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¡A la rica naranja…!

La Unión Europea es una hidra socialista por múltiples motivos; uno de ellos, y de los más significativos, es la Política Agraria Común, la PAC, que suena como el CAC pero que, en lugar de censurar a los díscolos anticatalanes, se dedica a expoliar a los contribuyentes, sablear a los consumidores y arruinar al Tercer Mundo, para mayor gloria de nuestros cerdos, nuestras vacas, nuestros tomates, nuestras remolachas y nuestra naranjas. No nos olvidemos de la naranja, producto típicamente nacional y orgullo patrio desde que Naranjito nos representara, con inimitable clase y estilo propio, ante el resto del mundo.

Por fortuna para las naranjas, los naranjos, los naranjeros y alguna que otra plaga de gusanos, los muy honorables presidentes de Valencia y Murcia se reunieron en fechas recientes en Alicante para adelantar a Zapatero por la izquierda. ¿Qué digo por la izquierda? ¡Por la extrema izquierda! Preocupados por los excedentes de cítricos, Francisco Camps y Ramón Luis Valcárcel solicitaron a ZP que propusiera ante las autoridades comunitarias la prohibición de plantar nuevos cítricos en la UE.

Vamos, que estos melones pretenden prohibirle plantar un naranjo en su huerto porque les sale de las pepitas. No lo dicen así, claro; dicen que el mercado está saturado, que hay que reconvertirlo, racionalizarlo y reestructurarlo.

¿Pero qué mercado? ¡Si esto es peor que los planes quinquenales soviéticos! Es más, ¿cómo van a reestructurar lo que no entienden? ¿Dejaría usted que Camps o Valcárcel le hicieran una operación a corazón abierto? Entonces, ¿por qué dejar que nos gestionen la cartera y nos aren el huerto?

Si la gente está ansiosa por plantar más y más naranjos, eso quiere decir que el cultivo de naranjas sigue siendo rentable. ¿Cómo puede ser, se preguntará alguno, si el mercado está saturado y desbordado por una oferta que la demanda no puede absorber?

Bueno, pueden esgrimirse dos explicaciones: 1) que la gente es tan estúpida que no se da cuenta de que el mercado está a punto de saltar en pedazos; 2) que lo que los agricultores pierden en el mercado lo recuperan sobradamente gracias al Estado, esto es, a las ayudas directas, los precios mínimos garantizados, la destrucción de excedentes, los aranceles y las cuotas.

A pesar de que la gente no quiere más naranjas, el Estado es perfectamente capaz de exprimir nuestros ahorros para inyectárnoslas en vena. En lugar de permitir que los precios caigan a medida que aumente la producción, los políticos de la UE han apostado por los precios mínimos, medida que ha hecho que cada vez sean más, y no menos, los productores de ese bien.

Los políticos del PP y del PSOE, en España y en Europa, no entienden, no aprecian, no toleran el capitalismo. Viven a costa de los empresarios, de los trabajadores y de los inversores; sin pegar un palo al agua pero, eso sí, a nuestra costa.

¿Puede haber un espectáculo más bochornoso que subvencionar un cultivo para luego impedir que caigan los precios mediante la destrucción de los excedentes mientras parte de los habitantes del Tercer Mundo se muere de hambre porque, entre otras cosas, es prácticamente imposible exportar a Europa desde esa zona del mundo? Sí, ver a dos populistas brindando con zumo de naranja para pedir que se impida la plantación de naranjos. Defendamos, pues, la lectura quemando libros.

Si la saturación del mercado del cítrico les preocupara realmente, Camps y Valcárcel sólo tendrían que exigir el desmantelamiento de la PAC, para no tener que resolver ningún otro problema de desajustes productivos. Aunque quizá ésa sea la clave: si los burócratas no tuvieran problemas que solucionar, se quedarían sin trabajo.

Como buenos populistas, recurren a la demagogia provinciana, a la defensa de los intereses regionales, para tratar de arañar algún voto. Si Carod Rovira se envuelve en la cuatribarrada, éstos parecen vestirse con hojas de naranjo levantino. Pero no se engañen, el juego es el mismo.  

Lo ideal sería mandarlos a freír espárragos… o a que se bebieran el excedente de naranjas que ellos mismos han contribuido a crear defendiendo la PAC. Entre tanto, y antes de que se lo impidan, y aunque sólo sea por incordiar, ponga un naranjo en su vida…

Así en España como en Venezuela

Ese día la vicepresidenta De la Vega anunciaba nada menos que la nacionalización de los manantiales naturales de agua, convirtiendo en meras concesiones públicas por 60 años lo que era propiedad privada en toda regla. Es como si fuera a su casa y le dijera que a partir de ese momento pasa a ser del Estado, pero que no se preocupe, porque se la cede generosamente durante seis décadas.

Imagínense lo que supone este precedente. El Gobierno considera que un determinado tipo de recurso es “bien público” y que en consecuencia (como si una cosa implicara la otra) la hace suya. Puesto que no hay criterios objetivos para decir qué es un “bien público” y si los hubiera el Gobierno no se atendría a ellos (como es el caso del agua), el Ejecutivo puede declarar “bien público” a prácticamente cualquier cosa. Una vez dado ese paso, poniendo su decisión arbitraria como argumento, puede apropiárselo sin más. Es decir, que en cierto sentido la propiedad privada lo es hasta que el Gobierno decida todo lo contrario, prácticamente sin limitación alguna.

Es una decisión extraña, porque hay empresas que llevan más de cien años explotando privadamente sus fuentes de este mineral y distribuyéndolo a los consumidores de forma eficiente. ¿Qué necesidad hay de nacionalizarlas?

La función de la propiedad sobre la tierra o los recursos minerales es tan sencilla que es fácil olvidarse de ella o despreciarla, pero tiene una enorme importancia. Se trata de decidir cuál es el destino económico más conveniente, esto es: qué uso es el más adecuado, qué ritmo de extracción es necesario y qué precio refleja mejor el sentimiento del mercado.

Con la nacionalización de los manantiales nos acercamos un poco a Venezuela; a su calidad democrática y económica. Esperemos que el Gobierno no se sienta animado a lo Evo Morales, y no lleve la tentación nacionalizadora más lejos.

E.On, fascismo y campeones nacionales

Traducido al nacionalista paladino, el fascismo en economía se cifra en la expresión "campeón nacional". El asalto a Endesa comenzó como el intento de crear un campeón nacional catalán, controlado por la Generalidad desde La Caixa. El Gobierno de Zapatero apoyó la operación por compromiso político con el tripartito, aunque eso le obligara a incluir como ministro a Montilla. Claro, que Montilla venía con una deuda con La Caixa que el partido socialista no había tenido a bien pagar.

Desde el Gobierno se ha hecho de todo para sacar adelante la entrega de Endesa a La Caixa, vía Gas Natural, "como sea". Aún reunirse con Durao Barroso o saltarse a la torera las leyes que vienen "desde el corazón de Europa", como diría el cursi de ZP. Es claro que la aparición de E.On cambió el guión por completo, porque con la eléctrica alemana entraba un competidor con dinero en el bolsillo. Zapatero y Carod volvieron a presumir de su concepción nacional-fascista destacando el carácter español o catalán de Gas Natural, según uno u otro: la nueva empresa debía tener "matriz española" o la aparición de un competidor era "catalanofobia empresarial".

A la gente de a pie, que a diferencia de los políticos no puede manosear a las grandes empresas, lo único que le interesa es contar con empresas que hagan un buen servicio al mejor precio, y poder elegir una compañía rival si cree que va a mejorar. Es decir, lo que le conviene es la libre competencia sin que la política se inmiscuya. Por lo que se refiere al resultado final de las opas sobre Endesa, y viendo lo que hay, podemos decir que tenemos suerte de que E.On se haya llevado el premio, aunque haya tenido que pagar un buen precio, y es que el poder de este u otro Gobierno español sobre la empresa será mucho menor que sobre el fracasado "campeón nacional". Eso que hemos ganado.

La moda ecolojeta

No importa que fueran dos multinacionales energéticas (Enron y BP) las que impulsaran en los 90 el Protocolo de Kyoto para tratar de ganar a la competencia sin necesidad de ganar la confianza de los clientes frente a sus competidores. Tampoco que los científicos escépticos fundamenten sus teorías en argumentos racionales al menos tan válidos como los de quienes creen que el calentamiento de 0,6 grados centígrados experimentado en los últimos 100 años tiene una causa antropogénica.

La otra tendencia que parece consolidarse dentro de la moda eco-hippy para esta temporada es asegurar que determinados sectores económicos van a verse favorecidos o se volverán más atractivos por las catástrofes que nos acechan a la vuelta de la esquina. Los ejemplos más típicos son los de la energía eólica y solar, algunas empresas automovilísticas de conciencia y motores ecológicos o el sector del agua. Esta idea tiene su gracia. Se trata precisamente de sectores tremendamente intervenidos en los que se modifica artificialmente su demanda. En el caso de las renovables el precio de esta energía está subvencionado con cargo al bolsillo del conjunto de los consumidores en un 575% con respecto a la tarifa eléctrica. En el de los coches verdes, su demanda está potenciada por las zancadillas gubernamentales de carácter impositivo contra los coches que más combustible consumen y que generalmente son más seguros y que permiten transportar a más gente. Lo del agua ya es de traca. Si hay un mercado donde el precio no tiene relación con el libre juego de ofertantes y demandantes, ese es el del agua. Vamos, que nos tratan de convencer de que unos sectores intervenidos hasta la médula se volverán atractivos por el calentamiento. Pues si es así, ¿por qué demonios están obligándonos a demandarlos?

Pero hay otro sector al que nos presentan como el más claro favorecido por el supuesto calentamiento antropogénico: el asegurador. El argumento viene a ser que "el aumento de desastres naturales como inundaciones y huracanes provocará la subida de precios en las pólizas" y eso beneficiará al sector. Eso es tanto como decir que si la gente empezara a usar sus vehículos como coches de choque, las aseguradoras de accidentes de automóviles se forrarían. Este nuevo eslogan no hay por dónde cogerlo. Si de verdad aumentaran los desastres naturales, las aseguradoras saldrían perdiendo en un primer momento (¿es esto tan difícil de entender?). Luego tratarán de elevar las pólizas, pero eso no significa que sus beneficios aumenten sino que, sencillamente, para eliminar actuarialmente el riesgo la prima tiene que adecuarse a la nueva frecuencia relativa del evento dañoso. A lo mejor se refieren a que el sector de los seguros accidentes y desastres naturales va a sufrir una expansión hacia nuevos campos inexplorados hasta el momento.

Esta interpretación sólo soy capaz de entenderla a la vista de las declaraciones de ZP en las que compara las muertes por fenómenos naturales (que según él están relacionados con el cambio climático) con las víctimas del terrorismo y rematando la faena al catalogar como accidente la colocación de bombas que sólo estallan después de ser cuidadosamente accionadas con voluntad asesina

Adiós, Borrell

Borrell llega a verdes de la atalaya de la burocracia europea que "Europa ya no seduce" y que la gran promesa de sus políticos de sacarla de su decadencia económica y convertirla en la zona más competitiva y próspera del planeta para 2010 no se cumplirá ni en sueños. Pero no acierta en la identificación de las causas del problema y sus soluciones se limitan a profundizar en los errores del pasado.

Para resumirlo en pocas palabras, Borrell sitúa el origen de la lamentable situación en la ampliación del número de países y una diversidad social que no ha venido acompañada de ingeniería social unificadora. De acuerdo con esta visión de las cosas, la globalización se ha convertido en una amenaza a la que hay que "enfrentarse" debido a la coexistencia de la libertad de movimientos, producto del mercado único, y la diversidad fiscal, económica y social de los distintos países miembros. Su solución, claro, pasa por la armonización económica y fiscal e impulsar los grandes proyectos sociales.

Este señor no aprende. En su etapa al frente de la política presupuestaria española, sus propuestas desembocaron en un déficit fiscal cercano al 7% del PIB, tres devaluaciones de la peseta y un paro escandaloso. ¿Se puede ser más miope? El proyecto europeo estuvo vivo mientras se centró en la garantía de las libertades individuales clásicas. En ese entorno, el aumento del número de países sólo podía ser una bendición. En cambio, en el marco de los grandes proyectos igualitaristas que tanto gustan a Borrell y que simbolizó la malograda Constitución Europea, la diversidad y las libertades económicas se convierten en un problema. Por eso, para el presidente saliente, "el mercado único se muestra como el terreno de juego de un capitalismo desenfrenado". Pero la verdadera causa de la decadencia actual es el abandono del proyecto liberal y el abrazo de estúpidas pedanterías colectivistas.

Establecer desde Bruselas, como propuso Borrell, un salario mínimo europeo sólo puede excluir del mercado a los trabajadores menos productivos de Europa. Luchar contra la globalización atacando el federalismo fiscal o tratando de evitar las deslocalizaciones, otras de sus desatinadas propuestas, sólo fomentará la elevación de las barreras frente al resto del mundo. Se ha ido Borrell y esperemos que, con él, la ceguera que aleja a Europa de ser una próspera zona de libertades económicas e individuales.

Conthe y las regulaciones masivas

Evidentemente, esto significa más control y burocracia para las empresas cotizantes y más poder para la CNMV, medidas que no llevarán a nada positivo.

La burocratización del mercado siempre nos conduce a una ralentización del mismo; no sólo a nivel global, sino también particular. Por ejemplo, todos sabemos que una empresa con un alto grado de burocracia o normativas internas se vuelve torpe, resta recursos económicos y humanos enfocados a los clientes para desviarlos hacia el control interno y desaniman a los actores económicos que participan, ya sean clientes, trabajadores o accionistas. Si así ocurre en una empresa concreta, ¿por qué no ha de ocurrir cuando algún ingeniero socio-económico las impone por la fuerza a todo el sector? Si Conthe se dedica a burocratizar el mercado financiero sólo conseguiremos desanimar a los inversores y a los procesos naturales de mercado como OPAs, OPVs, fusiones, etc., creando un sobrecoste artificial. Excepto para la CNMV, claro, que ganará poder dejando estéril una parte del terreno económico.

Otro gran problema del control burocrático de Conthe son los abusos reales del regulador. ¿No se tendría que sancionar a la CNMV por culpar falsamente a empresas como Martinsa cuando el regulador la acusó de filtrar información privilegiada? Si tanto le gusta la transparencia a Conthe, ¿no tendría que informar de las razones por las que cierra una empresa y hace despedir a 50 personas como ha ocurrido recientemente con el caso Vetusta? ¿No tendría que ser sancionada la CNMV, o al menos investigada, en el caso Gamesa? La empresa en cuestión tuvo malos resultados y antes de la publicación oficial de los mismos se los envió a la CNMV. Al rato, y antes que la información llegase al mercado, la cotización de Gamesa llegó a perder hasta un 2%.

Si se burocratiza el mercado sólo conseguiremos que sea la burocracia la que se compre y se venda. Los burócratas ni son infalibles ni son mejores moralmente que nosotros. La gran diferencia entre el regulador y una empresa, entre el alto burócrata y un particular, es que los primeros dictan las leyes pudiendo pasar por encima de ellas cuando les conviene, mientras que los demás sólo podemos obedecerlas.

Los "males" que muchos ven en el libre mercado y la sociedad no se erradican con prohibiciones ni miles de leyes. Si así fuese, la respuesta a todos los problemas de la humanidad serían facilísimos: instaurar un estado comunista mundial y matar la libertad para siempre. Cuando alguien así ha actuado en el pasado en nombre del bien común sólo ha producido tragedias irreparables. El señor Conthe está haciendo con las empresas que cotizan en bolsa lo mismo desde que ocupó su cargo: luchar contra lo que considera injusticias del mercado debido a su erróneo concepto de la economía, creando injusticias más grandes que todos pagan y que sólo benefician a unos pocos.

Hafnium Valley

Desde hace años venía advirtiéndose que la progresiva reducción de tamaño de los chips de silicio tendría un límite. El mismo Moore anunció que su famosa ley (que afirma que la potencia de los ordenadores se dobla cada año y medio, reduciéndose el precio por unidad de potencia a la mitad) podría dejar de cumplirse en breve debido a la cercanía de ese límite. Así pues, la principal novedad no es que hayan bajado el tamaño del transistor de 65 a 45 nanómetros, pese a ser eso importante, sino que se abre la puerta a mayores reducciones en el futuro, una puerta que con la tecnología tradicional estaba cerrada. Así, Intel ha afirmado que espera llegar a los 32 nanómetros en 2009 y a los 22 en 2011.

La base de los microprocesadores son los transistores, que son los ladrillos con los que se construyen todos los chips. Estos ladrillos tienen, por explicarlo de alguna manera, tres patas. En la primera entra corriente y la segunda actúa de regulador desde donde se le dice si esa corriente debe pasar o no a la tercera pata. Interconectando entre 200 y 300 millones de transistores se obtienen esos prodigios del ingenio humano que son los microprocesadores más modernos de AMD e Intel que actualmente se incluyen en nuestros ordenadores.

El problema con el dióxido de silicio que se estaban encontrando los ingenieros consistía en que, al reducir más el tamaño, se empezaban a producir fugas de electricidad, despilfarrando energía y produciendo calor. Al parecer, el hafnio (empleado en las barras de control de los reactores nucleares por su capacidad de absorción de neutrones) permite funcionar como un aislante eficaz a esos diminutos tamaños. El silicio, no obstante, seguirá siendo el material sobre el que se litografiarán los circuitos, es decir, las obleas plateadas que vemos en fotografías y documentales seguirán siendo fabricadas con ese material, de modo que quizá no haya que cambiar el nombre de Silicon Valley por el de Hafnium Valley después de todo.

Los usuarios no vamos a experimentar grandes avances, sino las mejoras graduales que ya hemos dado por sentadas. Los procesadores consumirán mucho menos en igualdad de prestaciones, es decir, que si se construyera cualquiera de los chips actuales sin tocar el diseño con la nueva tecnología, el resultado sería un microprocesador más pequeño y que se calienta y consume menos. Por supuesto, lo que harán será aprovechar para meter más millones de transistores: 410 en el prototipo que ha presentado Intel. Lo que parece es que esta empresa (que durante un par de años perdió la delantera tecnológica frente a AMD) va a ampliar la ventaja que su Core 2 Duo le permitió adquirir en el mercado. Se calcula que podrá vender sus procesadores con esta tecnología a finales de año, unos seis meses antes que sus competidores. Esperemos a ver cómo contraataca AMD. Bendito capitalismo.

La farsa de Yunus

El diario El Mundo ha publicado este fin de semana una entrevista en la que Yunus saca a relucir su lado más antiliberal, charlatán, ignorante y mentiroso. En primer lugar analizaré sus opiniones sobre la globalización, y luego diré unas cuantas cosas sobre la manera en que lucha este sujeto por erradicar la pobreza.

Globalización: cuéntame otro cuento

 

Yunus dice que quiere que la pobreza pase a ser historia. Sin embargo, sus palabras tienen que vérselas con su ideología socialista y globalofóbica. Nadie que describa la globalización del siguiente modo está contribuyendo a acabar con la pobreza:

[Es] una autopista de 100 kilómetros tomada por los grandes y en la que los pequeños son expulsados (…) Necesitamos una policía de tráfico que ponga las reglas.

Si Yunus no fuera doctor en Economía, creería que se trata de un ignorante bienintencionado; pero como resulta que sí lo es, sólo me queda pensar en la fatal arrogancia que aqueja a todos los iluminados intervencionistas.

Al abogar por una policía mundial que controle y restrinja la libertad de los individuos, Yunus está pidiendo que se dificulte el acceso de los países pobres al capital que tanto necesitan. Entre ellos se encuentra el suyo, Bangladesh.

Este premio Nobel de la Paz está favoreciendo que sólo unas pocas instituciones como la suya, el Grameen Bank, tengan acceso al capital internacional, gracias a las corruptelas y amiguismos característicos de los organismos internacionales. Cerrando las fronteras e impidiendo que las empresas inviertan libremente se apuntala una especie de monopolio del crédito en, por ejemplo, Bangladesh: si los bangladesíes quieren invertir, que pidan prestado al Grameen, ¿no?

El ejemplo que ofrece Yunus de por qué la globalización no es justa no puede ser más demagógico y tramposo:

La camisa que llevo está fabricada en Bangladesh. Campesinos recogen el algodón, otros trabajadores dan forma al producto, otros lo recogen, le dan el tinte, lo cargan en contenedores, etcétera. Y toda la gente que ha intervenido en ese proceso debe repartirse 4,5 dólares, mientras la etiqueta de la tienda de Nueva York dice que vale 35 dólares.

Uno estaría tentado de pensar que la industria textil bangladesí sufre una especie de explotación internacional que impide que el país se desarrolle. El intercambio no es justo porque los yanquis ganan mucho y a los paisanos de Yunus no les dejan ni las migajas. Pues bien, lo que Yunus se calla, muy convenientemente, es que durante los últimos años la cerrada economía de su país ha experimentado un importante auge, con tasas de crecimiento cercanas al 5%, gracias a la enorme competitividad de las exportaciones, en particular las propias de una determinada industria. ¿Adivinan cuál? ¡Correcto! La textil.

Al contrario de lo que sugiere Yunus, precisamente el bajo precio del textil bangladesí hace que sea mucho más competitivo que el del resto del mundo. Y eso genera mucha más riqueza de la que Yunus puede aspirar a crear jamás. El Banco Mundial, por su parte, lo tiene claro:

Dado que la industria textil proporciona empleo directo a dos millones de bangladesíes –el 90% de los cuales son mujeres– y supone el 9,5% del PIB, así como tres cuartas partes de los ingresos por exportaciones en 2003-2004, cualquier cosa que reduzca la competitividad supone un impuesto a la sociedad entera.

Las opiniones de Yunus son un peligro para su propio país, un impuesto incipiente a la creación de riqueza. En lugar de utilizar su inmerecida influencia para presionar por una mayor liberalización del libre comercio y de la economía, se dedica a criticar la situación de las industrias más exitosas. ¿Qué quiere este banquero, el establecimiento de una policía comercial que se dedique a fijar los precios del textil bangaldesí? ¿Acabar con los escasos espacios de libertad que existen en su país, responsables de la reducción de la pobreza?

Su pulsión intervencionista y reguladora se puede observar claramente cuando describe la influencia que ejercen la publicidad y los medios internacionales de comunicación sobre el habitante de Bangladesh:

Sus deseos han cambiado. Y eso es bueno: ahora quiere hacer más porque quiere tener todas esas cosas. Pero es malo, porque le crean necesidades innecesarias. Ahora quiere champú, aunque no lo necesite. Su hija también lo pide, y si no lo tiene, no se siente guapa.

¡Horror! ¡Los bangladesíes quieren champú! ¿Qué será lo próximo, comprar pasta de dientes? Los pobres no necesitan lavarse: eso no es sino un insostenible lujo burgués.

Pero quizá donde más claramente se percibe su desprecio por la libertad es en la necesidad compulsiva que tiene de mentir para tratar de justificar su petición de establecer una policía mundial. Atención a los datos que ofrece sobre la distribución de la renta:

El 94% de los ingresos del mundo van a parar a un 6% de la población. Eso no es justo. Es necesario moderar la cantidad de recursos que utiliza la parte de la población que está en lo más alto.

¿Pero de dónde ha sacado las cifras este hombre? Aun aceptando los nada creíbles datos del movimiento antiglobalización, el 20% de la población obtiene el 80% de la renta. Yunus no sólo rebaja el porcentaje de privilegiados al 6%, sino que sube su porcentaje de renta al ¡94%! Vamos, que el 94% de la población mundial sólo tiene el 6% de la renta. Después de esta barbaridad, ¿alguien puede seguir concediendo alguna credibilidad económica al nobelizado Yunus?

El Grameen Bank, un hito propagandístico

El otro gran tema sobre el que versa la entrevista de El Mundo son los logros del Grameen Bank en la lucha contra la pobreza. Lo cierto es que necesitaría mucho más espacio para explicar con detalle las tretas y engaños de esta institución, pero me limitaré a dar cuenta de algunos de los más curiosos.

En primer lugar, y como ha puesto de manifiesto Jeffrey Tucker, del Mises Institute, conviene tener claro de qué manera concede el Grameen sus préstamos. Los tipos de interés que exige el banco de Yunus son de alrededor del 20%, unos cuatro o cinco puntos por encima de lo que exigen otras entidades para préstamos similares en Bangladesh. Ciertamente, el Grameen no exige ningún tipo de garantía, pero agrupa a los prestamistas en grupos de cinco personas, que se controlan mutuamente para garantizar que todas ellas paguen.

El grupo de cinco tiene que asistir semanalmente a un programa de lavado de cerebro y aprenderse 16 lecciones de tinte social-fascista. Particularmente curiosas son la primera (Disciplina, unidad, coraje y trabajo duro), la decimoquinta (Si nos enteramos de cualquier quebranto de la disciplina en algún centro, iremos todos allí a restaurarla) y la decimosexta (Debemos participar en todas las actividades socialmente).

Por otro lado, Yunus afirma que el negocio de su banco es viable y autosostenible –a pesar de que, aparentemente, los demás bancos del sector son tan estúpidos como para no haberse dado cuenta de ello en dos décadas–; y esgrime como prueba que ya no acepta subvenciones ni donaciones y que la tasa de devolución del crédito es del 99%.

Esa tasa de devolución resulta más que dudosa. En 2002 Daniel Pearl y Michael Phillips escribieron un artículo en el Wall Street Journal donde cuestionaban los datos del Grameen porque se basaban en procedimientos contables distintos a los manejaban los demás bancos. Yunus, entonces, se defendió diciendo: "Cualquiera que sean el sistema, los procedimientos y las definiciones contables que usamos hoy, son los que hemos venido usando durante 25 años". Vamos, que pecar, pecaban, pero desde el principio…

Pero es que incluso otro intervencionista como el hindú Sudhirendar Sharma ha cuestionado que la política del Grameen sirva para algo más que para hacer circular el dinero:

El crédito fácil elimina la falta de liquidez, pero sólo de forma ilusoria. A menos que los préstamos se conviertan en inversiones productivas, la pobreza rural no desaparecerá. Los microcréditos mejoran la tenencia de efectivo, pero no crean riqueza.

Dicho de otro modo: el Grameen vuelve a conceder préstamos a sus antiguos prestamistas, con los que éstos saldan sus deudas pasadas. Un círculo vicioso, pues.

El otro gran argumento de Yunus para probar la solidez financiera del Grameen es eso de que ya no recibe subvenciones. Bueno. En primer lugar, diremos que recibió toda clase de créditos, subvenciones y donaciones hasta 1995. Dinero procedente de la ONU y de otros organismos internacionales, de instituciones públicas y privadas. Y todavía hoy está pagando parte de los préstamos que le fueron concedidos a bajos tipos de interés (alrededor del 2%), de modo que los efectos de las subvenciones perduran.

Jonathan Morduch ha calculado que si el Grameen no hubiera recibido ningún tipo de subvención habría sufrido unas pérdidas de 34 millones de dólares entre 1985 y 1996; a menos que hubiera incrementado los tipos de interés en un 50%…

 

Desde un punto de vista liberal, las donaciones de los organismos públicos al Grameen sólo pueden ser consideradas como un expolio a los contribuyentes para financiar proyectos que no resultaban rentables y que, por tanto, sólo entorpecían la creación de esa riqueza que el propio Yunus decía alentar.

En segundo lugar, diremos que lo que dice Yunus es totalmente falso. El Grameen sigue recibiendo multitud de donaciones, especialmente después de la publicidad conseguida luego de que su dueño fuera galardonado con el Nobel de la Paz. Por ejemplo, la fundación de Bill Gates le ha regalado 1,5 millones de dólares, y la Mosaic Foundation 800.000. Pero nada, el Grameen sostiene en su página web que "la última donación de capital, programada con anterioridad, se recibió en 1998".

También es curioso cómo el banco de Yunus utiliza a los mendigos bangladesíes como reclamo publicitario. El Grameen ha instituido un programa por el que concede préstamos con un tipo de interés del 0% a los individuos más pobres de la sociedad. Parece una gran obra caritativa. Ahora bien, hay que leer la letra pequeña:

Se entrega a cada miembro una placa de identificación con el logotipo del Grameen Bank, que puede mostrar en su vida cotidiana para que todos sepan que pertenece al Grameen Bank y que esta entidad nacional lo respalda.

Por supuesto, no tengo nada en contra de que Yunus deje de cobrar los intereses a sus clientes a cambio de que le hagan publicidad gratuita: no es más que una especie de salario no percibido. Lo que no termina de gustarme es la hipocresía con que se disfraza todo esto: no estamos ante una operación publicitaria, sino ante un acto de respaldo a la institución…

Lo que sí comienza a parecerme peligroso es la manera en que el Grameen va copando los resortes del poder político en Bangladesh, con movimientos típicos del fascismo corporativista. El propio banco lo reconoce:

[Los prestamistas] escogen a los miembros del consejo responsable de dirigir el Grameen Bank cada tres años. Esta experiencia les ha preparado para presentarse a cargos públicos. Hacen campaña y son elegidos para cargos municipales. En 2003, en las elecciones para el gobierno local (Union Porishad), 7.442 miembros del Grameen se presentaron para los escaños reservados para mujeres y 3.059 de ellas fueron elegidas.

¿Yunus, presidente de Bangladesh?

Por último, cabe preguntarse cuáles han sido los auténticos logros del Grameen. Yunus lo tiene muy claro: el 58% de los que han pedido un préstamo a su banco han salido de la pobreza. ¿Sorprendente? Pues no tanto. Basix, una institución india de microcréditos, ha calculado, para un período de tres años, que un 52% de sus clientes consiguió mejorar su posición económica, un 23% no experimentó cambio alguno y un 25% empeoró.

En otras palabras, los efectos positivos y los neutros o nocivos se compensaron. Si a esto le añadimos que la economía bangladesí ha estado creciendo al 5% durante 15 años y que la pobreza cayó en 10 puntos, según el Banco Mundial, los resultados ya resultan mucho menos impresionantes.

De hecho, ¿a qué atribuye el Banco Mundial la reducción de la pobreza en Bangladesh? ¿Al Banco Grameen y a su red de microcréditos? No, a algo mucho más sencillo:

No es simple coincidencia que durante esta década haya tenido lugar una significativa liberalización del comercio y una espectacular expansión de las exportaciones.

La tan denostada globalización, la autopista que expulsa a los pequeños, es lo que ha sacado de la miseria a los compatriotas de Yunus, y no una hipersubvencionada institución que necesita congraciarse con el socialismo y el intervencionismo internacional para continuar subsistiendo, aun a costa minar las bases para la prosperidad de los pobres.

Tanto le han dado los pobres de mamar, tanta fama y riqueza le han proporcionado, que parece que Yunus desea que sigan siendo siempre pobres. Su discurso antiglobalización genera más pobreza que la que él pueda remediar con las actividades de su banco.

La mano que mece la Bolsa

En efecto, las pensiones que se pagan en este momento a los jubilados no son rentas de un capital acumulado tras años de trabajar y ahorrar, sino que proceden de los bolsillos de quienes en estos momentos están cotizando. Como en el caso de los sellos, el sistema es inviable a largo plazo. A los políticos les da igual, porque su horizonte temporal no va más allá de las próximas elecciones, pero nuestro sistema de pensiones quebrará antes o después, en algún momento más allá de 2020.

Pero esta es una época de bonanza para esta estafa obligatoria y generalizada. En diez años hemos pasado de doce a veinte millones los cotizantes en el sistema, lo que ha provocado en los últimos tiempos que se pueda acumular un superávit moderado, aunque cuantitativamente muy grande. A finales de 2007 rondará los 50.000 millones de euros.

El Gobierno se está planteando invertir al menos parte de ese fondo en Bolsa, para obtener cierta rentabilidad al sistema. Sería algo así como una capitalización mínima del sistema de reparto. Pero si se considera que es positivo, ¿por qué limitarse a una pequeña parte de lo que dedicamos a las pensiones y no capitalizar todo el sistema? La experiencia chilena es abrumadoramente exitosa.

Si finalmente cumple sus amenazas de llevar a la Bolsa el fondo de reserva, tendremos un grave problema, porque el poder que tendría el Gobierno sobre el mercado sería muy amplio. Con 50.000 millones se puede comprar Endesa a 48 euros por título. Por supuesto, la gestión del fondo se adjudicará en concurso público, cabe pensar, a algún gestor profesional, que en principio sólo se guiaría por el buen manejo de los fondos allegados de la Seguridad Social. Pero la sospecha no le abandonará nunca.

La experiencia democrática

Menos mal que España no vive una "experiencia democrática" como la de Venezuela. No tenemos a un cursi iluminado en el poder, ni se pueden negar la renovación de las licencias a emisoras importantes por el hecho de ser críticas con el poder, como ha hecho Chávez con Radio Caracas-Televisión. Tampoco se está criminalizando a la oposición por el hecho de serlo.

Es más, aquí sería impensable lo que está teniendo lugar en Venezuela. Chávez habla constantemente del proyecto "bolivariano" en referencia al famoso libertador. Sólo tenemos que recordar que lo que deseaba Simón Bolívar para sí mismo era el poder vitalicio con un Senado hereditario y un Congreso elegido por sufragio para darle una apariencia democrática. Afortunadamente para la "Gran Colombia" de entonces, la república bolivariana fracasó. Aquí, ¿quién iba a mirar al pasado para elegir un modelo fracasado como excusa para transformar nuestra realidad democrática? ¿Se permitirían en estas latitudes, en el corazón de Europa, en el centro cósmico de la Alianza de Civilizaciones, estas pretensiones tan totalitarias?

Es evidente que no sólo las permitimos, sino que todo eso está pasando ante la mirada conformista, cuando no entusiasta, de parte de los españoles. Pero no cabe llevar la comparación más allá de eso. En Venezuela el grueso de los ingresos del Estado depende de la extracción de un mineral, mientras que en nuestro país proviene de los impuestos sobre nuestra renta o nuestra riqueza. Aquí el Estado tiene que contar con la gente para sobrevivir; allí no. Además hay media España que no está dispuesta a resignarse ante todo el proceso de demolición de las instituciones, mientras que en Venezuela la respuesta civil es minoritaria e insuficiente.

Venezuela ha escrito su futuro con letras de sangre: "Socialismo del siglo XXI", lo ha bautizado Chávez. Está nacionalizando las grandes empresas, lo que llevará a lo que resta se sociedad organizada al caos y a la miseria. Cuando las cosas se pongan feas hará uso de sus nuevos poderes, cuando los imponga en la nueva Constitución, que le permiten gobernar por decreto durante año y medio, nada menos. Nacionalizará la sanidad y la educación. Y podrá estar en el poder hasta 2021, convirtiendo por fin a Venezuela, como ha prometido, en una "república bolivariana". Nosotros tendremos más suerte.