darles más y más poder. El problema es que, en su posición, el españolito medio habría hecho exactamente lo mismo. Pero ahora no tenemos trabajo, se nos acaban los subsidios y en la familia hay pocos que puedan ayudarnos. El Estado, como siempre, promete en tiempos de bonanza lo que no necesitamos y nos lo niega cuando nos hace falta, porque nunca tuvo recursos para garantizárnoslo en tiempos de crisis.

Los españoles estamos preparados para abrazarnos a un líder que nos dé lo que no puede dar nadie: prosperidad para todos a cambio de, bah, la democracia, las libertades, la propiedad privada, el Estado de Derecho y todas esas convenciones burguesas. Manteniendo, como Chávez en Venezuela, la ficción de que siguen en pie. Al fin y al cabo, la democracia no funciona porque los políticos electos no nos solucionan la vida, las libertades y la propiedad (de los demás) son un estorbo cuando impiden que el Estado me dé lo que quiero y el Estado de Derecho deja que la ley se interponga en la Justicia. Da lo mismo si los banqueros públicos que gobernaban las cajas no incumplieron las leyes, o si los políticos que despilfarraron lo hicieron legalmente y con el aplauso de los votantes: deben acabar en la cárcel igualmente.

Estamos preparados. Sólo unos españoles tan españolazos como los catalanes han tenido en la independencia la causa populista que solucione sus males, aunque no lo haga. El resto de los españoles esperamos nuestro líder y nuestra causa. Sólo puedo dar gracias por que aún no haya llegado.

¿Reconsiderar la libertad?

Las recientes reacciones contra un vídeo y unas caricaturas publicados en Estados Unidos y Francia, que los musulmanes del mundo entero consideran ofensivos, merecen una atenta reflexión sobre los enormes peligros que acechan a la libertad de expresión en el mundo.

Comencemos por repasar la cadena de acontecimientos. La subida a Internet de un vídeo satírico deliberadamente destinado a la mofa y befa de un personaje histórico como Mahoma, el principal profeta de los musulmanes, sirve como pretexto a unas hordas de fanáticos seguidores de esta religión para asaltar el consulado norteamericano en Benghazi y asesinar a su embajador y otras tres personas de esa legación diplomática en Libia. Durante los días siguientes, las embajadas de EEUU, Reino Unido y Alemania sufren ataques en Sudán y Túnez por parte de similares turbas que arguyen la misma justificación y responsabilizan a los gobiernos de tan representativos países occidentales de promover el antiislamismo.

Días más tarde, una revista satírica francesa, Charlie Hebdo, publica unas caricaturas sobre el mismo personaje que desatan nuevas protestas y amenazas, hasta ahora con un resultado incruento, pero que llevan al gobierno francés a adoptar medidas especiales de seguridad en todas sus embajadas y centros oficiales en veintidós países islámicos.

Desde el momento que se produjeron los crímenes, el debate sobre la naturaleza del vídeo y las caricaturas de marras no pasa de la anécdota frente a la monstruosidad cometida por aquellos que dicen sentirse indignados, ofendidos o damnificados por las burlas. Sin embargo, lejos de centrar la cuestión en lo intolerable de este tipo de atentados que tratan de justificarse como respuestas a una agresión equiparable anterior, la mayoría de los medios de comunicación occidentales tomaron partido por la causa de los supuestos humillados y comenzaron a lanzar mensajes desautorizando a los autores de esos documentales y revistas. Como si fuera su función juzgar los límites de la libertad de expresión. A este respecto, el gobierno norteamericano destacó por su renuncia a defender uno de los pilares fundamentales de su propia constitución. En lugar de aclarar los límites de su función,  presionó al servidor donde se encuentra colgado el vídeo para conseguir su retirada. Al mismo tiempo, no tardó en revelar la identidad del supuesto productor y relacionar aviesamente la revisión de su condena condicional por un delito de estafa -con interrogatorio sin detención por parte del FBI incluido- con una conducta para la que no existe una sanción penal. El gobierno socialista francés tampoco ha destacado por defender esa libertad de expresión, a pesar de una alusión a la misma de su ministro de asuntos exteriores.

Recuerdo la espontánea reacción de solidaridad que en 1989 desató la condena a muerte ("fatwa") por blasfemia dictada por el ayatollah Jomeini contra el autor de los "Versos satánicos", Salman Rushdie. Acaso fue la última vez que un ataque tan brutal a la libertad de expresión suscitaba un generalizado rechazo en las sociedades libres. Lo que entonces eran voces minoritarias de condena al "blasfemo" Rushdie han pasado a ser mayoritarias. Entonces, como ahora, los argumentos que se esgrimían son los mismos. Desde la perspectiva de la libertad de expresión, no cabe entrar en disquisiciones sobre si los vídeos y las caricaturas son subproductos de pésimo gusto frente a la calidad de una novela de un autor consagrado. ¿Qué ha cambiado? Que la agenda de la corrección política se ha configurado como la ideología dominante. El asesinato de Theo van Gogh y la posterior estigmatización de Ayaan Hirsi Ali ya demostraron que la claudicación frente al fanatismo religioso musulmán tenía una amplísima batería de propagandistas. En apenas treinta años, los llamados progresistas occidentales han convertido en tabú toda crítica acerva al Islam y amalgamado en su propaganda a los defensores de la libertad con posiciones de extrema derecha.

Nótese que los países occidentales, sometidos a gobiernos fuertemente intervencionistas y arbitristas, probablemente no han caído en el totalitarismo más absoluto debido, precisamente, a la existencia de espacios de libertad que se consideraban intocables. Así, la libertad de expresión, aun con excepciones, ha venido considerándose por los juristas de ambos lados del Atlántico como una precondición para el desarrollo de una sociedad libre. Con no pocas controversias dentro de la sociedad, dependiendo del sesgo de los supuestos agraviados, un brillante cuerpo doctrinal fue elaborándose en el Tribunal Supremo aplicando a casos particulares la primera enmienda de la Constitución norteamericana. La defensa de esa libertad, que, como una manifestación más de la libertad ideológica y religiosa, sostuviera John Stuart Mill, parecía no tener opositores serios hasta hace poco. Incluso con zonas más ambiguas, las convenciones europeas de derechos humanos y el pacto de derechos civiles y políticos, auspiciados por el Consejo de Europa y las Naciones Unidas, dejaron patente durante muchos años que existe una sustancial diferencia entre los regímenes políticos que respetan esos derechos y aquellos otros donde el gobierno o una mayoría impone una determinada visión del mundo y, por lo tanto, la censura de las opiniones discrepantes.

Pero hete aquí que de un tiempo a esta parte esas claras diferencias están desapareciendo aceleradamente. Durante un tiempo, la BBC británica presumió de una objetividad que incluso reconocían los críticos de una televisión estatal que se financia principalmente por un impuesto especial que pagan los propietarios de aparatos de televisión del Reino Unido. En sus programas podían contemplarse opiniones de muy distinto signo, a menudo discrepantes. Es por esto por lo que la semana pasada sentí un escalofrío al observar la cobertura informativa que su canal internacional daba a la publicación de las caricaturas de la revista francesa. Es cierto que recabaron la autodefensa que el editor de la publicación ofreció a los medios de comunicación sobre su derecho a hacerlo. Pero, en un salto cualitativo, además de unos comentarios del periodista que valoraba las caricaturas "incluso como ofensivas para los no musulmanes", presentaron un primer plano de la portada de la revista donde solo se podía ver su título con las caricaturas cubiertas. La BBC considera que no debe mostrar precisamente el contenido que suscita la controversia y lo censura. Lejos quedan los días de la presentación de los hechos para que los televidentes juzgaran según sus propias convicciones.

Para los que defendemos la libertad, este ejemplo sería anecdótico si solo afectara a la BBC. Sería un problema de sus telespectadores y los contribuyentes británicos soportar las peroratas políticamente correctas de tan conocido medio de comunicación. Lo trágico es que esa deriva está socavando insidiosamente los que parecían bastiones de la defensa de la libertad y pueden llegar a afectar a la judicatura. En las sociedades occidentales parecía asentada la idea de que el ejercicio de la libertad permite la tolerancia de críticas ácidas y burlas, por más que éstas sean de mal gusto o desagradables en opinión de sus destinatarios o un sector influyente. En ningún caso podían equipararse esas chanzas o críticas con un acto real de agresión merecedor de una respuesta defensiva. Ahora se imponen los dobles raseros para, al fin al cabo, reconsiderar el ejercicio de la libertad.

Un aspecto no menos preocupante de esa "comprensión" por sensibilidades tan incompatibles con la libertad guarda una relación proporcional con los desmanes y crímenes que son capaces de cometer quienes se proclaman afectados.

Thomas Szasz: La nueva psiquiatría libertaria

Si le hablas a Dios, estás rezando; si te responde, tienes esquizofrenia.
T. Szasz

Este pasado 8 de septiembre falleció una de esas personas cuya falta de popularidad y nombre entre el público resulta bastante injustificada. Parte de esto podría deberse a un mensaje, el suyo, más que incómodo para no pocos poderes tanto formales como fácticos. Thomas Szasz, nacido en 1920 en Hungría, con apenas 18 años se trasladó a estudiar y vivir a EEUU, donde acabó estudiando medicina y especializándose en psiquiatría. Pronto destacó como un profundo crítico de la psiquiatría oficial.

Baste mencionar, para comprender su antagonismo con la psiquiatría dominante, que Szasz consideraba por ejemplo falsa la existencia de enfermedades de tipo mental. Tal es el argumento central de su obra El Mito de la Enfermedad Mental. Szazs afirmaba que el concepto de “enfermedad”, según la definición clásica-victoriana, sólo es aplicable a lesiones del cuerpo físico y sus órganos. A lo que uno replicará que el cerebro es, sin duda, también un órgano. Szasz no niega evidentemente esto, sino que puntualiza que las enfermedades del cerebro como órgano son estudiadas por la neurología. La psiquiatría, sin embargo, ocupada de la mente, no trataría de enfermedades en tanto la mente no es un órgano físico. Es decir, hablar de mente enferma sería para Szasz como hablar de una economía enferma; se trata meramente de metáforas lingüísticas. La psiquiatría estudiaría por tanto comportamientos, pero no enfermedades. Si uno acaba teniendo problemas de comportamiento por una enfermedad cerebral (intoxicaciones, infecciones, etc., cerebrales), esto pertenece por tanto a la neurología, no a la psiquiatría. Y si un día halláramos que todos los problemas mentales son enfermedades cerebrales, la psiquiatría desparecería en pos de la neurología. Como inequívocamente aclaraba Szasz, si un problema no puede observarse en una autopsia no es una enfermedad.

Son otros sin embargo los argumentos en los que Szasz fue más contracorriente. Basándose en sus profundas ideas libertarias e individualistas –de que uno es dueño absoluto de su cuerpo y mente-, Szasz fue un incansable crítico del uso del tratamiento en pacientes de forma coactiva, o dicho resumidamente de la hospitalización involuntaria. Forzar a alguien a ser hospitalizado o tratado contra su voluntad es mera y llanamente esclavitud, y todos somos y debemos ser libres en tanto no hayamos arrebatado antes la libertad a alguien (robando, matando, secuestrando, etc.). Exactamente Szasz consideraba la hospitalización involuntaria un crimen contra la humanidad. Así, en los 70 contribuyó a la fundación de la Asociación Americana por la Abolición de la Hospitalización Mental Involuntaria. Dentro de su lógica libertaria, defendía por supuesto el derecho al suicidio, que se cuidaba mucho de diferenciar de la eutanasia sancionada por el Estado. Nada menos que dos obras íntegras dedicó al tema: La prohibición del suicidio: La vergüenza de la medicina y Libertad Fatal: Ética y Política del suicidio. Ya saben, desconfíen del que se proclama liberal y está contra de la legalidad del suicidio (o eutanasia), pues será otro intervencionista-colectivista enmascarado. Y es que, por supuesto, Szasz fue un acérrimo enemigo del Estado. Siempre defendió, hasta el final de sus días, que la psiquiatría, y la medicina entera, debía separarse del Estado por las mismas razones que, parafraseando a Ayn Rand, debía separarse la Iglesia del Estado.

Esa invasión de la medicina por parte del Estado es para Szasz en no poca medida responsable de la desquiciante medicalización farmacológica de la sociedad actual. “En tanto la teocracia es el sistema de Dios y sus clérigos o la democracia el sistema de la mayoría, la farmocracia es el sistema de la medicina y los médicos”. Décadas después de esta cita, la fundación Life Extension recuperó felizmente el término farmocracia. La medicina en general, y la psiquiatría en particular, con prácticas en su historial como la lobotomización o la crítica de la masturbación, ha llegado según Szasz a convertirse en una nueva y perniciosa religión. A este propósito dedicó, entre otros, su libro Farmocracia: Medicina y Política en América.

Una de sus definiciones más características fue la acuñada en los años 60 de “Estado Terapéutico” para dar cuenta de la alianza del Gobierno o Estado con la psiquiatría. Para Szasz se trata de un sistema totalizante y prototalitario en el que se busca reprimir las acciones, pensamientos, ideas o emociones censuradas por el órgano político empleando la farmacología como brazo de implementación. La timidez, la ansiedad, la promiscuidad, la homo o bisexualidad, el tabaquismo, el uso de drogas que el órgano político-gubernamental etiqueta como ‘ilegales’, comer en exceso… deben ser, según la religión secular del Estado y la farmacología, tratadas y remediadas. Sin duda el gran libertario Murray Rothbard pecó hace 30 años de ingenuidad cuando en las páginas finales de su brillante obra La Ética de la Libertad aún dudaba de si se extendería por todo Occidente el puritanismo moral intervencionista ‘por nuestra salud’. En esta línea, hace pocos días veíamos cómo la ciudad de Nueva York prohibía la venta de refrescos gigantes. Quizás no falte tanto para que el Gobierno multe y sancione a quien se ponga enfermo, rediseñen el Impuesto sobre la Renta como Impuesto sobre Grado de Enfermedad, o directamente prohíban a uno morirse. No bebas, no fumes, no tengas relaciones sexuales, no comas demasiadas ni demasiadas pocas calorías, sé sociable sin caer en la excesiva extroversión… ¿A qué nos suena todo esto? Al terrible mundo feliz de Aldous Huxley donde somos máquinas y autómatas dirigidos por el órgano gubernamental de turno. Por supuesto no deberíamos fumar o beber demasiado alcohol si queremos estar sanos, pero estas cuestiones competen a los que nos dedicamos a la salud y a los ciudadanos libres de hacer, o no, caso, pero no al Gobierno que emplea la coacción y el palo de la ley a ciudadanos convertidos en siervos y lacayos. Como dice el libertario Ron Paul, si el Gobierno debe protegernos de nosotros mismos, absolutamente ya cualquier cosa imaginable le estará permitida a un Gobierno.

Y como no podía ser menos, Szasz abogaba por la legalización sin cortapisas de todas las drogas. Teniendo efectos nocivos para la salud muchas de ellas, la prohibición y la guerra contra las drogas no hace sino aumentar la tragedia y el perjuicio infligidos por éstas. El libre mercado, la libre competencia y la libertad de elegir del paciente y consumidor eran para Szasz parte de la receta, nunca mejor dicho, libertadora en el campo de los fármacos y las drogas. Y he aquí uno de sus libros más célebres: Nuestro derecho a las drogas.

Entre las decenas de premios recibidos en su vida, por ejemplo, fue nombrado en 1973 humanista del año por la Asociación Humanista Americana y doctor honoris causa por la Universidad Francisco Marroquín por su contribución a las ideas de la libertad.

Thomas Szasz es de esas personas que, si no existieran, habría que inventarlas. Nunca, sin embargo, nacerá un Szasz auspiciado por la industria farmacéutica ni por las subvenciones e intereses político-burocráticos. El mundo, nuestro mundo, necesita de muchos Szaszs. Que proclamen que la libertad es una e indivisible. Que no puede haber libertad intelectual y de mente si no la hay económica. Y viceversa.

La plaga de la humanidad es el miedo y el rechazo a la diversidad: el monoteísmo, la monarquía, la monogamia. La creencia de que sólo hay una manera correcta de vivir, sólo una forma de regular el derecho religioso, político, sexual, es la causa fundamental de la mayor amenaza para el ser humano: los miembros de su propia especie, empeñados en asegurar su salvación.
T. Szasz.

Mahoma, Obama y la libertad

La reacción de la Casa Blanca ante la oleada de violencia desatada por los islamistas con la excusa, pues se trata de una mera excusa, del vídeo ofensivo con la figura de Mahoma ha sido de una extrema torpeza. Y lo ha sido por partida doble. Para empezar, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se apresuró a condenar la película en los siguientes términos:

Para nosotros, para mí personalmente, el vídeo es repugnante y reprensible. Parece tener el cínico propósito de denigrar una gran religión y generar odio.

A esto añadió:

Rechazamos totalmente su contenido y su mensaje. Sin embargo, como dije ayer, no hay justificación, ninguna, para responder al vídeo con violencia. Condenamos la violencia que se ha generado en los términos más duros.

Resulta llamativo que la condena del contenido del vídeo se expresa en términos casi más tajantes que el repudio a la violencia desatada. Hay, cuando menos, una equiparación. Además, se echa en falta una defensa firme de la libertad de expresión, consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU , así como en otras Cartas Magnas democráticas, y uno de los más firmes pilares de lo que debe ser una sociedad libre. Tal vez, la señora Clinton no apeló a ese derecho tan básico de los seres humanos precisamente porque la Casa Blanca estaba maquinando para restringirlo en el caso del vídeo en cuestión. Ha actuado en la medida de sus posibilidades para que desaparezca de internet, reclamando a Google que lo retire de YouTube. Por fortuna, la empresa ha hecho valer la ley y sus propios principios y se ha negado a cumplir los requerimientos de la Administración Obama.

Lo que está en juego es algo más que poder ver un vídeo o no, o los sentimientos de miles de fanáticos seguidores del totalitarismo político-religioso que conocemos como integrismo islámico. Lo que el mundo, no sólo EEUU, se juega es el propio fundamento de la libertad. Como señala acertadamente Gabriel Albiac en un reciente artículo, en las sociedades libres si a alguien no le gusta una película se limita a no verla. Es más, es legítimo que haga uso de su libertad de expresión para tratar de convencer al resto de la sociedad a que haga un boicot pacífico y no acuda a las salas de cine ni compre los DVD con el título en cuestión. No existe ahí agresión alguna.

También se puede, si se quiere, comprar un montón de DVD de la película que molesta y destruirlos en un acto público. Como si se quiere acudir a las librerías a adquirir todos los ejemplares de una obra para acto seguido prenderles fuego. Quemar libros siempre es un acto que produce repulsa estética y moral, pero mientras se compren antes de su incineración no deja de ser un uso legítimo, aunque repugnante y estúpido, de una propiedad legítimamente adquirida. Lo que en ningún caso tiene legitimidad alguna es agredir a personas o, incluso, propiedades ajenas, para mostrar su rechazo a lo expresado.

Por repugnante o de mal gusto que sea el video al que se ha respondido con asesinatos y ataques a embajadas en varios países islámicos, la Casa Blanca debería haber puesto la defensa de la libertad de expresión por delante de la condena a la película. El mensaje que ha enviado el Gobierno de EEUU a los totalitarios es que pueden asustar y que a largo plazo resulta factible recortar la libertad en occidente. Además, las conclusiones que pueden extraer quienes en el mundo islámico sí creen en la libertad no pueden ser más desalentadoras. Podrán entender que quienes no están dispuestos a defender sus valores en su propio territorio, difícilmente van a apoyar a quienes cada día luchan por ser más libres en lugares donde esto es un reto casi imposible.

No cabe ni tan siquiera la mala excusa de que es legítimo restringir la libertad de expresión en defensa de los legítimos sentimientos religiosos. Precisamente, durante décadas la lucha para lograr dicha libertad fue en buena medida contra la censura que ejercían numerosas autoridades religiosas, con independencia en nombre de qué fe ejercieran su poder. Además, ¿dónde está el límite de lo ofensivo en materia teológica? Por poner un ejemplo, si se dice que Jesús murió en la cruz, habrá musulmanes que entiendan que se está acusando al Corán de mentir, puesto que este libro sostiene que murió de viejo. Y viceversa, ante esta última afirmación los cristianos podrían aducir que el Islam sostiene que sus creencias se fundamentan en una falsedad. Y todos ellos podrían mostrarse ofendidos ante cualquiera que dijera que Dios sencillamente no existe.

Su ofensa es legítima, pero no por eso debe atentar contra el derecho de los demás a decir lo que quieran. Cuando comienza a restringirse la libertad de expresión con cualquier excusa, se abre la puerta a que siga limitándose de manera creciente. Y eso sería una gran pérdida para el conjunto de la humanidad. Ese es el mensaje, y no otro, que tenía que haber enviado la Casa Blanca. De nada sirve enviar marines o barcos de combate a los lugares donde se ataca a las embajadas de EEUU si no se está dispuesto a defender los principios más básicos de las sociedades libres. Más bien es un error. Los totalitarios podrán sumar un nuevo mensaje a su propaganda: "reconocen que tenemos razón pero aún así nos mandan a sus tropas".

El miedo a la libertad (I)

El problema de la sociedad contemporánea no es un exceso de individualismo, sino la existencia de una estructura institucional deficitaria: sin dispersión pluralista del poder, sin independencia judicial, sin elecciones de jueces, sin separación de poderes, sin democracia directa, sin protección de la igualdad ante la ley

La ideas que promueve la casta política están deteriorando el marco institucional y "guiando" España hacia la fragmentación en Reinos de taifas donde triunfan la corrupción, la prevaricación y el intervencionismo; con una actitud acrítica, dócil y borreguil de la población y con ausencia del Estado de Derecho para la protección eficiente de la libertad y del ejercicio de los derechos individuales que son los responsables del crecimiento económico.

Hoy quiero analizar brevemente la paradoja de la libertad porque, en teoría, una democracia multipartidista promueve el ejercicio de la libertad de elegir pero, en la práctica, gran parte de la población renuncia a ejercer responsablemente su libertad individual y prefiere ser guiada dócilmente en la dirección que decida la casta política en cada territorio; con la ayuda de leyes, actos administrativos y, especialmente, medios de comunicación que trabajan al servicio de ideas intervencionistas.

De hecho, operan mecanismos psicológicos que permiten a muchos ciudadanos rehuir su propia responsabilidad individual. El psicoanalista Erich Fromm publicó en 1941 el libro El Miedo a la Libertad en donde, desde el individualismo metodológico, analizaba el comportamiento social de los individuos y la evolución que se produce en las sociedades como consecuencia del arraigo de determinados patrones de comportamiento.

Su psicología social identificaba tres mecanismos de evasión psicológica de la responsabilidad individual,que explican el apoyo de una mayoría de la población a líderes e ideologías colectivistas, nihilistas o conformistas que terminan destruyendo la libertad individual en las sociedades abiertas:

  1. Autoritarismo (o colectivismo) caracterizado por el abandono de la independencia del propio yo individual que, ante un entorno de crisis e incertidumbre, siente la necesidad de que le dirijan y cede su responsabilidad psicológica a algo o alguien exterior, como un Estado dirigido por un líder político, social o religioso, con el objetivo de adquirir la fuerza de la cual carece el propio yo del individuo y así intentar encontrar una solución fácil ante la incertidumbre vital que padece.
  1. Destructividad (o nihilismo) que consiste en la búsqueda de la destrucción de algo o alguien exterior, como forma de evasión del individuo en contra de su aislamiento en la sociedad, destruyendo instituciones o personas del mundo que le rodea, y como intento psicológico desesperado de no sucumbir ante la adversidad.
  1. Conformidad Automática (o conformismo) que se caracteriza porque el individuo dejar de ser él (completamente libre) y asume el papel que la sociedad le asigna, renunciando a ejercer su propia responsabilidad individual y al análisis crítico de la realidad y, por tanto, asumiendo como propias las ideas de algo o alguien exterior (políticos y medios de comunicación) y, en definitiva, siendo acrítico y conforme con las imposiciones coactivas que le vengan del exterior (Estado).  

El individuo tiene instintos primarios individuales, inmanentes e innatos, que le permiten sobrevivir y le proporcionan seguridad para actuar en un orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana (sociedad civilizada) como, por ejemplo, el respeto por la vida, la libertad, la propiedad y la búsqueda de la igualdad de trato ante la ley y el cumplimiento de los contratos.

Sin embargo, desde temprana edad, a cada individuo se le enseñan instintos secundarios (colectivos o sociales), es decir, se le adoctrina a pensar y experimentar sentimientos que no le pertenecen, con normas sociales inculcadas mediante la educación por la familia, el entorno sociocultural, la religión, la ideología y, especialmente, por el Estado.

Según Erich Fromm, se produce una separación del yo real del individuo que, en una mayoría de casos, puede forzar un sentimiento de soledad y alienación por supeditación de la persona a lo que es socialmente correcto (en cada momento y en cada territorio) y, por tanto, por el abandono de la libertad individual para decidir responsablemente.

Estos factores psicológicos llevan al hombre hacia la toma de decisiones a medio camino entre lo racional y lo irracional, a supeditar su voluntad a instintos secundarios adquiridos socialmente, y a ponerse bajo el mando de dictadores o de dirigentes políticos, sociales y religiosos que "guían" la sociedad hacia una utopía intervencionista.

El análisis de la psicología del nazismo que realiza Eric Fromm muestra como la población de una democracia como la Alemania de los años 30 en el siglo XX apoyó y quedó supeditada a las tendencias psicológicas sadomasoquistas, de anhelo de poder de dominación y de sumisión a un poder exterior omnipotente como la "raza", el "pueblo", la "lengua", la "cultura" o la "nación" superiores a otras, supuestamente más débiles.

Como menciona Erich Fromm de modo absolutamente clarividente:

La ‘revolución’ de Hitler, y a ese respecto también la de Mussolini, se llevaron a cabo bajo la protección de las autoridades existentes, y sus objetivos favoritos fueron los que no estaban en condiciones de defenderse. (Fromm, E.: 2008 [1941], p. 224)

Ese análisis psicológico del nacionalsocialismo lo abordaré en el próximo artículo, porque no deja de sorprender cómo se siguen produciendo involuciones institucionales ante la inacción de las autoridades, y cómo existe un enorme similitud con la psicología del nazismo en el arraigo y la imposición de la ideología nacional-separatista en Cataluña, Galicia y, especialmente, en el País Vasco.

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Venezuela: la revolución más larga de la historia

La oposición venezolana dio un paso fundamental de cara a poner punto y final a los años de Chavismo, organizándose alrededor de un candidato único, Henrique Capriles. Frente a la desunión que la caracterizó tiempo atrás, esto suponía un avance evidente.

La siguiente etapa consistió en enfatizar la importancia de la participación, pese a que existen dudas razonables sobre la limpieza de las votaciones. En este sentido, la misión de la UNASUR cobra una especial trascendencia, toda vez que la OEA se ha mostrado, históricamente, excesivamente condescendiente con los liberticios de Chávez (y de los Castro, y de Ortega, y de Correa y de Morales…).

Durante la campaña electoral, la estrategia de Hugo Chávez se ha centrado en descalificar a su rival y coaccionar a la sociedad venezolana. En efecto, el actual Presidente no ha tenido reparos en desempolvar los fantasmas característicos conforme se acerca el 7-O.

Esta prolongada campaña electoral venezolana ha servido, igualmente, para que los problemas congénitos del país sigan sin solucionarse. Si en Europa Occidental la principal amenaza hoy en día es el paro, en Venezuela lo es la ausencia seguridad pública y jurídica, sin olvidar que la pobreza caracteriza a amplios sectores sociales.

Este último fenómeno trató de eliminarlo Chávez a través de las "misiones", lo cual no ha sido más que una herramienta para afianzar el modelo económico del socialismo del siglo XXI, creando un elevado grupo de ciudadanos dependientes y cuya fidelidad al Chavismo está fuera de toda duda.

El resultado de estos años de gobierno del PSUV no es otro que la irrupción de organizaciones subsidiadas que muestran más lealtad hacia la figura caudillesca que a su modelo de organización política, económica y social, el cual, probablemente, desconozcan.

Las misiones se están convirtiendo en protagonistas de la campaña. El propio candidato Capriles ha afirmado que "mantendrá las que funcionen". Esto supone una forma de huir hacia delante con la que busca evitar (sin éxito) las críticas de que gobernará siguiendo las directrices del FMI. Como se observa, aparece otra de las características definitorias del populismo latinoamericano: estigmatizar al oponente.

En efecto, este es uno de los puntos que más está enfatizando Hugo Chávez: Capriles tiene una "agenda secreta neoliberal", término que en América Latina ha sido desfigurado, pervirtiendo su significado real, de tal modo que se emplea como arma arrojadiza contra aquellos que desafían el statu quo, en este caso, el socialismo del siglo XXI.

Ahí es donde ha fallado el candidato opositor a la hora de explicar sus propuestas, reculando y presentando una visión edulcorada de las misiones. Dicho con otras palabras, no ha sabido asociar "neoliberalismo" con la defensa de la propiedad privada, de un Estado de Derecho dotado de instituciones sólidas e independientes, ni con la óptima utilización de los recursos con que cuenta el país, en particular el petróleo, que hasta la fecha han sido empleados como herramienta de proselitismo ideológico por parte de Hugo Chávez.

Asimismo, en los últimos días ha habido una parte del discurso de Chávez que nos pone en alerta del clima clientelar que se vive actualmente en Venezuela y que puede mantenerse en caso de sea el ganador el 7 de octubre. Al respecto, ha pedido el apoyo en las urnas de las clases pudientes "para que puedan seguir haciendo negocios con tranquilidad". Clientelismo y amenaza se combinan a partes iguales en esta premisa.

El pasado mes de agosto lanzó la otra parte de este mensaje: "si la burguesía regresa al gobierno (en alusión a Capriles), el país entraría en una tormenta de violencia". El carácter mesiánico, rasgo consustancial del populismo, combinado con dosis de coacción, ha irrumpido y se traduce en una suerte de chantaje electoral lanzado por el oficialismo: o Chávez o la desestabilización. Más correcto sería decir: o Capriles o la revolución permanente. O Capriles o el caos.

Una alternativa a EuroVegas

Las opiniones son como los culos, todos tenemos la nuestra. Por eso una vez conocido que la empresa Las Vegas Sands ha decidido que Madrid albergará su nuevo complejo de hoteles y casinos en Europa, todo el mundo ha sacado a relucir su opinión sobre el tema.

Por supuesto, como esto es España, hay dos frentes opuestos que casualmente coinciden con la derecha y la izquierda. Unos creen que es una inversión fantástica que debe ser fomentada, ya que nos ayudará a salir de la crisis, y otros que caminamos firmes hacia Sodoma y Gomorra.

Puede parecer curioso que quien saque a relucir argumentos moralistas sea la izquierda. Pero ya se sabe que para algunos el vicio y la perversión sólo son malos si van a acompañados del lucro. Si fuera gratis (pagado por todos) o los casinos fueran públicos seguramente les parecería bien.

Pero dejando a un lado las neuras de la izquierda, a las que no se les debería dar tanta importancia, lo cierto es que unos y otros vuelven a cometer uno de los errores típicos en los que siempre cae el español común: pensar que su opinión le debería importar a alguien.

Si una empresa quiere construir una docena de hoteles en los secarrales que rodean Madrid está en su derecho. No se entiende que nadie argumente a favor (como si diera su bendición) o en contra (como si dependiera de su permiso). Sólo una sociedad tan liberticida como la española puede pensar que todo, hasta actos que ni les va ni les viene, tiene que pasar por su aprobación.

Alguno me replicará que el problema no es lo que piensen construir, sino cómo lo van a construir. Vamos, que les van a dar dinero o financiación pública o algún tipo de ventaja fiscal.

Si el gobierno regional, el estatal o algún ayuntamiento le da dinero, financiación o ventajas fiscales a alguien, es simple y llanamente porque puede hacerlo. Así que en vez de malgastar electricidad en escribir sobre lo malo que es EuroVegas, sería bastante más recomendable hacerlo sobre el exceso de poder político, que permite gastar nuestro dinero en inversiones que ni nos van ni nos vienen, o realizar tratos de favor según les convenga.

Pero claro, si nos centramos en eso resulta que también habría que criticar multitud de proyectos que cuentan con el beneplácito de unos u otros, según quién sea el que se beneficie del asunto.

Por último están los que se quejan amargamente de que al apostar por EuroVegas nos agarramos a una economía del ladrillo y la burbuja, sin más aspiraciones que vivir del turismo y el juego. Demostrando así que hay personas que siguen sin enterarse de nada pese a llevar cuatro años sumergidos en información económica a diario.

El problema del ladrillo fue que se construían viviendas porque la gente estaba dispuesta a comprarlas, y la gente estaba dispuesta a comprarla porque podían financiar su compra y luego venderlas por más dinero. Por lo tanto cuando se acabó la financiación explotó la burbuja.

En el caso de EuroVegas es una empresa la que corre con una parte importante de la financiación y tendrá que buscar que otros inversores (esperemos que privados) confíen en que la rentabilidad de su modelo de negocio sea lo suficientemente sólida como para que se les devuelva la inversión con sus correspondientes plusvalías.

Evidente, se pueden equivocar, y el proyecto puede ser un fracaso. Pero en ese caso Las Vegas Sands, y sus inversores, verán disminuido su capital y Madrid ganará 12 hoteles que podrán ponerse al servicio de otros modelos de negocio más rentables.

Por supuesto, eso será así sólo si el gobierno de turno no decide intervenir por el bien común y regar el proyecto con dinero público. Aunque esto nos llevaría a lo de siempre: el problema no sería EuroVegas, sino un gobierno con capacidad de hacer con nuestro dinero lo que le da la gana.

Y sí, muchos preferimos tener a lado de casa un complejo de Google o Apple que un casino. Pero resulta que la realidad es la que es, y Google y Apple no se plantean ni por un segundo establecerse en España. ¿Y por qué? Me imagino que por muchas razones, entre ellas impuestos muy altos, trabajadores poco cualificados, poca cultura empresarial, electricidad cara, etc.

Así que todos aquellos que quieran una alternativa a EuroVegas solo deben empezar a trabajar por conseguir un entorno adecuado para inversiones más a su gusto. Un buen comienzo sería pedir un impuesto de sociedades y rendimientos de capital por debajo del 10%, la supresión de cualquier barrera a las empresas (incluidas laborales e importación), un sistema educativo libre, que permita innovar y conseguir jóvenes con una formación orientada al mercado y no a intereses políticos y burocráticos, y un mercado energético verdaderamente liberalizado sin trabas (no subvenciones) a ninguna tecnología segura.

La Revolución Gordillo y el sanguinario Reino de Münster

El comunista Juan Manuel Sánchez Gordillo, diputado de IU en el Parlamento andaluz y alcalde del pueblo de Marinaleda (Sevilla), ha acaparado la atención mediática de propios y extraños, dentro y fuera del país, a raíz de su particular “marcha obrera” iniciada recientemente por tierras andaluzas en compañía de centenares de miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores. Bautizado en la prensa extranjera bajo el atractivo título de Robin Hood español, la Revolución Gordillo se ha caracterizado por violar en reiteradas ocasiones la propiedad ajena mediante protestas “simbólicas” consistentes en robar comida, asaltar supermercados, entidades bancarias y hoteles en señal de protesta por la crisis, los “recortes sociales” y el injusto castigo que impone a los más débiles la vigente dictadura de los mercados.

En España, no son pocos los que ven con benevolencia este tipo de actos e incluso un ejemplo a seguir en pos de una “justicia social” que, según alegan, debería imponerse por la fuerza a fin de recompensar a los más desfavorecidos mediante el castigo de los poderosos, esos malvados empresarios y capitalistas a los que culpan de la crisis y de originar su precaria situación laboral. De hecho, pese a la evidencia de que esta comitiva obrera está incurriendo en delitos fragrantes contra la propiedad privada, la reacción de las autoridades políticas y judiciales contra dichos actos está siendo, hasta el momento, sorprendentemente tibia, lo cual no deja de ser alarmante. Y es que, si bien a día de hoy el experimento Gordillo no deja de ser una anécdota más de la crisis, sin grandes efectos ni consecuencias, más allá de rellenar titulares y atraer la atención de los medios en un mes de agosto que suele ser pobre en cuanto a noticias, el trasfondo de este tipo de movimientos no deja de ser enormemente peligroso.

¿Qué pasaría si el ideario que propugnan Gordillo y sus acólitos prendiera con fuerza en el espíritu de la gente y, por tanto, una cuadrilla de comunistas impusiera su ansiada utopía, ya no en España, sino en algún pueblo del territorio nacional? No es preciso hacer conjeturas acerca de su resultado, sus frutos están impresos en las páginas de la historia. Este tipo de revoluciones han sido recurrentes a lo largo de los siglos. Uno de los símiles más próximos se podría encontrar, quizás, en la sanguinaria experiencia de Münster, una ciudad situada en la región de Renania del Norte-Westfalia (Alemania), acontecida en el primer tercio del siglo XVI. Simplemente, una pesadilla.

En 1534, al calor de las Guerras Campesinas iniciadas algunos años atrás en el seno del Sacrosanto Imperio Romano Germánico contra el poder que ostentaban obispos y príncipes regionales, la corriente revolucionaria de los anabaptistas logró un éxito inusitado en la citada población de Münster. Los anabaptistas (rebautizados) constituían por entonces un grupo radical de reformistas eclesiástico-civiles que, tras la reforma luterana, pretendieron reinstaurar los principios de un supuesto “cristianismo primitivo” basado en la absoluta igualdad política, la abolición total de la propiedad privada y la instauración de un régimen comunal de bienes. Es decir, la doctrina de absoluta igualdad material de todos los hombres… El comunismo, sólo que en nombre de Dios.

Sus ideas se materializaron tras la toma de la ciudad por la fuerza con el apoyo de cientos de campesinos que estaban descontentos con su situación económica y condiciones de vida. La revolución de Münster fue liderada y dirigida desde sus inicios por tres cabecillas anabaptistas: Jan Matthys, panadero holandés y líder del movimiento por entonces; Jan Bockelszoon (más conocido como Johann de Leiden), un joven de 25 años, hijo bastardo del alcalde de una villa holandesa que, tras contraer matrimonio con una rica viuda y arruinarla, no logró pasar de aprendiz de sastre a lo largo de su corta carrera profesional; y Bernt Knipperdollinck, comerciante de telas y uno de los dirigentes de los gremios de Münster que, además, era el suegro de Bockelszoon.

En febrero de ese año, la revuelta triunfó y las autoridades locales fueron depuestas. Los anabaptistas difundieron su conquista entre los territorios vecinos y de inmediato comenzaron a llegar miles de personas atraídas por el experimento comunista -el primero de estas dimensiones- que acababa de comenzar. Matthys, como no podía ser menos, se autoproclamó en líder supremo y rebautizó la ciudad como la “Nueva Jerusalén” bajo la promesa de que conquistarían el mundo en el plazo de dos meses, ni más ni menos. Su primera decisión consistió en purgar las calles de impíos y pecadores y, aunque en un primer momento su intención fue la de decapitar a todos los cristianos no anabaptistas, finalmente optó por expulsar a católicos y luteranos para no disparar la animadversión del resto de autoridades del Imperio. Los desterrados fueron obligados a dejar atrás su dinero, propiedades e incluso familias. Los que se quedaron fueron rebautizados, y los que se negaron, ejecutados.

El nuevo orden acababa de ser instaurado. En un primer momento, las propiedades de los expulsados fueron confiscadas y repartidas entre los pobres según “su necesidad”, siendo ésta discernida por siete apóstoles designados por Matthys. El dinero y la propiedad privada fueron abolidos, todo debería ser tenido “en común”, de modo que el nuevo gobierno se apropió de todos los bienes y posesiones de los habitantes de la “Nueva Jerusalén”; los alimentos fueron racionados; las casas particulares fueron sometidas a un régimen comunal para albergar a los miles de inmigrantes llegados de otras ciudades del Imperio -se prohibió cerrar las puertas, cada cual se podía alojar donde quisiera-; el estado teocrático anabaptista se convirtió en el único empleador, satisfaciendo los salarios en especie -comida-. Y todo ello, en nombre del “amor” cristiano, cuya última etapa sería el advenimiento del comunismo igualitario: “Todo habría de ser tenido en común, no debería haber propiedad privada y nadie volvería a trabajar. Simplemente, se confiaría en Dios”, rezaban sus apóstoles.

Para romper con el sucio pasado de la anterior civilización, Matthys arengó al pueblo a quemar todos los libros y manuscritos de la ciudad -públicos y privados-, a excepción de la Biblia, cuya correcta interpretación, por su puesto, corría a cargo de los predicadores anabaptistas. Pero Matthys no duró mucho en el cargo. A finales de marzo, iluminado por una visión divina, se enfrentó al ejército comandado por el obispo de Münster, que había sitiado la ciudad para tratar de liberarla, muriendo en el intento. El joven Bockelszoon ocupó entonces su puesto y nombró un nuevo consejo de gobierno formado por doce ancianos, con él a la cabeza, con potestad absoluta para decidir sobre la vida y la muerte, bienes materiales e incluso el alma de los habitantes de Münster. Instauró un estricto programa de trabajos forzosos, dividiendo los oficios en dos -empleados públicos y militares-, e impuso la pena capital para cualquier acto de insubordinación al mandato divino de su autoridad. Knipperdollinck, su suegro, fue el brazo ejecutor de tales decretos.

El único aspecto que quedaba fuera de su ámbito regulatorio fue el sexo, pero incluso éste no tardó mucho en ser regulado por su estado totalitario. Inicialmente, tan sólo se permitía mantener relaciones sexuales en el seno del matrimonio, entendido éste -eso sí- como la unión de dos anabaptistas. Cualquier otra forma de sexo, incluido el matrimonio “impío”, era causa de pena capital. Sin embargo, Bockelszoon fue más allá de este credo relativamente conservador y poco tiempo después decretó la poligamia forzosa. ¿A qué se debía ese radical cambio de postura? Los malpensados afirman que el origen de esta decisión fue el deseo del gran líder por poseer a la viuda de su antecesor -Jan Matthys-, la joven y bella Divara, con la que finalmente se casó, aunque ni siquiera así quedó satisfecho -llegó a reunir un harén de dieciséis concubinas-.

La implantación de la poligamia obligatoria no fue una tarea especialmente difícil. Como muchos de los desterrados al inicio del régimen dejaron atrás a sus mujeres e hijas, la ciudad contaba ahora con el triple de mujeres casaderas que varones. Además, los insubordinados fueron de inmediato acallados por la vía de la espada o encarcelados. En agosto de 1534, la poligamia fue impuesta y todas las mujeres fueron obligadas a casarse una vez cumplida cierta edad. Con el tiempo, todo acabó degenerando y, tras facilitarse enormemente el divorcio, el experimento acabó en una especie de orgía comunal, una promiscuidad forzosa, con listas de concubinas casaderas inclusive cuyo reparto se establecía bajo un cierto orden.

Ese mismo verano, Bockelszoon fue un poco más allá y se proclamó Rey y Mesías del mundo por orden y gracia de Dios, ya que éste le había otorgado “poder sobre todas las naciones de la Tierra”. Fue entonces cuando comenzó a vestir los más lujosos trajes y a portar las más finas y bellas joyas. En un gesto de generosidad, también nombró a Divara reina del mundo y creó su propia corte, unas 200 personas que fueron alojadas en las mansiones más espléndidas de la ciudad reservadas al efecto. Se renombraron todas las calles; se abolieron los domingos y los días de fiesta; el rey en persona se encargaba de poner nombre a todos los recién nacidos; y confiscó todos los caballos para formar su particular guardia pretoriana… El dinero y las riquezas, arrebatadas y negadas al resto de la población, eran ahora disfrutadas en exclusiva por el rey y su cuadrilla de cortesanos anabaptistas. Todo se racionaba, desde la comida hasta los ropajes, y mientras el gobierno vivía en la opulencia gracias a las propiedades confiscadas, el resto de los habitantes fueron condenados a la más absoluta miseria.

Dada la evidente diferencia de clases que imponía el régimen, no fueron pocos los habitantes de Münster que, aunque inicialmente abrazaron con fervor el igualitarismo comunista, comenzaban a dudar de las bondades de aquel reino de “amor” y justicia divina. Fue entonces cuando Bockelszoon inició una efectiva campaña de propaganda en la que prometía igual volumen de riquezas y lujos a todos sus súbditos tras la conquista del mundo y la pronta llegada de Jesús, al tiempo que combatía las dudas de los aún descontentos mediante un creciente régimen de terror y opresión a base de ejecuciones en masa, torturas públicas y encarcelamientos.

Ante la amenaza de que revueltas similares triunfaran en otras zonas del Imperio, el sitio sobre Münster se reforzó con la llegada de nuevas tropas enviadas por diversos príncipes y la ciudad fue totalmente bloqueada en enero de 1535. El rey y su corte decidieron entonces dejar morir de hambre a sus súbditos-esclavos ante la creciente falta de suministros mientras ellos seguían comiendo opíparamente. Bockelszoon logró mantenerse en el poder a base de promesas y más promesas que, al mismo tiempo, se combinaban con un reino del terror si cabe aún mayor del conocido hasta entonces: dividió la ciudad en doce secciones (guetos); prohibió cualquier tipo de reunión aunque fuera tan sólo de unas pocas personas; y decapitó a todo aquél que osara criticar su mando. Las ejecuciones llegaron a ser diarias y los cuerpos con frecuencia se empalaban a modo de advertencia a las masas.

Pero la defensa de la ciudad se hizo cada vez más difícil con el paso de tiempo y, en un último intento, el rey Bockelszoon trató de incendiarla -con sus habitantes dentro- para despistar al ejército que la rodeaba y así poder escapar. Su plan fracasó y a finales de junio, tras un baño de sangre, Münster fue finalmente liberada gracias a que algunos de sus ciudadanos lograron señalar a los enemigos del régimen los puntos débiles por los que entrar. Bockelszoon, Knipperdollinck y su canciller Krechting fueron capturados, torturados y ejecutados. Sus cuerpos, a modo de advertencia, fueron colgados en jaulas de hierro en la torre de la iglesia de San Lamberto (Münster). Las jaulas aún siguen allí a día de hoy, cinco siglos después de aquel gran experimento comunista, quizá, como recordatorio de sus terribles frutos. Por desgracia, no se trata de ningún cuento de fantasía. La realidad suele superar a la ficción.

Es muy probable que Sánchez Gordillo no pretenda imitar con sus andanzas la infame experiencia sanguinaria del dictador Matthys y el rey Bockelszoon. Nada más lejos de mi intención comparar o asimilar a uno y otros. La paradoja de esta historia es otra bien distinta. A saber, que más allá de la anécdota que pueda suponer el asalto a un supermercado, un banco o una finca, la simbología cuasi inocente y divertida que para algunos desprende la marcha obrera de Gordillo esconde tras de sí un ideario, el comunista, que, llevado a la práctica, siempre acaba desembocando en un régimen de opresión, terror y pobreza generalizadas con independencia del personaje que la lidere y de sus buenas o malas intenciones. Así pues, el trasfondo que se oculta bajo el simpático Robin Hood español es todo, menos una broma.

Sánchez Gordillo y la justificación del robo

A estas alturas de la película ya es notorio el lamentable suceso del asalto al supermercado de Mercadona protagonizado por un grupo de unos 30 miembros del SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores), liderado por el ya célebre Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda y parlamentario de la Junta de Andalucía.

El acontecimiento ha tenido una repercusión absoluta tanto en la sociedad como en los medios españoles. Lo cual ha servido para mostrarnos las numerosas justificaciones del robo perpetrado por los secuaces de este aprendiz de bandolero, así como la espeluznante cantidad de personas que apoyan las acciones de este personaje. Así nos va…

El robo es un hecho que ha repugnado a todos los seres humanos de todas las civilizaciones y de todos los tiempos. Todo el mundo sabe y tiene claro lo que es un robo. Tanto es así que estos sindicalistas delincuentes han tenido que ser de lo más creativos para intentar convencernos de que no ha sido así. Evidentemente sin éxito, al menos en mi caso. Me propongo comentar alguna de estas justificaciones.

"Esto no es un robo, es una expropiación forzosa"

Muy bien, empecemos por definir robo: sustracción de bienes de una persona sin el consentimiento de ésta. Es un concepto sencillito, una definición muy fácil de entender, incluso para un sindicalista. Sigamos con un razonamiento trivial: ¿De quién eran los alimentos? De Mercadona. ¿Quería Mercadona que estas personas se llevasen sus bienes sin pagarlos? De ninguna manera. Ergo, es un robo claro y fragrante. Fácil, ¿verdad?

Es tan bochornosamente evidente, que ha sido necesario revestirlo lingüísticamente para ver si de esta manera acaba pareciendo algo que no es. Lo han llamado "expropiación forzosa". Bonito eufemismo.

Veamos. Expropiación es el término que utiliza el Estado cuando roba….por el bien común. Es decir, expropiar también es robar… aunque legalmente, eso sí. Lo que han intentado los del SAT es darle una justificación social y legal a su robo.

Hay, sin embargo, una gran diferencia: una expropiación se lleva a cabo por la Administración, que al menos ha sido elegida democrática y mayoritariamente. Por definición, un sindicalista bandolero no puede expropiar nada. Ni es representante de nadie ni ha sido elegido por nadie para llevar a cabo estas funciones. No puede tomarse la justicia por su cuenta, cual asaltador de caminos.

Y es que un robo es un robo, y no puede ser otra cosa por mucho que se intente estrangular el lenguaje.

"no es un asalto porque no iban encapuchados"

En fin, lo que hay que oír. ¿Desde cuándo hay que ir encapuchado para efectuar un robo o un asalto? ¿Acaso la sustracción de bienes sin capucha no se considera un robo? Creo que estos señores han visto muchas películas norteamericanas de terroristas y atracadores de bancos del siglo pasado.

De hecho, en la actualidad la mayoría de robos se efectúan a cara descubierta, porque los delincuentes intentan que la víctima no esté presente (o que no se dé cuenta) para evitar episodios de violencia.

Uno tiene la tentación de preguntarle a los lumbreras del SAT: ¿Los carteristas roban? ¿Los saqueadores de casas de veraneo roban?

Lo que está meridianamente claro es que estos sindicalistas llevaron un asalto en toda regla: acometieron repentinamente por sorpresa y con premeditación un supermercado con la intención de robar bienes. Y además con violencia.

"no es delito porque lo hacemos para llevar comida al pueblo".

Toma ya. Son los elegidos, poco menos. La verdad es que los elegidos cada vez tienen menos nivel intelectual… Fuera bromas, esta justificación es verdaderamente bochornosa si se asegura respetar la democracia y el Estado de Derecho.

Afortunadamente, no hay ninguna necesidad social de que estos señores roben y cometan delitos para llevar comida a nadie. No cabe esgrimir la figura del hurto famélico para vulnerar un derecho ajeno. La sociedad tiene suficientes mecanismos públicos y privados para abastecer de comida a quienes realmente lo necesitan. Mecanismos muchos más eficaces, pacíficos y de infinitamente mayor alcance que los de un bandolero cualquiera acompañado de secuaces que rozan el analfabetismo más profundo.

Sin ir más lejos, las grandes superficies como Mercadona donan una cantidad enorme de comida a los bancos de alimentos y a numerosas ONGs. Y lo hacen de forma regular y sin presumir vulgar y chabacanamente de ello. Afortunadamente el Banco de Alimentos de Andalucía rechazó el botín de estos aprendices de piratas, explicando que solamente acepta donaciones legales. Es lo correcto en un país serio, democrático y civilizado.

Y es que, desde el punto de visto utilitarista (o social si se prefiere) ninguna sociedad puede sobrevivir o prosperar si cada uno de sus integrantes puede tomarse la justicia por su cuenta.

Si la ley no rige a todos por igual, si no existe el llamado Imperio de la Ley, entonces el progreso económico y social es imposible. Esto es debido a la incertidumbre social que generaría la consecuente inseguridad jurídica. Efectivamente, si todos pudiéramos sacar las cosas de los negocios "de manera simbólica" y quedar impunes, sería difícil ver un negocio abierto.

Lo sorprendente es que a este bandolero tempranillo, (que parece que en cualquier momento vaya a arrancarse a bailar el Chiquilicuatre) se le llena la boca de democracia y justicia cada vez que la abre, pero en la práctica no las respeta en absoluto. Algo que tampoco debiera extrañarnos si somos conscientes de la ideología que profesa: el comunismo.

Dicho lo anterior, hay que dejar claro desde una perspectiva iusnaturalista, que nada puede justificar la violación/abolición/robo de la vida y las propiedades de los individuos. NADA. La propiedad privada es (o debiera ser) un derecho inalienable. Es el principal derecho humano a partir de cual pueden emanar otros. Sencillamente, o existe la propiedad privada o existe la barbarie. 

 "Mercadona también roba y tiene mucho dinero"

La vieja cantinela comunista de que quien tiene dinero es porque se lo quita al pobre. La falacia de que la economía es un juego de suma cero, es decir, la riqueza no se puede crear, está dada, y esto hace que la ganancia de un jugador sea necesariamente la pérdida de otro jugador.

Pero, queridos sindicalistas, la economía no es el póker. En una economía capitalista se aprovechan mejor los recursos para producir más y mejor. Estos incrementos de productividad constantes hacen que el pastel se va haciendo más grande. Al contrario de lo que sucede en una economía intervenida/comunista, en donde lo constante es la destrucción de riqueza, y el pastel es cada vez más pequeño.

Para sorpresa de nuestros bandoleros, hay personas y empresas que crean valor en la sociedad. Una de las que más valor y riqueza crean es precisamente Mercadona, aportando entre otras cosas, productos con una calidad-precio prácticamente insuperable (por el momento, claro está, porque el mercado es dinámico).

Nadie obliga a los consumidores a comprar en Mercadona. Si lo hacen, es porque esta empresa pone a su disposición productos y servicios que realmente satisfacen sus necesidades. Los beneficios que las empresas obtienen a final de año son proporcionales a las necesidades que consiguen cubrir en la sociedad. En el caso de Mercadona sus beneficios son merecidamente altísimos. Consiguen hacer llegar a los ciudadanos comida cada vez más barata y de más calidad. ¡Eso sí que es llevar comida al pueblo!

En este sentido, no hay nada más democrático que los beneficios de empresas como Mercadona o Zara (o Microsoft o Apple).

¿Aceptarían nuestros sindicalistas renunciar a todas sus subvenciones y pasar a financiarse mediante las cuotas de sus afiliados y donaciones privadas? De esta manera observaríamos el apoyo REAL que tienen… Supongo que el mero hecho de plantear esta cuestión me convierte en un facha-cerdo-capitalista-explotador ante sus ojos…

"los banqueros y los políticos también roban, y más que nosotros"

Una justificación de verdaderos caraduras totalitarios. ¿Que haya delincuentes justifica que yo también robe y delinca? Desde luego, que gran profundidad de pensamiento social que nos obsequian estos sindicalistas.

Creo que no soy sospechoso de no denunciar el trato desigual y de favor que recibe la banca. En otra ocasión he defendido que los bancos no deberían ser rescatados ni recibir ninguna ayuda estatal. Pero eso no justifica que yo asalte sucursales bancarias con unos cuantos amiguetes y robe todo el dinero disponible para dárselo a los afectados por las preferentes. O que asalte el Banco Central Europeo para destruir todas las imprentas que tienen para crear nuevo dinero de curso legal.

Personalmente me indigna que en muchos lugares de África no haya suficientes escuelas para los niños por falta de medios económicos y materiales. ¿Debo entonces irrumpir en oficinas de CCOO, de UGT o del SAT y empezar a robar ordenadores, mesas y sillas para llevárselas a los niños de África para que puedan disponer de ese inmobiliario en sus colegios?

Seguro que no. Sería una burda justificación de un delito. De igual manera, saquear un supermercado para "llevarlo al pueblo" no es más que tratar de encubrir delincuencia con la demagogia más barata, analfabeta y rancia.

"es un acto de desobediencia civil"

Otra floritura lingüística para justificar el robo. Muy utilizada, por cierto. Aunque creo que no saben qué significa el término.

Desobediencia civil es el acto de no cumplir una norma (jurídica) que se tiene la obligación de cumplir. ¿A qué ley o norma se están oponiendo estos salvapatrias? A ninguna. Simplemente se están tomando la justicia por su cuenta. Y eso, desde luego no es desobediencia civil.

La realidad es que estos señores sólo defienden la desobediencia civil siempre que no sea contra leyes que ellos apoyan.

Gaspar Llamazares, que está cortado por el mismo patrón que nuestro alegre bandolero, afirmó: "yo niego que lo del SAT sea un robo, porque se ha hecho a cara descubierta. Es un acto de desobediencia civil y yo defiendo eso en un Estado democrático". Sin embargo, no opinaba lo mismo cuando afirmó que la Iglesia española se situaba "fuera de la democracia, en la desobediencia y desacato a leyes aprobadas" por no apoyar el matrimonio homosexual.

Eso, señor mío, se llama totalitarismo.

Para terminar, el verdadero problema de España no es el económico, sino el de valores. Por ejemplo, mientras haya una enorme cantidad de personas que no condene delitos como el perpetrado por los integrantes del SAT, España no tiene remedio ni futuro. Una sociedad que no defiende la propiedad privada no puede prosperar.

Y es que si se admiten estas justificaciones que hemos comentado, se puede llegar a cometer cualquier atrocidad, como han llevado a cabo los totalitarismos en el siglo XX. Tampoco es de extrañar que la ideología de Sánchez Gordillo sea una de ellas: la comunista.

Sánchez Gordillo, algo más que una anécdota

En efecto, el país heleno se ha convertido a largo de los últimos meses en un icono para la ultra-izquierda mundial. Manifestaciones violentas, ataques a las fuerzas y cuerpos de seguridad, proclamas anticapalistas… han sido la nota caracterizadora de la otrora cuna de la civilización. Desde España había muchos sectores que anhelaban mimetizarse en ciudadanos (alborotadores) griegos ya que estos luchaban contra Merkel, Estados Unidos, el capitalismo, las políticas económicas liberales…, todo ese conjunto de "causas justas" a las que el buenismo ha elevado a categoría de valores universales.

Igualmente, desde hace un tiempo, Sánchez Gordillo se había convertido en un referente para la izquierda. En pocos meses pasó de ser un gran desconocido a protagonizar noticias, reportajes… en los que se nos vendía Marinaleda como el paraíso. Así, dotado de esta bula, el alcalde pasó a la acción y dirigió el asalto a varios supermercados con la excusa de dar la comida a familias necesitadas. Una suerte de Robin Hood del siglo XXI.

Sin embargo, las cosas no son así, ni se hacen así. En España existe un Estado de Derecho, mal que les pese a quienes desearían suplirlo por formas dictatoriales encubiertas bajo etiquetas, también muy de moda en los últimos tiempos, como "democracia participativa". Esta forma de obrar añora lo que acontece en Venezuela (y Cuba, naturalmente) y rinde reverencias a personajes siniestros como el Che Guevara. De todo ello es prototipo Sánchez Gordillo.

Tras el robo y consiguientes los titulares en la prensa, han llegado las argumentaciones por parte del protagonista. Demagogia y retórica se mezclan a partes iguales en las mismas. Que si quien roba son los bancos, que si quienes saquean son los ricos…nada que no se conozca. Posteriormente ha asegurado que renunciará a ser aforado y que si entra en la cárcel "será un honor".

Como puede apreciarse, una gran labor de marketing verbal. En el siglo XXI los gestos y las imágenes lo son todo. Además, estamos en verano, se han terminado los Juegos Olímpicos y la liga de fútbol no ha empezado aún, con lo cual, siempre hay un espacio para que los personajes políticos, aunque sean cargos públicos, den la nota.

Tampoco es de extrañar quién han dado muestras de apoyo a este "saqueador justiciero", destacando Amaiaur, grupo político que, siendo suaves, no condena la violencia ni los asesinatos de ETA. Su portavoz en el Congreso, Xavier Mikel Errekondo (quien en su día no tuvo problemas para enfundarse la camiseta de la nación que tanto abomina y por tanto, disfrutar de los beneficios asociados a la internacionalidad, dejando en segundo lugar sus creencias políticas, aquellas que le dicen todas las noches que Euskal Herria es un pueblo oprimido y colonizado por los españoles), definía a través de twitter la acción del andaluz como "una acción de solidaridad contra el hambre y por la dignidad". Hombre, ya sabemos que la izquierda radical abertzale desnaturaliza con facilidad, hasta volverlos vacuos, los conceptos (especialmente, cuando habla de "paz" en Euskadi).

Obrando así, el ex balonmanista y su partido, correspondían a la solidaridad que en su día Sánchez Gordillo mostró hacia los presos etarras, algunos de los cuales ahora se han apuntado a la moda de la huelga de hambre, aunque a su manera, queriendo pasar de victimarios a víctimas, con Otegui a la cabeza. El chantaje a la democracia forma parte del ADN de ETA.

Finalmente, la labor altruista de dar de comer a los pobres y desfavorecidos la acometen a diario un buen número de organizaciones religiosas sin que por ello reciban el respeto, la solidaridad y mucho menos el protagonismo que cotidianamente logra Sánchez Gordillo. Por el contrario, aquéllas suelen obtener a cambio de su labor desinteresada los insultos y las descalificaciones de los amigos de la democracia participativa.