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Merkel y Bush, ¿enemigos del libre mercado?

Al igual que el NAFTA y el CAFTA, el TAFTA pretende ser una "zona de libre comercio", pero entre la UE y Estados Unidos. Con el eufemismo de libre comercio los políticos aplicarán la vieja economía del mercantilismo, del corporativismo y aumento del control gubernamental, es decir, todo lo contrario a lo que cabría esperarse. No hay más que ver los puntos clave del acuerdo: intensificación de las regulaciones del mercado financiero, de las bolsas de valores, potenciación de los derechos de autor y reconocimiento mutuo de los estándares técnicos. Esto sólo para empezar.

El libre mercado de verdad no se basa en la regulación ni el control, sino en la libertad. La única razón por la que lo llamarán, si es que finalmente logran implantarlo, zona de libre comercio, en lugar de zona controlada por el Estado, es la mala fama de las palabras control y regulación. Cada vez que un político anuncia una medida para favorecer el libre mercado, lo que hace es empeorar la diversidad y la riqueza empresarial y, por extensión, la de todos nosotros.

Las izquierdas llaman neoliberalismo a estos acuerdos estatales y corporativistas. Otra nomenclatura que lleva al engaño ya que neocorporativismo o neomercantilismo serían nombres que lo definirían con más precisión.

El TAFTA y sus variantes lo único que aseguran es la hegemonía de los gobiernos a nivel internacional y el lento asesinato del libre mercado capitalista. Es un retroceso al socialismo y a la economía del fascismo (la impulsada básicamente por Mussolini).

Eso no significa que un país pueda tener tratados de libre comercio, pero han de ser sólo de desregulación, liberalización y eliminación de barreras tal y como tiene establecido, por ejemplo, Chile con países como Estados Unidos, China, Corea, México, India y muchos más. Un chileno mostraba la ventaja de estos acuerdos con una anécdota de una empresa española, que lleva sus jamones a Chile para procesarlos y luego exportarlos directamente a Estados Unidos, ya que el último tiene fuertes barreras de entrada a los alimentos para el resto de países. Esto es libre comercio, esto es capitalismo de verdad.

Los burócratas de Maastricht y Washington no trabajan en aras del saneamiento del mercado ni en sus resultados positivos como la creación de riqueza, aumento del poder adquisitivo y creación de empleo; trabajan sólo para sus propios intereses políticos y económicos, de ahí que quieran regular el mercado financiero para restringir la libertad de capitales y tener mayor eficacia en el cobro de impuestos o simplemente beneficien a sus grandes empresas y grupos de presión como la industria de Hollywood.

Así como un cerdo no deja de serlo por más que los políticos nos digan que es una gacela, el TAFTA y sus variantes no son más que socialismo e intervencionismo por más que Merkel y Bush juren que es "libre comercio".

Zetapé y el socialismo

Por eso, a muchos observadores les ha sorprendido que la bolsa no se inmutase en su apertura tras la ruptura por parte de ETA de la tregua indefinida. Y no ya por los 35 millones de euros que costará la reparación de los daños sino por los riesgos sobre la estabilidad política y sobre el respeto de la propiedad privada.

La explicación a este hecho paradójico es más sencilla de lo que pudiera parecer. Y es que ETA nunca afirmó que hubiese renunciado a la violencia ni que fuese a abandonar las armas. Mucho menos aún insinuó jamás que fuese a desistir en su objetivo de establecer un régimen totalitario de corte socialista en el País Vasco y todos aquellos territorios que pueda fagocitar. Es más, mientras la Eurocámara, a petición del PSOE, respaldaba el proceso de rendición de Zetapé, ETA dejaba meridianamente claras sus intenciones con el robo de más de 300 pistolas en Francia. De hecho, ETA no ha mentido a los españoles (su alto el fuego era, recordemos, por tiempo indefinido). Quien sí nos aseguró que conocidos terroristas se habían transformado en hombres de paz, y que cada día que pasaba nos iba y nos iría mejor, fue Zapatero. Pues bien, resulta evidente que el mundo financiero se fiaba más de ETA que de Rodríguez Zapatero y que habían descontado el terrible desenlace.

Para Bambi, ni el rearme, ni las cartas de extorsión, ni las bombas colocadas durante su "diálogo", ni la destrucción de negocios eran síntomas de que las cosas fuesen mal para su "paz". Pero si, a principios de noviembre, los altos cargos socialistas volvieron a pedir escolta es porque ese optimismo presidencial no era incompatible con nuevos muertos sobre la mesa de negociación.

En caso de que Zetapé planeara dejarles experimentar el esclavismo marxista-leninista en tierras vascas, su optimismo estaría justificado. Es lo que tiene el incompleto derribo del Muro de Berlín: ya nadie piensa que el socialismo pueda ser más próspero que el capitalismo, pero muchos siguen creyendo que es éticamente superior. Tanto ETA como Zetapé parecen estar de acuerdo en esta falacia. Así que si ETA dejaba de matar, ¿por qué no concederle poner en práctica la utopía comunista? En vista de los hechos, Zapatero tiene que dimitir. No porque ETA haya podido engañarle o esté dispuesto a apoyar la independencia de una región de España sino porque ha jugado con la libertad, la vida y la propiedad de los españoles.

Más fraudes de la SGAE

Hace tiempo logró que un juez con pocos conocimientos sobre las leyes de nuestro país (concretamente la denostada LSSI) fallara en contra de la Asociación de Internautas por albergar ésta en sus servidores el sitio web PutaSGAE. Pese a que la ley exime de responsabilidad a los proveedores de espacio web de los posibles delitos que puedan cometer sus clientes, el juez dictaminó que la asociación debía pagarle 36.000 euros a los titiriteros.

El caso es que la SGAE también obtuvo del juez una orden para retirar de dicha web los contenidos "vejatorios", aunque se daba el caso de que la Asociación de Internautas lo había hecho ya en cuanto tuvo noticia de la demanda. Pues bien, en un escrito presentado al juez, los de "Ramoncín somos todos" afirman que es mentira, que los contenidos siguen presentes y, para probarlo, han impreso las páginas. Eso sí, puede observarse que no las han obtenido de ningún servidor propiedad de la AI, sino que las han sacado del Internet Archive. Y como todo internauta bien educado sabe, ese extraordinario sitio web sirve como una enorme hemeroteca en la que se conserva la historia de Internet a través de las antiguas versiones de muchas de sus páginas. Por ejemplo, pueden ver en ella cómo era Libertad Digital allá por abril de 2000. No soy abogado e ignoro si hacer esto es delito. Pero no cabe duda de que la intención, al menos, es la de engañar al juez para que haga un dictamen injusto.

Y es que parece que esto de engañar a los jueces es una costumbre en tan santa institución. Vean si no la querella que acaba de presentar Apemit, la asociación que representa a las pequeñas tiendas de informática de España. Resulta que, en numerosos juicios contra tiendas de informática en los que se exigía el pago retroactivo del canon en soportes digitales, que no estaba regulado por ley hasta que la Camarada Carmen Calvo Poyatos y la titiritera del PP se pusieron de acuerdo en aprobarla, se presentó un documento impreso en papel oficial de la Universidad Politécnica de Madrid y con el sello en el que se apoyaban las tesis de la SGAE. Según Apemit, la SGAE encargó un informe a un catedrático de robótica (que ya me dirán qué tiene que ver su especialidad con los derechos de autor), cabe suponer que previo pago, y lo fue presentando por todos los juzgados de España como si la institución entera avalara sus tesis. De este modo podría haberle sacado a las tiendas de informática de barrio unos 100 millones de euros.

El asunto de la propiedad intelectual y los derechos de autor da para mucha demagogia fácil. Por ejemplo, comparar al multimillonario David Bisbal y sus propuestas de prohibir el eMule con tantos pequeños y esforzados empresarios que se arruinado debido a la voracidad de la SGAE. O mirar las nuevas sedes que Teddy Bautista va inaugurando por todo el país mientras decenas de pequeñas tiendas de informática han de cerrar para pagarselas. Pero no creo que las empresas sean más valiosas por el hecho de ser minúsculas, más bien al contrario: siempre crecerán más quienes más valor aporten, al menos mientras su crecimiento se realice en el ámbito del mercado libre. Sin embargo, la empresa de recaudación llamada SGAE simplemente se limita a presionar para que se aprueben leyes que legitimen que puedan quitarle su propiedad a otros, y cuando no las tienen se las inventan. Una sociedad sana y capitalista debería deshacerse de semejante parásito.

Elogio del prejuicio

Hace muchos años ya que me desengañé al respecto, y hoy considero que, bien utilizados, los prejuicios son un instrumento de lo más útil para la vida diaria. Porque, ¿qué es un prejuicio? Pues no más que una idea somera sobre cómo son las cosas. Es decir, un prejuicio es, en realidad, un juicio superficial sobre cómo son las cosas.

Por supuesto que sería ideal contar con un juicio bien informado y justo sobre cada una de las personas que vayamos a conocer en nuestra vida, o que simplemente nos crucemos por la calle. Pero, ¿quién podría tener de antemano toda la información necesaria sobre todas las personas con las que vayamos a tener el más mínimo contacto? Nadie.

Además, esa información no está ahí, esperando a que la cojamos sin más, sino que en gran parte la tenemos que descubrir la información relevante para nuestras acciones. Lo que hacemos es, simplemente, buscar mucha información de los asuntos que más nos atañen y menos para los que nos quedan más lejos. Hay un montón de aspectos de la vida de los cuales sólo podemos tener, porque sólo eso nos interesa, una idea somera; es decir, un prejuicio, que es un ejercicio de economía de medios.

Y en muchas ocasiones son útiles. Imagínense que un hombre de raza negra se cruza, en un camino de Alabama con un grupo de hombres vestidos del Ku Klux Klan. ¿Debe continuar su camino, manteniendo hacia ellos una actitud abierta de mente? ¿O debe huir como alma que lleva el diablo antes de comprobar si su prejuicio era injusto o no?

Es cierto que no podemos dejarnos llevar por ellos muy lejos, ni tomárnoslos demasiado en serio. Pero para multitud de los afanes y avatares diarios es lo único de que podemos disponer.

ZP sí sabe lo que hace

Mucho me temo que la situación nada tiene que ver con esas apreciaciones. España tiene un Gobierno, su presidente sabe muy bien lo que hace y no está dispuesto a reconocer errores porque es muy posible que desde el punto de vista de sus objetivos finales no los haya cometido, o no sean para tanto. Los dos muertos de la T4 puede que le fastidien y que incluso le entristezcan, pero son al fin y al cabo un accidente en su estrategia para lograr su "paz".

Imaginen por un momento que en una región de España actuase un grupo terrorista de extrema derecha y que un buen día declarase una tregua indefinida. Supongamos además que, durante la tregua y en medio de los contactos con el Gobierno, el grupo enviase cartas extorsionando ciudadanos pacíficos, que robase gran cantidad de armas o que destruyese comercios de personas que le resultan incómodas para sus propósitos. ¿Qué hubiese hecho ZP? No me cabe ninguna duda de que habría dado por liquidado el proceso de paz hace mucho tiempo y habría llegado a un acuerdo con el PP para combatir a esos indeseables.

Pero ETA no es fascista –a pesar de que una primera página de El País lo afirmara tras un atentado en el centro de Madrid– sino socialista o, para ser más exactos, marxista-leninista. La afinidad de esta ideología con los postulados del presidente es lo que hace que ni siquiera un atentado como el del 30-D sea suficiente para declarar que va a usar el monopolio del uso legal de la violencia que ostenta para combatir a estos asesinos comunistas. Si un comando favorable al franquismo hubiese matado a dos personas en Barajas la reacción seguramente hubiese sido sensata y contundente. Pero, como ha sido ETA, ZP reaccionó con voz de Mariano Ozores y cara de Mr. Bean. Y es que son asesinos, sí. Pero, después de todo, su fin es el paraíso comunista.

El objetivo último de ETA no es la independencia del País Vasco. Si sólo fuera eso, la cosa –con perdón de los nacionalistas españoles– no sería para tanto. El problema es que quieren separarse para instaurar un régimen huérfano de libertades individuales y que para conseguirlo están dispuestos, en congruencia con su desprecio por la vida y la propiedad privada, a liquidar a quien haga falta. Y Zapatero está dispuesto a pagar un precio político a esta gentuza porque sus ideas salen del mismo estiércol que las de ellos.

En este país no hay desgobierno alguno. Hay un omnipresente y asfixiante Gobierno que lo mismo proscribe a quienes fuman o expresan libremente su opinión que ensalza como hombres de paz a quienes asesinan a ciudadanos inocentes.

Iglesia y libertad

Memeces aparte, lo cierto es que la izquierda quiere destruir la Iglesia, ya sea desnaturalizándola, ya expulsándola del espacio público, ya por métodos mucho más expeditivos, que conocemos muy bien en España.

La izquierda, desde sus "distintas sensibilidades", es decir, desde sus variados sectarismos, ve a la Iglesia como un obstáculo a sus proyectos. No le falta razón, ya que el cristianismo mira al hombre como portador de una naturaleza propia y poco maleable y la izquierda como plastilina con la que construir sus fabulosas ensoñaciones. La Iglesia habla de los derechos de la persona y el progrerío de toda laya relativiza todos los valores a excepción de los que nos son más propios, ya que a estos los intenta destruir.

Nada que en la Iglesia española no sepa. La estrategia es sencilla y demoledora. Hacen una interpretación sesgada de la laicidad, que pasa de ser la neutralidad del Estado sobre las creencias personales a ser exactamente todo lo contrario: fomentar y permitir dentro de su ámbito la expresión de cualquier valoración siempre que no sea precisamente la de la Iglesia. Después se extiende la mano del Estado sobre todos los ámbitos de la vida ciudadana, y como se borra, en nombre de la laicidad, todo lo que suene a religión católica, el resultado es expulsar a la Iglesia del espacio público. Este Gobierno lo tiene claro. Van por ella. No harán concesiones.

Resultaría ilusorio intentar aliarse de nuevo con el Estado para valerse otra vez de él con sus propios fines. Pero también es igualmente irreal intentar hacer un pacto de supervivencia con quien quiere destruirla. La fuerza de esta institución está en sus miembros (Kajal) y en la libertad de éstos. Si no quiere quedarse en una institución mal tolerada, tendrá que hacer uso de todos sus medios para la defensa de su espacio natural, que es la sociedad civil. Hazte Oír ha tenido el acierto de asumir y promover el cheque escolar como instrumento idóneo para mantener la libertad de enseñanza, pero es sólo un pequeño ejemplo de lo que puede hacer. Su mayor contribución quizá sea mantener ese espacio de defensa de nuestros derechos y libertades, milagroso, sí, que es la COPE. Si no defienden su libertad, que es la de todos, se verán defendiendo su mismo derecho a existir.

El totalitarismo económico expansivo de Castells

La propuesta viene a raíz de las rebajas fiscales de Madrid, Valencia y Castilla y León. Castells tiene miedo que las empresas ubicadas en Cataluña aprovechen esta relajación impositiva para huir e instalarse en otras comunidades que favorecen la creación de riqueza.

Lo que no advierte Castells es que si extiende su totalitarismo económico al resto de España lo único que va a conseguir es que las empresas, y el capital privado en general (el dinero no tiene fronteras), se trasladen, como ya ocurre, a otros destinos como los países del este de Europa, Andorra o Suiza. O que simplemente se queden en la economía sumergida, que ya ronda una quinta parte del PIB.

El Gobierno catalán está aplicando la política económica de la pobreza sobre la sociedad con el único objetivo de hacer rebosar las arcas públicas: altos impuestos, constante incremento de las regulaciones, draconiano control sobre la sociedad civil, normativas que sólo expulsan a las empresas privadas, firme aumento de multas a empresas y particulares con cualquier excusa recaudatoria como no rotular en catalán, tirar la basura "fuera de horas", céntimo sanitario, multas express que la Guardia Urbana tramita con PDAs e impresoras portátiles, multas por atar la bici a un árbol, multas a los top manta y a sus clientes… No se puede hacer nada sin ser injuriado por las leyes de los políticos catalanes.

Nos dicen que sólo pagan los ricos, pero precisamente ellos son los únicos que no pagan impuestos. De los 15 millones de declarantes del IRPF, sólo un 0,17% asegura percibir unos ingresos de 192.000 euros anuales. Cualquier asesor fiscal le podrá contar mil casos y anécdotas al respecto. Las únicas víctimas del Gobierno son las clases medias, bajas y muy especialmente las más pobres gracias a la manipulación monetaria, por eso a la inflación también se la llama el "impuesto de los pobres".

Castells se ha dado cuenta de que la libre competencia entre regiones y la libertad de mercado son el peor enemigo del expolio estatal sobre la sociedad civil y ha llegado a decir que "hay que tomar medidas para que haya una base mínima impositiva en todo el Estado". Pero el bienestar nos lo otorga la economía privada, no el Estado. En él sólo gobierna la ineptitud, la corrupción, el oportunismo, la ineficiencia y la desmesurada voluntad de enriquecerse a costa del trabajo de la gente honrada.

Si el señor Castells supiera más de economía que de dirigismo se daría cuenta de que a las personas y a las empresas se las ha de dejar en paz para su bienestar y el de todos, y que lo único que ha de estar atado y limitado es el Estado y todo lo que le rodea. No hay que tomar medidas para establecer una base mínima impositiva, sino para establecer una base máxima para que los gobiernos, tanto de Cataluña como de España, nos dejen de hacer la vida más difícil cada día.

Atentados y capital

El economista Ludwig Lachmann explica en su Capital and its Structure que el capital, esta estructura cambiante y dinámica que sostiene las sociedades libres, es ante todo heterogéneo y complementario. Heterogéneo como son nuestras actividades y los medios de que nos valemos para realizarlas.

Pero es también complementario, es decir, que cada bien de capital, cada pieza en esa estructura, necesita al menos de otra, y generalmente de muchas más, para poder hacer contribuciones. Necesitamos un ordenador para trabajar, pero también la energía eléctrica para que funcione, los programas necesarios, una formación adecuada… Hay una necesaria relación complementaria, casi solidaria, entre las distintas partes de la estructura productiva. ¿Qué pasa si un atentado de suficiente envergadura o una guerra da al traste con una pieza del engranaje?

El capitalismo es débil, concluía Lachmann; y es cierto. Si se paraliza el Metro de Madrid se forma un caos de enormes proporciones. Si estalla una guerra entre dos grandes productores de petróleo y se reduce drásticamente la oferta, se paralizan infinidad de proyectos y parte de los bienes que tenemos para producir dejan de ser útiles. Si un atentado logra paralizar Barajas durante un día, las consecuencias se extienden en cadena por toda España y otras partes del mundo.

Afortunadamente, esto de vivir en sociedades más o menos libres no sólo tiene desventajas. Esa libertad nos permite adaptarnos con cierta celeridad. También esto depende del tiempo que cueste reponer la pieza dañada, no es lo mismo una presa que un camión o éste que el horno de una panadería.

En cualquier caso, los grupos que se oponen con más violencia de la habitual a las sociedades libres son muy conscientes de esta debilidad, y seguirán explotándola. Pero no lograrán hacernos cambiar nuestra forma de vivir.

Cómase a Dolly… si quiere

Como suele suceder, la izquierda siente cierto vértigo cuando deja de controlar la vida de las personas. Dado que su modelo de sociedad es la organización castrense –sumisión a un mando centralizado–, no puede aceptar que la gente tenga libertad para elegir si quiere consumir o no carne clonada. Pero, al mismo tiempo, esa misma izquierda militarista quiere transmitir una imagen de tolerancia hippie alejada de su autoritarismo y su moralismo característicos. Sus pasteleos progresistas no casan bien con la represión y mano dura en que se basa necesariamente su ideología, de ahí que traten de maquillar el pequeño Duce que llevan dentro con toda clase de argumentos aparentemente bienintencionados.

Por ejemplo, Juan López de Uralde, director general de Greenpeace España, asegura que la medida empobrece la biodiversidad para beneficiar sólo a las "grandes corporaciones", y que, afortunadamente, Europa tiene una mayor concienciación en temas de seguridad alimentaria, por lo que no permitirá su comercialización.

Lo cierto es que sólo se me ocurren dos maneras de que una empresa, sea grande o no, pueda obtener grandes beneficios sin satisfacer y mejorar la vida de sus clientes. Una es la subvención pública; la otra es el fraude. En las demás circunstancias todo intercambio es mutuamente provechoso, y no puede sostenerse que las ventajas de la comercialización de la carne clonada sean patrimonio exclusivo de las empresas.

Por supuesto, los intervencionistas tratan de convencernos de que los consumidores, a pesar de que ven ampliada su libertad de elección, saldrán perjudicados, ya que, por un lado, el 64% de los estadounidenses rechaza el consumo de animales clonados y, por otro, el etiquetado no distinguirá entre carne natural y clonada. De nuevo, con este tipo de razonamientos sólo denotan una profunda ignorancia del funcionamiento de la economía.

Pongámonos en el supuesto extremo de que el 100% de la población estadounidense se negara a consumir carne clonada; es más, que mostrara una absoluta repugnancia por la simple idea de deglutirla. ¿Sería necesario prohibirla? Para los socialistas, desde luego, ya que el pueblo soberano se habría manifestado unánimemente en su contra. Ahora bien, ¿para qué prohibir algo que nadie está dispuesto a comprar? Las empresas que, en ese contexto, intentaran vender carne clonada desaparecerían del mercado.

Hoy no existen empresas que fabriquen neumáticos cuadrados, agendas con el calendario revolucionario francés o libros escritos en espiral. ¿Por qué? ¿Porque está prohibida la venta de esos productos? No, simplemente porque prácticamente el 100% de los españoles se niega a pagar por ellos, pues los juzga inútiles. Si el rechazo a la carne clonada es tan mayoritario, ¿por qué no dejar que sus productores se arruinen?

Y aquí llegamos a otra estrafalaria excusa de los prohibicionistas: las etiquetas no distinguirán entre carne natural y carne clonada. En realidad, lo que quieren decir es que las etiquetas no deberán distinguir obligatoriamente entre carne natural y carne clonada. Pero pensemos un poco: si es cierto que más del 60% de los estadounidenses no quiere probar un estafado de carne clonada de ninguna de las maneras, ¿qué sería lo primero que usted haría si fuera distribuidor de productos procedentes de carne natural? ¡Obviamente, anunciarlo con letras bien grandes!

Claro que podemos darle una vuelta al argumento socialista y decir que las empresas venderán sólo carne clonada, ya que les resultará más barato. Entonces, plantéeselo de este modo: si el 60% de los consumidores estadounidenses estuviera deseoso de comprar carne natural, ¿qué sería lo primero que haría usted para convertirse en millonario? Efectivamente: vender carne natural y anunciarlo.

Pues bien, si esto nos resulta tan evidente a usted y a mí, ¿no lo van a entender también millones de estadounidenses? Otra cosa, bastante más probable, es que la oposición de los estadounidenses a la carne clonada sea mucho menor de lo que nos cuentan los medios y, a la hora de la verdad, muy pocos estén dispuestos a pagar un mayor precio por la carne natural.

Eso sí, los gobiernos europeos, para el prohombre de Greenpeace, son mucho más sensatos y no permitirán la venta de carne clonada. Ya se sabe qué entiende la izquierda por sensatez: prohibición, regulación, control, principio de precaución y planificación central. El que se mueva no sale en la foto, y lo que no agrada al líder no llega a las tiendas. Será que la sensatez del Gobierno pasa por considerar a los individuos unos completos insensatos que no saben tomar decisiones; lástima que los políticos apliquen siempre esa lógica… salvo cuando se trata de cosechar buenos resultados electorales.

Es evidente, en definitiva, que las críticas de estos neoinquisidores merecen poca atención intelectual, ya que se asientan en prejuicios contra la libertad y el bienestar de las personas. Con todo, la decisión de la FDA sí debe ser criticada desde un punto de vista liberal, precisamente por venir de donde viene.

Ninguna agencia gubernamental debería tener el poder para autorizar o restringir la venta de un producto. No somos libres porque el Gobierno nos lo permita: la libertad no es una licencia política, sino un derecho del individuo frente al poder político. Los individuos han interiorizado de tal manera el mensaje de que el Estado es la fuente de toda autoridad, incluso moral, que parece que, tras la decisión de la FDA, el consumo de carne clonada tiene que ser necesariamente seguro.

Pero los gobiernos también pueden equivocarse; de hecho, lo hacen a menudo. El problema es que sus grandes errores no conllevan su desaparición, al contrario de lo que sucede en el mundo empresarial. Al crecer y desarrollarse sobre el expolio y la mentira, los estados se convierten en frenos a la experimentación y el progreso.

La decisión sobre si un alimento es sano o no debería corresponder a agencias de calificación privadas en régimen de competencia, de la misma manera que Moody’s y Standard & Poor’s tratan de valorar los riesgos de las empresas desde hace prácticamente cien años. Estas empresas de calificación de seguridad alimentaria concederían notas según la salubridad de los productos, para que los consumidores decidieran si quieren pagar una prima por los alimentos más sanos o, en cambio, prefieren otros productos más baratos pero con un riesgo ligeramente superior.

Dado que estas agencias se basarían exclusivamente en su credibilidad, y que los errores en la calificación socavarían su principal activo, destinarían grandes recursos para mejorar sus métodos y reducir las calificaciones equivocadas. De esta manera, los consumidores tendrían acceso a una información fidedigna y podrían decidir qué relación calidad-precio les interesa más.

El modelo actual es una pantomima en la que el Gobierno se arroga toda la sapiencia decisoria y niega al consumidor toda capacidad para decidir qué riesgos asumir. La gente sigue encandilada por la propaganda política y cree que todos los productos autorizados por el Gobierno son necesariamente sanos. Sin embargo, no hay una calificación del riesgo, y los controles, como quedó patente en la crisis de las vacas locas, no son fiables.

Esta ficción estatista ha hecho que las empresas de alimentación se preocupen sólo por pasar los controles públicos y no estén dispuestas a pagar tarifa alguna para que se evalúe la salubridad de sus productos, como sí ocurre con las empresas que quieren obtener financiación y necesitan exhibir a sus potenciales prestamistas el rating de Moody’s o S&P.

El socialismo bloquea la función empresarial allí donde se establece, petrifica el fracaso y convierte a los individuos en irresponsables. Podemos celebrar que el Gobierno de EEUU permita la comercialización de carne clonada, pero no vayamos a creernos que ésta es un producto sano porque lo diga el Estado. Precisamente por ello, todas estas agencias gubernamentales que pretenden evadir a los individuos de la realidad sobran: ni el contribuyente ni el consumidor merecen soportar semejante lacra.

Le mintieron: su futuro no está asegurado

El Gobierno parece haberse dado cuenta ahora de que cada vez se está jubilando más gente, y que para el 2050 el gasto en pensiones se va a duplicar. Recordemos que las pensiones no se financian con el dinero que usted y su empresa pagaron en su momento –el Estado se lo gastó en otras cosas tan útiles como tanques, subvenciones al cine y cosas por el estilo–, sino que las actuales pensiones las están financiando los jóvenes de ahora. Así, en la actualidad, cada 10 ocupados están manteniendo a 2,4 jubilados, pero en 2050 los 10 trabajadores van a mantener a 6,5. Es cierto que el Gobierno tiene un fondo de reserva que se guarda para cuando las cosas vayan mal, pero éste sólo duraría, a día de hoy, ocho meses.

Además de la nefasta gestión del Gobierno hemos de añadir que siempre surgen imprevistos. Por ejemplo, recientemente el aumento del IPC obligó a la Seguridad Social a hacer un desembolso adicional para cubrir el pago de las pensiones. ¿Y cuáles son las soluciones del Estado? Aumentar la edad de jubilación, la manipulación de la deuda, el aumento la inmigración y las subidas de impuestos. Examinemos cada una de ellas en detalle.

  1. Aunque no se ha propuesto formalmente, hace tiempo que aumentar la edad de jubilación planea en la mente de los políticos. Sólo hay un problema, y es que el 45% de los trabajadores no llegan a la edad legal de jubilación (65 años). El Gobierno ya puede poner la edad de jubilación a los 90 años si quiere, que la medida no servirá de nada porque la tendencia del mercado es la opuesta: jubilar lo antes posible. Por otra parte, también es éticamente inaceptable que, por culpa de la nefasta e irresponsable gestión del Gobierno, tengamos que ser nosotros quienes paguemos sus consecuencias trabajando más. Si esto lo hiciese una empresa privada ya habría cerrado y todos sus directivos estarían en la cárcel; los políticos, en cambio, se suben el sueldo año tras año.

  2. Como el mismo Solbes ha apuntado, uno de los objetivos del gobierno ZP es sanear las cuentas del Estado. ¿Es que los socialistas se han vuelto unos puristas de la gestión pública? No, simplemente se las ven venir. La idea radica en rebajar la actual deuda estatal para volverla a aumentar en unos años y hacer frente así al incremento de las pensiones. Esto no nos permitirá bajar los impuestos ni a corto ni a largo plazo, ya que el gobierno ha destinado parte del potencial superávit a otros gastos adicionales. El aumento de la deuda en el futuro se traduce necesariamente en más impuestos posteriores.

  3. Una de las formas para aumentar la recaudación es que trabaje más gente. La chapuza cortoplacista del Gobierno consiste en hacer entrar a más extranjeros legales para así aplazar el problema de las pensiones a los burócratas del futuro. Como puede ver, es algo propio de grandes estadistas. El problema es que muchos inmigrantes se están dando cuenta de las "grandezas" del Estado del Bienestar y evidentemente optan por cobrar la subvención de turno y trabajar en la economía sumergida. Las excusas del gobierno de crear una "inmigración legal y ordenada" no son más que un acto desesperado para corregir el negro futuro de las cuentas públicas.

  4. Es evidente que las cuentas macroeconómicas de España están pasando por un buen momento, pero muchos indicadores nos están alertando que podría venir una época no tan próspera. Si ahora que macroeconómicamente vamos bien el Estado no es capaz de ahorrar lo necesario, el futuro se podría volver un problema serio. La única solución es aumentar impuestos, lo que de hecho no sería más que una continuación del actual incremento de la presión fiscal.

Es evidente que el Estado no sólo nos tiene como clientes cautivos de su insolvente sistema de pensiones, sino que cuando lo arruina por su negligencia e ineficiencia nos hace pagar a nosotros las consecuencias con más impuestos, reestructurando la sociedad, hipotecando el futuro de nuestros hijos y queriéndonos obligar a trabajar más.

Otros países como Chile, Polonia, Bulgaria o Hungría han optado por la privatización de los planes de pensiones públicos con gran éxito; sin duda sería la mejor medida, pero como la incompetencia y populismo priman en nuestros políticos ansiosos de poder, la mejor solución va a pasar por abrirse planes de pensiones privados donde, al menos, contribuimos si queremos, y para nuestro futuro y no el de otros.