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Contra el zeitgeist

Su conferencia fue más espectacular aún que su chaqueta y desde luego no dejó indiferente a nadie. Recibió, eso sí, más entusiasmo entre el público que entre los periodistas que, como suelen ser gente convencional y de orden, abrazan el zeitgeist y creen en su mayoría que los males del mundo tienen como causa la globalización. Pues no. "La globalización es buena, y punto", sentenció Sala i Martín.

Ese periodista convencional está tan habituado a manejar los hechos que ya no se impresiona por ellos, e incluso los supera; él es más listo y corre más rápido, y habrá salido indemne de la charla del economista. Este, como prueba de su sentencia, ofreció un dato y una reflexión.

El primero pasó fue dividir el mundo en tres tercios y coger el que más se ha abierto al libre mercado en las últimas dos décadas, y el que más se ha cerrado. Mientras que en el último ha aumentado el número de pobres (quienes viven con un dólar o menos al día) en cien millones de personas, en el primer tercio, el que ha abrazado la globalización, ha visto un descenso de 300 millones de pobres. Si ponemos el baremo en los dos dólares al día, vemos que la globalización ha arrancado de la pobreza a 500 millones de personas, es decir, como la población de la Unión Europea.

La otra consideración es la siguiente. Ha descendido la pobreza en todo el mundo, menos en el África subsahariana. Si la globalización es la causa del hambre, habrá que concluir que este continente ha sido poco menos que arrasado por la llegada de capitales, está anegado de nuevas tecnologías y abarrota nuestros comercios con los numerosísimos y muy variados bienes que se producen en esa parte del mundo. Pero lo que vemos es exactamente lo contrario. ¿No será que lo que necesita es más y no menos libre mercado?

Bové, Bono y Antonio Banderas

Pues bien, este hipócrita "defensor de los pobres" ha logrado inscribir su nombre entre los candidatos a la presidencia de Francia. Lo cierto es que, en el improbable caso de que saliera elegido, no creo que notáramos mucho la diferencia de su política con respecto a la de sus predecesores. La única defensa seria de los pobres es el libre comercio y eso no lo defiende ningún dirigente francés desde los tiempos de Jacques Rueff.

La semana pasada el cantante Bono, a quien el gobierno francés concedió la Legión de Honor en 2003, recibió el título de Caballero Honorario del Imperio Británico en reconocimiento a sus servicios a la industria de la música y su trabajo humanitario. En lo primero no me meto, pero lo segundo debe ser cosa del humor británico de Su Majestad la Reina. Bono seguramente es el ser más globalizado y que más debe a la globalización de entre las legiones de cruzados anti-globalizadores.

Que un militante anti-globalización diga una idiotez no es noticia porque no es un suceso que destaque por su escasez; es asfixiantemente abundante. Pero todo cambia si quien pronuncia la bobada del día es un actor tan conocido como Antonio Banderas. El malagueño dijo el pasado domingo que era un placer participar en una procesión de la Semana Santa porque "esto es una fiesta anti-globalización". Y una vez puesta en marcha la máquina de soltar chorradas, también explicó en una entrevista con la agencia Efe que considera a las cofradías como "una ONG".

Es para partirse de risa. Jesucristo olvidó comentar a los apóstoles que no moría por todos los seres humanos, sino por un grupo particular a quienes pretendía privilegiar frente al resto, que es justo lo que reclaman los activistas anti-globalización. Además, el descubrimiento español de América, uno de los mayores eventos globalizadores previos a la revolución industrial, contó con la activa participación de la Iglesia Católica. En las décadas siguientes a la llegada de los españoles al nuevo continente surgió un interesante debate acerca de los derechos de los indios y, como no podía ser de otro modo, los pensadores escolásticos defendieron el respeto hacia la vida y la propiedad privada así como la libertad económica de los habitantes del nuevo mundo. Vamos, que de anti-globalizadores tenían poco.

Bové, Bono y Banderas ignoran que en los últimos doscientos años el porcentaje de la población mundial sumida en la pobreza absoluta ha pasado de algo más del 85% a menos del 20% en la actualidad. El proceso de expansión del capitalismo ha permitido que los esfuerzos de cientos de millones de seres humanos para salir de la miseria hayan tenido éxito. Sin embargo, estos paladines de la "solidaridad coactiva" no creen que los pobres puedan labrarse un futuro mejor por sí mismos. Deben considerar a los pobres seres tontos que no pueden prosperar en libertad. Por eso se apresuran a pedir medidas de corte socialista, aquellas con las que los dirigentes políticos tratan de crear "mundo perfecto" esclavizando a la población.

La descentralización como estrategia

Los nacionalistas substituyen la palabra España por la de "Estado", acaso como ejercicio de "memoria histórica", ya que era una forma en que al régimen de Franco gustaba referirse a nuestra nación. "Estado". Qué duda cabe que forma parte de España, pero no es ni de lejos lo más importante. De hecho lo único que importa son los españoles y su sentimiento de pertenencia a un mismo pueblo. Y con ellos, las instituciones que han recibido y que son fruto del avatar histórico de otros que también se sentían parte integrante de la misma realidad histórica, que también lo es social. España es eso. No es ni la Renfe ni el Ministerio de Educación.

Los nacionalistas construyen un discurso colectivista, con un alma totalitaria, construyendo una historia y una mitología plañidera con un único objetivo: el poder; el poder absoluto. Y utilizan el armazón nostálgico nacionalista (mucho decir sería que es ideológico) para saciar ese deseo y para engañar a los ciudadanos. Se les dice que quitan el poder al gobierno central, cuando los robados en realidad son ellos. Así las cosas, ¿no debiéramos replantearnos esta descentralización? ¿No sería buena idea echar marcha atrás?

Yo no lo creo. Antes al contrario lo conveniente sería dejar para el Estado central poco más que aquello que represente al país y lo defienda: la Corona, las relaciones exteriores, la defensa… Todo lo que sea posible ha de cederse a las comunidades autónomas o, mejor aún, a los ayuntamientos. Lejos de aumentar el poder de los nacionalistas, lo que tendría lugar es una competencia institucional entre regiones españolas que daría al traste con sus pretensiones más totalitarias.

La decisión política de Esperanza Aguirre de reducir o eliminar los impuestos sobre el patrimonio y de sucesiones y donaciones ha llevado incluso al tripartito a seguir el mismo camino. ¿Adivinan a quién acudieron para evitar tener que tomar esa medida? Al Estado central, como me hizo ver recientemente Manuel Llamas. Como las competencias estaban cedidas y el Estado central no pudo acudir en su ayuda, al final tuvieron que ceder. Los españoles de todos los sitios, si ven que la presión que ejerce su gobierno regional es muy asfixiante, huirán a otras regiones españolas a trabajar o implantarán allí sus negocios e invertirán allí sus capitales.

Una España descentralizada no dejará de serlo, por el simple hecho de que su ser no desaparece con el Estado central. Dejemos ese error a los mismos nacionalistas, a quienes llaman "Estado" a España. España es una realidad bimilenaria reconocida y querida por los españoles. Pero esa España descentralizada permitirá que las regiones que más apuesten por la libertad de los suyos sean el freno más eficaz a la voluntad totalitaria de los nacionalismos. Y el partido nacional más favorable a la libertad de los españoles, el Partido Popular, es quien debe liderar ese esfuerzo de descentralización administrativa. No deja de ser significativo que sea la presidenta más reformista del PP, Esperanza Aguirre, quien recupere la idea de que su partido necesita recuperar el diálogo con los nacionalistas. Espero que el PP siga por ese camino.

Neoliberalismo y fascismo económico en el PSOE

Desde que el PSOE tomó el poder no hemos parado de ver este tipo de prácticas. Aumento de la persecución fiscal, continuos favores a los constructores, aumento de la corrupción política, leyes totalitarias como las de sanidad, cesión total a grupos como la SGAE o Prisa, raudales de nuestros impuestos destinados a los ociosos actores o el caso Endesa, entre muchos más ejemplos.

Los "razonables desplazamientos de las estructuras económicas libres" que mencionaba el profesor Krüsselberg se han vuelto irracionales fenómenos de expulsión del orden espontáneo de la económica privada para convertirse en decretos y órdenes del Gobierno. Las buenas intenciones en manos de los políticos se han convertido en degeneración y manipulación. Como decía José Carlos Rodríguez sobre el caso de Endesa, la política económica del PSOE es fascismo puro y duro.

Y es que la historia se repite. La economía del fascismo es la unión entre grandes grupos privados y el Gobierno para conseguir unos fines "sociales", nunca liberales, donde sólo una élite se beneficia a expensas de la sociedad. La mejor forma de conseguir saquear con facilidad es prometer de todo poniéndole el adjetivo "social" y, con esta excusa, el ciudadano medio se deja manipular y robar.

Ya lo dijo Bernard Baruch, asesor del Gobierno norteamericano en la primera mitad del siglo XX, "vota al que menos prometa; será el menos decepcionante". El Gobierno del PSOE no para de prometer. Y cuando el Gobierno promete algo, se lo quitará a otro mediante la fuerza. En el momento que el Gobierno lo promete todo, el saqueo y caos es absoluto. Demasiadas deudas tiene que pagar este Gobierno. Deudas que estamos pagando nosotros.

Aprender del error de los franceses

Sin embargo, lo cierto es que siempre existe presión para dejar en paz a los empresarios y sus innovaciones, presión que en Europa se siente, pero en dirección contraria.

Podemos hacer un pequeño ejercicio mental. La famosa ley de Moore, que predice que el número de transistores integrados en un chip se duplica cada año y medio, no es la única norma empírica que se ha enunciado desde la industria de la informática. La ley de Grosch, enunciada por un ingeniero de IBM en 1956, afirmaba que la potencia de un ordenador crecía con el cuadrado del coste, y eso implicaba que la tendencia sería hacer pocas máquinas muy grandes y caras. Según una proyección de su empresa basada en esa ley, en el mundo había sitio para unos cincuenta y cinco grandes ordenadores, y todo el mundo trabajaría con terminales conectados a ellas.

Supongamos que los reguladores estadounidenses se lo hubieran tomado al pie de la letra y actuado en consecuencia. El lógico temor al monopolio digital de IBM hubiera obligado a repartir licencias de construcción de máquinas, para que no todas fueran hechas por la misma empresa, y seguramente hubieran organizado una libre distribución de terminales para garantizar el servicio universal de computación. Bueno, pues puede usted dejar de hacer ese ejercicio mental. Eso es exactamente lo que hicieron los franceses a finales de los 70 repartiendo terminales gratuitos de Minitel y dándoles acceso a las grandes computadoras propiedad del Estado. Por supuesto, no fueron capaces de ver la revolución que supuso Intel y su microprocesador y otras tecnologías de parecida importancia, que rompieron esa ley de Grosch como si fuera la promesa de un político.

Es fácil mirar hacia atrás y pensar en lo pardillos que fueron los gabachos con su sistema. Sin embargo, nosotros hacemos lo mismo constantemente. Miramos siempre a la imagen estática, olvidando que el mundo se mueve rápidamente, y más aún el mundo de las nuevas tecnologías. Los monopolios "naturales" pueden ser derribados por innovaciones tecnológicas de todo tipo, pero preferimos la seguridad de regulaciones que congelan la imagen en el punto en el que estamos y "protegen" a los consumidores asumiendo que esa fotografía va a permanecer así ad eternam.

El más claro ejemplo son las telecomunicaciones. Vivimos en una época en que la innovación en los ordenadores ha perdido importancia relativa cuando se compara con la que están viviendo las redes. Cada vez hay más tráfico en Internet y, sin embargo, hemos mejorado en velocidad. La tecnología ya ha logrado ampliar el espectro radioeléctrico para permitir que haya varios emisores en cada frecuencia, haciendo obsoleta la presunción de que es algo limitado que debe licenciarse, ya sea para TDT, radio o transmisión de datos por Internet. Sin embargo, seguimos pensando en las redes como si los "monopolios naturales" sobre muchos de sus recursos fueran inevitables. Como los franceses y los ordenadores, vamos. Menos mal que siempre hay otros países donde dejan más campo a la innovación y la libre empresa.

Las buenas noticias

He de confesar que no comparto ninguno de estos tres sentimientos, pero sí constato el enorme salto que hemos dado las últimas generaciones de nuestra atormentada especie.

Tengo en mi biblioteca The State of Humanity, un libro de Julian Simon que recoge en breves artículos cómo han ido evolucionando varios aspectos de la vida humana en los últimos siglos. "Clara mejoría" sería la recensión más breve de este libro de 694 páginas.

Ahora ha salido otro, The Improving State of The World, de Indur Goklany, que se refiere a nuestra experiencia más reciente y que observa que las mejoras han sido abrumadoramente evidentes. Vivimos más personas más tiempo, con mayor calidad de vida y mejores niveles de sanidad y educación. El hambre es un problema en clara regresión.

El aire que respiramos se enrarece cuando una sociedad en la miseria comienza a prosperar, pero a partir de cierto nivel de renta parte del progreso se destina a reducir la contaminación, una tendencia que se da en todos los países desarrollados. Tenemos una mayor movilidad laboral, que tiene como ámbito todo el mundo. Las ideas o el capital también desconocen las fronteras.

Todo ello se debe, dice Goklany, a un "ciclo de progreso" compuesto por fuerzas que se refuerzan mutuamente: progreso económico y tecnológico. Pero ese ciclo virtuoso se da en unas condiciones institucionales (respeto a la persona y su propiedad) que no se encuentran en las áreas más deprimidas del planeta. No obstante –y con contadas excepciones, como Cuba–, incluso en ellas vivir en este mundo es un poco más amable que hace décadas. Hay noticias buenas, después de todo.

Bragas de esparto

Yo soy más bien clasicote en esto del vestir, pero no descarto que alguna de estas locuras se acabe incorporando al uso general. ¿Quién puede estar en contra del progreso en la ropa, como en cualquier otro aspecto de la vida?

Pues los de siempre, claro está: los ecologistas. No hay avance que les parezca bien ni retroceso que les parezca suficiente. Lo último está en que recomiendan como lencería erótica bragas de esparto. Lo que quieren es poder compaginar el sexo y la sostenibilidad de nuestro planeta. Es decir, que no es ya que vayan contra todo lo que suene a inteligente y despotriquen contra la ocurrencia del MIT, es que quieren que hasta la ropa interior sea biodesagradable. ¿Qué no se lo cree? Lo cuenta este domingo el diario La Razón.

El interés ecologista por la sexualidad sostenible da con soluciones realmente eficaces. A las bragas de esparto como fino reclamo de lencería suma otra propuesta de lo más ecologista: en lugar de utilizar el látex, lo suyo es recurrir, nos dicen, a preservativos de tripa de cordero, que a diferencia de los otros se reintegran en el mundo natural que da gusto.

Que sean biodegradables no son las únicas ventajas que tienen. Cumplen su función de preservar al mundo de la venida de nuevos retoños, que ya sabe que para los verdes un nuevo hombre en la Tierra supone la llegada de un depredador más. Pero es que además no previenen la transmisión de enfermedades, lo que no deja de tener su aquél. Greenpeace cree que el hombre se ha extendido por el planeta como una plaga. Y ya sabe lo que hay que hacer con ellas…

Quizá propuestas como éstas quiera decir que los ecologistas están en ciertos aspectos en claro retroceso, porque tradicionalmente han sido más expeditivos. Paul Ehlich, entomólogo y santón del ecologismo, proponía "métodos coactivos" para el control de la población, si los voluntarios fallaban. Stewart M. Ogilvy, presidente de honor de Amigos de la Tierra, era incluso más claro: "Si los frenos menos estrictos sobre la procreación fallan, algún día quizá tener hijos merezca ser un crimen punible contra la sociedad, a no ser que los padres tengan una licencia del Gobierno. O quizás todos los padres potenciales deberán ser forzados a utilizar anticonceptivos químicos, con antídotos en manos del Gobierno para que elija quién puede tener hijos". Prefiero que se queden en propuestas como las bragas de esparto o los preservativos de tripa de cordero.

Contabilidad creativo-pacifista

Para el progresismo hispano, la única moral válida es la que le permite alcanzar el poder, y en esa carrera siempre suelen llevar ilustres compañeros de viaje. Como Baltasar Garzón, nuestro justiciero por antonomasia, una suerte de Capitán Trueno con puñetas dispuesto a alancear a los enemigos de la verdad, el bien y la justicia.

En el imprescindible libro de Jesús Cacho El negocio de la libertad se cuenta con pelos y señales el episodio de la recusación del juez Gómez de Liaño por el caso Sogecable, en el que Garzón tuvo una participación estelar. "Le voy a freír los huevos a Javier" es la frase atribuida al juez megaestrella, plena de sentido de la justicia y ecuanimidad de la que ahora pretende también hacer gala con Aznar, a quien no desea freírle el escroto sino simplemente llevar ante la corte internacional de justicia. Se conoce que, con el paso de los años, también los jueces megaestrella se ablandan.

Tras las últimas algaradas del faranduleo en contra de la guerra de Irak, el superjuez ha puesto de nuevo su granito de arena afirmando que la muerte de seiscientos cincuenta mil iraquíes exige que Aznar, y eventualmente Bush y Blair, acaben entrullados. Es interesante que centre su análisis no tanto en la supuesta ilegalidad de la intervención en Irak, como en lo que abultan las cifras de víctimas. ¿Si hubiera muerto menos gente inocente –pongamos unos diez mil, como en Paracuellos del Jarama, por utilizar un ejemplo cercano– habría materia para iniciar un proceso por crímenes de guerra según el superjuez?

Pero vayamos con los muertos de Garzón, quiero decir, con la cifra de víctimas de la guerra enarbolada por D. Baltasar. Los EEUU enviaron 225.000 soldados a Irak, a luchar contra un ejército de unos trescientos mil soldados de Sadam más cuatrocientos mil reservistas, aunque la mayoría de estos no entró en combate, pues prefirió la táctica de dar media vuelta y avanzar sin contemplaciones siguiendo las enseñanzas militares de aquel famoso jeque tuerto, grabado mientras huía en ciclomotor con los marines pisándole la chilaba (se ve que eso de las veinte huríes reservadas a los soldados de Alá no lo tenía demasiado claro). Durante la guerra murieron doscientos soldados de la coalición y unos seis mil iraquíes. En la posguerra, la inmensa mayoría de víctimas han sido causadas por atentados terroristas, no por disparos de los soldados de la coalición, con un saldo final, según el Iraq Body Count, de 65.000 víctimas civiles. Si a esta cifra le sumamos los 3.500 soldados de EEUU muertos durante la posguerra más los soldados iraquíes caídos en combate durante la ocupación, resulta un saldo de unas 74.500 víctimas en total.

Pero entre las cifras fiables y las estimaciones del gran Pepiño Blanco, Baltasar Garzón prefiere utilizar los datos aportados por el estadista de Palas de Rei. Debiera el juez ser más cuidadoso con los elementos de prueba si finalmente decide iniciar un proceso penal contra el trío de las Azores, no sea que lleve el caso ante la corte suprema de justicia progresista universal y se lo tiren abajo por defectos en la instrucción. Creo que tiene ya alguna experiencia al respecto.

Igualdad social®

Expresado de otra forma, si usted hereda algo, trabajará menos. ¡Ojalá fuera cierto! ¿Qué problema hay en poder vivir de tu propio dinero sin trabajar? ¿No es a lo que aspiramos todos en mayor o menor grado? Sin duda, por eso jugamos a la lotería, invertimos nuestros excedentes en productos de inversión o buscamos mil y una fórmulas para conseguir la mayor de las utilidades trabajando lo menos posible.

La expresión renta o ingreso "no ganado" la califica nuestro autor como un mal del capitalismo. El término se basa en el concepto marxista de la explotación y obtención del "derecho a todo el producto del trabajo". Esta visión de la economía es muy relativa, por ejemplo, ¿si nos toca la lotería hemos de darlo todo al Estado? Si nos arriesgamos en Bolsa para financiar una empresa y ésta consigue altos beneficios subiendo su cotización bursátil, ¿por qué hemos de renunciar a parte de nuestra ganancia? El riesgo lo hemos asumido nosotros, el Estado nos lo arrebata porque sí. Éste no se arriesga, sólo nos amenaza y consigue beneficios de esta forma, y estos ingresos del Estado, además de ilegítimos, sí que son totalmente "no ganados".

Las herencias son algo similar a los ejemplos anteriores. Son el traspaso voluntario de capital de titularidad privada de unas manos a otras. El término clave es voluntario. Lo traspasamos porque lo hemos ganado con nuestro trabajo y explotación de nuestro stock de capital anterior. Al hacer la herencia, lo cedemos porque nos da la gana sin que nadie salga perjudicado en todo el proceso. No hay vulneración alguna a la igualdad social®, esa marca registrada cuyo uso reclaman tener en exclusiva los que se creen más buenos y superiores a todos nosotros. Ganar dinero no es un acto criminal; regalarlo tampoco. No tiene sentido alguno que se penalice el traspaso de capital voluntario de un propietario a otro.

Lo que sí es un crimen es robar el dinero a la gente honrada. Los impuestos son esto, un robo, tanto el de sucesión como cualquier otro. No importa cómo quieran llamarlo o disfrazarlo los amantes de la omnipotencia estatal. Si usted cree que los impuestos son pagados voluntariamente, haga el siguiente experimento económico. En su próxima declaración de renta, escriba: "Este año no me va bien regalarles mi dinero porque el Euribor ha subido mucho y voy muy justo". Después se lo envía a Hacienda. Las fuerzas del estado se le tirarán encima en barrena asaltando sus cuentas bancarias, multándole y enviándole hombres armados a su casa. Según nuestro autor, tal acción "civilizada" podría hacerse legítimamente en nombre de la igualdad social®.

Fíjese que ninguna entidad privada actúa así. Para una empresa privada los contratos han de ser voluntarios y las dos partes, oferente y demandante, han de salir ganado en su operación. De lo contrario, la empresa no ofrece el producto y/o el consumidor no compra. Nada que ver con la forma de financiarse que tiene el Estado: no hay acuerdos ni contratos, sólo se benefician él y los grupos de presión que reciben sus dádivas. Por ejemplo, los actores, alguna escuela árabe que ha tenido que ser cerrada después de tirar en ella 18 millones de euros, países como Bolivia o los consejeros de las empresas más incompetentes del Estado, como RTVE, entre muchas otras bondades. ¿Y cómo se le llama a todo esto? Igualdad social®. El nombre es muy bonito, pero el contenido es totalmente perverso y antisocial en su esencia.

Para nuestro autor, la eliminación del impuesto de sucesiones es una excusa para "asfixiar la acción estatal". No debe estar muy asfixiado el Estado cuando representa casi el 40% del PIB y se gasta el 40% de nuestro trabajo y producción. Durante casi cinco meses al año trabajamos gratis para el Estado. Contabilizando desde enero de este año, aún nos faltan dos meses para empezar a ganar algo para nosotros mismos. Por tanto, es tiempo de abolicionismo fiscal por más que les pese a algunos. De no hacerlo así, la igualdad social® nos acabará hundiendo en la miseria.

Salgado desprotege a los consumidores

Como consumidores, a todos nos gusta que los precios de los productos sean lo más reducidos posible. Normalmente, un redondeo al alza nos molestará. Como empresarios, intentaremos siempre que nos compren al mayor precio posible; así pues, un redondeo a la baja no nos agradará.

Se trata de un conflicto de intereses natural, similar a los que pueden darse en otros ámbitos. El trabajador prefiere salarios más elevados; el arrendador, alquileres más altos; el prestamista, percibir unas rentas superiores. Lo característico del mercado es que esos intereses aparentemente conflictivos se concilian y armonizan mediante el intercambio voluntario.

Cuando dos personas efectúan voluntariamente una transacción, esperan siempre salir beneficiadas. Cuando alguien acepta un trabajo, lo hace porque con ello su situación mejora, lo cual no quiere decir que no deseara cobrar más por hacer lo mismo. Cuando alguien compra un producto, lo hace porque valora más dicho bien que el dinero que va a pagar por adquirirlo, lo cual no quiere decir que no deseara comprarlo por un monto inferior. Etcétera.

El Estado, por el contrario, es por completo antagónico a la armonía de intereses. Su existencia se basa en un conflicto permanente entre unos individuos (políticos, subvencionados, funcionarios…) que explotan a otros (contribuyentes) por medio de la fuerza. ¿Cuántos contribuyentes pagarían a este ineficiente y torpe Estado por la provisión de servicios jurídicos y de seguridad si se tratara de una decisión voluntaria? No existe el beneficio mutuo. Si así fuera, no sería necesario utilizar la coacción para recaudar los impuestos.

Pero hete aquí que quienes impiden la armonía pacífica de intereses en ciertos ámbitos sociales son los mismos decididos a obstaculizarla en otros… donde ya existía. La prohibición del redondeo es sólo un primer paso para prohibir acuerdos que podrían alcanzarse sin la intervención y que serían beneficiosos para las partes implicadas.

La excusa oficial de la medida represiva es favorecer a una parte frente a la otra, al consumidor frente al empresario. Se alega que el consumidor es la parte débil porque tiene menor poder de negociación, lo cual es falso por completo.

Nadie que se haya percatado del analfabetismo de nuestros políticos y burócratas podrá extrañarse de que no hayan leído a Carl Menger, pero ya en 1882 el padre de la Escuela Austriaca resumió magistralmente por qué, en todo caso, es el empresario quien se encuentra en una posición más débil:

Aquél que trae al mercado productos que no son dinero se encuentra, en mayor o menor grado, en desventaja. Para poder lograr el mismo dominio sobre lo que el mercado produce, deberá convertir primero en dinero sus productos intercambiables.

El vendedor acude al mercado para captar algo (dinero) que el consumidor ya tiene. Si un empresario quiere consumir, tiene que vender sus mercancías a cambio del dinero que ya tienen sus potenciales clientes.

Es más, el consumidor puede elegir no comprar hasta que le ofrezcan algo que le satisfaga, ya que el dinero seguirá siendo aceptado en el futuro. El empresario lo tiene mucho más difícil para elegir no vender hasta que le ofrezcan una cantidad de dinero aceptable: otros empresarios pueden arrebatarle a los clientes mientras espera; y, en todo caso, tarde o temprano tendrá que vender (o liquidar) sus productos, si quiere lograr dinero con el que poder consumir.

Pero aun suponiendo que el comprador fuera la parte más débil, la regulación gubernamental sólo vendría a debilitarle aún más. Por una razón muy sencilla: el objetivo de todo consumidor es adquirir productos que satisfagan sus necesidades, y el redondeo promueve la mala asignación de los recursos, esto es, la creación de bienes y servicios que no satisfacen las necesidades más urgentes de los individuos.

La inversión productiva de una empresa queda determinada en última instancia por los beneficios futuros que pueda obtener, y esos beneficios vienen a su vez determinados por los precios que los potenciales clientes estén dispuestos a pagar. Cuanto mayor sea el precio que acepten pagar los potenciales consumidores, mayor será el beneficio de la empresa, y por tanto su producción futura de bienes y servicios.

Como ya hemos dicho, si un individuo compra un producto es porque lo prefiere sobre todas las demás alternativas. En el momento en que las ventajas que obtenga sean inferiores al precio, dejará de comprar ese producto y empleará su dinero en adquirir otro. La inversión en "productos caros" caerá, y la destinada a "otros productos" aumentará; esto es, la inversión se dirigirá hacia las alternativas que más satisfagan al consumidor.

Si se prohíbe el redondeo al alza, las empresas sólo tendrán que compensar los menores beneficios con subidas de precios en sus productos, tal y como ocurrió hace unos meses, cuando la medida se impuso a las compañías telefónicas. Pasaron a tarifar por el tiempo realmente consumido, pero incrementaron los precios.

La cuestión es qué hará el Gobierno cuando esta práctica se generalice en otros sectores económicos, como los párkings. Si prohibiera o sancionara las subidas, como ya le han reclamado ciertos grupos de presión, estaría limitando los beneficios de esas compañías y, por tanto, la inversión en aquellos bienes y servicios que los consumidores demandan.

Dicho de otro modo: si los consumidores están dispuestos a pagar mucho dinero a las compañías telefónicas es porque, aun así, les proporcionan unos servicios que valoran más que el dinero que pagan por ello. Precisamente esa gran rentabilidad es lo que permite que se sigan desarrollando y mejorando esos servicios telefónicos que los consumidores tanto valoran.

La fijación de precios es una medida de carácter socialista que, en definitiva, implica el racionamiento y la distribución estatal del capital (tal y como postulaban los economistas fascistas). Es el Gobierno y no los consumidores quien dicta los bienes que deben ser producidos.

En otras palabras: el redondeo sólo traerá subidas de precios que, en caso de que el Estado quiera contrarrestarlas, provocarán malas asignaciones de recursos entre las empresas. Las intervenciones estatales sólo generan nuevas complicaciones y no resuelven ninguna.

Si el Gobierno realmente deseara favorecer una mejora en la situación de los consumidores, tan sólo tendría que eliminar el régimen de licencias de la telefonía móvil. Desde hace más de cuatro siglos se sabe que la mejor manera de que bajen los precios es no limitar artificialmente la concurrencia de vendedores, pues crea oligopolios de facto.

Pero el Estado no soporta que la prosperidad provenga de la abundancia de empresarios, y no de sus chapuceras intrusiones; prefiere manipularnos con propagandas y rimbombantes actuaciones legislativas para que los contribuyentes creamos que se trata de un Dios capaz de solucionar la mayor parte de nuestros problemas. Así no caeremos en la cuenta de que el Estado es en realidad el problema.