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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

La crisis del estado

El pensamiento antiliberal trata de propagar la idea de que los mercados, y quienes en ellos actúan persiguiendo fines "egoístas", son la causa de la situación de crisis económica que vivimos. Si esta tesis fuera cierta, lo razonable sería pensar que el Estado, y quienes sólo a través suyo aspiran a alcanzar fines "altruistas", encarnan la solución.

El argumento se cae por sí solo cuando identificamos los factores que han intervenido en la gestación del presente laberinto social y económico. El Estado interviene, y mucho. Su peso absorbe la mitad de la producción de nuestras economías, e influye definitivamente sobre el resto. Pero no es únicamente eso. Esta crisis, como las anteriores, tiene su origen fundamental en la política monetaria y financiera practicada por los Estados. No es que urja "refundar el capitalismo", sino que, en cualquier caso, es el Estado, tal y como lo conocemos, la realidad cuya supervivencia depende de las reformas que estén por hacerse.

Estas son las principales razones causantes de la crisis del Estado:

  1. El Estado contemporáneo, con especial intensidad desde el término de la Segunda Guerra Mundial, se halla inmerso en un proceso imparable de socialización. El estatismo totalitario quiso que el Estado relevara a lo social. El intrusismo moral, económico, jurídico y político, se hizo posible gracias a distintas corrientes filosóficas, ideológicas y académicas, que desde el estudio de la economía, la sociología y el Derecho, brindaron al Estado legitimidad para ejercer un poder absoluto sobre la vida de los ciudadanos. Del tradicional debate sobre los límites del gobierno, articulados en forma de libertades públicas, se pasó a un totalitarismo democrático justificado en contadas y estratégicas reservas formalmente liberales. A pesar de todo, en pleno proceso de estatización, lo social reaccionó no como otras veces, resistiendo, sino que reprodujo la misma tendencia invasiva de la que estaba siendo víctima. Este hecho representa el comienzo de la socialización el Estado. El corporativismo invirtió la fuente del dominio, dejando el mando de las instituciones del Estado en manos de las asociaciones de intereses. Partidos políticos, cumpliendo una función trasversal y representativa, sindicatos, patronal, sectores industriales y otras entidades, comenzaron a determinar la acción política y a aproximar hasta sus particulares vocaciones la fuerza de la intervención. El Estado se instrumentalizó hasta el punto de incorporar en su constitución política el reconocimiento expreso de estas corporaciones. Nació el "diálogo social". No todos los Estados han manifestado de igual modo este proceso de socialización. La forma anglosajona depende más de los grupos de presión extraconstitucionales, aunque el resultado sea el mismo o muy parecido al continental.
  2. Si bien no con una firme intensidad, ni tampoco una dirección única, el Estado contemporáneo está siendo víctima de la desconcentración del poder. La socialización del Estado contribuye a este paulatino desgaste. La desconcentración siempre es centrífuga (recordemos que el Estado es, por definición, el poder unificado, concentrado, la monarquía). La descentralización política ha complicado gravemente la estructura del Estado. Así mismo, la transferencia de competencias a organismos internacionales, incluso la constitución de entidades como la Unión Europea, muestran una decidida tendencia a reconocer soberanía en aspectos tan importantes como la política monetaria, financiera y fiscal, a organismos cuyas decisiones afectan a varios Estados, y por ello, exigirán mecanismos de compromiso y acuerdo inauditos hasta su creación. La actual situación del gobierno de España, presionado desde Europa, y al mismo tiempo, dependiente del concierto con los poderes autónomos en los que se divide su Estado, muestra la trascendencia de los cambios experimentados en las últimas décadas.
  3. Otra novedad que es propia y exclusiva de las últimas décadas, que convierte a esta crisis en la primera realmente crucial para occidente, es la globalización. La consolidación de un mercado mundial altamente interconectado acarrea la multiplicación de agentes, intercambios y subordinaciones cada vez más especializados e interdependientes. Los Estados occidentales no pueden aguardar a que sus economías resuciten gracias a agresivas políticas y descoordinadoras medidas de estímulo que impliquen el envilecimiento de la moneda o el rescate de sectores y agentes fracasados y/o sobredimensionados. El Banco Central Europeo, más allá de la convicción teórica o ideológica que parecen impulsarle, sabe que no debe reproducir la política expansiva practicada por la Reserva Federal. Si el Euro aspira a sobrevivir, debe convertirse en una auténtica alternativa al dólar (Huerta de Soto). Así mismo, la competitividad de la industria occidental frente a las economías emergentes, no concede tregua, ni permite asfixiar al mercado nacional sin emprender reformas de amplio calado. La mundialización ha despojado a Europa y a los EE.UU. de su margen para dilapidar años de prosperidad y desarrollo a costa de recurrir a ventajas inaprovechadas o a la falta de iniciativa de otras economías menos desarrolladas. La competencia internacional exige que gobiernos y particulares realicen lo antes posible aquellos ajustes que sean necesarios en términos de competitividad.

La crisis del Estado contemporáneo se enmarca en este triple escenario. La situación actual es un reflejo de la difícil tesitura en la que se encuentra el estatismo intelectual y político, generalmente incapaz de asumir la necesidad de reconsiderar las estructuras de poder vigentes, e incluso aceptar su agotamiento en la forma que mantienen. No parece haber llegado el día en que pueda decirse que el Estado esté próximo a su liquidación. De hecho, la periferia tenderá a reproducir las fases por las que ya han pasado o ahora transitan los Estados más antiguos. La cuestión es si la resistencia moral del estatismo está o no contribuyendo a acelerar la parsimoniosa agonía de la histórica forma de poder que es el Estado.

@JCHerran

Prostitución y trata de personas: no es lo mismo

Solemos escuchar y leer en los medios de comunicación noticias acerca de la prostitución y la trata de personas. Noticias en las que chicas son obligadas a prostituirse en contra de su voluntad. Estos sucesos nos conmueven fuertemente, como no puede ser de otra forma. Pero en la mayoría de las ocasiones se aprovechan este tipo de noticias para llegar a la conclusión de que la prostitución supone la esclavitud de las mujeres que la practican y, por tanto, debe ser condenada.

Considero que aquí se comete un grave error: confundir e identificar la trata de personas con la prostitución como actividad profesional.

Me explico. La prostitución, como tal, es simplemente el intercambio voluntario de servicios sexuales a cambio de dinero. La relación entre prostituta y cliente se establece porque ambos creen subjetivamente que saldrán beneficiados con el intercambio.

Sin embargo, la trata de blancas es la trata de seres humanos con fines de explotación. Y esta explotación puede ser sexual, laboral, a base de trabajos forzados, mediante la retirada de órganos o de otro tipo de esclavitud. Por tanto, lo condenable debe ser la trata y esclavitud de personas (que puede derivar en esclavitud sexual aunque no siempre), pero no la prostitución como profesión laboral.

De hecho, es un error tremendo llamar prostitución (actividad voluntaria) a lo que debería denominarse esclavitud sexual (actividad forzada y coactiva). Sería igual de absurdo condenar la fabricación textil simplemente porque un día descubrimos que una serie de inmigrantes chinos estaban siendo explotados en un taller textil clandestino. ¿Por qué en el caso de la prostitución no utilizamos la misma lógica?

La prostitución, que por definición es libre y voluntaria, no es condenable. Forma parte de la libertad individual de las personas el decidir practicar sexo a cambio de dinero. No viola los derechos de nadie, por lo que nadie tiene el derecho de inmiscuirse y prohibir un acuerdo voluntario y libre entre dos personas. Ninguna opción moral concreta justifica la prohibición y la ilegalización de la prostitución. En este sentido, la posibilidad de prostituirse es un derecho humano. La prostituta tiene todo el derecho de explotar su cuerpo como quiera.

Lo que sí es condenable y debe ser perseguido es la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación.

Es fácil ver, por tanto, que la diferencia entre prostitución y trata de personas es total, y la relación entre ellas es nula.

La conjura de los necios. Posible quiebra y deconstrucción nacional.

Asistimos a una conjura de necios en asuntos económicos y políticos. La mayoría de líderes políticos parecen ser incapaces de identificar las causas del crecimiento económico. Aún más grave es la aparente incapacidad de una gran parte de la casta de pensar con un mínimo de sentido de Estado ante los problemas de organización territorial de España.

1. Posibilidad de quiebra financiera de España.

Como señala el resumen del estudio “Large changes in fiscal policy: taxes versus spending” (Alberto Alessina & Silvia Ardagna, 2009), de la Universidad de Harvard, cuando se analizan los datos de las políticas efectuadas para combatir las crisis económicas en los países de la OCDE desde el año 1970 hasta el 2007, se obtienen los siguientes resultados:

Los estímulos fiscales basados en reducciones de impuestos tienen una probabilidad mayor de aumentar el crecimiento que los basados en aumentos del gasto. En cuanto a los ajustes fiscales basados ​​en recortes de gastos y sin aumentos de impuestos tienen una mayor probabilidad [86.22%] de reducir el déficit y la deuda en relación con el PIB que los basados en los aumentos de impuestos. Además, los ajustes por el lado del gasto, en lugar de por el lado de los impuestos, son menos propensos a crear recesiones.

Por ello, ante las evidencias académicas, resulta decepcionante comprobar como el nuevo Gobierno está realizando un recorte presupuestario insuficiente, que queda lastrado con erróneas subidas de impuestos, que van en contra de los Principios del Crecimiento Económico, cuando existe la posibilidad de no subir los impuestos mediante la realización de nuevos recortes en muchas partidas de gasto público que son superfluas y ociosas.

Especialmente, decepciona comprobar la política económica del Gobierno, porque no plantea una imprescindible reforma del estado de bienestar (sanidad y pensiones incluidas), que es esencial porque España está intervenida de facto. Es decir, la deuda pública de España no está siendo comprada por los fondos de inversión extranjeros y su riesgo de “default” está siendo asumido por los bancos y cajas españoles con los préstamos del Banco Central Europeo. Y, en economía, el tiempo cuenta, y mucho, cuando un país afronta un riesgo elevado de suspensión de pagos y necesita sanear con rapidez sus cuentas públicas.

Habiendo dicho lo anterior, conviene recordar que la situación de prima de riesgo que tiene la deuda de España, estando ahora situada por encima de la deuda Italiana, no tendría que ser así, en el caso de que el Gobierno de Mariano Rajoy estuviese aplicando una política económica estrictamente liberal con reducciones de gasto público y sin subidas de impuestos.

Si observamos el cuadro del “Credit Outlook 2012” que elaboró Deutsche Bank con fecha 12 de diciembre de 2012, la posición de España es mejor que la de Italia, Francia y Bélgica en cuanto al volumen en % PIB de colocación de letras, bonos y obligaciones en los años 2012 a 2014:


 

ITALIA

ESPAÑA

BÉLGICA

FRANCIA

Año 2012

375.100 mill. €

147.300 mill. €

72.100 mill. €

298.700 mill. €

Año 2013

204.700 mill. €

94.900 mill. €

40.800 mill. €

162.800 mill. €

Año 2014

166.300 mill. €

75.600 mill. €

36.500 mill. €

129.100 mill. €

Total 2012-14

746.100 mill. €

317.800 mill. €

149.400 mill. €

590.600 mill. €

Total % PIB 2012-14

47,6% PIB

28,6% PIB

41,1% PIB

29,8% PIB

Fuente: Credit Outlook 2012. Página 16. Deutsche Bank.

Tabla con las necesidades de colocación de deuda pública en los años 2012 a 2014.

Esto significa que si el Gobierno aplicase un ajuste fiscal muy fuerte, centrado sólo en la reducción del gasto público, sin subidas de impuestos y con reformas estructurales de hondo calado, los inversores internacionales confiarían en España y el nivel de prima de riesgo de la deuda pública volvería a niveles soportables por nuestra economía. Por supuesto, siempre que el Gobierno supiese comunicarse, adecuadamente, con un único mensaje: sin tibiezas, serio y contundente.

Seguramente, habría un decrecimiento más pronunciado en España este año 2012 pero, sin duda, la recuperación económica sería más rápida y se produciría mucho antes de las siguientes elecciones generales. Y, sobre todo, se evitaría el actual incremento de la prima de riesgo, que está siendo fomentado por los líderes franceses (Nicolás Sarkozy y Christien Lagarde) e italianos (Mario Draghi y Mario Monti), para alejar el foco de atención del mayor volumen de colocación de deuda pública que afrontan tanto Francia como, muy especialmente, Italia.

2. Posibilidad de deconstrucción nacional de España.

En un momento tan crítico como el que atraviesa España, es importante que el Gobierno logre retomar la senda del crecimiento económico porque afecta al ámbito político para poder afrontar con garantías de éxito los desafíos secesionistas que se plantearán a partir del año 2013 en el País Vasco y en Cataluña, dado que los políticos nacionalistas intentarán alcanzar la independencia aprovechando la crisis económica (y las facilidades otorgadas por la miríada de políticos necios) para intentar imponer la demagogia, las movilizaciones sociales y las políticas de hechos consumados , con las cuales medrar una mayor cuota de poder sobre la ciudadanía de ésas regiones.

Al fin y a la postre, el “café para todos” que impulso el ex Presidente Adolfo Suárez se ha revelado como un error institucional que significó crear 17 nuevas entidades políticas, sin competencias estables y fijas, que vienen reclamado cuotas de poder cada vez mayores. De modo poco inteligente, se incrementó el gasto público autonómico con más competencias, más funcionarios y más tramas de intereses y corrupción regionales.

La desvertebración, el despilfarro y la corrupción territoriales se dispararon en los gobiernos de Felipe González. Y, paradójicamente, el ex Presidente José María Aznar que logró reconducir la situación económica mediante recortes presupuestarios, rebajas de impuestos y mayor libertad económica, cometió el error de ceder sanidad, educación y justicia a las autonomías, lo que significó que el gasto público de ésas competencias aumentase más de un 20% (per capita) hasta 2011.

Sin embargo, el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha sido el que, además de endeudar y destrozar la economía del país, impulsó la deconstrucción de España, primero mediante la aprobación de un Estatuto de Cataluña “inconstitucional” y, segundo, mediante el impulso de una hoja de ruta para negociar e integrar el terrorismo en las instituciones y, de este modo, posibilitar la posible autodeterminación del País Vasco y Navarra a cambio de la rendición del Estado de Derecho frente a la violencia organizada.

3. Conclusión.

Pues bien, esperemos que el actual Presidente Mariano Rajoy entienda con claridad tanto el desafío económico como el reto político que le han legado sus antecesores en el cargo, dado que son asuntos que no admiten más demora y son su particular cita con la historia.

Por un lado, los fondos de inversión y las agencias de calificación no le perdonarán más errores económicos como al ínclito contador de nubes, porque nuestra economía debe colocar 300.000 millones para cubrir los vencimientos de deuda pública y otros 100.000 millones € de deuda privada de bancos y cajas.

Si el Gobierno falla en el empeño de ajuste fiscal con más subidas de impuestos, habrá una estancamiento económico o , en el mejor de los casos, una recuperación muy lenta siempre que el BCE sigue prestando dinero a los bancos y cajas españoles para su financiación y para apuntalar el Euro como moneda fiduciaria común, a cambio de que realicen ”carry trade”. O bien, aunque menos probable, habrá una quiebra financiera de España con su salida de la zona Euro y serán el FMI, el BCE y la Comisión Europea los que impondrán recortes draconianos y reformas que se dejarían sentir en la economía durante, al menos, dos generaciones de españoles.

Por otro lado, los nacionalistas presionarán al máximo hasta el punto de que probablemente deba decidirse la aplicación del artículo 155 CE para frenar el secesionismo totalitario y la reforma del artículo 148 CE para fijar las competencias de las comunidades autónomas.

Si el Gobierno yerra en contrarrestar los intentos secesionistas [1][2], habrá una posible ruptura de España en mini-naciones, con regímenes no precisamente liberales y con un incierto y difícil pronóstico geopolítico y económico, donde nuestros “socios” europeos serán los primeros en apoyar una fragmentación de la nación española, para controlar mejor las decisiones políticas en Europa y favorecer sus propios intereses nacionales.

Por todo lo anterior, esperemos logre despertar el Gobierno de su sueño socialdemócrata y escuchen las recomendaciones liberales que les llegan desde su propio partido, porque sólo el éxito en la economía proporcionará la estabilidad social necesaria para poder contrarrestar políticamente la próxima ofensiva nacionalista.

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La Trampa de la Igualdad

Imaginemos a una mujer titulada en un ámbito de conocimiento que encuentre una gran demanda de trabajo. Nuestra mujer se especializa y adquiere experiencia suficiente como para sentarse frente a su viejo o potencialmente nuevo empleador y “exigir” determinadas condiciones salariales.

¿Qué sucede si el Estado convierte el logro competitivo de la mujer de nuestro ejemplo en un “derecho” para todas las demás?

Nos han querido adoctrinar en la idea de que las conquistas individuales de unos cuantos, incluso los de la mayoría, deben ser homologados como mínimo coactivo que afecte al resto de individuos. Los mal llamados “derechos sociales” no son sino una extensión artificial y forzosa de condiciones que determinados trabajadores conseguirían “fácilmente” negociando con su empleador en el mercado.

¿Cómo beneficia esta extensión de determinadas condiciones laborales “mínimas” a quienes por su productividad o especialización no llegarían a alcanzarlas en el mercado?

Un trabajador cuya aportación al valor de lo producido sea tan baja que resulte perfecta e inmediatamente sustituible por casi cualquier otro trabajador sin importar su experiencia o especialización, nunca conseguirá superar cierto nivel salarial (ni siquiera, como veremos merced del  intervencionismo o la acción sindical).

No debemos ver lo anterior como una desventaja, sino como una consecuencia inevitable de las circunstancias personales y económicas de ese trabajador. No obstante, en un mercado libre, sin barreras artificiales a la contratación y la fijación y aceptación de salarios y condiciones, el trabajador menos productivo, aun cuando se quedase en el paro consecuencia de un embarazo, por ejemplo, tendría prácticamente garantizada su inmediata reincorporación al mercado laboral en idénticas o muy similares condiciones a las que ya disfrutaba. Es decir, el trabajador marginal, en un mercado libre, encuentra una ocupación relativamente bien retribuida mucho más rápido de como la pierde.

Ahora vayamos a un mundo donde tanto a una mujer como a su empleador se les obliga a asumir los costes inherentes a condiciones laborales alcanzadas libremente por la primera protagonista de nuestra historia. Obviamente, la incertidumbre que suscita la posibilidad de una baja de maternidad es un coste que, estando el empresario “forzado” a asumirlo, va en demérito de la contratación de mujeres fértiles en competencia con hombres. Lo anterior ocurrirá salvo que exista la posibilidad de descontar dicho coste del salario de cualquier mujer aparentemente fértil que oferte sus servicios al empleador en cuestión.

¿Qué sucederá si una trabajadora no es capaz de contribuir lo suficiente al valor del bien o servicio producido, como para descontar dicho coste, y al mismo tiempo, deban cumplirse el resto de mínimos imperativos? Muy sencillo, directamente no será contratada.

Lo que al principio parecía una buena decisión (generalizar por ley las condiciones de la mujer más productiva), se ha convertido en la condena de las trabajadoras más débiles o marginales. Pero no se queda aquí el mal generado por esta intervención. El resto de mujeres (las que sí pueden asumir con su productividad este coste impuesto, entre otros) verán que, a pesar de todo, estarán suscitando muchas más reticencias que sus competidores masculinos en el momento de ser contratadas. Esto, que en un mercado libre sucedería para un reducido número de casos, en un ámbito de intervención se convierte en un estigma general. Una excesiva cautela inducirá al empleador a esquivar la contratación de mujeres fértiles cuando existan hombres con similar capacidad.

¿Qué hace el Estado ante este panorama? Redistribuir. Subvencionando la contratación de mujeres cree el legislador laboral que corregirá las desventajas artificiales previamente generadas por culpa de la extensión coactiva de “derechos”. Con bonificaciones a la cuota a la seguridad social lo que se consigue es reducir el coste que el empleador soporta contratando a alguien, es decir, el Estado tolera salarios inferiores por la puerta de atrás, a cambio de mantener el resto de condiciones, incluido el neto percibido por el trabajador (que es sólo un espejismo del salario real). ¿Quién soporta el coste que ello comporta? La respuesta es sencilla. El resto de trabajadores, los que sí cotizan al 100%, que con cargo a su salario real estarán pagando las “conquistas sociales” de todo aquel que sea incapaz de producir por encima del sobrecoste que, arbitrariamente, la ley establece.

En primer lugar, se pretende generalizar condiciones que libre y previamente sólo algunos trabajadores han conseguido en el mercado (a medida que aumente el capital invertido per cápita, las conquistas se irán generalizando de forma espontánea y sin necesidad de intervención, tal y como ha venido sucediendo en los últimos dos siglos). En segundo lugar, y a la vista de la precaria situación en la que dicha intervención coloca a los trabajadores menos productivos y especializados, o cuyas circunstancias personales les impiden implicarse profesionalmente tanto como lo haría un hombre, el Estado decide subvencionar su contratación.

Las consecuencias que ello tiene para el caso de las mujeres son principalmente dos. Las mujeres fértiles acudirán estigmatizadas al mercado laboral. Pero es que además, y dado que nadie regala nada, únicamente será contratada aquella trabajadora que supere con su aportación al valor de lo producido el coste que debe anticipar el empleador en forma de salario. Las que no lo hagan, exclusivamente a través de subvenciones, directas o en forma de bonificación, lograrán un puesto de trabajo. Es decir, los más productivos verán como una parte considerable de su salario se redistribuye en forma de políticas activas de empleo.

Televisiones y campañas electorales, la libertad eliminada

Dentro de unos días se celebran elecciones en dos comunidades autónomas españolas: Andalucía y Asturias. Es, por tanto, un buen momento para centrar la mirada en la legislación electoral española en alguno de sus aspectos. Uno, y no menor, es el relativo a la normativa sobre medios de comunicación existente para la campaña electoral. Esta es sumamente restrictiva, en parte, pero no sólo, gracias a una deficiente protección constitucional de la libertad de expresión.

La normativa electoral contempla una serie de limitaciones para los medios de comunicación en general, como la prohibición de informar sobre encuestas electorales durante los últimos días de la campaña. Pero, además, en el caso de las televisiones privadas es todavía más intrusiva en su actividad. Desde enero de 2011 les impone un régimen de funcionamiento similar al previamente existente ya para las televisiones públicas (cuyo papel o, incluso, la justificación o no de su existencia no vamos a tratar en el presente artículo). Tan sólo se exime a las privadas de la obligatoriedad de emitir propaganda electoral gratuita. Como contraparte, y atacando de forma directa a la libre empresa y cerrando una fuente legítima de ingresos, se les prohíbe emitir anuncios políticos pagados.

Entre las modificaciones que introdujo la Ley Orgánica 2/2011, de 28 de enero, en la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General, figura la inclusión de un "punto 2" en el artículo 66 que obliga a las televisiones privadas a respetar "los principios de proporcionalidad y neutralidad informativa en los debates y entrevistas electorales así como en la información relativa a la campaña electoral de acuerdo a las Instrucciones que, a tal efecto, elabore la Junta Electoral competente".

La Junta Electoral Central interpretó la norma en una instrucción del 24 de marzo de 2011 que viene a reforzar el ataque a la libertad de expresión y a la libre empresa.

En su punto Séptimo, la instrucción impone a los canales privados la obligación, en periodo electoral, de "garantizar el respeto a los principios de pluralismo e igualdad", además de "los principios de proporcionalidad y neutralidad informativa en los debates y entrevistas electorales, así como en la información relativa a la campaña electoral que decidan realizar". Evidentemente, la apelación a los principios de pluralismo, igualdad o neutralidad, que no son desarrollados más a fondo, es coartar en gran medida la libertad de las televisiones de tener una línea editorial de apoyo a un partido político frente a otro.

Sí se desarrolla más a fondo, en el apartado octavo, punto 1, qué quiere decir el principio de neutralidad:

Entendiendo este en el sentido de que su tratamiento deberá atender preferentemente a los resultados obtenidos por cada formación política en las últimas elecciones equivalentes, sin que dicho criterio impida proporcionar otra información sobre aquellas candidaturas que no se presentaron o no obtuvieron representación en las últimas elecciones. En cualquier caso, estas últimas candidaturas no podrán recibir una cobertura informativa mayor que las formaciones políticas que obtuvieron representación en las últimas elecciones.

La "neutralidad", tal como la entienden los partidos que aprobaron la reforma de la ley electoral (PSOE, CiU, PNV y PP, si bien este último después dijo que fue un error apoyar estos cambios y anunció que no iba a reclamar su aplicación) y la Junta Electoral Central, no sólo es un ataque a la libertad de las televisiones privadas, a las que se les imponen cuotas de emisión por partidos. También supone un importante obstáculo a los pequeños partidos no presentes en las instituciones. Si una cadena quiere informar sobre uno de ellos, está obligada a dedicar espacios de tiempo mucho más largos a hablar de los grandes partidos, de forma que se diluye el mensaje de los pequeños.

La legislación electoral española, con la excusa de la neutralidad y la pluralidad, ataca la libertad y el pluralismo político e informativo. Una sociedad de ciudadanos libres no puede permitirse el lujo de que sean los políticos quienes decidan cómo se informa sobre determinados acontecimientos, con independencia de que se trate de un partido de fútbol, un desfile de moda o una campaña electoral.

Libertad y sexualidad

La cuestión de las libertades civiles solo puede ser resuelta satisfactoriamente partiendo del axioma central libertario de la autoposesión. Todo individuo, dice este, es propietario de su cuerpo y únicamente le está vedado el ejercicio de la violencia o de la amenaza de su uso. El entramado de relaciones libres, base de la sociedad de cooperación voluntaria, es posible en este contexto y se bloquea en cualquier modo coactivo de vínculos.

En los últimos años se observa una renovada batería de argumentos conservadores acerca de la práctica de la homosexualidad y de su asunción por parte de cada vez más amplios sectores como una opción legítima. Esta carga conservadora acude a la divulgación de estudios y observaciones en las que la homosexualidad se presenta como una práctica fruto del aprendizaje y en ningún caso como una variante biológica con fundamentos genéticos. Dado, no obstante, que muchas propensiones y rasgos precursores de la homosexualidad surgen en individuos de corta edad, se intentan recluir las consignas bajo el estigma de la enfermedad. Por si eso no cubriera el espectro de posibilidades, es decir, si ni la conducta aprendida ni la enfermedad cubrieran todo el espectro de casos de homosexualidad, los defensores de la postura contraria a esta apelan a la inconveniencia social. Esta parte argumental acudea la institución familiar como eje de la civilización y vincula estadísticamente a las familias con la prosperidad. Sería así que las sociedades con una estructura familiar sólida gozarían de mayor desarrollo.

En el lado opuesto, algunos defensores de la homosexualidad como opción personal se entregan tambiéna la búsqueda de una evidencia científica que apoye la postura genetista. Salvo en estos argumentarios la homosexualidad como opción personal es lo que prima entre sus defensores.

Una de las ventajas de la postura libertaria arriba mencionada consiste en que es, por un lado, más consciente de la provisionalidadde todo estudio científico acerca de fenómenos infinitamente complejos como son los biológicos y los sociales; por el otro, presenta la evidencia histórica de que solamente la sociedad abierta puede albergar a cada vez más número de seres humanos, ofrecerles un marco de relaciones donde la mayoría encuentre prosperidad y en el que las diversas opciones vitales, consustanciales al aumento de población y a la creciente complejidad social, tengan cabida.

Los apoyos científicos en contra de los homosexuales y de la homosexualidad son ejercicios de puro constructivismo social, mera coacción para ordenar la conducta de unos individuos según las preferenciasde otros. Ni existe ni existirá posibilidad alguna de condenar médica ni socialmente la homosexualidad sobre bases científicas y todo intento de hacerlo se precipita en la más pura manipulación.

La supervivencia de una especie tan compleja como la humana en continuo crecimiento depende tanto de asegurar la reproducción como la convivencia y la libre determinación de lazos sociales. Es lo único que se puede asegurar al respecto. Es por eso que se precisa apoyar desde el axioma libertario toda práctica sexual entre individuos que consienten.

Ventanas rotas

Pat Moyniham, cuando era asesor de Nixon en política interior, le dijo en una ocasión: "Señor presidente, James Q. Wilson es el hombre más inteligente de los Estados Unidos. El presidente de los Estados Unidos debería prestar atención a lo que tiene que decir". Y dijo cosas muy relevantes antes de morir el segundo día de marzo, a los 80 años.
De Wilson destacaba, y no debiera haberlo hecho, su estudio cuidado y honrado a la realidad y a los datos. Pero en aquélla época en la que la intelectualidad estadounidense estaba más interesada en cambiar la sociedad que en entenderla, a quienes sometían las nuevas políticas de los 60’ al filtro de la razón y la realidad les llamaron neoconservadores. "Habría sido mejor que nos llamasen escépticos de la política", precisó años después.

Sus intereses eran amplios, pero siempre será recordado como el autor de la teoría de las ventanas rotas, junto con George L. Kelling. Ya saben. Si permanece un tiempo una ventana rota, dará la impresión de que a nadie le importa, y a no muy tardar, pronto habrá más, muchas más. Lo mismo ocurre con esos comportamientos que violan las normas de la convivencia, y que están a la vista de todos, todos los días. Diluyen el sentimiento de pertenencia a la comunidad, entronan la impunidad y extienden la conciencia de que todo vale. Le sigue una degradación de la vida ciudadana, abono de las flores podridas del crimen. Es curioso que James Q. Wilson, el empirista, se haya ganado la fama gracias a una idea que apela al carácter moral del hombre en sociedad, y que no es más que una intuición.

Rudy Giuliani y su comisario de Policía William Bratton siguieron estas ideas, y lograron que Nueva York dejase de inspirar películas de una ciudad en decadencia, como Saturday Night Fever o Taxi Driver. Personalmente, creo que el Estado es un mal sustituto de la fibra moral de una ciudad, que debiera ser suficiente para impedir según qué comportamientos. Pero es indudable que el sólo hecho de abandonar la idea de que el criminal viola la ley porque se lo mandan su raza o su clase social y reconocer que es una persona racional y entiende el juego del palo y la zanahoria ha sido suficiente para hacer que el crimen caiga a plomo.

Hoy volvemos a ver las ventanas rotas. No es que me disguste ver cómo el Estado demuestra ser una filfa, y se queda paralizado ante unos centenares de jóvenes que se saltan la ley para ocupar calles y plazas, o que recurren a la propaganda por el hecho, delictivo. Pero se benefician de un espacio de impunidad que les hemos permitido y que no les pertenece.

Pero, ¿cómo pueden ser tan ricos?

¿Cómo es posible que el dinero esté tan mal distribuido en el mundo? ¿Cómo es posible que unas pocas manos acumulen los recursos que podrían alimentar durante mucho tiempo a tanta gente?

Por ejemplo, si un señor tiene una fortuna de 40.000 millones de euros, es fácil echar cuentas y concluir que 40 millones de personas podrían recibir una asignación de 1.000 euros (o un millón de personas, las más desfavorecidas de un país, una compensación de 40.000 euros). ¡Y estamos hablando de redistribuir la riqueza de una sola persona! ¿Qué sucedería si tomáramos la riqueza de 100 ó 1.000 de estos superricos? Es normal que algunos incluso elucubren con la posibilidad de que, atacando solo algunos de estos patrimonios, pueda ponerse fin a la pobreza en el mundo.

El asunto, por supuesto, dista de ser tan simple. Estamos habituados a imaginarnos a los multimillonarios como personas con una inmensa cantidad de dinero en efectivo: algo así como un Tío Gilito al que le gusta zambullirse entre sus monedas de oro y billetes de banco. Sin embargo, el dinero en efectivo es sólo uno de los muy diversos activos que componen el patrimonio de un multimillonario; y en ocasiones, uno de los activos con una presencia más reducida.

El rico, salvo marginales excepciones, no es la persona que tiene mucho dinero, sino la persona que tiene muchos activos muy valiosos: acciones, bonos, inmuebles, locales comerciales, suelo, empresas no cotizadas, etc. Cuando se dice que un multimillonario posee una riqueza de 40.000 millones de euros, lo que en realidad se está afirmando es que el valor de mercado estimado de todos los activos que comprenden su patrimonio asciende a 40.000 millones de euros.

Pero, y esto es lo fundamental, el valor de mercado de un activo no subsume el valor de todos los bienes presentes que ya ha contribuido a producir, sino el de todos los bienes futuros que se espera que produzca. O dicho de otra manera, quien posee 40.000 millones de euros en activos no dispone de 40.000 millones de euros en bienes de consumo inmediatamente disponibles, sino la más o menos razonable expectativa de que sus propiedades generarán (o contribuirán a generar) en los próximos lustros unos bienes de consumo valorados hoy en 40.000 millones de euros. Verbigracia, si una tierra de labrar se vende por 100.000 euros no es porque vaya acompañada de un almacén adosado que contenga abundantes toneladas de trigo valoradas en 100.000 euros, sino porque se espera que esa tierra sirva a cultivar a lo largo de las próximas décadas una cierta cantidad de trigo cuyo valor presente es 100.000 euros.

Por consiguiente, si un archirrico quiere disponer de parte de su riqueza tendrá dos opciones. La primera y más razonable, si es que el tiempo no le apremia, es la de gastar año a año los rendimientos que percibe por esos activos (los beneficios distribuidos de sus compañías, los dividendos, los intereses, los alquileres, etc.). Conforme el tiempo pasa, los activos van fabricando una pequeña porción de aquellos bienes de consumo futuros que les daban valor en el pasado: y son justamente esos bienes de consumo los que sí pueden disfrutarse sin demasiadas complicaciones (aunque con ciertas limitaciones, pues parte de la renta periódica que proporcione un activo deberá destinarse a reponer, mantener y amortizar ese activo).

La segunda y más radical opción, si es que el tiempo le apremia, pasa por liquidar todo su patrimonio, pero aquí ya comienzan los problemas: el importe que previsiblemente obtendrá de una venta apresurada de una enorme cantidad de activos no será ni mucho menos tan alto que si sólo tuviera que vender una pequeña porción. Al cabo, para colocar a buen precio todos sus activos, será necesario encontrar a suficientes ahorradores que, primero, dispongan de cuantiosos ahorros en efectivo que, segundo, deseen utilizar en la adquisición de esos activos. ¿Sencillo? Ni mucho menos. Para empezar, el canje de efectivo por activos no constituye ni mucho menos una decisión automática: quien tiene efectivo no se encuentra sometido a ningún riesgo y puede gastarlo en cualquier momento ya sea en consumir o en invertir; quien posee un activo, en cambio, tendrá que soportar los riesgos inherentes a la inversión, esperar a que le vaya proporcionando una renta con el paso del tiempo y verse en el brete de tener que liquidarlo si es que necesita hacer frente a un imprevisto.

Pero además, el volumen de ahorros en forma de bienes de consumo intercambiables no es tan abundante como para absorber cualquier oferta de activos. Por ejemplo, el valor de mercado de todas las bolsas en 2011 alcanzó los 45 billones de dólares, mientras que el PIB mundial –el valor de todos los bienes y servicios producidos– se situó en 65 billones. Teniendo en cuenta que alrededor del 70% del PIB consistirán en bienes de consumo (45 billones), el máximo importe que podrían aspirar a consumir los accionistas de empresas cotizadas equivaldría a 45 billones de dólares, y ello bajo el muy restrictivo supuesto que toda la población mundial decidiese no consumir nada durante ese ejercicio y que los propietarios de otros activos (inmuebles, empresas no cotizadas, bonos, etc.) no decidieran liquidarlos al mismo tiempo para adquirir bienes de consumo.

Y precisamente aquí se encuentra la razón de por qué la redistribución de la riqueza de los archimillonarios no serviría en absoluto para erradicar la pobreza en el mundo. Por un lado, porque si lo que queremos es elevar la calidad de vida actual de los más desfavorecidos (esto es, elevar su consumo), ya sabemos que los valiosos activos de los ricos no se pueden comer ni trocar por grandes cantidades en bienes de consumo en el presente. Si, por otro, nuestro objetivo es convertir a los más desfavorecidos en rentistas (propietarios de activos que proporcionen una renta periódica), lo que debemos tener presente es que esos activos monitorizan y son parte integral de todos los procesos productivos de una economía.

Sería una completa ficción el pensar que la productividad de una economía puede mantenerse con independencia de quien controle (y tenga una capacidad de decisión última) las empresas, los inmuebles o las materias primas de esa economía. Alterar políticamente la estructura patrimonial de una sociedad va aparejado a mutar las estructuras financieras y productivas de prácticamente todas las compañías, lo que repercutirá en su capacidad para producir bienes y servicios valiosos.

Por ejemplo, si les arrebatamos el control de Google a Sergei Brin y Larry Page para entregárselo a millones de personas repartidas por todo el mundo, es bastante probable que alguno de los siguientes escenarios (o todos ellos) se materializaran: Google perdería la visión estratégica de sus fundadores que es la que lo ha hecho grande; los accionistas minoritarios se unirían para reclamar una mayor remuneración en perjuicio no ya de la capacidad de la empresa para crecer y seguir generando riqueza, sino incluso de la capacidad de la empresa para reponer su equipo de capital actual; la dirección de Google lo tendría más fácil para no ser fiscalizada por millones de dispersos accionistas y podría asignarse sueldos mucho mayores; y la visión desorientada de la compañía la llevaría a perder cuota de mercado y a sucumbir ante sus mejor gestionados competidores.

Imaginen este devastador proceso pero a escala generalizada. No: ni podemos comernos los activosen el presente ni tampoco redistribuirlos de manera arbitraria sin afectar a la comida disponible en el futuro. Sí: hay algunos individuos que son tremendamente ricos, pero si no han recibido ningún favor gubernamental, lo son en la medida en que han generado muchísimo valor para millones de consumidores. Si lo que queremos es que haya más ricos en una comunidad, lo que necesitamos no es perseguir la acumulación de capital, sino facilitarla tanto como sea posible (reducir impuestos y regulaciones). Recuerde: el que haya muchos ricos no le dificulta a usted la labor de hacerse rico; al contrario, se la facilita enormemente.

El que quiera dinero, que se lo pida a sus dueños

Ser liberal conlleva una maldición: todo aquel que quiere dinero del Estado para fines loables termina odiándote por estar en contra de que se lo concedan. En esta época donde el Estado no puede despilfarrar tanto como quisiera (hablar de austeridad cuando nos están endeudando a un ritmo de 90 mil millones por año es ridículo) el problema se agudiza ya que tenemos que tratar con defensores de todo tipo de proyectos que van a beneficiar a la humanidad y que se han quedado sin financiación. A saber, investigación de enfermedades raras, I+D, astrofísica, ayuda al tercer mundo, etc.

Los hay hasta que ven inconcebible que se pueda mantener nuestra postura. Por ejemplo, ante la posibilidad de que se cortase totalmente la financiación del Gran Telescopio de Canarias (CTC), una investigadora del mismo se preguntaba qué tipo de mentalidad se podía esconder detrás de estas decisiones.

Humildemente voy a intentar explicar a esta señora por qué algunos nos atrevemos a sostener semejante postura y podrá ver, espero, que no se esconde ningún odio hacia la humanidad en ella.

El dinero del Estado sale de los impuestos de los ciudadanos. Ese dinero no se da voluntariamente sino que se obtiene bajo coacción. Dicho más claramente, si no pagas el dinero que el Estado ha considerado que debes pagar, se te incauta por la fuerza y si te resistes a dicha incautación, vas derecho a la cárcel.

Algo que se obtiene de ese modo no se puede utilizar a la ligera en el primer proyecto que parezca bueno para la humanidad. La humanidad tiene muchos fines, tantos como personas habitan en este mundo, y no se pueden escoger los mejores por mayoría sin dejar fuera muchas cosas importantes que otros desean. Por lo tanto, todo dinero expropiado a la fuerza debería ser utilizado en servicios que la persona vaya a disfrutar y así al menos el uso de la fuerza estaría justificado en algún grado.

Un telescopio o la ayuda al tercer mundo o incluso la investigación de una determinada enfermedad no son servicios que la mayoría de nosotros vayamos a utilizar ni a sacar ningún beneficio directo de él. Por lo tanto, se está pidiendo que nos quiten por la fuerza parte de nuestros recursos para beneficiar a otras personas.

O dicho más claro: se le está quitando dinero a un padre de familia que se levanta a las 6 de la mañana todos los días para ir a un trabajo que detesta para que un grupo de científicos pueda dedicarse a lo que más le gusta. Se les está quitando recursos a los padres de una niña con una enfermedad que no está siendo investigada para investigar enfermedades que nunca van a padecer. Se le está quitando recursos a una persona que está a punto de ser parado de larga duración para hacer cursos de formación en Mozambique.

Una vez más, la diferencia entre los que están a favor de que el Estado les financie sus buenas obras y los que estamos en contra no es lo buenas o malas personas que somos, sino la convicción de que nadie puede decidir por los demás cuáles son los fines a los que deben dedicar sus recursos. En fin, es la incómoda convicción de que los fines no justifican los medios.

Y alguno preguntará: ¿entonces qué?, ¿dejamos estos estupendos proyectos sin realizar por el egoísmo de la gente? La respuesta es fácil para alguien que no odia la condición humana: pedid el dinero si de verdad creéis que el proyecto vale la pena. Las personas somos racionales en nuestra mayoría y ante una buena idea la gente suele responder bien.

En todo caso, la decisión le corresponde a cada ser humano, no a mayorías votadas cada cuatro años. Lo contrario es condenar la libertad y, sin ella, ningún otro proyecto vale la pena.

El Orden Público

El orden público debe entenderse como constructo teórico destinado a explicar cierta faceta de lo social. Decíamos en otra parte que lo público es aquello que resulta comprensible, en la medida que compone lo compartido como conjunto de ideas sobre las cosas y los fenómenos que hacen posible la interacción eficiente entre individuos. El espacio público no debe tomarse en su versión material, sino desde el lado cognitivo, dado que es en él donde conviven realmente los seres humanos.

Incorporando a lo público la idea de orden, inferiremos cierta regularidad suficiente que permitirá trazar expectativas en el modo de comportarse y la conducta de los intervinientes. Será entonces posible advertir la eticidad que vertebra el orden así como las leyes que lo conservan. No debe confundirse la noción general de lo social, y su orden, con la particular expresión de lo público, en tanto que no todo el contenido conductual es perfectamente aprehensible por la mente humana, siendo conocido de manera expresa únicamente lo que se entiende como público, dado que puede transcribirse, explicarse y hacerse comprensible a otros.

El orden público es en verdad la parte relativamente estrecha de lo social que se nos presenta con cierta lógica y sentido, y que a su vez permite plantear respuestas morales y jurídicas relativamente "inmediatas" y "sencillas", articulables en forma normativa.

La exigibilidad nace del reconocimiento común sobre aquello en lo que se reduce al mínimo la controversia sobre su pertenencia a lo público, o al menos respecto de esas ideas que resultan fácilmente incluibles en lo público con una argumentación sencilla. Claro es que lo público puede complicarse tanto como lo hace la capacidad integradora y compositiva de nuestra mente, que en su permanente esfuerzo por racionalizar y falsar teorías, logra concluir hipótesis "menos sencillas" sobre el orden general de acciones.

También decíamos en otro lugar que el poder social resulta inevitable a la vez que deseable, dado que a él acuden las partes en conflicto, o de él espera la masa una intervención reordenadora. La autoridad que ejerce tutela sobre lo público, velando porque el orden se reproduzca, tiene una naturaleza cauta al tiempo que especulativa en tanto respete su posición como agente conservativo de lo existente. Serán otros los agentes innovadores capaces de producir versiones desarrolladas o alternativas de lo público, bien en su forma moral o jurídica, también política y económica, convirtiéndose éstos en las auténticas fuentes de dinamismo y eficiencia para el orden social. El poder vela por la vigencia institucional, y en función de cómo sea el orden del que dependa, demostrará una mayor capacidad de adaptación frente a las innovaciones exitosas. Esta doble faceta, que limita al poder y lo convierte en un cauce para el cambio, es la que permite distinguir entre sociedades que se pliegan de aquellas que se despliegan.

El poder se asoma a lo público, concebido como un orden discernible, e interviene de dos maneras necesariamente diferenciadas por las facultades que finalmente se confiere a cada tipo de magistratura. Como iurisdictio, acude cuando es llamado ante una confrontación jurídica entre intereses particulares y, sólo en su versión penal, se reviste de gubernaculum entendiendo que determinadas conductas atañen además a la paz pública por atacar frontalmente su fundamento ético. Como gubernaculum, recibe la misión de mantener el orden político y sus compromisos sin que éste comprometa al consenso social (D. Negro), actuando al servicio de la iurisdicto, y además actuando ante la vulneración flagrante del Derecho, que, como institución libre, excede sus facultades normativas, dado que el Derecho es al mismo tiempo requisito para la gobernabilidad y límite al poder.

El Derecho, como la moral, son descubiertos y articulados, pero no creados de la nada en forma legislativa. El gobierno o la jurisdicción no reciben su autoridad de las reglas que ellos mismos elaboran, sino que resuelven conflictos a partir de normas anteriores que les superan en la conciencia de lo público. El Derecho y la moral son presupuestos del poder, ya que éste no es sino una consecuencia del orden y su natural defensor. La autoridad deriva del orden y el orden de la integración social en forma de instituciones, que no son otra cosa que el conocimiento moral y jurídico compartido que hace posible la convivencia pacífica entre individuos. Lo público es la reproducción racional y consciente de lo social, interpretado en forma de orden, que es el objeto por el que ha de velar el poder.

Un ataque contra el orden público sucedería cuando el común de los agentes entendiera vulnerada una o varias reglas evidentes cuyas perniciosas consecuencias no afectaran exclusivamente a quienes las vulnerasen, sino que perjudicasen a otros, perturbando también la obediencia de todos. Establecer cuándo se rompe ilegítimamente con el orden, la medida y la gravedad de las consecuencias, así como la necesidad o justificación para que la autoridad intervenga, es una cuestión dinámica que permite descubrir la resistencia, flexibilidad y capacidad de despliegue en un concreto orden social.

Cualquier innovación moral, incluso cuando sus consecuencias sean estrictamente personales, puede entenderse como un atentado contra el orden público de una sociedad plegada. El dominio individual sobre los ámbitos que controla y su interacción con los otros, sufre una transformación importante cuando se pasa desde una sociedad donde lo público se ciñe estrictamente al espacio físico compartido, a una sociedad donde lo compartido se extiende sobre la práctica totalidad de las relaciones. Los órdenes sociales más exitosos son los que potencian la preeminencia de la autonomía personal, aunque limitada a las relaciones estrictamente reales, mientras que en la interacción propiamente dicha, rige el común reconocimiento a partir del mutuo respeto moral y jurídico. Es decir, lo público penetra en lo privado sin que suponga su anulación, sino como garantía de la interacción entre personalidades formalmente iguales con independencia del ámbito en que ésta suceda.

Estos principios afectan especialmente al poder, que en su faceta de estricto gobierno, se ve limitado a la mera conservación flexible del orden público. Éste, por ser espontáneo, es un reflejo que compromete por igual a gobernante y gobernado, sin que el primero pueda tratar de sustituir el imperio jurídico por un imperio legislativo o administrativo. Si esto sucediera, se estaría tratando de suplantar el orden general de acciones por la organización deliberada, el diseño de la conducta y el mandato sobre los intereses particulares. Es ahí cuando nace el Estado Social como estructura de dominación irresistible que niega la naturaleza espontánea y competitiva de lo público.